Diez mas uno
Capítulo 7
Hasta entonces, la policía sólo había hecho una cosa concreta en cuanto a resolver los múltiples asesinatos: nada.
Esa mañana, cuando Wallach se hubo marchado, trataron de remediar en parte la situación llamando a Samuel Gottlieb de Gottlieb, Graham y Norden. Preguntaron a los socios principales de la firma cuántos casos criminales había manejado Norden desde que colaboraba con ellos y él les dijo que en total cuatro. Diligentemente les proporcionó los nombres de los cuatro clientes y luego dividió la lista entre los que habían sido absueltos y los convictos. Luego miraron en la lista que les había dado la señora Norden los nombres de las diversas firmas para las cuales había trabajado su esposo en diferentes años y sobre las once habían llamado a todas y tenían un total de doce criminales convictos que habían sido clientes de Norden. Enviaron esa lista a la Oficina de Identificación de Delincuentes solicitando el domicilio de cada hombre, y luego fueron en coche al centro, a la Universidad de Ramsey, donde esperaban enterarse de algo, de cualquier cosa, acerca de Blanche Lettiger, la prostituta muerta.
La universidad estaba en el centro de la ciudad, comenzaba donde terminaba la Avenida Hall, se extendía hasta los bordes de Quarter, codeándose con el Barrio Chino. En las calles laterales colindantes tenía lugar una muestra de arte al aire libre. Carella detuvo el coche en una zona donde estaba prohibido estacionar, bajó el visor para el sol que mostraba un cartel manuscrito con la advertencia POLICÍA TRABAJANDO y luego caminó con Meyer pasando frente a las telas alineadas en la acera. Parecía haber un predominio de paisajes marinos ese año. Los sonrientes responsables de todo ese arte acuoso fisgoneaban esperanzados a cada transeúnte, tratando de parecer indiferentes y nada ansiosos, pero de todos modos estaban en la incómoda situación de ser al mismo tiempo los vendedores y los creadores.
Meyer echó una ojeada a los paisajes y luego se detuvo ante una tela donde aparecían varias atrevidas pinceladas negras a través de un campo blanco, con dos puntos rojos en un extremo. Asintió misteriosamente con la cabeza y luego se puso al lado de Carella.
—¿Qué le ha sucedido a la gente? —preguntó.
—¿Qué quieres decir? —inquirió a su vez Carella.
—Hubo una época en que cuando uno miraba un cuadro, veía gente.
Ahora ya no. Los artistas no se interesan en la gente. Sólo se interesan en la
«expresión». Leí acerca de un tipo que cubre a una mujer desnuda con pintura y luego ella rueda sobre una tela y lo que sale es el cuadro.
—Bromeas —dijo Carella.
—Lo juro por Dios —afirmó Meyer—. Puedes ver donde rozó con la pierna o el muslo o lo que fuera. Ella es como el pincel del tipo.
—¿Él limpia los pinceles al acabar el día?
—No sé. El artículo no lo decía. Sólo decía cómo trabajaba el artista, mostrando algunos ejemplos.
—Eso es muy moderno, ¿verdad?
—No, creo que es un retorno a la tradición.
—¿Cómo?
—Obviamente, el tipo está volviendo a poner gente en sus cuadros.
—Allí está la escuela —indicó Carella.
La Universidad de Ramsey se erigía en el lado opuesto de un pequeño parque iluminado por el sol de mayo. Había varios estudiantes sentados en bancos dispersos discutiendo la conjugación del verbo aimer, considerando también la teoría de la movilidad relativa. Apenas miraron a Meyer y Carella cuando cruzaron el parque y ascendieron los escalones del Edificio de Administración. El interior del edificio era frío y sombrío. Pararon a un estudiante que llevaba camisa blanca y amplio suéter verde y le preguntaron dónde quedaba la Oficina de Registros.
—¿Qué es la Oficina de Registros? —preguntó el chico.
—Donde se guardan los registros.
—¿Registros de qué? ¿Quieren decir el secretario?
—Queremos decir los registros de pasados estudiantes.
—¿Graduados, quiere decir?
—Bueno, no estamos seguros de que esa estudiante se haya graduado.
