¡Dame un respiro!
2. Como una pasa
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Como una pasa
A la semana siguiente, tras una interminable jornada de trabajo, Rose regresaba en uno de los últimos trenes de cercanías de la línea A, en dirección a la estación de Noisy-le-Grand. Empapada y agotada pero contenta de estar llegando a casa.
Con su empleo de niñera en París, a menudo se veía obligada a trabajar largas jornadas, que podían empezar a las siete y media de la mañana y no acabar hasta las nueve y media de la noche. En ocasiones su odisea entre metro y tren se prolongaba, como esa noche, en la que el maldito accidente de un viajero acababa de complicar la cosa.
¡¿No podía haber elegido otro momento?! Ay, perdón, lo que acabo de decir es horrible… Me corrijo. ¡Pooobree!
Entre la estación del tren y su edificio, las calles se hallaban desiertas. Tan solo un trabajador nocturno que ya empezaba a descolgar los adornos de Navidad. Únicamente se había cruzado con abetos abandonados en la acera, a los que no había tenido el valor de confesar el destino que les esperaba. Ya le estaban arrebatando los únicos regocijos que una vez al año animaban su trayecto por la noche y por la mañana, mientras que, sin la menor duda, como todos los años, las radios le torturarían los oídos hasta febrero, con las alegres canciones de George Michael y de Mariah Carey, que hacían que le entraran ganas de estrangular al primero que se cruzase en su camino.
¡Positividad, no lo olvides!
Estaba decidido: ese fin de semana iría al cine con su hijo.
Concederse un pequeño placer de vez en cuando no podía hacer ningún daño a su cuenta bancaria.
Podrían ver la última de Tarantino. Baptiste llevaba semanas hablándole de ella y, según el cartel que había visto en el metro, la película acababa de estrenarse.
La puerta del piso estaba cerrada con doble vuelta de llave. No era habitual que su hijo se encerrase dentro. Rose entró en el pequeño apartamento de dos habitaciones y se dirigió de inmediato a la de Baptiste. Vacía. En el salón no había ninguna nota. Y eran más de las once de la noche… Solo su bol del desayuno seguía reinando en la mesita de centro, junto a la revista abierta por la página del horóscopo. También su hijo debía de haber comprobado lo que los astros le tenían reservado. Leyó las escasas líneas que le concernían: para las Virgo iba a ser una excelente semana. No había reparado en ello.
Guardó el dinero de las horas extra en la caja secreta, escondida entre sus calcetines. Como siempre, lo reservaba para las vacaciones de verano. Ese año tenía prevista una bonita sorpresa: unos días en Londres con Baptiste. Se lo merecía. Se había aplicado en sus estudios de hostelería, se había mostrado profesional, maduro, y estaba casi seguro de que lo contratarían después de las prácticas. Se sentía orgullosa de él, y también de sí misma: aquel éxito era en parte un poco suyo. Había sabido darle una buena educación, severa pero justa. Al contrario que muchos de sus compañeros de clase, Baptiste no se había descarriado. Un buen chico, algo rebelde a veces, ciertamente, pero tampoco era raro a su edad.
Veinte minutos más tarde seguía sin aparecer. Rose refunfuñó. Oír su propia voz recalcando explicaciones probables para la ausencia de su hijo la tranquilizaba.
No pasa nada. Está bien. Se ha olvidado de avisar, son cosas que ocurren. Ahora que es mayor de edad, ¡cree que puede hacer lo que le dé la gana!
Agarró el móvil. Ninguna respuesta a su último mensaje de texto. Llamó y de inmediato saltó el contestador. Las once y media.
Pero ¿dónde podía estar a semejante hora?
A veces acababa las clases de hostelería pasadas las nueve de la noche, pero siempre la avisaba. Si le había ocurrido algo, jamás lo superaría. Él era toda su vida.
¿Por qué no ha dicho nada? A menos que se haya quedado sin batería…
Buscó frenéticamente en su lista de contactos los números de teléfono de los amigos de Baptiste. Freddy, Thierry, Willy. Y… Jessica.
¡Ella otra vez, me apuesto lo que quieras!
En el fondo, Rose esperaba que no estuviera con ella. Desde que la frecuentaba, Baptiste había cambiado mucho. Y no para mejor. Cada vez salía más el fin de semana, prefería pasar todo el tiempo con Jessica en lugar de repasar. No se quitaba su nombre de la boca ni cuando estaba en casa.
