¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 55 de 65

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¡Dame un respiro!

55. Guardián entre el centeno

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Guardián entre el centeno

 

Rose había telefoneado al hospital que se había hecho cargo de Colette. La anciana estaba mejor, un alivio; le informaron de que a última hora de la tarde podría pasar a visitarla, cuando acabaran de hacerle pruebas. La persona que le respondió en la recepción del servicio le preguntó: «¿Es usted su hija?», a lo que la joven repuso sin vacilar: «Sí».

Desde hacía unos meses la vida de Rose había tomado un cariz grotesco, pero se daba cuenta de que el amor lo superaba todo. Unas semanas atrás ni siquiera habría podido imaginar lo que estaba dispuesta a hacer por su hijo. Como Baptiste solía repetirle cuando era solo un chiquillo, se querían «hasta más arriba del cielo».

Rose se había preguntado con frecuencia cómo una madre y su hijo podían poner fin por completo a su amor maternofilial. Siempre había creído que Baptiste y ella acabarían por arreglar las cosas, pues, en lo más hondo de sí misma, nada podría interponerse jamás entre ella y la carne de su carne. Ni un novio, ni una guapa pelirroja.

Volvió a pensar en Colette. Seguía sin comprender cómo una madre y una hija podían llegar a perderse, a ignorarse. No daba crédito al desprecio de Véronique frente a la fragilidad de su madre, que rayaba la omisión de socorro a una persona en peligro, como con buen criterio le había dicho Lili. Huelga decir que la buena conciencia había impulsado a Rose a avisar a Véronique, quien, tras un largo silencio, acabó por responder: «Conozco a mi madre, tiene la piel muy dura, se recuperará…».

Cualquiera que hubiese podido ser la relación entre aquellas dos mujeres, frente a la adversidad, a la enfermedad, deberían haberlo olvidado todo, haber dejado de lado rencores y amargura. En aquel preciso instante Rose tuvo claro que aquello le serviría de lección para el resto de su vida. Rememoró las palabras de su padre, que siempre le decía: «Cuando la vida nos brinda una nueva oportunidad, hay que saber aprovecharla…». Agarró el móvil, le quedaba una importante tarea por cumplir que ya había postergado demasiado tiempo.

Sin pérdida de tiempo, marcó el número de su primer amor. Pierre contestó enseguida.