Comte
La doctrina de la ciencia: «ciencia, de donde previsión; previsión, de donde acción»
La doctrina de la ciencia: «ciencia, de
donde previsión; previsión, de donde
acción»
¿Qué es el positivismo?
Es la pregunta que surge así, espontánea: ¿qué es el positivismo? Para
empezar, es el nombre que Comte eligió inspirándose en el libro de otro autor, precisamente del Catecismo político de los industriales de Saint-Simon. Los filósofos padecen cierta tendencia a tomar prestados conceptos y términos sin autorización. ¿Cómo podríamos llamar a esta práctica? ¿«Plagio», por ejemplo? Oh, no, no exageremos, sería poco elegante. Y, además, por este pequeño malentendido, ¿deberíamos renunciar a la idea de «nobleza intelectual»? Auguste se revolvería en la tumba. No podemos dejar que esto ocurra.
Sin duda hay otra forma de afrontar esta cuestión, en un modo que no
implique el plagio u otros conceptos afines. La práctica de volver a revisar los hechos para otorgarles el significado que queremos y que más nos conviene ya tiene un nombre y es «manipulación», pero no sigamos por este camino.
Volvamos a la forma en que los filósofos toman prestados los conceptos.
Funciona así: un filósofo tiene una buena idea y los otros manifiestan su conformidad usándola (como propia). Podríamos decir que la validez de una idea prescinde al final de la persona que la ha tenido y concretado (todo lo que una idea filosófica pueda concretarse, claro): una vez la idea existe, esta ya es de todos.
Entonces, ¿qué podemos hacer? Tomar todo aquello más significativo que
el intelecto agudo (de los otros) ha ofrecido de forma caballerosa y usarlo, cambiarlo, reformularlo, para que el conocimiento humano evolucione. Pero qué forma de actuar más bonita. Qué noble.
Llegados a este punto tampoco empezaremos a hablar de los derechos de
autor. De hecho, los filósofos, sedientos de saber y dotados del análisis conceptual, ¿van a perder su valioso tiempo en tareas terrenales como el reconocimiento a su trabajo? Sí, casi todos. Se trata de una de las pocas cosas sobre la cual todos los filósofos están de acuerdo: desean inmortalizarse en la historia del pensamiento. Los filósofos son muy celosos de sus conceptos, sobre todo cuando se trata de tomar prestado algo de los demás. En resumen: lo que es tuyo es mío y lo que es mío es mío. Ergo: todo es mío.
Pero, ¿de qué estábamos hablando antes de empezar esta digresión (de
indiscutible base teórica) sobre el ego de los filósofos? Nos preguntábamos qué era el positivismo y de repente hemos cambiado de tema. Irse por los cerros de Úbeda es una de las actividades preferidas de los filósofos (y también de quien habla de ellos). Llegó la hora deponernos serios.
Lo prometido es deuda: empecemos con la definición del término
positivo[11]. El saber positivo es, en primer lugar, un saber fáctico, es decir, relativo a los hechos. Pero, ¿qué hechos? Pues aquellos de los que tengo experiencia real, que puedo observar y medir; cuantificar y verificar. Solo estos son, según Comte, hechos reales: los metros que recorre un cuerpo en un intervalo de tiempo, el número atómico del hierro y la fotosíntesis, pero también las acciones de un hombre, las reacciones de las demás personas y la evolución histórica de la sociedad en la que los hombres actúan e interactúan. Todo esto es real en cuanto puede ser observado y comprobado. ¿Y cuáles no lo son? ¿Qué es lo que no podemos admitir como hechos? Dios, las ideas platónicas, el Ser en cuanto él mismo, la situación actual del mundo, el bien máximo (el mal parece que no merece el título de máximo y nos referimos a él solo en este paréntesis), la finalidad, la causa original y, por supuesto, las formas básicas de todas las cosas. Son siempre las cosas que dejamos en la frontera de lo real. Nada de esto puede formar parte del saber positivo. ¿Por qué? Porque no nos aportan ninguna experiencia: no podemos observar ni medir sus aspectos, no disponemos de elementos para verificarlos o contradecirlos. En resumen, no son objetos que podamos comprender o, al menos, no podemos tener un conocimiento positivo de ellos, no podemos comprobarlos de forma empírica. Sin embargo, esto no nos impide que hablemos de ellos. Al contrario: Dios, la causa original del mundo y el objetivo final de nuestra existencia, nos interesa mucho. Siempre queremos entender las cosas y por ello nos hacemos preguntas constantemente hablamos, debatimos y nos enardecemos. ¿Pero en verdad sabemos? ¿Llegamos a alguna conclusión y a un acuerdo sobre todo ello? Me parece que no. ¿Y cómo podríamos lograrlo? Nuestros discursos sobre Dios, las esencias y los principios básicos del universo describen los estados de las cosas que no podemos observar. Resulta difícil saber cómo son las cosas si no podemos ver cómo están. El problema es que cuando hablamos de Dios u otras cosas afines, echamos de menos poder compararlas con la experiencia para determinar si funcionan o no. No existen ni pruebas a favor ni en contra por el simple hecho de que el objeto que tratamos está más allá de lo que podemos probar. La falta de un objeto real (empíricamente demostrable) y la imposibilidad de tener una prueba no demuestran la ciencia de todo ello. ¿De todo ello? Del hecho de hablar de Dios, de las Causas, de los Principios y del Bien. Se habla de forma «vacía» (dice Comte) sobre cosas que no podemos conocer; «según principios confusos que, no ofreciendo prueba alguna
suficiente, suscitaban siempre disputas sin salida»[12] Ya es suficiente. No podemos hablar de todo de forma sensata y «sobre lo que no se puede hablar;
se debe callar».[13]. Tengamos en cuenta solo lo que se nos permite. Observemos los fenómenos de este mundo y describamos las relaciones que regulan los sucesos.
