¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 15 de 65

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¡Dame un respiro!

15. ¿Te lo puedes creer?

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¿Te lo puedes creer?

 

A solas en su piso, donde ni siquiera se había tomado la molestia de encender la luz, pese a que hacía largo rato que había oscurecido, Rose pasaba revista a su vida, que se estaba haciendo pedazos. Encima de la mesa, la media docena de facturas recibidas en menos de una semana absorberían buena parte del salario que acababa de percibir. Al lado, el horóscopo del día, ofrecido por el periódico gratuito del metro. Balance de los pronósticos: amor, trabajo, dinero, ¡todo viento en popa! Tomó nota mental de que tendría que hablar seriamente con el redactor de la sección para darle un feedback. Era tan preciso en sus predicciones como parecía serlo la astróloga Élizabeth Teissier según la Wikipedia.

Le entristecía haber dejado de ver a su hijo, pero, en el fondo, una vocecita seguía susurrándole que las cosas iban a arreglarse. ¿Cómo? Aún no lo sabía. Para ello, Júpiter debía poner algo de su parte.

A su pesar, se preocupaba por Colette. Y eso que ya tenía bastantes cosas que gestionar en su vida. Rose tenía la obsesión de prodigar afecto a su alrededor, de implicarse emocionalmente, aunque no hiciera falta. La mujer se le antojaba un tanto chiflada, cierto, pero al mismo tiempo adorable. No podía evitar sentir compasión por ella. ¿Por qué se pasaba la vida lavándose? Rose se entregaba a la psicología barata, pero realmente ansiaba entenderlo. Si no se preocupaba por ella, ¿quién iba a hacerlo? La probabilidad de que sus caminos volvieran a cruzarse algún día era remota; Colette nunca salía de casa.

Tal como imaginaba, Véronique no había vuelto a llamarla. En consecuencia, se pasó la semana ordenando, ocupándose de la limpieza, arreglando los cajones, con el fin de distraerse. El tipo de cosas que uno no hace nunca, para las que rara vez encuentra el momento, o que se limita a ir dejando para el siguiente fin de semana. Tiró tres enormes bolsas de basura con cosas suyas inservibles. Las de Baptiste las había metido en cajas de cartón, que había apilado en un rincón de su cuarto. Había dejado en los cajones todos sus recuerdos, el globo terráqueo luminoso sobre el que tantas veces había imaginado sus futuras vueltas al mundo en velero, sus dibujos infantiles, que, sin embargo, había guardado como algo preciado hasta entonces, la correspondencia con su madre, cuando se iba de campamento de verano y un montón de cosas más. Rose no se decidía a desembarazarse de ellas. ¿Y si algún día su hijo las necesitaba?

Tras poner orden en todo el piso empezó a sentir angustia. ¿Y si Baptiste había dejado de ir a clase? ¿Y si, además de a su madre, había abandonado también los estudios?

Decidió dirigirse a su instituto de formación profesional. Hacer el trayecto que su hijo había recorrido todos los días desde el comienzo del año escolar la emocionó; tratar de adivinar en qué sitio se sentaba en el autobús, o si en ocasiones se dormía con la frente pegada al frío cristal de la ventanilla.

Ya en la avenida, Rose se instaló en un café de la acera de enfrente, para tomar un chocolate caliente mientras se hacía la hora de la salida de clase. Sentada a la barra, hojeaba el periódico a disposición de los clientes y, al llegar a la página de sucesos, el corazón se le aceleró. Ya no soportaba las malas noticias. Cuando se abrió la verja, salió del café para observar a los jóvenes que se iban dispersando, con la esperanza de ver a su hijo. No se atrevió a cruzar la calzada que la separaba del establecimiento, hasta que reconoció a Freddy, uno de sus más íntimos amigos, un muchacho bien educado; le caía bien. A menudo había animado a su hijo a frecuentarlo.

Freddy, siempre tan atento, le respondió que hacía varios días que no veía a su hijo en clase. Y cuando le preguntó si Baptiste estaba bien, la joven madre desamparada notó que se le contraían las mandíbulas y la espalda. Era incapaz de responder a la pregunta. Y se avergonzó de ello. Rose ignoraba lo que hacía su hijo, dónde estaba o si estaba bien.

