¡Dame un respiro!

Aurélie Valognes · Capítulo 5 de 65

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¡Dame un respiro!

5. La guinda del pastel

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La guinda del pastel

 

Las canciones de George Michael y de Mariah Carey acabaron por saturar las emisoras de radio hacia finales de febrero.

Baptiste se había ido. Fue la mudanza más discreta de todos los tiempos. Día tras día, mientras Rose estaba en el trabajo, transportaba su ropa en una bolsa de deporte que se llevaba llena por la mañana y traía vacía por la tarde. Había decidido llevarse solo lo necesario para instalarse en casa de Jessica. No quería cargar con reliquias o con recuerdos del colegio. En lo sucesivo, estaba decidido a construir su vida de hombre.

A lo largo de todo ese período, Rose no se atrevió a abordar el asunto. Huía de los conflictos. Solo hablaban de trivialidades, de sus horarios, de la lluvia y del buen tiempo. Se daba perfecta cuenta de que Baptiste estaba nervioso. Evitaba cenar al mismo tiempo que ella para no tener que afrontar las falsas cortesías que ambos intercambiaban desde hacía varios días.

Todo había sido tan sutil, tan progresivo que Rose incluso acariciaba en secreto la esperanza de que hubiera cambiado de idea.

Después de todo, a esa edad uno lo que busca es provocar. Tal vez aquello no fuese sino una manera de decir a su madre que quería ser libre, pero no pensaba abandonarla definitivamente. ¿Y si Baptiste se estaba marcando un farol?

Si tal era el caso, su hijo sería un jugador de póquer extraordinario.

Esa noche, cuando Rose volvió, reinaba un extraño silencio.

Se decidió a empujar la puerta del dormitorio de su hijo, aunque llevara meses sin tener acceso a ese cuarto. Baptiste ya no soportaba las intrusiones en su intimidad, ni siquiera para hacer la limpieza. Y Rose se había resignado a ello. Así pues, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se atrevió a entrar en la habitación. Estaba vacía.