¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 64 de 65

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¡Dame un respiro!

64. Y vivieron felices

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Y vivieron felices

 

En el jardín de la azotea, los invitados habían empezado a llegar. Aquella boda íntima iba a ser realmente magnífica; el sol había acudido a la cita, los invitados iban de punta en blanco, el pequeño Justin estaba adorable con su polo blanco y sus pantaloncitos beis. Y Pitusa, pese a lo enorme que se había puesto, había encontrado un cojín y se había derrumbado en él; al parecer, no tenía previsto hacer sus numeritos circenses…

La ceremonia estaba a punto de empezar.

Todos los presentes habían ocupado sus sitios. Evidentemente, los amigos más íntimos, los comerciantes de Batignolles, formaban parte de ese grupo. Rose permanecía de pie al lado de su hermana. Al otro lado, Pierre y Baptiste estaban en posición de firmes. Estaba nerviosa, pero se negaba a dejar que se le notara. A Lili le costaba mantener la seriedad y la pinchaba.

—¿Y si él dice «no»?

—¡No me hables de desgracias, Lili!

—¿Sabes que estoy planteándome seriamente el matrimonio?

—¿De quién? —preguntó Rose, perpleja.

—¡El mío, claro! De hecho, Edgar parece estar por la labor…

—Esto…, no corráis tanto, tortolitos, hace apenas seis meses que salís juntos. Con todos los divorcios de que te has ocupado en el bufete, ¿no se te han pasado las ganas?

—Soy más ardiente que el volcán Eyjafjalla… ¿Cómo era el dicho?

—Prueba con «¡Estoy que ardo!».

Lili le dirigió la sonrisa más falsa de su repertorio y atacó discretamente los petisúes de fuagrás.

—No era esa la idea, aunque tampoco es que sea falso. Mmm, había olvidado lo buenas que eran estas cosas. Hala, otro más y luego paro. Rose, creo que te llaman…

Baptiste hacía grandes aspavientos en su dirección mientras el pequeño Justin hacía cucú con las dos manos; parecía que indicase las salidas de socorro de un avión.

¡Qué monada de crío! De hecho, era su verdadero ojito derecho. Al que adoraba con toda su alma.

—¡Mamá, ven, es para la foto de familia!

A Rose aún se le hacía muy raro reunirse con Pierre junto al hijo de ambos. A su izquierda, Baptiste llevaba en brazos a su pequeñín, orgulloso como un pavo real. A uno y otro lado, los jóvenes abuelos. La familia de Jessica había aceptado de inmediato aquella boda discreta en Francia, puesto que de todos modos tenían previstas unas fastuosas segundas nupcias en su casa de campo privada de Inglaterra.

Haciendo gala de extrema sencillez, ¡sin duda los padres de Jessica habrían invitado a todo el palacio de Buckingham!

Para ese segundo intercambio de votos allende el canal de la Mancha, huelga decir que Rose y Pierre formarían parte de la celebración, y la joven subiría a un avión por primera vez en su vida. Le angustiaba más eso que tener que practicar la lengua de Shakespeare todo un fin de semana, sobre todo ahora que cada vez la dominaba mejor.

Pitusa daba vueltas alrededor de la tarta nupcial. Rose le dirigía miradas amenazadoras, pero la carlota de fresas preparada con sus propias manos realmente despertaba en exceso la gula de aquel verdadero vientre con patas. Que por lo demás tenía muy flaca memoria. Rose no había podido evitar elegir ese postre pensando en Véronique, que no había sido invitada, aunque tampoco andaba muy lejos. De pronto, la gruesa bola hirsuta tomó carrerilla y… cayó cuan larga era en el huerto de Colette. La perrita andaba falta de ejercicio desde que Rose tenía mejores cosas que hacer.

Entonces, Colette avanzó para lavar al lulú —los viejos hábitos no se pierden así como así—; agarró la manguera y duchó al pequeño animal cubierto de tierra. Este salió disparado a la velocidad del rayo. Rose jamás lo había visto desarrollar tamaña rapidez durante sus paseos por el barrio. Saltaba a la vista que pasar de la loca de Véronique a la un tanto chiflada Colette le había sentado bien.

Una vez concluida la sesión de fotos, Lili se acercó a su hermana y le susurró:

—¿Pierre no se siente demasiado celoso de tu peluche en la cama?

—Conejín toma distancia estos últimos tiempos, así que todo va bien.

—Al menos, esta vez no habrás olvidado informar al padre…

—¿De qué estás hablando? —replicó Rose.

—¡A mí no me la das con queso! ¿Y bien? ¿Sigues sin querer decírmelo? ¿Es niño o niña?

Rose sacó la lengua a su hermana y luego miró con ternura a Pierre, que se lo pasaba en grande con los chistes de su hijo. Con una sonrisa enigmática, se limitó a responder tocándose el vientre:

—¡Dame un respiro! Esa es otra historia…