Comte

Cristina Redaelli · Capítulo 8 de 30

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Comte

El método de investigación

 

A veces nos perdemos y fantaseamos. No lo planificamos, no lo

decidimos, simplemente ocurre. Fantaseamos sobre nuestro trabajo ideal, sobre la pareja perfecta, sobre una posible evolución divertida de nuestra situación actual. Nos gusta dejar correr la imaginación. Lo que no nos gusta es el mundo que nos hace surgir el deseo. El mundo resulta tan fastidiosamente inadecuado a los estándares de nuestros anhelos… De vez en cuando debemos tomarnos un respiro.

Pero, ¿cada cuándo? Por lo general, en el peor momento. Estamos

terminando un trabajo muy importante, pero nuestra mente, con su habitual sentido de la oportunidad, decide marcharse a otro lado temporalmente. ¿Adónde? Al mundo de los debería. Ah…, el mundo de los debería… Un mundo lleno de trabajos gratificantes, parejas que te veneran y respuestas justas. Los trenes son puntuales, se hace el amor y no la guerra, en la caja de los supermercados nunca hay cola.

En el capítulo anterior, Comte nos ha guiado por su mundo de los debería.

El objeto del fantástico pensamiento de Comte es el saber perfecto: basado en los hechos, riguroso y útil. Cuando Comte vuelve de su mundo de los debería, no hace otra cosa que constatar la insuficiencia de las teorías teológicas y metafísicas que se obstinan en querer inmiscuirse en la conciencia humana. Todo es un error: los objetos no existen, los discursos que se inventan son inocentes y ambiguos, y todavía nadie ha entendido cómo se debe usar una idea platónica.

En resumen: se habla de forma vacía de la nada, sin razón y sin objetivo.

De hecho, no existimos. Qué bonito sería si los hombres con conciencia se obligasen a construir un saber riguroso y preciso que se mantuviese en el plano real y que fuera utilizado para objetivos reales. Sin embargo, si buscamos bien, si alguien se comprometiese a este proyecto ambicioso, también lo encontraríamos aquí, en el mundo que, debería o no debería, de hecho existe. Y lo encontramos: el científico. A Comte le encantan las clasificaciones. La ciencia le gusta demasiado: es tan rigurosa y ordenada que le resulta imposible no amarla. A saber: Comte habla de ciencia con conocimiento de causa, pues había estudiado y profundizado en su contenido.

Por primera vez un hombre ha examinado qué es la ciencia, no en general, como han hecho otros filósofos, sino teniendo en cuenta las ciencias efectivas y existentes: la astronomía, la mecánica, la geometría, la óptica. Por esta razón llega a decir no aquello que la ciencia podría o debería ser, sino aquello que ella es en los hechos, en qué condiciones surge, cuáles son las hipótesis que realiza, de qué precedentes vive, qué líneas de desarrollo sigue, qué rigor exige, qué certezas conlleva. Son problemas de primer orden, de los más importantes, puesto que el nacimiento y el desarrollo de las ciencias positivas es, desde hace tres siglos, el advenimiento

más importante de la historia[19].

Un análisis importante de un acontecimiento importante: la ciencia

positiva. Primer punto del programa: el método. En todo programa filosófico que se precie, encontramos un punto dedicado al método. En general es el primero, raramente por debajo del segundo.

Así pues, ¿cuál es la primera fase del método científico e imprescindible

para la investigación científica? La observación. Observo los fenómenos, mido los datos y tomo nota rigurosamente de cómo se desarrolla todo sin imaginar hipótesis remotas ni espíritus al acecho: «la filosofía positiva se caracteriza sobre todo y en cualquier objeto por una necesaria y constante subordinación de la imaginación a la observación, que es el verdadero espíritu

científico y oposición al espíritu teológico y metafísico»[20].

Se trata del fenómeno antiexistencialista (si los filósofos no crean de vez

en cuando un binomio complicado no están contentos): eliminar la diferencia entre esencias y fenómenos, tomando partido por estos últimos. Los fenómenos son las cosas que se nos muestran, los objetos de los que tenemos conocimiento mediante la experiencia. Por debajo de estos no existe nada, el mundo termina con lo que aparece y tal como aparece.

De este modo limitamos nuestra investigación a las descripciones de las

formas en las que los entes se nos muestran. ¿Esto es todo? ¿Es suficiente para conocer científicamente los fenómenos? ¿Para observarlos bien? Claro que no. Observar científicamente es algo más que observar.

