Diez mas uno
Capítulo 15
Bueno, las cosas estaban mejorando, sin duda.
Ahora no sólo sabían que las siete víctimas habían participado en la producción estudiantil de Largo viaje de regreso en 1940, sino que también sabían que hubo una fiesta después de la función, y que todos los miembros del reparto y los ayudantes habían estado presentes, así como el profesor Richardson, el asesor. También sabían que el asesor de la facultad había dejado de asesorar en algún momento de la noche y que la fiesta se había reducido a seis personas de sexo opuesto que habían aprovechado la ocasión.
A la mañana siguiente, los detectives decidieron efectuar otra charla con David Arthur Cohen que, según él mismo admitía, había sido francotirador durante la guerra y también había participado en la fiesta nocturna años atrás. Lo llamaron y le pidieron que fuera a comisaría. Él se quejó amargamente porque perdería todo un día de trabajo en una semana en que las ideas se le presentaban buenas y abundantes, pero le recordaron que se trataba de un caso de homicidio y si él iba a comisaría por su propia voluntad, les ahorraría el trabajo de enviar a un agente a buscarlo.
Cohen llegó a las 10 de la mañana.
Lo hicieron sentar en una silla y ellos se quedaron de pie a su lado: Kling, Carella y Meyer. Cohen se anticipaba un poco a la estación con un traje liviano. Parecía tranquilo, sereno. Estaba sentado con su habitual expresión de amargura y esperó a que uno de los detectives iniciara el interrogatorio. Meyer hizo la primera pregunta.
—Estamos principalmente interesados en la fiesta que tuvo lugar después de la función, señor Cohen —dijo.
—Bien, ¿qué?
—Queremos saber qué sucedió.
—Les dije lo que había sucedido.
—Está bien, señor Cohen —intervino Carella—. En primer lugar,
¿quiénes eran?
—Todos los del espectáculo.
—¿Los del espectáculo o relacionados con el espectáculo?
—Relacionados con el espectáculo.
—Y por «todos», ¿a quiénes se refiere exactamente?
—El reparto, los ayudantes y algunos agregados.
—¿Por ejemplo?
—Algunos tipos que trajeron chicas y también algunos de los chicos que sólo estaban parcialmente en el grupo.
—¿Y quién más?
—El profesor Richardson.
—¿Fue una buena fiesta? —preguntó Kling.
—Sí, estuvo bien. Fue hace más de veinte años, por Dios. ¿Esperan que recuerde…?
—Helen Struthers estuvo aquí ayer, señor Cohen —dijo Meyer—. Ella parece recordar muy bien la fiesta.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Dice que fue una de las mejores fiestas a las que asistió en su vida.
¿Qué le parece?
—Ella tiene derecho a dar su opinión, supongo. —Cohen hizo una pausa.
—¿Cómo está Helen?
—Muy bien. ¿Cómo fue la fiesta, en su opinión, señor Cohen?
—Bastante buena.
—Helen parecía pensar que fue mejor que bastante buena —dijo Carella.
—¿Sí?
—Sí. Parecía recordar especialmente lo que sucedió cuando se fue la mayor parte de la gente.
—¿Sí? ¿Qué es lo que recuerda?
—Bueno, ¿qué recuerda usted, señor Cohen?
—Estuvimos haciendo arrumacos.
—¿Eso fue todo?
—Eso fue todo. Éramos sólo críos.
—Bueno, para ser críos, señor Cohen, Helen parece pensar que sucedió algo más que unos besos y unas caricias.
—¿Qué parece pensar?
—Pues que todos se revolcaron.
—¿Sí?
—Sí. En realidad, parece pensar que todos ustedes se revolcaron juntos en cierto momento.
—¿Sí?
—Sí. En realidad, señor Cohen, ella describió lo sucedido como «toda una orgía».
—¿Sí?
—Sí. Curioso que usted haya olvidado un suceso de tales proporciones,
¿no le parece, señor Cohen? A menos, claro, que usted tenga costumbre de asistir a org…
—Está bien —dijo Cohen.
—¿Es eso lo que sucedió?
—Sí, sí, eso fue lo que sucedió.
—¿Lo recuerda ahora?
—¿Si lo recuerdo? —preguntó Cohen—. Hace veintitrés años que trato de olvidarlo. He estado en análisis durante seis años, tratando de olvidar lo que sucedió esa noche.
—¿Por qué?
—Porque fue desagradable. Estábamos borrachos. Fue muy desagradable. Me estropeó toda la vida.
—¿Cómo?
—¿Qué quiere decir con eso de «cómo»? Porque convertimos algo…
privado… en un circo. Por eso. ¿Es necesario que hablemos de ello?