—¿Estudiantes matriculados, entonces? ¿O no matriculados?
—No estamos seguros —dijo Carella.
—¿Diurnos o nocturnos? —preguntó el estudiante.
—Bueno, no lo sabemos.
—¿Qué colegio? ¿Saben eso?
—No —replicó Carella.
El estudiante lo miró con curiosidad.
—Se me hace tarde para una clase —dijo al fin, marchándose.
—Hemos sacado una nota baja —comentó Meyer—. Hemos venido a la escuela mal preparados.
—Vayamos a hablar con el decano —dijo Carella.
—¿Qué decano? —preguntó Meyer, observando a Carella como lo había hecho el estudiante—. ¿El decano de admisiones? ¿El decano de hombres? ¿El decano de mujeres? ¿El de cano pelo?
El decano de admisiones era una agradable señora de poco más de sesenta años que lucía una almidonada blusa con adornos y un lápiz entre el pelo. Se llamaba Agnes Moriarty y cuando los detectives le dijeron que eran de la policía, hizo una broma de inmediato:
—Moriarty, saludo a Holmes y Watson.
—Carella y Meyer —dijo Carella, sonriendo.
—¿En qué puedo serles útil, caballeros?
—Estamos interesados en cualquier información que podamos obtener sobre una mujer que estudió aquí.
—¿Cuándo? —preguntó la señorita Moriarty.
—No lo sabemos. Antes de la guerra, creemos.
—¿Cuándo antes de la guerra? Esta universidad fue fundada en 1842, caballeros.
—La muchacha tenía cuarenta y un años cuando murió —dijo Meyer—.
Podemos suponer…
—¿Murió? —preguntó la señorita Moriarty y enarcó apenas las cejas.
—Sí, señora —dijo Meyer—. Fue asesinada anoche.
—Oh —exclamó la señorita Moriarty mientras asentía con la cabeza—.
Entonces es serio, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Bien, veamos. Si tenía cuarenta y un años… la mayoría de nuestros estudiantes empiezan a los dieciocho, lo que ubicaría la fecha veintitrés años atrás. ¿Tienen alguna idea del colegio en el que estaba matriculada?
—No, me temo que no.
—¿Intentamos la escuela de artes liberales?
—Estamos por completo en sus manos, señorita Moriarty —dijo Carella.
—Bien, entonces, veamos qué podemos descubrir, ¿de acuerdo?
Descubrieron que Blanche Ruth Lettiger en verdad se había matriculado en el Colegio de Artes Liberales de la Universidad de Ramsey para especializarse en teatro y oratoria en 1940, que había dicho tener dieciocho años y dio como lugar de nacimiento Jonesboro, Indiana, un pueblo con una población de 1.973 habitantes, próximo a Kokomo. Había anotado su domicilio temporal en Horsely Road 1107, en el Quarter. Asistió a la escuela durante algo más de un trimestre, alrededor de cinco meses, para luego desaparecer. Su abandono fue un tanto misterioso, ya que era una buena estudiante con un promedio de notas que rozaba el máximo. La señorita Moriarty no tenía idea de dónde había ido Blanche Lettiger después de abandonar los estudios. Nunca había vuelto a la escuela, ni intentó comunicarse con ellos de ninguna manera.
Carella le preguntó a la señorita Moriarty si había alguien en la escuela que pudiera recordar a Blanche Lettiger como estudiante y la decana condujo inmediatamente a los detectives a ver al profesor Richardson en el departamento de teatro y oratoria. Richardson era un anciano delgado con el estilo y el porte de un actor shakespeariano. La voz parecía brotar de su boca en tonos dorados y redondos. Hablaba enérgicamente, como si estuviera tratando de hacerse oír por los espectadores de la galería. Carella pensaba que cada palabra que él proyectaba se escuchaba en toda la ciudad hasta llegar a la comisaría.
—¿Blanche Lettiger? —preguntó—. ¿Blanche Lettiger?
Se llevó una mano delgada a la cabeza leonina, cerrando el pulgar y el índice sobre el puente de la nariz, perdido en silencioso pensamiento. Luego asintió con la cabeza una vez, levantó la mirada y dijo:
—Sí.