El espíritu humano renuncia desde ahora a las investigaciones absolutas que no convenían más que a su infancia, y circunscribe sus esfuerzos al dominio, desde entonces rápidamente progresivo, de la verdadera observación, única base posible de los conocimientos accesibles en verdad. […] La revolución fundamental que caracteriza a la virilidad de nuestra inteligencia consiste esencialmente en sustituir en todo, a la inaccesible determinación de las causas propiamente dichas, la mera investigación de las leyes, es decir, de las relaciones constantes que existen entre los fenómenos observados. Trátese de los efectos mínimos o de los más sublimes, de choque y gravedad como de pensamientos y moralidad, no podemos verdaderamente conocer sino las diversas conexiones naturales aptas para su cumplimiento, sin penetrar nunca
en el misterio de su producción[14].
Comte nos presenta su proyecto cognoscitivo con la imagen de un espíritu
humano viril que, en la madurez positiva, es lo bastante fuerte como para sentirse responsable de un saber científico y desencantado. Ya somos mayores para creer en cuentos de hadas y ha llegado la hora de enfrentarse a la realidad y conocerla con rigor y precisión por lo que es: un sistema ordenado de leyes. La naturaleza se explica con la naturaleza, sin esencias extrañas o entidades que inventen otros significados.
Lo entendemos así: lo positivo existe en cuanto realidad fáctica. El objeto
del saber científico-positivo son los hechos, que pueden observarse y medirse. Pero con el objeto no es suficiente. Para proceder correctamente con este análisis también necesitamos un método.
El contenido de la ciencia debe ser ante todo positivo, pero el modo del
argumento que lo describe también deberá ser positivo. ¿Y cómo se hace un discurso positivo? Con seguridad y precisión. El conocimiento debe actuar con solidez y debe estar bien documentado, tiene que definirlos términos que utiliza sin ambigüedades y con precisión, con reflexiones claras y ordenadas, estructuradas con pasajes coherentes y bien encadenados. ¿Es un procedimiento inflexible? Algunos filósofos de renombre se asustan ante la idea de someter el pensamiento creativo a un esquema como este. ¿Definir claramente los conceptos y deducir con coherencia las consecuencias compartidas? No funciona así. El pensamiento humano es complejo y no-estático, polivalente y multiforme, oscuro y profundo, y por este mismo motivo está lleno de significado y no está sujeto a definiciones. El pensamiento cambia de un sujeto a otro, en función del paso del tiempo y del cambio de lugar. No obstante, esto es la filosofía: la búsqueda incansable, la duda constante, las tensiones no resueltas hacia un saber que no tenemos. Fascinante. ¿Y también verdadero? La verdad: una sentencia ardua. Dejémoslo para las futuras generaciones. Redimensionemos el criterio de juicio y reformulemos así la pregunta: ¿este fascinante pensamiento que es dinámico y mutable, libre e indomable, recalcitrante y resistente a ser sometido a cualquier teoría que fije un significado que valga para más de una situación y más de un objeto a la vez, este pensamiento puede ser válido? Es decir ¿funciona? ¿Ayuda a solucionar los problemas? ¿Entendemos mejor las cosas? Comte piensa que no.
