Cherokee

Jean Echenoz · Capítulo 18 de 32

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Cherokee

Capítulo 18

A la mañana siguiente, Georges Chave cogió un taxi cuya suerte estaba entre las manos de un indochino taciturno y tenso, que lo estuvo observando por el retrovisor hasta el final de la avenida Secrétan. De allí Georges se puso en marcha, queriendo reconstruir el trayecto que había seguido en el Ford Capri de Baptiste, lo que lo llevó a calles que no conocía. Miraba, disfrutaba mirando los edificios, los herrajes y las baldosas de los portales, los balcones, los entresuelos y los últimos pisos, las molduras y las esculturas y las placas en las fachadas, los miradores, los jardines colgantes.

La fachada de una casa estaba decorada con una especie de entramados irregulares de ladrillo rojo sobre ladrillo blanco que evocaban las últimas letras del alfabeto puntuadas con coliflores de cerámica verde y amarilla; reconoció el edificio con un instante de retraso.

En el quinto piso, Georges tocó el timbre y llamó varias veces en vano a la puerta de la derecha; la de la izquierda sonaba igualmente a vacío. Desde el fondo del patio interior invadido por los mismos residuos, fijándose en una maceta vacía cuyo engrama se había conservado en su recuerdo esponjoso de aquel momento, localizó la ventana en la que se le había aparecido Jenny Weltman. Una escalera simétrica a la primera llevaba al piso correspondiente, cuya puerta y su vecina, golpeadas, manifestaron la misma flema de las de enfrente. Al marcharse, se encontró con una mujer que vestía una bata de tela plastificada con dibujos de molinos provenzales sobre fondo de espliego u holandeses sobre fondo de polders. Detrás de ella se arremolinaban olores enlazados a cera y estofado de cordero con habichuelas. Le dijo a Georges que toda la quinta planta estaba por alquilar y le aconsejó que hablara con el portero. Georges habló con el portero, que le enseñó el piso.

Estaba vacío. Había en las paredes tres o cuatro grabados abarquillados, descoloridos, absurdos. Había una mesilla de noche despojada de su cajón, pequeñas vasijas rajadas y llenas de sarro debajo de los radiadores, así como un voluminoso sillón de piel por cuyas grietas asomaban el miraguano y la crin, descansando sobre sus muelles y con un ladrillo en una pata. La gruesa poltrona se hallaba justo enfrente de la ventana por donde había pasado Jenny Weltman. Georges se quedó un momento detrás del sillón, puestas las manos sobre su respaldo como si estuviera sentada allí la joven, como si mirara sus hombros, su nuca y el nacimiento rubio de sus cabellos. El portero le propuso ver a continuación el piso de enfrente, ahí mismo, está también por alquilar, si le apetece. Pero a Georges no le apetecía. Poco después, en una cabina telefónica del mercado Secrétan, el doctor Spielvogel respondía a Georges que le era imposible recibirlo enseguida, estaba demasiado ocupado con los servicios de desinfección. Quedaron para la noche. Entre tanto, Georges podía darse una vuelta por su piso.

Desde bastante lejos, tras los cristales de un pequeño Renault aparcado delante de la casa, distinguió un nuevo vendaje en la cabeza de Ripert. Volvió atrás, dio la vuelta a la manzana por la calle de Malte y la de Croussol, donde unos carteles avisaban al público de un posible transporte de fieras. Se encontró cerca de la entrada del circo, frente al jardincito desde el que la vista abarca una parte de las calles Oberkampf y Amelot, de los bulevares Beaumarchais, Temple y Filles-du-Calvaire, en el ángulo obtuso de una doble perspectiva hacia République y Bastille, y en un banco en el cual estaban sentados Guilvinec y Crémieux. Georges cruzó el bulevar y se alejó sin poder identificar a los policías. Aunque poseían su filiación, tampoco ellos lo reconocieron.

—Había un tobogán ahí en otros tiempos —decía Guilvinec, señalando un rectángulo de arena—. Lo han quitado; estaría demasiado viejo; no han puesto otro. No siempre cambian los toboganes. ¿A qué crees que se debe?

—No sé —dijo Crémieux—. Los accidentes.

—A mí me gustaban los toboganes.

—Yo —recordó Crémieux—, en los toboganes, subía al revés. Resbalaba mucho.