—¿La recuerda? —preguntó Carella.
—Sí. —Richardson se volvió a la señorita Moriarty—. ¿Recuerda la Whig and Buskin Society?
—Sí —contestó ella.
—Entonces debe recordar también Largo viaje de regreso.
—Me temo que eso me lo perdí —observó con tacto la señorita Moriarty—. Los grupos dramáticos de la escuela dan tantos espectáculos.
—Hum, sí, bueno —dijo Richardson. Se volvió a Carella—. Fui asesor del grupo por cuatro años sucesivos. Blanche trabajó con nosotros en esa obra.
— ¿Largo viaje de regreso?
—Sí. Una muchacha muy agradable. La recuerdo muy bien. Y la obra, también. Fue la primera producción que hicimos en teatro circular. Blanche Lettiger, sí, exacto. Ella encarnaba a una de las… eh… damas de virtud fácil.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Carella.
—Bueno… —Richardson hizo una pausa, miró a la señorita Moriarty y luego dijo—: Una de las prostitutas.
Carella y Meyer se miraron sin decir nada.
—Era una muchacha muy agradable —comentó Richardson—. Bastante intensa, algo melancólica, pero grata de todos modos. Y una actriz muy buena. La obra transcurre en Londres en un lupanar ribereño, saben, y la muchacha que Blanche representaba hablaba en dialecto popular. Blanche manejó los tonos y el acento casi de inmediato. Una actuación muy notable, sí señor. Tenía una memoria excelente, además. Había memorizado todos sus perfiles… —se detuvo ahí Richardson para ver si alguien había captado su uso del término profesional «perfiles» y entonces, al no obtener ninguna reacción, continuó— en las dos primeras noches de ensayo. Tenía la parte femenina más importante de la obra, ya saben, Freda. La muchacha que tiene la larga charla con Olson y luego ayuda a drogarlo antes de secuestrarlo. Hicimos la obra en teatro circular, la primera vez que en esta escuela se intentaba algo por el estilo. Usamos el teatro de la escuela, claro,
pero pusimos gradas alquiladas en el escenario y los actores trabajaban en el centro. Muy interesante. En una escena, si ustedes recuerdan la obra…
—Señor Richardson, me pregunto si…
—… uno de los marineros, Driscoll, se supone que arroja la cerveza de su copa al rostro de Ivan, el marinero ruso borracho. Bien, entonces…
—Señor Richardson, ¿sabe usted si…?
—… el actor arrojó el contenido de su copa y salpicó a media docena de personas sentadas en la primera fila. La inmediatez del teatro circular es difícil de…
—Señor Richardson —dijo Carella en tono firme—. ¿Blanche Lettiger…?
—… imaginar a menos que lo haya hecho. Blanche estaba excelente.
Tenía un rostro muy expresivo, saben. En la escena con Olson, ella tenía que escuchar mucho, una tarea que les resulta difícil aun a los actores profesionales. Era especialmente difícil porque trabajábamos en teatro circular, donde cada matiz de la expresión es fácilmente visible para el público. Pero Blanche lo hizo magníficamente, una actuación muy notable, mucho.
—¿Deseaba ella…?
—La obra no es una de mis favoritas, la verdad —observó Richardson
—. De la serie Glencairn, prefiero La luna de los caribes, o incluso En la zona. Pero La luna de los caribes tiene cuatro mujeres que son todas negras antillanas, lo que hubiese limitado mucho nuestro elenco femenino.
Después de todo, también se debe considerar a las estudiantes blancas. En la zona, por supuesto, tiene un elenco…
—¿Sabría usted si la señorita Lettiger…?
—… totalmente masculino y ésta es, después de todo, una institución coeducacional, de modo que la eliminamos. En realidad, Largo viaje de regreso, a pesar de sus inconvenientes, se adecuaba muy bien a nuestras necesidades. Con excepción de dos papeles más bien breves en el final mismo de la obra, los roles están bastante bien…
—Señor Richardson —dijo Carella—, ¿sabe usted si la señorita Lettiger tenía idea de convertirse en actriz profesional? ¿O fue ésa sólo una actividad extracurricular para ella?
