¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 6 de 65

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¡Dame un respiro!

6. ¡No puedo, tengo piscina!

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¡No puedo, tengo piscina!

 

Al día siguiente era el gran viaje del pequeño Léon. Las últimas semanas con el chiquitín habían transcurrido a la velocidad de la luz. Rose era la que más se había emocionado. El chiquillo no comprendía por qué todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. Él quería su cocodrilo. Le había correspondido el besito habitual en el umbral de la puerta, en el recibidor ese día abarrotado de cajas de cartón, y esa misma puerta se había cerrado definitivamente detrás de Rose.

La joven ya había pasado por todo aquello con anterioridad. Aquel apego profundo a pequeños seres en ciernes, que ineludiblemente acababan por ir a vivir su vida a otra parte, sin ella. Había intentado no encariñarse con ellos, pero todas las veces, al descubrir su fragilidad y su inocencia, volvía a caer en la trampa y les entregaba todo su amor, sin reservas, como si fueran sus propios hijos.

Era consciente de que habría hecho mejor en ahorrarse sentimientos, en no implicarse, en guardar las distancias. Sin embargo, ¿cómo resistirse a un cuerpecito cálido contra su corazón o a su olor a leche? ¿Vivir consiste en aguantarse las ganas de dar, de emocionarse, de reír? Rose había preferido permitirse pese a todo querer sinceramente, aunque supiera que sufriría una nueva separación, que era muy poca cosa para aquellas familias y que no pensarían en ella cuando decidieran largarse a donde el destino los llevara.

De manera que se limitaba a decir «Enhorabuena» y apretar los dientes. ¡Qué más daba si se le encogía el corazón! Era lo mismo que sentía cada vez que pensaba en su primer amor. La primera herida del alma. Imborrable.

Tenía ante sí una nueva separación. Debía ser fuerte a toda costa y, sobre todo, no perder la moral. Tenía que ver el lado positivo, como solía recordarle su padre. ¡Ver la oportunidad de llenar el vaso hasta el borde!

Aunque pasaran de las seis de la tarde, la jornada de Rose distaba de haber acabado. Todavía le quedaban dos horas de limpieza en casa de los vecinos de enfrente. Una pareja de simpáticos septuagenarios que al día siguiente recibían a unos familiares. Siempre se habían mostrado respetuosos con ella, lo que no podía decirse de todo el mundo, y disfrutaba echándoles una manita de vez en cuando.

Sacó de su enorme bolso una ropa más cómoda, se calzó las chanclas y puso música para escuchar en los auriculares. Frotó, sacudió y abrillantó. Recogió lo que estaba fuera de su sitio. Como si su vida dependiera de ello. Desempolvaría su propia existencia hasta que oliera a limpio. El rico olor a flor de algodón del limpiador de suelos, el aroma del detergente para manos sensibles dejado en cada plato. Un nidito acogedor. Impecable. Mejor que en su propia casa.

En las casas ajenas, se aseguraba de que la cama estuviera perfectamente hecha. Las sábanas limpias. Las habitaciones aireadas con las ventanas de par en par. Las almohadas bien mullidas, las pantuflas junto a la cabecera tras calentarlas bajo el radiador. Los productos de belleza alineados con esmero. Frotados con un paño. Los calcetines limpios emparejados, la ropa interior doblada, la ropa de hogar planchada. Lo que siempre había hecho para su hijo. Rara vez para ella misma.

Mientras quitaba el polvo, no podía por menos que dotar de vida la casa. Enderezaba los marcos de fotos y recreaba sobre el aparador familias sonrientes. Ordenaba los libros y dejaba expuestos los que, según ella, correspondían a los habitantes de la vivienda. Reunía las tarjetas postales y, por un momento, viajaba de un destino a otro, dando su primera vuelta al mundo. Ella que nunca había cogido un avión. La India, Corea, Japón, Italia…

Aunque hacer la limpieza no fuera su vocación, se aplicaba a realizar su trabajo lo mejor posible. Más que un hada del hogar, pretendía ser una especie de hada buena. La que se esforzaba por hacer más agradable y dulce la vida de los demás. A sus ojos, un hogar limpio y acogedor constituía el principio de la felicidad. Rose tenía un alma romántica, conseguía dotar de poesía la limpieza e imaginaba que sustituía las motas de polvo por unos gramos de amor.

Disfrutaba proporcionando la sensación nostálgica que se experimenta cuando uno vuelve a la casa donde ha crecido. Ante todo un aroma familiar. La dicha sencilla de constatar que cada cosa sigue en su sitio. Como puntos de referencia estables, testigos de un amor invariable. Y luego la de reparar en los pequeños cambios, las nuevas fotos, los detalles que demuestran que la vida ha continuado su curso, aunque ya no haya niños en la casa. De hecho, cuando cerró la puerta a su espalda, Rose había dejado las cosas mucho mejor todavía de lo que lo habría hecho en su propio hogar.

¡Y su cactus pelado podía dar fe de ello!

En el portal, con las bolsas de basura en la mano, se vio abordada por una señora elegante de unos cincuenta años a la que no había visto nunca. En cambio, esta parecía saber más sobre ella, dada la pregunta que le soltó a bocajarro:

—¿Es usted quien se ocupa de Léon?

—Pues sí. Buenos días, señora. Soy yo, ¿por qué?

—Tengo un trabajo para usted. Está muy bien pagado. Y como he creído entender que tras la marcha de mi vecina sin duda iba a encontrarse compuesta y sin novio…

Esta mujer no sabe lo que es la delicadeza.

—Pásese el lunes a las seis de la tarde por el cuarto piso. Me llamo Véronique Lupin —dijo tendiéndole una tarjeta de visita en la que había garabateadas unas palabras que Rose fue absolutamente incapaz de descifrar.

Pese a que de entrada le había causado una mala impresión, no pudo evitar sentirse admirada. Las personas que emanaban tanta seguridad en sí mismas siempre le producían ese efecto. En el fondo, en ocasiones le habría gustado permitírselo. No tener que disculparse por existir. Aquella mujer hacía gala de tal autoconfianza que se habría dicho que acababa de descubrir la vacuna contra el sida. Rose se guardó el trozo de cartulina en el bolso y, en presencia del muy probable futuro premio Nobel de Medicina, declinó cortésmente la oferta:

—Es muy amable por su parte, señora Lupin. Sin embargo, lo lamento pero antes querría resolver algunas cuestiones familiares… Además, trabajo para otras personas aparte de la madre de Léon, con las que debería…

—Hasta el lunes, entonces.

Sin darse cuenta siquiera, Rose respondió:

—Vale…, sí…, hasta el lunes.