—Sí —dijo Guilvinec—. Es la vida, jefe.

Algo después de las ocho, el doctor Spielvogel se disculpó por no poder recibir a Georges en la pajarera, patas arriba tras la visita de los encargados de la desinfección.

—Me tienen manía —afirmó el doctor—; lo limpian todo a la más mínima. He tenido que poner las aves en el salón; tienen menos sitio, naturalmente. Si quiere seguirme.

El salón, en efecto, estaba atestado con decenas de jaulas pequeñas en forma de obuses, apretujadas unas con y sobre otras, cubiertas con tela oscura para la noche.

—Están dormidos —dijo el doctor—. Quería verlos, supongo. Lástima.

—No —dijo Georges—. En fin, sí, hay uno que me gustaría ver.

—¿Morgan?

—Sí.

—Estaba seguro —se ufanó el doctor—. Es el no va más de mi colección. Un ave rarísima. Como decía Herodoto hablando del ave fénix, no es fácil verla. —Rio. Georges sonrió—. Me lo han robado ya dos veces, ¿sabe?

—Lo sé —dijo Georges—. Lo encontré yo.

—¿Cómo no me lo ha dicho enseguida? —exclamó Spielvogel—. Se lo voy a enseñar, naturalmente. Por usted bien puede despertarse.

Quitó la capucha de una jaula colocada encima de un mueble aparte; los párpados de Morgan se movían altaneros sobre su mirada cristalina, que fijó en Georges Chave sin ninguna señal de reconocimiento o gratitud.

—¿Cómo podría explicárselo? —dijo Georges—. Necesito un suplemento de información, si me lo permite. A propósito de algo que me dijo el loro. Un nombre. Desearía saber algo más.

—Será difícil —objetó el doctor—. No hacen sino repetir sonidos, ¿comprende? No se puede discutir con ellos. Si lo interroga, no le dirá nada.

—Ya sé —dijo Georges—, pero ese nombre ha tenido que oírlo en alguna parte.

Si no es en su casa, en la de sus antiguos propietarios. ¿Los conoce?

—Más o menos —dijo el doctor—. Le voy a contar su vida.

El loro Morgan tenía unos sesenta años de edad, lo cual, en la escala humana, viene a corresponder a unos sesenta años, la generación del padre de Georges. Su huevo se había abierto al este del Camerún, en un modesto nido situado entre DengDeng y Meiganga. Por su pertenencia a una variedad tan minoritaria, hubo de sufrir sin duda cierto ostracismo junto con sus congéneres salidos de los principales clanes de psitácidos, que constituían poderosos grupos de influencia en toda el África tropical. Gozó, con todo, de una infancia feliz, mimado por una familia muy empeñada en perpetuar la subespecie, evitando escrupulosamente cualquier unión desigual. El animal aprendió rápidamente a imitar un centenar largo de ruidos de la selva: rugidos de fieras, cantos de colegas, lluvia y viento, echando mano sin reparo del repertorio de sus mayores. En cambio no tenía ninguna noción de bantú antes de su encuentro, a la edad de veinticinco años, con una horda de cazadores procedentes de levante que penetraron una mañana en su rincón residencial de selva en persecución de catorce ñúes, a los que dieron muerte bajo la mirada despierta del ave gris, encaramada no lejos en una raíz aérea de higuera. Morgan aprovechó la ocasión para asimilar algunas interjecciones cafres, un poco de montería bantú, el grito del ñu herido de muerte.