—La verdad, no sé hasta qué punto le importaba el teatro. Lo discutimos periféricamente una o dos veces, pero creo que no estaba decidida. O tal vez estuviera intimidada, no sé. Creo que la ciudad la abrumaba un poco. Después de todo, sólo tenía dieciocho años y era de un pueblo muy pequeño de Indiana. La idea de tratar de conquistar el teatro profesional debió parecerle algo muy lejano.
—¿Pero su especialización no era en teatro y oratoria?
—Sí. Pero, claro, estuvo aquí en la escuela sólo un trimestre y algo, ni siquiera un semestre completo.
—¿Le había comentado que abandonaría la escuela?
—No.
—¿Se sorprendió usted cuando la abandonó?
—Señor Canella, lo único que un instructor…
—Carella.
—Carella, sí, perdóneme. Lo único que un instructor aprende con los años es a no sorprenderse de lo que dice o hace un estudiante.
—¿Significa eso que usted se sorprendió?
—Bueno, ella era una muy excelente estudiante y, como le dije, una muchacha de talento, mucho. Sí, supongo que me sorprendí.
—¿Actuó en alguna otra producción aparte de la obra de O’Neill?
—No.
—¿Asistía a alguna de sus clases?
—No.
—¿Sabe usted si tenía algún pariente en esta ciudad?
—Lo lamento, no tengo la menor idea.
—Bien, gracias —dijo Carella.
—No hay de qué. Fue un placer —replicó Richardson.
Lo dejaron en su pequeña oficina y descendieron las escaleras con la señorita Moriarty.
—Es un pesado total —comentó la mujer—, pero su memoria es buena, y estoy segura de que ha dado un cuadro preciso de Blanche Lettiger como era entonces. ¿Ha servido de algo?
—Señorita Moriarty —contestó Carella—, lo terrible en el trabajo de un detective es que nunca se sabe qué es útil y qué no lo es hasta que por fin
todas las piezas encajan.
—Lo recordaré —dijo la señorita Moriarty—. Sin duda me ayudará en mi batalla declarada e incesante contra Holmes.
—Que gane el mejor —dijo Carella.
Se despidieron de ella estrechándole la mano y salieron nuevamente al sol.
—¿Qué piensas? —preguntó Meyer.
—No sé qué pensar. ¿Por qué abandonaría la escuela tan de repente?
Buena estudiante, buenas notas, interesada en programas extracurriculares.
—Carella se encogió de hombros.
—Es bastante poco común, ¿no? En especial si vino desde Kokomo.
—No, no era Kokomo, sino un pueblo cercano.
—Sí, ¿cuál era el nombre del pueblo?
—Jonesville, algo así.
—Jonesboro —rectificó Meyer.
—Exacto.
—¿Crees que deberíamos enviar una solicitud?
—¿Para qué?
—Un control de rutina sobre su familia, parientes, no sé.
—¿De qué serviría? Te diré qué me molesta de esa muchacha, Meyer.
Ella rompe el modelo, ¿sabes? Antes, había al menos una especie de delgada hebra. Ahora… —Se encogió de hombros—. Esto me fastidia. De verdad.
—Sí. Bueno, no me ves a mí sonriendo de oreja a oreja, ¿no?
—Tal vez estemos ante un loco. En ese caso, ya podemos olvidarnos.
Matará a quien se le ocurra, al azar, sin ton ni son.
—¿Quién es esa rubia que te saluda? —preguntó Meyer de pronto.
Carella, que pensó que Meyer estaba bromeando, respondió:
—Las rubias siempre me saludan.
—¿Sí? ¿También las de dieciséis años?
Carella siguió la mirada de Meyer hasta el otro extremo del parque, donde una joven rubia con falda marinera y suéter celeste se dirigía rápidamente hacia ellos. La reconoció de inmediato, levantando el brazo en señal de saludo.
—¿La conoces? —preguntó Meyer.
—Claro. Parte de mi club de admiradoras.
—Siempre me olvido de que eres un importante detective de la ciudad.
—Trata de recordarlo, ¿quieres?
Cindy Forrest llevaba el pelo suelto alrededor del rostro. Había restos de pintura en sus labios y una sarta de pequeñas perlas alrededor del cuello.