Rechazar las esencias metafísicas y tener en cuenta la experiencia no

significa separar la razón de la fenomenología: «sin la guía luminosa de una

teoría, los hechos carecen de significado»[21], es necesario un sistema conceptual de referencia que los ordene. La razón científica se basa en la observación de los datos empíricos, pero no solo se limita a acumularlos de cualquier modo en una lista. Al contrario, busca cuáles son sus relaciones y su regularidad. Para ello es necesario establecer una hipótesis teórica que guíe la observación y que dé sentido a los resultados. Y está claro que también vale lo opuesto: si la observación debe llegar directamente de una teoría, la teoría solo puede elaborarse mediante la observación. El método positivo consiste justamente en esto, en la combinación entre observación y razonamiento. La primera garantiza la unión de la teoría a la experiencia, el segundo consiste en dar un significado a la experiencia. Pero ¿qué significado?

El significado de la ley, en particular de la ley matemática. Ya hemos

visto un ejemplo: espacio = velocidad × tiempo. Uno nuevo: fuerza = masa × aceleración. Veo una pelota sobre la mesa y como buen físico no puedo evitar empujarla para ver qué ocurre. Sorpresa: la pelota empieza a moverse. No solo se mueve, sino que se mueve cada vez a mayor velocidad. Es lo que llamamos «aceleración».

Bien, ya vemos cómo funciona: la fuerza ejercida sobre un cuerpo

produce su aceleración. Impreciso. No es suficiente para entender la naturaleza (causa) de la relación entre fuerza y aceleración, tenemos que cuantificar esta relación.

Se trata de una relación de proporcionalidad directa: si duplico la fuerza

del empuje, se duplica la aceleración del cuerpo que se empuja; y lo mismo ocurre si la multiplico por cuatro o la divido entre tres. ¿Y la masa? En el ejemplo que exponemos, la masa permanece constante. Siempre usamos el mismo cuerpo y, en consecuencia, si aplicamos sobre él una fuerza mayor la aceleración también es mayor, pero no alteramos la cantidad de materia que la forma, es decir, la masa. Podríamos poner muchos otros ejemplos.

Consideremos la misma fuerza que actúa sobre otros cuerpos con masas

diferentes. Si ejercemos una fuerza sobre una bola de billar, se produce una aceleración, pero con una esfera de granito de dos metros de diámetro la aceleración será mucho menor (en el supuesto de que la fuerza sea constante). ¿Cuánto menor? Menor en proporción a la masa. En este caso, la proporcionalidad es inversa: si duplico la masa, la aceleración se divide por la mitad, si reduzco la masa en un cuarto, la aceleración se cuadruplica. Estos ejemplos y todos los parecidos se expresan con tres palabras: fuerza = masa × aceleración.

Esto es justo lo que hace la ley: define las relaciones necesarias entre los

fenómenos. La ley ofrece orden y unidad a nuestra comprensión de los hechos, y lleva muchos de los casos a un mismo principio explicativo. Con una ley solo consigo explicar el desarrollo de todos estos fenómenos múltiples en los que reconozco unas condiciones parecidas. El saber científico hace esto: simplifica los fenómenos en sistemas, ordena los hechos sobre la base de principios generales y de unidad.

Llegados a este punto me parece tener un buen conocimiento de los

hechos: hemos observado su desarrollo, hemos medido sus características y hemos explicado sus relaciones. Nos hemos basado en la experiencia, pero no nos hemos limitado a ella. Nos hemos dejado guiar por una hipótesis teórica, pero hemos construido su significado basándonos en la observación. Todo esto nos ha llevado hasta una ley, una ley matemática que fija de forma sintética y clara las conexiones constantes entre los fenómenos. ¿Podemos sentirnos satisfechos? Aún no. No basta con enunciar una ley, las leyes se deben probar y comprobar. ¿Qué es lo tengo que comprobar? Pues que la naturaleza responda a la ley matemática. Tengo que probar que en condiciones específicas los fenómenos se desarrollan tal y como dice la ley. Pero, ¿cómo? Buscando y recreando las experiencias a las que se refiere la teoría y, así, constatar la relación o los hechos de mi hipótesis. Estamos ante una tarea infinita. Las leyes en cuestión son muy ambiciosas: quieren ser válidas para cualquier fenómeno, pasado, presente y futuro. Resulta evidente que no podemos controlarlo todo, por lo que debemos contentarnos con una representación. Al fin y al cabo parece improbable que la naturaleza cambie de idea a estas alturas y empiece a modificar la gravedad o a frenar la órbita de los planetas. Al contrario, parece lógico que los fenómenos que hemos observado hasta el momento se repetirán del mismo modo en los casos parecidos que no hemos podido comprobar. En resumen, la naturaleza es constante y uniforme, en condiciones análogas se comporta de forma análoga.

