¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 29 de 65

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¡Dame un respiro!

29. No me vengas con cuentos

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No me vengas con cuentos

 

Sentada a la mesa ante un capuchino con un corazón dibujado en la espuma de leche, Rose hablaba con Edgar de cuánto la había decepcionado Colette cuando llevó a los comerciantes a verla a casa. La joven reconoció que se había precipitado y se lo reprochaba: había dado prueba de falta de tacto. Edgar se habría sumado gustoso a ellos a la fiestecita en casa de la anciana, pero tenía que seguir al frente de su establecimiento.

Cuando llegó a la barra y vio la expresión mohína de Rose, Laurent fue a sentarse frente a ella. La joven le contó la crispada discusión que había tenido con Colette. Laurent se sumió de pronto en una reflexión silenciosa. Larga. Muy larga, de hecho, durante la cual ni siquiera probó su Paris-Brest de masa choux rellena de crema. Rose lanzaba miradas interrogantes a Edgar para averiguar si el mutismo del florista era algo habitual, cuando de repente este declaró:

—Lo tengo, Rose, se me acaba de ocurrir. Ya sé lo que podemos hacer por Colette.

Dicho lo cual, engulló un trozo de pastel.

Al día siguiente ambos se pusieron manos a la obra. Pitusa no entendía nada de toda aquella agitación. Su pelaje blanco se iba volviendo imperceptiblemente beis, pero el hecho no parecía molestar a nadie.

Laurent no paraba quieto, sudaba la gota gorda. Rose lo ayudaba, levantaba grandes macetas, cortaba, cavaba. También a Pitusa le habría gustado cavar, pero nunca había tocado aquella materia marrón y aromática.

Estuvieron ocupados dos tardes enteras. Rose se pasaba de vez en cuando a ver a Colette para que no sospechase nada. Tuvo que tomarse también libertades en lo tocante a las obligaciones de peluquería y terapia para perros, pero sentía que esta vez valía la pena lo que estaba haciendo. La sorpresa iba a ser morrocotuda.

Finalmente, cuando todo quedó listo, Rose pudo conciliar el sueño encantada con la alegría que iba a llevarse Colette.