Llevaba libros apretados contra el pecho y también una sonrisita secreta en el rostro cuando se acercó.
—Hola —saludó—. ¿Me estaba buscando?
—No —replicó Carella— pero, de todos modos, es un placer encontrarla.
—Bien, gracias, señor —dijo Cindy—. ¿Qué están haciendo por aquí?
—Revisando unos registros. ¿Y usted?
—Vengo a la escuela —contestó Cindy—. ¿Recuerda? ¿Mi profesor de psicología anormal? ¿El presenciar la escena primaria?
—Recuerdo —asintió Carella—. Estudia psicología, ¿verdad?
—No. Magisterio.
—Y quiere enseñar en el colegio superior —dijo él asintiendo con la cabeza.
—En la escuela secundaria —corrigió Cindy.
—¡Qué detective! —exclamó Meyer, suspirando.
—Meyer, quiero presentarte a Cynthia Forrest. Señorita Forrest, éste es mi compañero, el detective Meyer.
—¿Qué tal, señor Meyer? —saludó Cindy, tendiendo la mano.
—¿Qué tal? —dijo Meyer, estrechándosela con una sonrisa.
Ella volvió inmediatamente a dirigirse a Carella.
—¿Encontró lo que estaba buscando? —preguntó.
—Bueno, encontramos algo, pero no es seguro que nos vaya a servir de mucho.
—¿No estaban completos los registros?
—Sí, bastante completos —contestó Carella—. Es que…
—¿Habló con Ferguson?
—¿Quién?
—Ferguson, el entrenador de fútbol.
—No —contestó Carella, intrigado.
—El tal vez hubiese podido ayudarlo. Hace siglos que está en la escuela. El equipo nunca gana, pero siguen contratando a Ferguson porque es un anciano agradable.
—Ya entiendo —observó Carella.
—Podría verlo.
—¿Por qué, Cindy?
—Bueno, ¿no vino a…? —La joven miró fijo al detective—. Lo siento, tal vez esté confundida.
—Tal vez todos estemos un poco confusos —acotó Meyer, entrecerrando repentinamente los ojos—. ¿Por qué piensa que debimos buscar al entrenador de fútbol, señorita Forrest?
—Bueno, sólo porque él estuvo en el equipo.
—¿Quién estuvo en el equipo? —preguntó Carella.
—Bueno, papá. —Ella hizo una pausa, sus ojos muy abiertos—. ¿No sabía que papá vino a esta escuela?
Salvatore Palumbo tenía cincuenta y siete años, era un hombrecito fuerte que había nacido en Nápoles. Había ido a Norteamérica en 1938
porque no le gustaba Mussolini ni lo que estaba haciendo con el país. No hablaba una palabra de inglés al llegar y sólo tenía cuarenta dólares en moneda norteamericana, más una esposa y dos hijos y la dirección de un primo. Fue a ver al primo a Filadelfia y éste hizo grandes demostraciones de júbilo al recibirlo, pero pronto le hizo saber que le molestaba. De modo que Palumbo, aún sin hablar una palabra en inglés —sólo había transcurrido una semana desde su llegada— gastó veinte de sus dólares norteamericanos en billetes de tren y llevó a su familia a otra ciudad, tratando de salir adelante.
No fue fácil el comienzo. En Nápoles había sido vendedor de fruta con un pequeño carro de mano. Compraba su mercancía a los agricultores que venían a la ciudad desde los distritos periféricos y solía empujar su carro por toda la ciudad, sin volver a veces hasta las nueve o las diez de la noche, pero de todos modos ganándose la vida para sí mismo y su familia. La vida
era pobre, aun para las pautas italianas. En Nápoles, Salvatore Palumbo y su esposa habían vivido en una triste casa de inquilinos. En América, pasó de Filadelfia, donde el primo vivía en un triste tugurio, directamente a otra ciudad y a otro triste tugurio.
A él no le gustaba esa vida. Le decía a su esposa en italiano: «No vine a América para vivir así». Entonces empezó a buscar trabajo. Pensó que podía ser una buena idea conseguirse otro carro, pero no hablaba nada de inglés y no sabía dónde comprar las mercancías, o cómo solicitar un permiso para vender en la calle, y ni siquiera que hiciese falta un permiso.