—Sí, debemos hablar de eso. ¿Estaban todos borrachos?
—Sí. Randy Norden era un muchacho alocado. Era mayor que la mayoría de nosotros, ya había cumplido los veinte, estaba ya en la Facultad de Derecho. Sus padres tenían ese enorme ático en Grover y estaban de viaje por Europa, de modo que todos fuimos allí después de la función. Las
muchachas se desmadraron. Supongo que Helen marcaba el paso. Bueno, la han visto, saben qué clase de mujer es. Era igual entonces.
—¡Un momento, señor Cohen! —exclamó Meyer de repente.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—¿Cómo sabe qué clase de mujer es, señor Cohen? ¿Cuándo la vio por última vez?
—No he visto a nadie relacionado con ese espectáculo desde que salí del colegio superior.
—¿Entonces cómo sabe cuál es su aspecto ahora?
—No lo sé.
—¿Entonces por qué dijo que ella ahora es igual a como era antes?
—Lo supuse. Era brava entonces, y las bravas no cambian.
—¿Y las otras chicas?
—Ellas… eran chicas agradables. Se emborracharon, eso es todo.
—¿Y qué sucedió?
—Bueno, nosotros… fue idea de Randy, supongo. Él era mayor,
¿saben?, y con Helen, y naturalmente… bueno, todos nos separamos…
había un montón de dormitorios en la casa… y bueno… eso es lo que sucedió.
—¿Qué sucedió? —insistió Meyer.
—¡No quiero hablar de eso! —gritó Cohen.
—¿Por qué?
—Porque me da vergüenza, por eso. ¿Vale?
—Háblenos de cuando era francotirador, señor Cohen —dijo Carella.
—Fue hace mucho.
—También la fiesta. Cuéntenos.
—¿Qué quieren saber?
—¿Qué teatro de operaciones?
—El Pacífico.
—¿Dónde?
—Guam.
—¿Qué arma usaba?
—Una BAR con mira telescópica.
—¿Pólvora sin humo?
—Sí.
—¿A cuántos hombres mató?
—Cuarenta y siete —dijo Cohen sin vacilar.
—¿Cómo se sentía?
—Odiaba hacerlo cada minuto.
—¿Entonces por qué no lo dejó?
—Pedí un traslado, pero me lo denegaron. Era un buen francotirador.
—¿Eran japoneses los que mataba?
—Sí, japoneses.
—¿Cuánto bebió en la fiesta?
—Mucho.
—¿Cuánto?
—No lo recuerdo. En realidad, empezamos a beber cuando se marchó Richardson. Había montones de bebida. Tony estaba a cargo de las entradas…
—¿Tony?
—Forrest. Tony Forrest. Estaba a cargo de las entradas del espectáculo, y creo que sacó algún dinero de la caja para pagar la fiesta. No fue ilegal ni nada por el estilo, quiero decir que todos en el grupo sabían que él lo estaba haciendo. Era para la fiesta. Pero había muchísima bebida. —Cohen hizo una pausa—. Además, había un clima de… bueno, ya la guerra había empezado en Europa y supongo que la mayoría de los estudiantes de la época sabíamos que Norteamérica entraría tarde o temprano. De modo que había un clima especial. Nos importaba un bledo lo que sucediera.
—¿Disparaba usted desde un árbol o qué? —preguntó de pronto Kling.
—¿Qué?
—Cuando estaba en Guam.
—Ah. Generalmente. Sí.
—¿Y después? —preguntó Carella.
—Según la operación. Generalmente se suponía que debía quedarme…
—Después de que Helen y Randy empezaran el lío, digo.
—Todos seguimos su ejemplo.
—¿Y después?
—Terminamos en una habitación.
—¿Qué habitación?
—El cuarto de la madre de Randy. El dormitorio. El grande.
—¿Dónde estuvo usted el viernes cuatro de mayo? —preguntó Meyer.
—No sé.
—Trate de recordar.
—¿Cuándo fue?
—Fue el viernes cuatro de mayo. Hoy es miércoles nueve de mayo.
¿Dónde estaba, Cohen?
—Creo que estuve fuera de la ciudad.
—¿Dónde?
—Hacia el norte del Estado. Eso es. Salí el viernes por la mañana. Sólo para tener un fin de semana largo, ¿sabe?
—¿No habrá estado en Minneapolis el cuatro de mayo, verdad? —
¿Minneapolis? No. ¿Para qué iba a ir allí? Nunca en mi vida he estado en Minneapolis.
—¿Recuerda a un hombre llamado Peter Kelby?
—Sí, trabajaba en la representación.
—¿Fue él a la fiesta?
—Sí, claro.
—¿Dónde estuvo el último fin de semana? ¿En su viaje al norte del Estado?
