Comte
Un calendario sin Dios
Cuando elaboramos un calendario no basta con dividir el tiempo
de forma ordenada, necesitamos contar una historia, no importa si
siempre es la misma, nos gusta que el tiempo disponga de una
estructura narrativa e, incluso, que tenga un significado un poco
más humano. A pesar de que echemos a Dios, a los santos y a
cualquier otro elemento religioso, no podemos renunciar a
individualizar cada uno de los momentos y a darles un sentido
diferente que los distinga de los otros.
Nos gusta que el tiempo del calendario sea claro, bien escrito y
con sentido, porque claro, bien escrito y con sentido también lo
son (o al menos lo creemos así) las actividades humanas que un
calendario debe mostrar y ordenar.
La historia sagrada es perfecta para organizar el tiempo: hay días
señalados que celebramos solo una vez a la semana y luego
están aquellos muy señalados que debemos esperar un año a
que lleguen; además, cada día podemos recordar a un santo, y a
cada estación del año le corresponde un acontecimiento. Si
decidimos que la historia sagrada ya no nos gusta, debemos
inventar otra porque sin historia no se puede elaborar un
calendario como es debido.
Comte no es el primero que se lo plantea: hace cinco capítulos
hemos visto a los revolucionarios franceses con el mismo
problema y hemos hablado de un tiempo laico que explicaba la
llegada de las estaciones y de las actividades agrícolas, que
enaltecía a las glorias de la razón y a los mártires de la
revolución. Veamos cómo sale adelante Comte.
Empecemos: ¿desde cuándo se cuentan los años? Desde la
Revolución francesa. 1789 es el primer año de la era del cambio
que, como cualquier etapa de transición, precede a otra, a la
definitiva. ¿Y cuál es la etapa definitiva? ¡El glorioso «régimen
positivo»! En 1849 Comte publica su calendario y ya sabe que la
época dorada llegará e incluso se atreve a decirnos cuándo: en
1855.
Hemos podido comprobar que las capacidades adivinas no
forman parte de las virtudes de nuestro filósofo, aunque él piense
lo contrario. Sigamos con nuestro calendario.
Comte es matemático y por lo tanto divide con rigor el año en
trece meses con veintiocho días cada uno (cuatro semanas con el
inicio de la semana siempre en lunes). Pero de esta forma
tenemos 364 días. No hay problema: el 31 de diciembre del
antiguo calendario, que queda fuera del esquema trazado, lo
dedicamos a los muertos (los que se lo merecen), y en los años
bisiestos tenemos un día de más para celebrar las santas.
Cada mes tiene su patrono, que representa una fase determinada
de la historia de la humanidad: por ejemplo, Homero la poesía
antigua y Arquímedes la ciencia antigua, César la vida militar y
Carlomagno la vida feudal, Shakespeare el drama moderno y
Federico II de Prusia la política moderna.
Cada día va dedicado a un «servidor de la humanidad», a un
científico, filósofo o político que haya contribuido al progreso del
espíritu humano, todos bien ordenados en el mes dedicado a la
categoría que les corresponda: por ejemplo, a Hesíodo, Sófocles
y Fedro les corresponde el mes de Homero, dedicado a la poesía
antigua, mientras que a Demócrito, Pitágoras y Zenón les
corresponde el mes de la filosofía antigua, bajo el patronato de
Aristóteles[80].