En cambio, consiguió empleo en la zona ribereña. Siempre fue un hombre menudo y levantar fardos y cajas le era difícil. Desarrolló un pecho poderoso y brazos musculosos, de modo que después de dos años de trabajo en los muelles parecía un zambo luchador.
Bien, Norteamérica es la tierra de la oportunidad. Ésa es la pura verdad, se puede tomar o dejar. No hay que seguir viviendo en un barrio bajo, no hay que seguir trabajando en los muelles. Si se tiene la voluntad, la decisión y la ambición de un hombre como Salvatore Palumbo, en veinticinco años se puede poseer una casita en Riverhead —en un barrio italiano, sí, pero no en un barrio bajo o en un gueto— y se puede tener negocio propio de frutas y verduras a siete manzanas de distancia en la Avenida Dover Plains, y la gente lo llama a uno Sal en lugar de Salvatore.
A las doce del mediodía del uno de mayo, los detectives Meyer y Carella estaban en otra parte de la ciudad haciendo una serie de sorprendentes descubrimientos mientras Sal Palumbo permanecía de pie en la acera, frente a su negocio, limpiando la fruta. Ellos descubrieron en primer lugar que Anthony Forrest era un graduado de la Universidad de Ramsey, dato que no sabían. Y luego, llevados por la emoción de este nuevo descubrimiento, recordaron que Mae Norden, la esposa del abogado asesinado Randolph Norden, les había dicho que su esposo había estudiado en la Escuela de Derecho de Ramsey. Como hombres que han encontrado la pieza difícil de un complicado rompecabezas cuando en realidad la pieza estaba ahí sobre la mesa, debajo del cenicero, se precipitaron a unir las dos primeras muertes con la muerte de la prostituta Blanche Lettiger, que también había sido estudiante en Ramsey. Estúpida y gozosamente creyeron
que el rompecabezas estaba casi completo cuando en realidad sólo acababa de comenzar.
Sal Palumbo no tenía sentimientos de profunda alegría mientras pulía la fruta. Le gustaba la fruta, en realidad la amaba, pero no la frotaba porque le diera ningún placer particular. No era la clase de persona que puede enloquecer por el color de una pera o una manzana. Abrillantaba la fruta porque tenía mejor aspecto a los ojos de los clientes, y así los clientes compraban. Una de sus clientes se acercaba al negocio, una dama irlandesa, la señora O’Grady. No conocía su nombre de pila. Sabía que vivía en algún punto de Riverhead, pero no en el barrio. El puesto de Palumbo estaba en la Avenida Dover Plains, justo debajo de la estructura elevada, cerca de la esquina de la Calle 200. Había una estación en esa esquina y cada martes por la tarde alrededor de esa hora, la señora O’Grady descendía los escalones de la estación y se detenía primero en el negocio de golosinas en la esquina, después en la carnicería de al lado y finalmente iba al negocio de Palumbo, que estaba a dos puertas de la carnicería, a la sombra de la plataforma de la estación.
—Ah, signora —la saludó Palumbo cuando ella se acercó.
—No me venga con las zalamerías italianas, Sal —replicó ella.
La señora O’Grady tenía probablemente cincuenta y dos años y tenía una figura elegante, esbelta y un brillo demoníaco en los verdes ojos. Había estado comprándoles a los comerciantes de la Avenida Dover Plains desde hacía ya cinco años porque tanto los precios como la mercancía le gustaban más que los de su propio barrio. Si alguien hubiese preguntado a la señora O’Grady o a Sal Palumbo sobre el coqueteo que habían practicado en estos cinco años, le habrían acusado de loco. Palumbo estaba casado y tenía dos hijos casados y tres nietos. La señora O’Grady también estaba casada, con una hija casada y embarazada. Pero Palumbo era un hombre al que le gustaban las mujeres en general, no sólo las de tipo italiano meridional como su mujer, Rose, con el pelo oscuro y los ojos aun más oscuros, sino también las de tipo pequeño y delgado, de senos menudos y compactos, trasero pequeño y ojos verdes, como la señora O’Grady. Y la señora O’Grady era del tipo apasionado a la que le gusta muchísimo un hombre fuerte entre los brazos, y ese diminuto Palumbo tenía unos buenos brazos
fuertes y un pecho grande y macizo con rizado vello negro que asomaba por el cuello abierto de la camisa. Y así los dos intercambiaban comentarios sobre la fruta, alimentando un coqueteo que nunca reconocerían abiertamente, que nunca llegaría siquiera a un roce, pero que de todos modos se encendía una vez por semana cada martes al hablar de las peras, manzanas, ciruelas y melocotones.
