Comte

Cristina Redaelli · Capítulo 7 de 30

Páginas del PDF

Comte

Elogio de la claridad

Comte nos enseña cómo ser claros: definiciones unívocas y

razonamientos lineales, con poco espacio para las

interpretaciones.

Pero, ¿no es gracias a la pluralidad de interpretaciones que el

pensamiento se enriquece? Según Comte, no (y a lo mejor no

está tan equivocado). Un discurso es más importante cuanto más

preciso es. Esta es la verdadera riqueza del significado:

especificarlo bien. La necesidad de interpretar aparece cuando el

pensamiento es indeterminado, cuando el significado no está

definido, cuando faltan piezas; y es precisamente en estos casos

que debemos interpretar, ya que si se explicase bien, con todas

las especificaciones necesarias, no habría necesidad de

interpretación alguna. Un exceso de interpretación se hace

necesario ante un pensamiento oscuro, y un pensamiento oscuro

no es un bien.

¿De verdad? ¿Y por qué Heráclito era conocido como el

«Oscuro»? Todo filósofo que se respete es un poco oscuro,

incluso cuanto más oscuro es, más profundo y más nos gusta.

Pero la verdad es que la oscuridad no es sinónimo de

profundidad, sino de confusión conceptual. Si una persona tiene

un razonamiento claro, este podrá expresarse con claridad.

Algunos razonamientos (de hecho, la mayoría de los más

importantes) son complejos y no lineales; sin embargo, lo

complejo puede expresarse con claridad [18]. Es más, es

justamente lo complejo quien así lo pide para poder ser

expresado correctamente y ser entendido. La clarificación de los

términos y el rigor deductivo de un pensamiento no rebajan su

significado, al contrario, lo amplían y lo profundizan, especifican y

justifican todas y cada una de las partes. Pero de esta forma ¿no

perdemos algo? ¿De verdad estamos dispuestos a renunciar a

todas las bellas reflexiones existenciales un poco ambiguas y no

del todo claras, pero sugestivas y fascinantes, debido a sus

pasajes retorcidos y confusos?

Bueno, estas inspiradas reflexiones todavía pueden conmovernos

más y entusiasmarnos, a pesar de que puedan dejar de hacerlo

cuando indagamos en su significado y no lo podemos hallar o lo

encontramos pobre y frágil. Pero su comprensión llega antes: sin

una meditación que nos ayude a comprender de forma rigurosa (y

extenuante), todo se vuelve superficial y una vez pasa la ola

emotiva del entusiasmo, ya no queda nada. Esquivar la obligación

que impone el rigor conceptual no significa tener un pensamiento

libre, sino solo ser un gandul y un grosero. Lo mismo ocurre con

todas aquellas florituras y los oropeles que a veces adornan o

abarrotan el pensamiento (filosófico o no): si lo que se dice es

válido, no hay necesidad de mostrarlo con ostentación. Un

discurso sobrio, limpio y claro, sin elementos inútiles, es el

instrumento para comprender.