Comte
Publicaciones (desafortunadas) y amores (terminados)
Publicaciones (desafortunadas) y amores
(terminados)
Comte no tiene dónde dormir y está sin un
céntimo. ¿Qué puede hacer? A lo mejor Auguste tiene algún recurso que pueda aprovechar: para empezar, dispone de una excelente formación gracias a sus años en la Polytechnique. Problema resuelto: clases privadas de matemáticas. Sin embargo, un año más tarde Comte encuentra un trabajo que le gusta mucho más: se convierte en el secretario de Saint-Simon. ¿Y quién es este? Algunos lo consideran el fundador del socialismo francés, otros dicen que es el padre del socialismo utópico, y otros llegan incluso a nombrarlo el
Henri de Saint-Simon. creador del positivismo social. Y, aparte, era
conde. Un intelectual con título. Muy elegante. Todo lo contrario de la realidad histórica y de la jerarquía que la gobierna: totalmente vulgar y obstinadamente insensata. Sin duda poco elegante. Para Saint-Simon, la sociedad no puede ser gobernada por una clase de «ociosos incapaces»: monarcas, nobles y burgueses, y tampoco por capellanes y militares, puesto que ya han perdido toda función social. Quien debe gobernar son aquellos que producen la riqueza de una sociedad, los sujetos que trabajan, «del peón más sencillo al industrial más rico, al ingeniero más inteligente».
Si Francia perdiera los tres mil individuos que ocupan los cargos públicos, religiosos y administrativos más relevantes, el Estado no sufriría ningún daño, pues estas personas serían reemplazadas con facilidad. En cambio, si Francia perdiera sus tres mil científicos más cualificados, sus artistas y sus artesanos, caería rápidamente en un estado de inferioridad frente
a las naciones con las que ahora rivaliza y permanecería en desventaja frente a ellas[4].
Hace falta un nuevo sistema de pensamiento y de poder que sea funcional
a partes iguales. Se trata de reorganizar la sociedad sobre la base de la ciencia moderna y el trabajo industrial: cerebros brillantes en la cúspide de la jerarquía, planificación de la producción, distribución de los productos según el trabajo realizado, todos los hombres son como hermanos, la violencia resulta innecesaria y toda acción es buena y razonable. Lo típico. Todo buen filósofo tiene el deber de proponer su proyecto personal. Este es el de Saint-Simon (o, al menos, un breve resumen). Así pues, Comte también deberá elaborar su proyecto. Es por este motivo que la colaboración entre Saint-Simon y Comte desempeña un papel tan importante, tanto por las ideas que comparten, como por sus discrepancias. Entre el joven Auguste y el sexagenario Saint-Simon se establece una profunda relación intelectual. Al cabo de un tiempo, Comte declarará que el encuentro con Saint-Simon le hizo un daño irreparable. Ya se sabe, los filósofos son criaturas volubles, sobre todo cuando se trata de opinar sobre otros filósofos.
Veamos qué sucedió. Al principio parecía que todo iba muy bien, Saint-
Simon disponía de un secretario eficiente y Comte de un gran maestro. Pero un día de primavera de 1824 se publica la versión definitiva del Catecismo político de los industriales de Saint-Simon. En esta obra aparece un divertido capítulo titulado «Système de politique positive», elaborado por Comte. Comte había vendido su trabajo a su maestro y Saint-Simon lo había publicado dentro de su obra sin especificar el nombre del autor, el de Auguste Comte. Y este último no se lo tomó demasiado bien. El reconocimiento (público) de la propiedad intelectual es un tema sobre el cual los filósofos se muestran especialmente sensibles. Para Saint-Simon, el «Système de politique positive» trataba sobre el desarrollo final del industrialismo, mientras que para Comte era la primera parte hacia el positivismo. He aquí el origen de la discordia. Lo que debía de haber sido un intercambio con una mente maravillosa, se convirtió en una «amistad indeseable» con un «bufón depravado». Se acabó el juego. Como el joven Comte ya no quiere saber nada más de Saint-Simon, deberá buscarse otro trabajo. Trabajo, trabajo, siempre el trabajo… ¿no existe nada más? Sí, claro que sí.
Caroline Massin, esposa de Comte.