Comte cree en el orden y la claridad, en las definiciones y en las
deducciones. Al fin y al cabo, con una pequeña operación de maquillaje terminológico, la rigidez puede reformularse con rigor teórico y, en consecuencia, ser más presentable. Y entonces, para devolver el favor, la falta de rigidez-rigor, que era un pensamiento libre y dinámico, se convierte en confusión de conceptos, pierde de repente el toque suave de la virtud. Un pensamiento poco riguroso con equívocos y ambigüedades conlleva «dudas
indefinidas y discusiones interminables»[15]. Esto no es un bien. Es exactamente lo contrario. La reflexión sigue girando alrededor de los objetos que no define, se apoya en tesis que no puede demostrar y añade unas conclusiones que no siguen (lógicamente) las premisas. ¿Hasta qué punto podemos llamar a esto «conocimiento»? No podemos. Evitémoslo. Volvamos a lo que sí debemos hacer y terminemos con el discurso sobre el saber positivo. Hasta ahora hemos definido los objetos y los modos: nos faltan los objetivos. ¿Objetivos? ¿En filosofía? ¿El viejo saber sin interés alguno? ¿La observación estática de los mayores sistemas del mundo y la permanencia en la cima del conocimiento? ¿No es este el único objetivo de la filosofía? Solo de la que es inútil. Al contrario, la filosofía positiva quiere ser útil: «el destino necesario de todas nuestras sanas especulaciones, encaminadas al mejoramiento continuo de nuestra verdadera condición, individual y
colectiva, en lugar de la vana satisfacción de una estéril curiosidad»[16].
La finalidad de la especulación es el objetivo de los hombres. El
verdadero saber, el único que merece de verdad el título de «positivo» (y, en consecuencia, el único por el que vale la pena considerar la idea de hacer un esfuerzo), es aquel que la humanidad debe consumir y usar casi de forma exclusiva. Y entonces, ¿por qué ocuparse de ello? ¿Por el mero placer de un análisis teórico? Pues un poco para justificar la energía mental empleada en el análisis teórico. Según Comte, sacamos provecho conscientemente de los recursos a partir de los intelectuales. Este es el plan: realizamos una búsqueda minuciosa de las leyes que rigen el funcionamiento de los fenómenos naturales con el fin de entender cómo debemos intervenir sobre estos y cómo someterlos a los fines prácticos de nuestra voluntad. Comte nos dirá cuál es el grado de precisión que debemos alcanzan pero por ahora aclaremos su objetivo: explotar los recursos que nos ofrece la naturaleza. Y Comte se lo toma muy en serio: el trabajo intelectual resulta pesado y aburrido, así que evitemos cansarnos de más. ¿Cómo podemos evitar padecer una dispersión excesiva de energía mental? Seleccionemos los campos de investigación. Toda ciencia que no acepta actuar sobre la base de la realidad y que no aporta ventajas a la humanidad resulta inútil e injustificada. Dejémosla a un lado. Según este principio, la primera facultad universitaria que debería cerrar sus puertas sería la de filosofía. Emplear la fuerza intelectual para el bien del género humano no es una idea insensata. Incluso parece lógica. No obstante resulta excesiva, sobre todo por las consecuencias que conlleva (a menudo los filósofos «sufren» deducciones rápidas). Comte cree que es posible eliminar todas las investigaciones que no sean inmediatamente útiles, si bien es difícil saber a priori cuándo un estudio será práctico en el futuro. Ocurre a menudo que un descubrimiento en un ámbito del saber con el paso del tiempo, tiene consecuencias insospechadas y ventajosas en otro ámbito:
Los matemáticos que investigaban en las escuelas de Alejandría las propiedades de la elipse, ¿habrían podido imaginar que unos dos mil años más tarde sus reflexiones servirían para explicar el sistema solar y, más tarde aún, para que los barcos realizaran la circunnavegación de la Tierra? ¿Habríamos alcanzado el telégrafo eléctrico mediante un esfuerzo proporcionado acerca de un medio de comunicación instantánea si Franklin no hubiera identificado la electricidad con la luz, y Ampère con el magnetismo? ¿Quién puede afirmar qué investigaciones serán condenadas a no ser útiles para el hombre? Nadie sabe qué conocimiento
va a resultar útil, o cuál está destinado a ser inservible [17].
Además, la utilidad práctica e inmediata no es el único criterio para
decidir el valor (mayor o menor) de una cosa. ¿Qué ventaja le aporta a mi forma de vivir escuchar música? ¿O leer un libro? ¿O ir al teatro? ¿O mantener una conversación amena y agradable con un amigo? Ninguna. Y, en cambio, si nos prohibieran todo esto, consideraríamos que nos hacen daño.