Comte

Cristina Redaelli · Capítulo 5 de 30

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Comte

El último amor y el último Comte

 

Estamos en 1845. Comte se ha separado definitivamente de su mujer y ha

perdido el cargo de examinador en la École Polytechnique. De ahora en adelante vive solo de la ayuda que recibe de Mill y de otros admiradores ingleses. Al menos es así hasta que Comte, con la diplomacia que le caracteriza, ordena a Mill que el subsidio sea permanente: los señores ingleses tienen el deber social de mantenerlo y él no puede llevar una vida digna si no aceptan establecer una cantidad periódica y considerable. Los señores ingleses dejan de ayudarle. Es el turno de los señores franceses. Su amigo (¿hasta cuándo?) Émile Littré, junto a un centenar de discípulos y admiradores, asumen la responsabilidad de ayudar económicamente al pobre Augusta. No parece que las cosas vayan especialmente bien, pero sin embargo resulta ser un «año sin igual».

En 1845 Comte conoce a su gran amor (no correspondido). La afortunada

se Dama Clotilde de Vaux, hermana de un antiguo alumno. Tiene treinta años, y está separada de su marido y gravemente enferma. Comte cae locamente enamorado de ella. Se declara «incapaz por culpa de lo que supera los límites del afecto y la amistad». Elegante perífrasis. No importa si ella no le hace caso, los filósofos no necesitan que algo sea real para construir a su alrededor elaborados viajes mentales. Y lo que construye Comte es una obra maestra: para Comte, Clotilde representa la «verdadera esposa», la «compañera de vida», la «madre de una segunda vida», la «influencia angelical» que le purifica el espíritu y amplía su pensamiento. Los dos se encuentran a menudo y se envían muchas cartas, pero en abril de 1846 ella muere.

Comte queda profundamente tocado y diviniza a su enamorada: la «virgen

positivista», la «sacerdotisa de la humanidad», la «mediadora entre el Gran Ser y su sumo sacerdote» (o así le hubiera gustado al sumo sacerdote). Quizás, como afirma el propio Comte, el sentimiento por Clotilde puede que suavizara el carácter del filósofo. Nunca antes el poder del amor sobre las reflexiones filosóficas había sido tan eficaz.

Tras la muerte de Clotilde, Comte decide alejarse del mundo (real e

intelectual) y alimentar su investigación con las mejores ideas que puede encontrar: las suyas. Desde ahora en adelante no leerá nada y no debatirá con nadie, practicará una inflexible abstinencia hacia cualquier otro pensamiento que no sea el suyo y, de esta forma, alcanzará un estado perfecto de «higiene cerebral». El resultado del experimento es una desmesurada autoconfianza exenta de autocrítica: como vive solo de sus pensamientos, se olvida progresivamente del aspecto que estos muestran a otros espíritus diferentes al suyo. Considera sus conclusiones solo desde el punto de vista que estas le sugieren, y en consecuencia estas le parecen perfectas. Para él, no existe ninguna consideración que pueda presentarse bajo otro punto de vista. El resultado natural de una postura semejante es una gigantesca autoconfianza,

por no decir presunción. Y la de Comte es colosal[7].

 

Clotilde de Vaux.

 

Por su lado, Comte cree haber alcanzado el punto álgido de su reflexión.

En calidad de filósofo e historiador está convencido de que ha encontrado la verdad suprema y, ahora, se propone como el fundador de una nueva religión que esté alejada de las supersticiones irracionales del pasado y que sea la expresión perfecta de una nueva mentalidad científico-positivista: la religión de la humanidad. Comte se entusiasma con esta nueva misión y utiliza su gran capacidad de organización para construir un culto por completo, con todos sus dogmas, ritos, sacramentos, plegarias, santos e incluso un calendario. Resulta obvio que no podía faltar el clero, unos sacerdotes organizados jerárquicamente bajo el mando de una mente iluminada: Auguste Comte, Sumo Pontífice de la humanidad.

En 1852 publica el Catecismo positivista, pero esto es solo el principio;

«antes de 1860», escribe Comte, «predicaré el positivismo en Notre-Dame

como la única religión real y completa»[8]. La evolución de los eventos estuvo un poco por debajo de las expectativas: por lo demás, nemo propheta in patria. ¿Y en patria ajena? Allí sí que logra cierto éxito.

 

La bandera de Brasil, con el lema positivista «orden y progreso».

En Brasil, por ejemplo, logra un éxito clamoroso y el positivismo casi

alcanza el rango de religión oficial del país (por poco): la Enciclopedia de las ciencias positivas se convierte en programa de estudio para las escuelas públicas. En 1891 se inaugura un templo en Río para celebrar el culto a la humanidad y el eslogan positivista «orden y progreso» aparece en el fondo azul de la bandera de Brasil. ¡Qué satisfacción! Aunque llegue un poco tarde para que Comte pueda disfrutarlo. Antes de languidecer en el ocaso de nuestro personaje (que, de hecho, será inminente), debemos tratar un último tema. La renovación religiosa solo es un punto en el amplio proyecto de reforma que se propone el positivismo: Comte está decidido a organizar toda la sociedad en todas sus facetas. No solo las formas de vida moral y religiosa, sino también las relaciones de producción económica y los fundamentos de las relaciones sociales del gobierno político. Podemos ver que no son temas nuevos, pero lo que cambia es el objetivo: Comte se dirige a las masas populares en competencia explícita y polémica con Marx.

Y Marx reacciona: «los filósofos no han hecho más que interpretar de

diverso modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»[9]. La filosofía no puede limitarse a justificaciones teóricas, debe ser praxis revolucionaria.

No podía estar más equivocado, afirma Comte, quien piensa que primero

debemos cambiar la mentalidad y el sistema de creencias sobre el que se sostiene la sociedad, y que la única reforma social válida es aquella capaz de transformar la forma de pensar. En segundo lugar; la acción sobre la realidad política tiene que ser mediante una reflexión filosófica (meditada) que incluya primero las leyes generales de la historia, luego los problemas de la situación actual, y finalmente una posible acción resolutiva para la instauración (y posiblemente también la conservación) de un nuevo orden (preferiblemente positivo). La no-intervención y pensar qué hacer antes de hacerlo no parece una mala idea, sin embargo, un exceso de cautela producida por una continua reflexión corre el riesgo de paralizar la acción. Por supuesto, hallar un punto

medio no es una opción y el intercambio de críticas no tarda en llegar[10] Comte desprecia la absurda «actitud revolucionaria» de Marx, y este último critica la absurda «vía intelectual» que propone Comte como alternativa. Filósofos. Siempre dispuestos a echar por tierra las ideas de los demás. Abundan los temas sobre los cuales no se ponen de acuerdo y cada uno siente que tiene el deber de tener una opinión propia sobre todas las cosas, y aún mejor si incita la polémica contra el otro. Comte tiene una opinión para todo y la mayoría de las veces es polémica. Además, publica sus ideas como si no hubiera mañana: en los años cincuenta presenta otros cuatro volúmenes del Système de politique positive. Ya llegamos al final, Comte vive de la generosidad de los amigos y del recuerdo de su «angelical Clotilde», pero sufre una grave enfermedad (seguramente un tumor estomacal) y el 5 de septiembre de 1857 muere en París rodeado de sus discípulos.