Este es el supuesto (no verificado y no verificable, por lo que cómodo y

convincente) que tranquiliza nuestras verdades a medias y calma nuestras futuras indiferencias. Sin embargo, la objeción puede llegar en cualquier momento. Como diría un sabio de Viena: «todos los cisnes son blancos». Esto

es verdad hasta que encuentras uno negro[22].

Las teorías científicas son válidas hasta que se demuestra lo contrario,

hasta que encuentro un caso que se comporte diferente a lo establecido por la ley. Pregunta: ¿qué papel desempeña el científico en todo esto? Pues es el que busca el cisne negro. El científico sigue preguntando a la naturaleza sobre aquellos puntos problemáticos que parece que pueden echar por tierra sus teorías. Una ley solo puede reforzarse de esta forma (aunque no se comprueba al cien por cien): debe superar constantemente la prueba empírica contra aquellos casos que podrían rebatirla. Es por este motivo que una posible objeción siempre amenaza, pero es el precio a pagar por la honestidad de la investigación: a fuerza de preguntarnos (o, aún mejor de preguntar a la experiencia) si estamos en lo cierto, a veces descubrimos que nos hemos equivocado del todo. Llegados a este punto, nos vemos obligados a dejar a un lado el cómodo sistema con el que explicábamos tantas cosas y debemos empezar de nuevo. Así es la ciencia, probamos, erramos y volvemos a probar; una investigación incesante de una explicación que nunca termina ni se completa.

Nada más lejos de la verdad, dice Comte. La ciencia es una ciencia

exacta: no es la incertidumbre de la verdad, sino la fuente de los dogmas. Las leyes que los científicos establecen deben aceptarse de una vez por todas y dejar a un lado los debates eternos. El objetivo de la ciencia es aportar una legislación, sólida y ordenada, de los fenómenos. Cuando una ley logra explicar de forma unitaria una multiplicidad de hipótesis gracias a un sistema coherente, ¿hay necesidad de seguir buscando? ¿Y buscar el qué? ¿Una observación insignificante que pueda comprometer mi magnífica ley general? Comte no piensa igual. Es más, cree justo lo contrario: debemos defender nuestras teorías generales ya que nos permiten entender los fenómenos en su totalidad y nos guían en la naturaleza. El hecho de que estas explicaciones no sean del todo ciertas no parece un problema demasiado grave. Ante la sospecha de que un detalle pueda hacer temblar nuestro sistema, miramos hacia otro lado. Una vez establecemos que todos los cisnes son blancos, lo último que debemos hacer es ir al lago para ver de qué color son los cisnes. Solo nos faltaría encontrar un cisne negro y tener que renunciar a toda nuestra maravillosa afirmación universal por culpa de una hipótesis equivocada.

Porque si el caso se verifica, la ley sería errónea. Para la verdad es que

esto a Comte no le importa, a él le resulta más importante la comprensión ordenada y unitaria de los fenómenos que la necesidad de comprobar

empíricamente su validez[23]. Esta postura resulta bastante práctica: evitamos perder velocidad, tener que volver a pensar y discutir, la investigación sigue su curso a buen ritmo, las teorías son cada vez más generales y engloban a más y más fenómenos (sin necesidad de observación), y al final todas las cosas encuentran su ley. Así pues, el precio de todo esto es la verdad. Evitamos mirarla por miedo a que sea verdad. Si hacemos demasiadas observaciones, corremos el riesgo de tener que volver sobre nuestros pasos, abandonar las viejas teorías y, lo que es más cansado, construir unas nuevas. La elaboración de nuevas teorías significa volver a investigar, volver a tener dudas, volver a discutir. Si la ciencia es una mezcla de duda y fe, Comte prioriza la necesidad de la fe antes que la legitimidad de la duda. ¿Por qué? ¿Por qué este rechazo obstinado hacia las pruebas y contra el hecho de poner en duda las leyes? ¿Para defender teorías que pueden ser falsas?

Renunciar a la verificación (tanto parcial como provisional) de la verdad

es pagar un precio muy alto, y el motivo que lo justifica no puede ser solo la comodidad de mantener una explicación que ya existe y la pereza de elaborar una nueva. A lo mejor existe otra explicación, un motivo práctico que tenga el aspecto de un motivo social.