Respirar hondo.

Esperaba de todo corazón que no hubiera abandonado también las prácticas. Hasta el momento su jefe se mostraba sumamente elogioso con respecto a él y ya le tenía reservado un empleo.

Se consoló al recordar que el viernes lo vería en la cena sorpresa en casa de su hermana, en plena forma, dispuesto a hablar con ella tranquilamente. Rose sabría dar con las palabras, no tardarían en reconciliarse y Baptiste reemprendería el camino al instituto a tiempo para los exámenes finales, que estaban próximos.

La semana se le había hecho larga. Había visto mucha televisión, en especial las series que emitían una y otra vez. Había comido poco. Y sobre todo había pensado mucho en su padre. No podía evitar decirse que si él hubiera estado allí en los momentos difíciles, todo habría resultado más sencillo.

Por fin llegó la noche de la cena con Baptiste. Rose eligió su atuendo con esmero, como para una primera cita, se esforzó por tener buena presencia. Su hijo le reprochaba en ocasiones que vistiera como una vieja, que no cuidase su aspecto, de manera que deseó agradarle. Primero probó a recogerse el cabello hacia atrás, pero, al ver que ponía de relieve su rostro, se lo pensó mejor: tenía los ojos hinchados y ojerosos, sin duda había llorado demasiado los últimos días. En el metro, de camino a casa de Lili, con los auriculares en los oídos, se dedicó a escuchar la radio. La conexión era pésima, solo oía una de cada dos estrofas de la canción de Rocky.

The final countdown. Tatatá tatatá, tatatá tatatá…

A Baptiste le encantaba esa película cuando era más joven. Se sabía las réplicas de memoria.

Le quedaba una parada para apearse, cuando de pronto le sonó el móvil. En la pantalla apareció un número desconocido. ¿Habría cambiado de número su hijo? Eso explicaría por qué había dejado de contestar al otro… Respondió con el corazón palpitante.

¡Poner voz alegre! Y hacer como que paso de todo…

—Hola. Soy Véronique Lupin.

¡Mandíbula colgante a lo Sylvester Stallone! Sin duda Rocky le habría dicho a Rose: «Lo que cuenta no es la fuerza de los golpes que das, sino el número de golpes que encajas».

—Finalmente, la necesito. Vuelvo a irme de viaje sin Pitusa. Richard ha de asistir a un congreso. La dejo instalarse definitivamente en el pequeño estudio. El mismo sueldo, la misma implicación irreprochable. Tendrá que llevarla dos veces por semana a la peluquera y tres veces al terapeuta. No sé cómo se las apañó con mi adorada perrita, ¡pero parece que la cosa funcionó!

Menuda sorpresa. Francamente inesperada. No obstante, la señora marquesa no sabía cómo las gastaba Rose. Ignoraba lo que era el tratamiento criogénico. Muy pronto se enteraría de dónde podía meterse su propuesta.

¡Ya puedes ponerte en guardia, Véronique, voy a devolverte golpe por golpe!

—Verá, señora Lupin, se lo agradezco, pero voy a tener que rehusar. Va contra mis principios hacer de señora de compañía de un perro cuando, a todas luces, es su madre quien necesita ayuda. Si desea contratarme para Colette, será un placer. Si es para su querido chucho, paso.

¡Toma ya, en plenos morros!

¡Por fin! Rose le había soltado lo que llevaba dentro. Por una vez. Sin duda había sido la primera en cerrar el pico a Véronique, y eso la llenaba de orgullo. Sentía que podría tomarle el gusto. Tanto más cuanto que renunciar a semejante salario suponía un verdadero sacrificio.

En sus adentros, confiaba en que Véronique Lupin aprovechara la ocasión y la contratase para Colette, pero no. Nada, aparte de un largo silencio seguido de un:

—¡Perfecto, hasta mañana entonces!

Bien, saltaba a la vista que Véronique no había entendido nada de la provocación de Rose. Vale, le faltaba entrenamiento. Pero como decía Rocky: «La cosa no ha terminado hasta que no suena la campana».