¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 54 de 65

Páginas del PDF

¡Dame un respiro!

54. ¡Dame un respiro!

54

¡Dame un respiro!

 

La anciana había recuperado el conocimiento. El guapo enfermero de voz ronca resultaba tranquilizador. Debería haberle entrado el pánico al saberse fuera de casa, pero en aquella ambulancia, con sus grandes ventanillas, no tenía miedo.

Hacía un rato, en la cocina, la terrible pelea entre madre e hija se había recrudecido, y de pronto Colette se sintió débil. Véronique, furiosa, y convencida de que se trataba de un nuevo subterfugio, giró sobre sus talones y dejó a la anciana con su teatro.

Ya sin público, la señora Lupin había tenido una mala caída. Por fortuna llevaba encima el móvil, de manera que tuvo el tiempo justo de llamar al servicio de urgencias.

Tendida en el lecho improvisado, Colette se agarró al brazo del camillero que tenía al lado y le pidió un favor un tanto especial. Sorprendido pero no viendo en ello contraindicación médica alguna, este levantó la parte superior de la camilla de la anciana, que se puso a admirar el paisaje parisino que desfilaba ante su vista.

Colette lo intuía: las pruebas médicas a las que se disponía a someterse no podían tener mejores resultados que las anteriores. Estaba más débil y su hija aprovecharía la primera ocasión que se le brindase para decretar que, por su bien, debía ingresar en una residencia. De hecho, ya estaba en camino…

—Joven, supongo que no es posible que se tome su tiempo… Hace años que no veía estas calles que me son tan queridas y, antes de llegar a mi última morada, me gustaría aprovechar el espectáculo…

¿Por última vez?, se dijo.

Con la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla, la anciana contemplaba la belleza de París, los parques de su infancia, los museos que había recorrido cuando era estudiante, los monumentos que le había encantado visitar con su hija, de pequeña. Antes de su irreparable desavenencia.

Curiosamente, en aquel vehículo que atravesaba la ciudad a toda pastilla, con las sirenas aullando, Colette se sentía en paz.