Comte

Cristina Redaelli · Capítulo 3 de 30

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Comte

Vida, obras y contexto: una existencia trabajada

Vida, obras y contexto: una existencia

trabajada

 

Los estudios en la École Polytechnique y las

turbulencias revolucionarías

 

Es el 19 de enero de 1798, pero en Montpellier, donde se producen los

hechos que queremos narrar, ya casi nadie lo llama de esta forma. En Francia, durante esta época, enero se llama nivoso, o pluvioso si hablamos de finales de mes: se han revisado y cambiado los nombres de los días, meses y años. El

resultado: estamos en el 30 nivoso del año [1] VI .

Este día, entre muchas otras cosas significativas, en Montpellier nace

Auguste Comte. El joven Auguste muestra una habilidad precoz por las matemáticas, asiste al «colegio ciudadano», donde se empiezan a conformar sus dudas sobre la fe católica y tiene un primer contacto con las ideas liberales y revolucionarias, hecho que desorienta a la familia, de tendencia católica y monárquica.

En 1814, ingresa en la École Polytechnique, si bien un año antes ya había

pasado con éxito la prueba de admisión. Estos años de felicidad van a durar poco, pues en 1816 Comte debe abandonar el centro. Si no hubiese dirigido una revuelta estudiantil contra un profesor, lo que obligó a las autoridades gubernamentales a cerrar (temporalmente) la École, lo más probable es que Comte hubiese permanecido más tiempo en ella. Pero no parece que esto le importe demasiado a Comte, al contrario, lo ve como una oportunidad para cambiar de aires, y tras un breve periodo en Montpellier, decide irse a París. Sus padres, que acogen del mismo modo el abandono de los estudios como sus declaraciones republicanas, deciden negarle cualquier ayuda económica. Llegados a este punto, la situación empieza a ser menos divertida. Por otro lado, Comte no es el único en Francia que vive momentos de incerteza; de hecho, durante los últimos años, el país atraviesa una fase llena de inseguridad.

En 1789 todo había cambiado tras el estallido de la Revolución. Eran

tiempos de ebullición y lucha, de transformaciones a toda velocidad y de giros radicales. En pocos años, Francia se convierte en una república, la religión católica en una superstición y el terror es el pan de cada día. Para perder la cabeza. Sin tiempo para adaptarse a la situación, Francia es embestida por un nuevo huracán: Napoleón. Un ciclón que atraviesa las fronteras francesas e invade toda Europa.

En 1796 el joven Napoleón toma el mando del ejército francés en Italia y

en 1804 es coronado emperador en Notre-Dame (o, mejor dicho, toma la corona de las manos del papa y se corona a sí mismo). En 1810 el Imperio francés domina media Europa. Pero Europa no se doblega y hace frente común contra el tirano: primero Napoleón es derrotado y mandado al exilio, luego vuelve a ser derrotado y otra vez enviado al exilio, pero un poco más

lejos[2].

En Francia vuelve la monarquía borbónica y en Europa se restablece el

antiguo orden. Al menos por un tiempo. Es la época de la Restauración: entre noviembre de 1814 y junio de 1815 las potencias europeas se reúnen en Viena

para organizar el nuevo orden postrevolucionario[3]. En primer lugar, los gobiernos reunidos se declaran víctimas de la Revolución francesa y, sobre todo, de los abusos hegemónicos de Napoleón. ¿Y qué hacen? «Restaurar» (en parte) la situación anterior al vendaval revolucionario. Los legítimos soberanos pueden volver al trono, el orden jerárquico debe ser restablecido y resulta necesario garantizar (militarmente) el equilibrio y asegurar el mantenimiento del nuevo mapa geopolítico de Europa. Está claro que deben terminar todas esas historias sobre la igualdad entre las personas y la libertad de los pueblos. La gente no acepta tales propuestas y empiezan las movilizaciones: Europa en llamas.

Entre 1820 y 1821 estallan muchas revueltas contra los gobiernos

restauradores: en España, en el sur de Italia, en el Piamonte, en Grecia y en Rusia; entre 1830 y 1831 llega una segunda oleada revolucionaria que, desde Francia (París), se extiende hacia Bélgica, Suiza, Polonia e Italia; en 1848 la «primavera de los pueblos» alcanza toda Europa. No todas las revueltas tienen éxito (de hecho muy pocas consiguen cambiar apenas nada), pero aun así llega el fin de la Restauración.

Volvamos con Comte. Retrocedamos hasta 1816: la aventura napoleónica

ha terminado y se vive en la incertidumbre, si bien a Comte no le convence ninguna de las partes. Por un lado están los conservadores, que intentan restablecer el antiguo orden, el mismo que provocó la crisis revolucionaria; por el otro, los anarquistas rechazan cualquier orden y están dispuestos a destruirlo todo sin construir nada. Las ideas de orden de los primeros y las ideas de progreso de los segundos son radicalmente opuestas, y el continuo choque entre el espíritu conservador y el revolucionario impide superar el momento de crisis. Se entra en una situación de impasse. Es necesario un plan de acción.

Comte siente la crisis de su época y elabora un análisis detallado en el que

expone su opinión para superarla. Pero de esto ya hablaremos en los próximos capítulos. Ahora centrémonos en las vicisitudes del joven Auguste, que debe afrontar sus incertezas laborales y sus problemas económicos.