No se trata solo de disquisiciones sobre la investigación teórica, la ciencia

es una práctica humana y social que une a los hombres en lo universal. Esta es la base del consenso social de la nueva sociedad positiva. ¿Y cómo pueden hacer todo esto las ciencias? Con un sistema común de creencias en el que pueda fundamentarse el acuerdo entre pensamientos y opiniones que se encuentra en la base de una sociedad unida y sólida, es decir, ordenada y en paz.

Comte lo expone en un plano general; para resolver la crisis existente

fruto de un caos en el pensamiento y de un conflicto entre opiniones que debilita a la sociedad europea, es necesario crear y compartir un saber sólido y unitario que ponga fin a las discordias. La búsqueda de posibles pruebas demoledoras, poner constantemente en tela de juicio los conocimientos adquiridos y discutir sin tregua los resultados que se obtienen, no es la mejor forma de construir un saber sólido que garantice el consenso unánime de todos los seres pensantes de una sociedad. Nos podríamos preguntar si un saber de este tipo es al fin un buen saber, y si por lo general es un bien. Pero da igual, Comte no lo hace. Resulta obvio que es un bien: para construir un auténtico conocimiento ¿hay algo mejor que evitar considerar las pruebas en las que se basa y abstenerse de poner en duda los errores? Para Comte el saber debería ser así, tanto el que buscan los científicos como el que enseñan los maestros:

Todas las ciencias deben ser enseñadas sin alentar, sino, en la medida de lo posible, sofocando el espíritu de examen y discusión. La disposición que se debería alentar es la de aceptarlo todo del maestro. La fe positivista, aun en este aspecto científico, es la fe demostrable, pero en modo alguno deber ser la fe demostrada. No es asunto de los alumnos interesarse excesivamente acerca de la prueba. El maestro ni siquiera les presentará las pruebas en una forma completa, o como pruebas. […] En lo que se refiere a las demostraciones, resulta hasta bastante deseable, por otra parte, que incluso los teóricos las olviden, reteniendo solamente los resultados.

Entre todas las aberraciones de los hombres de ciencia, Comte piensa que

ninguna es mayor que la pedantesca ansiedad que muestran de una prueba completa. Esta excesiva ansiedad por la prueba, se queja, destruye, debido a

escrúpulos vanos, el conocimiento que parece haberse alcanzado[24].

Así pues, tenemos nuestro paquete completo de leyes, bien definido y

acabado, y no debemos demostrarlo o verificarlo porque alguien ya lo ha hecho por nosotros. Muy bien. Ahora que la ciencia se ha convertido en exacta y no hay nada más que añadir, ¿qué podemos hacer? Pues la usamos. El saber positivo tiene que ser útil, por lo que una vez que ya se han teorizado las leyes de los fenómenos, llega el momento de usarlas a nuestro favor Punto número uno: la previsión. Si admitimos que la naturaleza es constante, entonces el siguiente paso tras el conocimiento de los hechos presentes es la previsión de los futuros que, en buena lógica, responderán a la misma ley: «ciencia, de donde previsión». Esto es lo que hace la ley matemática cuando explica los fenómenos, los prevé aunque no pueda verlos: «el auténtico espíritu positivo consiste en prever, en estudiar lo que es con el fin de saber lo que será, de acuerdo con el dogma general de la invariabilidad de las leyes

naturales»[25].

Pero esto no es todo. Punto número dos: la intervención. La ciencia de la

naturaleza que descubre y formula las leyes para convertir en previsibles los fenómenos es la condición para que el hombre actúe con eficacia sobre la realidad: «previsión, de donde acción». Conocer el funcionamiento exacto de los fenómenos naturales me permite construir puentes y hacer que los aviones vuelen, combatir las bacterias que invaden mi organismo y hablar con un amigo que vive al otro lado del mundo. Una idea que coincide con Bacon: someter los fenómenos a los objetivos humanos mediante una intervención

que se adecúe a sus leyes. Dominar la naturaleza obedeciéndola[26]. ¿Cómo podemos obedecer a la naturaleza sin disponer de su ciencia, es decir, si no conocemos sus leyes?

El estudio de la naturaleza está destinado a suministrar la verdadera base

racional de la acción del hombre sobre la naturaleza, pues únicamente el conocimiento de las leyes de los fenómenos, cuyo resultado constante es el de hacerlos prever, puede conducir al hombre a utilizarlo y modificarlo en su

provecho[27].