No volvió a encontrar a ningún sapiens durante los veinte años siguientes, en el transcurso de los cuales llevó una existencia clásica de loro, miembro estimado de su comunidad y pronto padre feliz de tres pequeños Morgan, solo tres, pues la lógica genética de una subespecie rarísima imponía un numerus clausus en su función reproductora. A sus cuarenta y cuatro años, durante una reunión de familia celebrada en las ramas bajas de un platanero, divisó un grupo de seres humanos blancos vestidos de blanco, escoltados por seres humanos negros vestidos con taparrabos. Todos parecían cansados por haber andado mucho. Uno de los blancos llevaba una barba puntiaguda; cuando hablaba, los otros obedecían. Señaló el refugio del platanero para que descansaran todos en él entre los welwitschies. Naturalmente, toda la familia Morgan había callado con la llegada de los desconocidos, pero al cabo de un rato, pareciendo dormidos estos, reanudaron la conversación interrumpida, primero en voz baja, pero luego degeneró en griterío desenfrenado que despertó de su sueño al hombre de la barba puntiaguda. Abrió los ojos, los fijó en el grupo de aves que peroraban sobre su cabeza, se puso en pie y empezó a gritar dos o tres frases, las mismas siempre, que la familia Morgan repitió enseguida a coro. Al oírlas se levantaron todos los indígenas como un solo indígena, desplegaron una red y cinco minutos después, concluida la redada, las dos terceras partes de los Morgan estaban presos. Barba afilada escogió entre los cautivos, quedándose al final con solo dos individuos, Morgan y un primo suyo; tardaron varios días en transportarlos hasta el mar en una jaula colgada de unas pértigas como el arca de la alianza. Luego los repartieron en cajas distintas, cargadas en un vapor que navegaba rumbo al oeste por Costa de Oro, Costa de Marfil, Costa de los Granos, antes de remontar hacia el norte con una escala en Cabo Verde y otra en Las Palmas. En Tánger trasladaron a Morgan y a su primo a otras jaulas con aire acondicionado y el buque no volvió a tocar tierra hasta El Havre.

El primo salió enseguida para París, donde, cerca de la verja del Jardin des Plantes, lo esperaba un cuchitril que daba al Sena, lo cual le supuso un cambio muy grande en comparación con el único río que había conocido en toda su vida, que era el cuarto afluente por la orilla izquierda según se remonta el río Sanaga. Más tarde sería cedido al zoo de Viena, a cambio de un alce. Por lo que respecta a Morgan, pasó varios días en la oscuridad al fondo de un dock en el puerto de El Havre, antes de ser adoptado por un ornitólogo de Brujas, en cuya casa vivió siete años, correctamente alimentado, entre hembras de una rama lo bastante próxima a la suya como para que pudiera sacar algún provecho a la vez que se iniciaba en la lengua flamenca. Un día fueron unos ujieres vestidos de negro y azul oscuro a embargar los muebles del sabio, confirmando una ruina sensible ya de unos meses a aquella parte en el frescor irregular de granos y frutas. Morgan fue vendido en subasta a la madre superiora de un colegio religioso situado a diez kilómetros de Brujas, cerca de Blankenberge. Desde las ventanas del despacho de la superiora, junto a las cuales habían colocado al animal en una percha con una cadena y un pequeño recipiente de metal, podía contemplar el mar del Norte. Si se volvía hacia su dueña, a quien gustaba su plumaje, que hacía juego con el hábito de la orden, era para ver a menudo por encima de su hombro la cara compungida de alguna niña castigada, vestida de uniforme.

Durante su permanencia entre las monjas, Morgan aprendió todo un formulario místico y disciplinario, con un buen número de palabras en latín. A las seis semanas, el loro era capaz de pasar lista en vez de la superiora cada mañana en la sala de estudio antes de los rezos. La madre solo se decidió a desprenderse del ave cuando empezó a intervenir en las sesiones de reprimendas que inflingía a las pensionistas, austeras operaciones cuya gravedad reducían a cero los comentarios de Morgan.

Lo dio a un circo que estaba de paso, a cuya función había llevado una tarde a las alumnas de los cursos superiores y cuyo ilusionista la había impresionado lo bastante como para que le mandara anónimamente a Morgan, confundiendo a conejos, palomas, loros y sumiendo en la perplejidad al ilusionista, que confió el animal al payaso blanco, cuya hermanastra era amaestradora de pájaros. Esta comprendió enseguida que Morgan sabía demasiado para ella, lo que acabó de convencerla para abandonar el show-business y casarse con un vendedor de miel, después de poner un anuncio referente al volátil en la Gazet van Antwerpen. El primero en responder al anuncio fue el doctor Spielvogel, que compró el loro sin discutir y ya solo se separó de él las dos veces que se lo robaron; la primera se lo trajo a los seis días un taxidermista anegado en lágrimas y la segunda quien ya sabemos.

—Esta es su historia —dijo el doctor—. Ha podido oír ese nombre en cualquier sitio. Hay la gente que yo le he dicho, pero quizás hay más. No resultará fácil. A mí no creo que me suene en absoluto. ¿Cómo ha dicho que era?