Comte tiene 27 años: es hora de sentar la cabeza. La afortunada se llama
Caroline Massin, una exprostituta que había conocido cuatro años atrás. Lo más probable es que Comte fuese cliente suyo. Se casan el 19 de febrero de 1825. Pero dejemos que sea el mismo Comte quien nos describa con palabras conmovedoras la feliz unión: «el único gran error de mi vida». La joven Caroline muestra enseguida poco aprecio a la fidelidad conyugal y un año después de la boda ya se ha marchado. El pobre Auguste se concentra en trabajar: en 1826 empieza con sus lecciones públicas (en su casa) del Curso de filosofía positiva, pero meses más tarde Comte deberá interrumpirlas porque sufre agotamiento nervioso. Entre la huida de su mujer y la sobrecarga intelectual, la salud de Comte cede y necesita concederse una estancia en una casa de reposo para recuperarse mentalmente. En 1829 dice estar como nuevo y vuelve a dar clases. Sin embargo, ya ha superado los treinta y ve que en el ámbito laboral le gustaría tener algo más seguro que los cursos informales en su casa. Una cátedra en la universidad, por ejemplo, no le iría mal. Al fin y al cabo estamos hablando de Auguste Comte, el mayor exponente del positivismo francés: de hecho, debería ser la universidad quien se lo pidiera. Él está convencido de ello. La universidad, por su parte, no tanto. Como primer intento pide la cátedra de análisis de la École Polytechnique: propuesta rechazada.
Luego lo prueba en el Collége de France para enseñar historia de las
ciencias: tampoco. Vuelve a la politécnica, esta vez a por la cátedra de geometría, pero la Polytechnique es menos voluble que los filósofos y le vuelven a decir que no. No obstante, Comte obtiene una media victoria: la École le concede un puesto de profesor particular de análisis y mecánica, y más adelante también de examinador. No se trata de una cátedra de prestigio (no lo es, está claro), pero hablamos de un salario de tres mil francos. Comte puede vivir con comodidad, aunque sin ostentación. El éxito se logra mediante las publicaciones y Comte no se hace de rogar a la hora de exponer su pensamiento al público.
Durante los años veinte publica algunas obras juveniles, aparecen
artículos en Le Censeur, el Organisateur y en el Journal de Paris, pero es en 1830 cuando Comte publica por fin su obra maestra: el Curso de filosofía positiva. Un pequeño inconveniente: en julio estalla la Revolución y, a causa de las revueltas políticas, fallece su editor. Justo ahora que debe publicar su
gran obra. Revolucionarios. En mal momento aparecen[5]. Pero Comte no cae en el desánimo y entre 1830 y 1842 logra publicar todo su trabajo: 1400 páginas en 6 volúmenes. Ha necesitado dedicación absoluta y una determinación de hierro, años de estudio, penurias y abnegación (y también agotamiento nervioso y ocho meses en una casa de reposo), pero por fin su obra sale a la luz. Y resulta un fiasco. El público no la aprecia. Su otra obra, el Discurso sobre el espíritu positivo, mucho más amena (y breve), irá un poco mejor, pero aparecerá en 1844 y se torcerá por otros motivos. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Volvamos a los años treinta: Comte trabaja en la École Polytechnique a
pesar de que no es el trabajo de sus sueños y se centra en la escritura del Curso de filosofía positiva. ¿Y qué ocurre con su vida privada? La última vez que hablamos de Caroline estaba abandonando el nido conyugal. Los años pasan entre huidas de la esposa. Comte angustiado y recuerdos nostálgicos de ambas partes. El matrimonio está hecho más de ortigas que de pétalos de rosa. Comte encuentra consuelo en la actividad intelectual (cuando los nervios aguantan) y también en las amistades.
