¡Dame un respiro!
3. ¡La vida es una dura lucha!
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¡La vida es una dura lucha!
Rose se había desmayado. Por segunda vez en menos de veinticuatro horas. Estaba sentada en el sofá de sus empleadores y había empezado a ver doble. Sus pensamientos eran confusos.
Recordaba no haber pegado ojo en toda la noche tras la dura noticia que le había soltado su hijo la víspera.
Había dado vueltas y más vueltas en la cama, tratando de comprender. Se había torturado la mente hasta ver despuntar el amanecer a través de la ventana de su habitación. Ingenuamente, Rose había creído que los conflictos con Baptiste acabarían por llegar a su fin. Al igual que su obsesión por la maldita Jessica. Tenía la impresión de haber pasado algo por alto. ¿Tal vez había sido demasiado dura con él los últimos tiempos? ¿No le había prestado la suficiente atención? ¿Qué clase de madre pone en fuga a su hijo? De nuevo recuperaba su peor defecto: culpabilizarse.
Luego volvía a verse en el primer tren de la mañana, intentando encajar la noticia, entre los trabajadores del turno de noche que volvían a casa para acostarse. Ella se dirigía a casa de los padres del pequeño Léon para relevar a la madre, que se iba muy temprano a trabajar.
Recordaba haber aceptado el ofrecimiento —nada habitual— de tomarse un café con la mujer. De hecho, le había sorprendido. Aunque mantenía relaciones muy cordiales con su patrona, esta no era de las que preguntaban cómo le iban las cosas. No había nada personal en su relación. Solo se cruzaban deprisa y corriendo, y su conversación se reducía a comentar las deposiciones de Léon, su resistencia a probar la verdura o los dientes que empezaban a salirle. En un primer momento, Rose se dijo que, por una vez, la mamá del pequeño Léon le había prestado atención, que había percibido su trastorno interior y había decidido que era el momento de tener una charla de mujer a mujer, de madre a madre. Un simple intercambio humano y benevolente que iría más allá de la relación entre jefa y empleada.
Rose, un tanto turbada por aquella circunstancia nada habitual, había confesado su intenso apego al precioso bebé de un año, que se había convertido en el sol de sus días, sobre todo en los últimos tiempos… ¡Y de repente todo le volvió! Como una bofetada.
Esto es una pesadilla. No es posible. Mi tesoro no. No después del terrible año que acabo de pasar. ¿Por qué me abandonan todos? Primero papá, luego Baptiste y ahora Léon.
—Rose, ¿va todo bien? Le decía que se trata de una increíble oportunidad para nosotros. Mi marido se irá el mes que viene. Léon y yo nos reuniremos con él dentro de unas semanas. Lo justo para sacar el pasaporte al pequeño y acabar de embalarlo todo. ¡Cuántos cambios! Estamos muy emocionados. Lo hemos decidido a toda prisa…
¡Sí, claro! ¡Como si abandonarlo todo para largarse al otro extremo del mundo con un bebé pudiera improvisarse!
—Por supuesto, la vamos a echar muchísimo de menos, sobre todo Léon. Ya he redactado su carta de recomendación. En el barrio, una perla como usted no tendrá ningún problema en encontrar una nueva familia. ¡Estoy convencida!
Sí, encontrar empleo es un juego de niños, tres millones y medio de parados pueden confirmarlo.
—Me alegro por ustedes, aunque me pone un poco triste dejar a Léon. Es muy amable lo de la carta. De hecho, si conoce a alguien que pueda estar interesado en mis servicios, le ruego que le dé mi número. También hago limpieza por horas en fines de semana. Si se entera de cualquier cosa, estoy dispuesta.
—Vale, tendré los oídos bien abiertos. Bueno, me largo, Rose. Nos vemos esta noche. Una vez más, volveré tarde. ¡Es una semana terrible y no se acaba nunca!
¡A mí me lo vas a decir!