Comte

Cristina Redaelli · Capítulo 27 de 30

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Comte

Un calendario sin Dios

Cuando elaboramos un calendario no basta con dividir el tiempo

de forma ordenada, necesitamos contar una historia, no importa si

siempre es la misma, nos gusta que el tiempo disponga de una

estructura narrativa e, incluso, que tenga un significado un poco

más humano. A pesar de que echemos a Dios, a los santos y a

cualquier otro elemento religioso, no podemos renunciar a

individualizar cada uno de los momentos y a darles un sentido

diferente que los distinga de los otros.

Nos gusta que el tiempo del calendario sea claro, bien escrito y

con sentido, porque claro, bien escrito y con sentido también lo

son (o al menos lo creemos así) las actividades humanas que un

calendario debe mostrar y ordenar.

La historia sagrada es perfecta para organizar el tiempo: hay días

señalados que celebramos solo una vez a la semana y luego

están aquellos muy señalados que debemos esperar un año a

que lleguen; además, cada día podemos recordar a un santo, y a

cada estación del año le corresponde un acontecimiento. Si

decidimos que la historia sagrada ya no nos gusta, debemos

inventar otra porque sin historia no se puede elaborar un

calendario como es debido.

Comte no es el primero que se lo plantea: hace cinco capítulos

hemos visto a los revolucionarios franceses con el mismo

problema y hemos hablado de un tiempo laico que explicaba la

llegada de las estaciones y de las actividades agrícolas, que

enaltecía a las glorias de la razón y a los mártires de la

revolución. Veamos cómo sale adelante Comte.

Empecemos: ¿desde cuándo se cuentan los años? Desde la

Revolución francesa. 1789 es el primer año de la era del cambio

que, como cualquier etapa de transición, precede a otra, a la

definitiva. ¿Y cuál es la etapa definitiva? ¡El glorioso «régimen

positivo»! En 1849 Comte publica su calendario y ya sabe que la

época dorada llegará e incluso se atreve a decirnos cuándo: en

1855.

Hemos podido comprobar que las capacidades adivinas no

forman parte de las virtudes de nuestro filósofo, aunque él piense

lo contrario. Sigamos con nuestro calendario.

Comte es matemático y por lo tanto divide con rigor el año en

trece meses con veintiocho días cada uno (cuatro semanas con el

inicio de la semana siempre en lunes). Pero de esta forma

tenemos 364 días. No hay problema: el 31 de diciembre del

antiguo calendario, que queda fuera del esquema trazado, lo

dedicamos a los muertos (los que se lo merecen), y en los años

bisiestos tenemos un día de más para celebrar las santas.

Cada mes tiene su patrono, que representa una fase determinada

de la historia de la humanidad: por ejemplo, Homero la poesía

antigua y Arquímedes la ciencia antigua, César la vida militar y

Carlomagno la vida feudal, Shakespeare el drama moderno y

Federico II de Prusia la política moderna.

Cada día va dedicado a un «servidor de la humanidad», a un

científico, filósofo o político que haya contribuido al progreso del

espíritu humano, todos bien ordenados en el mes dedicado a la

categoría que les corresponda: por ejemplo, a Hesíodo, Sófocles

y Fedro les corresponde el mes de Homero, dedicado a la poesía

antigua, mientras que a Demócrito, Pitágoras y Zenón les

corresponde el mes de la filosofía antigua, bajo el patronato de

Aristóteles[80].