Auguste Comte no es un hombre de carácter fácil, sin embargo entabla
amistad con John Stuart Mill, agudo filósofo inglés con quien mantiene una activa relación epistolar. ¿De qué hablan? De positivismo. Cartas y más cartas durante años sobre este tema. El primer contacto (intelectual) ocurre en 1828: Mill lee el Système de politique positive de Comte y le encanta. Le gusta el análisis evolutivo de la historia de la humanidad, su laicismo de fondo, el rigor metodológico aplicado a la sociología y, sobre todo, la idea de una ciencia que conlleve el progreso. Es verdad que existen puntos de desacuerdo: la tendencia al autoritarismo, la aversión al liberalismo, el rechazo absoluto a la libertad de pensamiento, los adjetivos no precisamente aduladores hacia las mujeres, la moralidad, la falta de interés por la realidad concreta, etcétera, son posiciones que sorprenden a Mill. Pero, al fin y al cabo, es lo que da vida a su relación: la polémica. Con el tiempo la relación se enfría un poco, luego revive la vieja llama (Mill está como loco por leer el quinto volumen del Curso de filosofía positiva), pero tras esto su comunicación se interrumpe en 1847. No hace falta decir que es Comte el que corta la relación. Mill se dirigía a Comte para intercambiar opiniones entre iguales, pero Comte interpretaba las cartas de Mill como el homenaje de un discípulo a su maestro, quien, a su vez, desde su torre de marfil le ilumina con la verdad (infalible). La relación tenía los días contados. Y así fue. Sin embargo, de todas las relaciones que mantuvo Comte con otro pensador, hay que reconocer que esta fue una de las más largas y profundas. Sí, decididamente Comte no tenía un carácter fácil. Pero debemos admitir que tampoco su vida lo fue.
Ahora, dejemos a un lado los dramas existenciales de Comte (los
retomaremos más adelante) y volvamos al contexto. Ya hemos dicho que las revoluciones atraviesan Francia (y Europa) durante la primera mitad del siglo, pero no solo debemos fijarnos en la situación política.
Mientras los alemanes discuten sobre el idealismo, en Francia, y más tarde
en Inglaterra, los filósofos debaten sobre los resultados de la investigación científica, y Comte está en primera línea. Sin embargo, en un honesto reconocimiento de los honores, cabe decir que la labor fue llevada a cabo principalmente por los científicos. Y entonces, ¿qué hicieron los filósofos? ¿Se dedicaron a elaborar teorías que otros ya habían trabajado? Bueno, siempre hay alguien que lo hace. ¿Ah, sí? ¿Por qué? Porque las personas son así, piensan lo que hacen y, si hay suerte, cuando lo piensan, logran hacerlo un poco mejor que antes. Pero a veces solo logran ser neuróticos (seguro que conocemos a alguien que ha estado ingresado en un centro durante ocho meses). Dejo al lector que decida hacia qué lado se inclina la balanza en la mayoría de los casos, si es que en este caso realmente se puede hablar de una balanza. Parece que el sentido común no es una condición imprescindible para que el filósofo reflexione, a veces nos gusta concedernos el placer de divagar en los límites de la insensatez, porque también forma parte del pensamiento humano. Reconocerlo sirve para desdramatizar y aligerar el peso de nuestras conciencias. No corramos tanto, todavía tenemos cuatro capítulos por delante para divagar de forma «insensata». Volvamos a la ciencia y a los filósofos que piensan en ella, y hagámoslo con sensatez. Veamos qué opina el propio Comte.
Comte tiene las ideas claras sobre este tema: el progreso técnico-científico
es el motor del progreso humano. Por un lado, los resultados de las ciencias y de las técnicas, y, por el otro, el arranque del sistema industrial, han mejorado el bienestar material y han aumentado la confianza en la capacidad del hombre y en el futuro de la sociedad. Pero es cierto que el progreso técnico-industrial no resulta gratis, de modo que la opinión de Comte es demasiado
optimista cuando habla de los beneficios frente a los costes[6]: la ciencia funciona y funciona bien tal y como es, no hace faltar entender por qué. Ante todo debemos definir las condiciones (metodológicas, primero) que una disciplina tiene que cumplir para merecer el título de ciencia. Una vez hemos teorizado sobre cuáles son los deberes del método en la investigación científica, se trata de aplicarlo también en la sociedad. ¿Con qué objetivo? Para refundar la sociedad de forma científica.
El positivismo no solo quiere ser «la teorización de lo que ya han hecho
los demás» (aunque hay quien piensa que habría sido mejor así), sino que también quiere ser el inicio de una nueva era: la era positiva. El objetivo de Comte es reorganizar toda la sociedad humana guiándose en la razón científica, en el progreso técnico-industrial y en una nueva religión, cuyo gran sacerdote, modestia aparte, sería él.