¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 4 de 65

Páginas del PDF

¡Dame un respiro!

4. ¡Me importa un rábano!

4

¡Me importa un rábano!

 

En la penumbra del cuarto de Léon, Rose recogió el librito tirado por el suelo. La Cenicienta. Los ronquidos del chiquillo eran regulares y profundos. No despertaría en un buen rato.

Mientras colocaba en su sitio el volumen, se detuvo en las líneas finales: «Se casaron, vivieron felices y tuvieron muchos hijos». Hasta aquel cuento le prometía que todo acabaría bien. Bien es cierto que entre el «Érase una vez» y aquella última frase Cenicienta había pasado por muchas adversidades. Algunas coincidían con las suyas. Perder a su madre muy joven, ocuparse sola de la casa, limpiar, cuidar de los demás. Solo le faltaba el hada buena.

¡Me pregunto dónde se habrá metido esa tipa!

No por eso Rose iba a ceder a la tentación de quejarse, tenía la suerte de contar con Lili. Una hermana mayor estupenda, una verdadera amiga. Su única amiga, en realidad. Se llamaban casi todos los días para hablar de nimiedades. Y reservaban los viernes por la noche para verse, las dos solas. Su pequeña porción de felicidad familiar. Se empeñaban en mantener el ritual desde la desaparición de su padre. Lili era la única familia que le quedaba.

¡Como dos cotorras inseparables!

Al principio Rose no había reaccionado mal cuando su hermana le comunicó la «noticia»: a finales de año Lili iba a mudarse a la otra punta de Francia. La habían ascendido en el bufete de abogados para hacerse cargo de la sucursal marsellesa. Era la recompensa tras años de esfuerzos y sacrificios. Su hermana se había entregado en cuerpo y alma a su trabajo y por fin cosechaba los frutos. Lo habían festejado juntas, y era reconfortante tener por fin algo que celebrar después de los duros momentos por los que habían pasado.

No obstante, finalmente Rose había tomado conciencia de que su hermana iba a marcharse lejos. Lo cual no había ocurrido jamás. Ahora que todo se derrumbaba a su alrededor, veía claro que sin Lili a su lado se sentía incapaz de afrontar la vida. Iba a tener que aprender a vivir sin su compinche.

Le vino a la cabeza una frase de su padre: «No hay que poner todos los huevos en el mismo cesto».

Rose no tenía amigos y rara vez se hallaba rodeada de adultos. No veía muy profesional el hecho de parlotear en el parque con las demás niñeras del barrio, ni pararse a tomar un café, aunque el chiquitín estuviera durmiendo en el cochecito. Siempre anteponía a los niños a todo lo demás. Incluso a su felicidad o sus propios deseos.

 

Besó al pequeño durmiente en la cabecita y salió sigilosa de la habitación. Acababa de sentarse en el sofá, cuando de pronto su móvil empezó a vibrar. Lili.

Hablando del rey de Roma…

La niñera, que nunca contestaba a las llamadas personales durante sus horas de trabajo, se lo pensó mejor al recordar que sin duda su hermana la telefoneaba en respuesta a su SMS de la mañana sobre Baptiste y el pequeño Léon. Como siempre, la charla arrancó con pasión, sin preámbulos, como si prosiguieran una conversación iniciada pocos minutos antes:

—¡Algún día tenía que pasar! ¡Ya no es un bebé!

—No me vengas con esas, Lili, no es en absoluto lo que necesito oír. Tienes que hablar con él. Ya te dije que esa chica era una mala influencia.

—Tu Baptiste ya es todo un hombre. ¡Tiene dieciocho años, por Dios! ¡No puedes seguir sobreprotegiéndolo así! Además, no dramatices tanto. Quizá solo necesite un poco de independencia…

—¡Pero si es independiente! ¡Seguro que hasta le hacen un contrato indefinido después de las prácticas!

—¡Sabes muy bien que no es esa la cuestión! A sus dieciocho años ¡ni siquiera puede dormir fuera de casa! ¡Necesita espacio!

—¡Ahora me dirás que lo estoy asfixiando!

—Tampoco he dicho eso… Anda, no te preocupes tanto. Después de todo no está tan mal que lo dejes instalarse en casa de su Jessica; tal vez sea la mejor manera de conseguir que vuelva…

—¿A qué te refieres?

—¡Pues a que tiene dieciocho años, te digo! Al cabo de un mes juntos las veinticuatro horas del día, ella no lo soportará y Baptiste volverá con el rabo entre las piernas a casa de mamá, ¡y si no, al tiempo!

—¿Un mes? ¡Eso es mucho! ¡No aguantaré tanto!