Comte
Elogio de la claridad
Comte nos enseña cómo ser claros: definiciones unívocas y
razonamientos lineales, con poco espacio para las
interpretaciones.
Pero, ¿no es gracias a la pluralidad de interpretaciones que el
pensamiento se enriquece? Según Comte, no (y a lo mejor no
está tan equivocado). Un discurso es más importante cuanto más
preciso es. Esta es la verdadera riqueza del significado:
especificarlo bien. La necesidad de interpretar aparece cuando el
pensamiento es indeterminado, cuando el significado no está
definido, cuando faltan piezas; y es precisamente en estos casos
que debemos interpretar, ya que si se explicase bien, con todas
las especificaciones necesarias, no habría necesidad de
interpretación alguna. Un exceso de interpretación se hace
necesario ante un pensamiento oscuro, y un pensamiento oscuro
no es un bien.
¿De verdad? ¿Y por qué Heráclito era conocido como el
«Oscuro»? Todo filósofo que se respete es un poco oscuro,
incluso cuanto más oscuro es, más profundo y más nos gusta.
Pero la verdad es que la oscuridad no es sinónimo de
profundidad, sino de confusión conceptual. Si una persona tiene
un razonamiento claro, este podrá expresarse con claridad.
Algunos razonamientos (de hecho, la mayoría de los más
importantes) son complejos y no lineales; sin embargo, lo
complejo puede expresarse con claridad [18]. Es más, es
justamente lo complejo quien así lo pide para poder ser
expresado correctamente y ser entendido. La clarificación de los
términos y el rigor deductivo de un pensamiento no rebajan su
significado, al contrario, lo amplían y lo profundizan, especifican y
justifican todas y cada una de las partes. Pero de esta forma ¿no
perdemos algo? ¿De verdad estamos dispuestos a renunciar a
todas las bellas reflexiones existenciales un poco ambiguas y no
del todo claras, pero sugestivas y fascinantes, debido a sus
pasajes retorcidos y confusos?
Bueno, estas inspiradas reflexiones todavía pueden conmovernos
más y entusiasmarnos, a pesar de que puedan dejar de hacerlo
cuando indagamos en su significado y no lo podemos hallar o lo
encontramos pobre y frágil. Pero su comprensión llega antes: sin
una meditación que nos ayude a comprender de forma rigurosa (y
extenuante), todo se vuelve superficial y una vez pasa la ola
emotiva del entusiasmo, ya no queda nada. Esquivar la obligación
que impone el rigor conceptual no significa tener un pensamiento
libre, sino solo ser un gandul y un grosero. Lo mismo ocurre con
todas aquellas florituras y los oropeles que a veces adornan o
abarrotan el pensamiento (filosófico o no): si lo que se dice es
válido, no hay necesidad de mostrarlo con ostentación. Un
discurso sobrio, limpio y claro, sin elementos inútiles, es el
instrumento para comprender.