Con su madre las cosas estaban tensas, discutían constantemente. Antes de eso jamás se había mostrado insolente. Ahora bien, Baptiste estaba avisado: ni siquiera con 18 años podía pasar toda la noche en casa de su novia. No mientras viviera bajo su techo. Rose solo esperaba una cosa, que su hijo pasara a la siguiente. ¡Aquella «nuera» no le entraba!
La joven madre soltera seguía echando chispas. El hambre había dado paso a la angustia. No pensaba cenar. Recogió el bol que su hijo había dejado tirado y lo fregó enérgicamente. Los cereales se habían pegado a las paredes y tuvo que frotar más de lo necesario. El recipiente acusaba su preocupación. Estuvo a punto de rajarse cuando lo depositó en el estante de la cocina. Maquinalmente, puso la mesa para su propio desayuno: un bol y, al lado, una cuchara sopera y una naranja. Al levantarse por la mañana, tan temprano, le gustaba tener la sensación de que alguien había pensado en ella.
A la espera de que su coinquilino reapareciese, Rose se refugió en la cama. Agarró el peluche que ocupaba el lugar de honor entre las almohadas. Un conejito que Baptiste le había regalado diez años atrás para el Día de la Madre. En el vientre de Conejín estaba bordado «Para mi querida mamá, a la que tanto quiero». Un poco irónico viniendo de alguien que nunca la había llamado «mamá». Ni siquiera podía reprochárselo, era culpa suya.
A veces, en calidad de progenitor, uno improvisa (a menudo, de hecho), y olvida que una acción irreflexiva, tomada en un instante, puede tener consecuencias permanentes.
Rose recordaba perfectamente aquel día. En sus comienzos como niñera, cuando cuidaba de su hijo además de otros niños (cosa que en la actualidad ya no se permite), le había pedido que no la llamara «mamá» delante de sus amiguitos para no dar la impresión de que era un privilegiado.
Una decisión tomada al vuelo para una sentencia ineludible: nadie había vuelto a llamarla nunca «mamá». Excepto aquel conejo, que mantenía a su lado para momentos difíciles, cuando estaba harta de fingir que era la más fuerte. Un peluche para compartir su soledad. Un muñeco favorito para la mamá soltera.
Rose estaba en el cuarto de baño, desmaquillándose, cuando oyó el ruido de la llave en la cerradura. ¡Baptiste! Aunque la angustia hubiera dado paso al alivio, no pudo por menos que soltar con voz aguda:
—¿Se puede saber dónde estabas? ¡Hace tres horas que deberías haber vuelto a casa!
—Hola. Estaba en casa de Jessica.
—Dijimos que entre semana no. Mañana empiezas a las ocho y una vez más me dirás que estás demasiado cansado para ir a clase.
—Que no, mujer, no estaré cansado.
—¿Por qué no me has avisado? ¡Estaba muerta de preocupación!
—¡Ya vale! No tienes por qué hacer un drama. ¡Sencillamente, me quedé sin batería!
—¿Y Jessica no tiene teléfono?
—Déjalo ya. Tengo demasiada hambre. No nos ha dado tiempo a cenar. ¿Hay algo en la nevera?
—Puedo prepararte algo si quieres…
—Mientras me lo pienso, ¿puedes darme algo de dinero para la comida de mañana? Ya no me queda nada.
Rose suspiró. De nuevo tuvo la desagradable sensación de haberse convertido en un verdadero cajero automático. Vaciló: la disyuntiva era empezar una enésima pelea con su hijo al respecto o ceder y aprovechar un poco los escasos minutos juntos. Los únicos de aquel día.
Le tendió cinco euros.
—Gracias… ¿Puedes darme un poco más? Me gustaría mucho llevar a Jessica al cine este fin de semana a ver la última de Tarantino.
¿Y qué más? ¿No quieres un billete de cien y una chocolatina, ya puestos?
—¿No crees que te pasas un poco? ¿Qué haces con el dinero de tus prácticas? ¡Responsabilízate un poco, Baptiste!
—A ver si nos aclaramos: ¿soy demasiado mayor para pedirte la paga semanal o demasiado joven para dormir en casa de mi novia?
—Pues sí, ¡la vida es injusta! Además, este fin de semana me apetecía pasar algo de tiempo contigo. Ya casi no nos vemos.
—A propósito, Rose, tengo algo que decirte.
—No me gusta nada cuando pones esa voz. Me estás asustando, Baptiste.
—Siéntate, por favor.
—Te lo advierto, ni hablar de abandonar los estudios. ¡Esta vez irás hasta el final!
—No, no te preocupes, no es eso…
—Entonces, ¿qué? ¿Qué es lo que pasa?
—Jessica y yo hemos decidido vivir juntos, voy a instalarme en su casa.