—Bien, no me parece tan buena hoy, Sal —dijo la señora O’Grady—.
¿Es esto todo lo que tiene?
—¿Qué ocurre? —preguntó Palumbo con una voz que sólo tenía una leve sombra de acento—. Esta fruta es hermosa. ¿Qué busca? ¿Quiere unas peras preciosas? Tengo algunos albaricoques, los primeros de la temporada.
—Y apuesto a que serán amargos como la retama.
—¿Mis albaricoques? ¿Fruta amarga de Sal Palumbo? Ah, bella signora, usted me conoce bien.
—¿Qué son esos melones?
—¿Qué son sino melones? Los ve con sus propios ojos, ¿no? Acaba de nombrarlos. Son melones rocío de miel.
—¿Buenos?
—Excelentes.
—¿Cómo puedo saberlo?
—Señora O’Grady, por usted yo cortaría uno, pero sólo por usted, y sólo porque cuando lo abra verá un melón tan dulce, tan maduro, y tan verde como sus propios ojos.
—No se meta con mis ojos —dijo la señora O’Grady—. Y no es necesario que lo corte, creo en su palabra. ¿No hay ciruelas todavía?
—No podemos adelantar el verano —respondió Palumbo.
—Bueno, deme dos libras de manzanas. ¿Cuánto cuestan esos albaricoques?
—Treinta y nueve la libra.
—Es muy caro.
—Pierdo dinero.
—Seguro —comentó ella sonriendo.
—Estos hay que traerlos por barco, ya sabe. Camiones refrigerados. El agricultor gana, el transportador gana, el ferrocarril gana, para el momento
en que los albaricoques me llegan, ¿qué puedo ganar?
—Bueno, deme un par de libras, para que pueda perder un poco más de dinero.
—¿Dos?
—Dije un par, ¿no?
— Signora, en Italia, un par siempre son dos. En América, un par pueden ser tres, cuatro, media docena. ¿Ma che? —Extendió las manos y se encogió de hombros y la señora O’Grady se rió.
—Dos libras —dijo.
—¿Necesita lechuga? Tengo arrepollada buena y francesa buena, la que su corazón desee.
—La arrepollada —dijo ella—. ¿Sabe quién tiene realmente buena fruta?
—Sal Palumbo tiene realmente buena fruta —respondió él.
—No, el frutero de mi barrio. Y sus albaricoques son más baratos.
Palumbo, que se estiraba para alcanzar las cajas apiladas en la entrada del negocio, donde estaban los albaricoques colocados en ordenadas hileras, preguntó:
—¿A cuánto los vende?
—Treinta y cinco centavos la libra.
—Entonces vaya a comprárselos a él —dijo Palumbo.
—Iría —replicó la señora O’Grady—, pero ya no le quedaban.
— Signora —comentó Palumbo—, si yo me quedara sin albaricoques, también costarían treinta y cinco centavos. Los quiere, ¿ sí o no?
—Sí —respondió la señora O’Grady con sus ojos centelleantes pero es un robo a mano armada.
Palumbo abrió una bolsa de papel marrón y puso dentro un puñado de albaricoques. Puso la bolsa sobre la balanza y estaba añadiendo algunos más cuando de la plataforma de la estación que estaba sobre la tienda partió la bala, entrando por su cabeza en un marcado ángulo desde la parte superior del cráneo. Él cayó hacia adelante sobre el puesto. Las frutas y verduras empezaron a rodar alrededor de él cuando se derrumbó sobre la acera, las pulidas peras y manzanas, los pimientos verdes, las naranjas,
limones y patatas, mientras la señora O’Grady lo miraba horrorizada y entonces empezó a gritar.
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