—Fui a pescar.
—No le preguntamos qué hizo, le preguntamos dónde estuvo. —
Acampé.
—¿Dónde?
—En la reserva. Cerca de Cattawan.
—¿En una tienda de campaña?
—Sí.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Había alguien más en el campamento?
—No.
—¿Se detuvo a repostar gasolina en alguna parte a lo largo del camino?
—Sí.
—¿Usó tarjeta de crédito?
—No.
—¿Pagó en efectivo?
—Sí.
—¿Hizo lo mismo en los restaurantes en los que pudo detenerse para comer?
—Sí.
—En otras palabras, señor Cohen, sólo tenemos su palabra de que estuvo en Cattawan y no en Minneapolis, Minnesota, matando a un hombre llamado Peter Kelby.
—¿Queeeé?
—Sí, señor Cohen.
—Miren, yo…
—¿Sí, señor Cohen?
—Oigan… ¿por qué iba yo… cómo demonios podía saber dónde estaba Peter Kelby? Quiero decir…
—Alguien averiguó dónde estaba, señor Cohen, porque alguien le metió una bala en la cabeza. Nos inclinamos a pensar que fue el mismo individuo que mató a seis personas aquí en la ciudad.
—¡No veo a Peter Kelby desde que estábamos juntos en la escuela! —
aseguró Cohen—. No tenía idea de que estuviera en Minneapolis.
—Ah, pero señor Cohen alguien descubrió que él vivía allí. De hecho, señor Cohen, no pudo haber sido muy difícil porque incluso una agradable señora de nombre Agnes Moriarty, de la Universidad de Ramsey, pudo descubrir dónde estaba Kelby, y ella ni siquiera tenía interés en asesinarlo.
—¡Tampoco yo! —gritó Cohen.
—Pero aquella fiesta aún lo irrita, ¿eh, Cohen?
—¿Por qué lo irrita?
—¿Hubo demasiado sexo?
—¿A usted le da placer disparar un rifle?
—¿Qué se siente cuando se mata a un hombre?
—¿Con cuál de las chicas estuvo usted, Cohen?
—¿Qué más hizo usted esa noche?
—¡CÁLLENSE! ¡CÁLLENSE! ¡CÁLLENSE! —gritó Cohen.
La sala de detectives quedó en silencio. Carella dijo:
—¿Cómo se llama su analista, Cohen?
—¿Por qué?
—Queremos hacerle algunas preguntas.
—Váyanse al infierno —dijo Cohen.
—Tal vez no comprenda cuán comprometida es su situación, Cohen.
—Lo comprendo, sí. Pero todo lo que se habla entre mi analista y yo es asunto mío, no de ustedes. No tuve nada que ver con estos malditos asesinatos. Pueden ir abriendo las cajas que deseen, pero algunas de mis cajas van a quedar cerradas, ¿me entienden? Porque nada tienen que ver con ustedes o con su caso, sólo tienen que ver conmigo. ¿Me oyen? Conmigo.
David Arthur Cohen, un desgraciado guionista de chistes que no sabe reír,
¿vale? No sé reír, es por eso que voy a un analista, ¿entendido? Y tal vez no supiera reír tampoco en 1940, cuando tenía dieciocho años y estaba en una fiesta pesada que debió dejarme sin sentido, pero eso no significa que ande por ahí matando gente. Maté a bastante gente. Maté a cuarenta y siete personas en mi vida, todos japoneses, y lloro cada noche por cada uno de esos malditos.
Los detectives se quedaron mirándolo fijamente un rato y luego Meyer hizo una señal con la cabeza a los demás y se reunieron en un rincón de la sala, muy juntos entre sí.
—¿Qué pensáis? —preguntó Meyer.
—Creo que es nuestro hombre —dijo Carella.
—Sí, también a mí me lo parece.
—No estoy seguro —opinó Kling.
—¿Lo detenemos?
—No tenemos ningún fundamento —dijo Carella.
—No tenemos que detenerlo por homicidio. Sigamos interrogándolo, sólo para retenerlo un poco. Creo que va a ceder si seguimos.
—¿Con qué fundamento podemos detenerlo? ¿Vagancia? Trabaja y gana mucho.
—Mala conducta.
—¿Qué ha hecho?
—Ha usado un lenguaje abusivo hace un rato.
—¿Qué quieres decir?
—Te dijo que te fueras al infierno.
—No, eso es poca cosa —dijo Carella.
—¿Es que vamos a dejarlo ir?
—¿Cuánto tiempo podemos retenerlo sin arrestarlo?
—Si la cosa llega a juicio, deberá decidir la corte cuál fue el tiempo adecuado y razonable. Pero, caramba, si esto queda en nada, él nos hará juicio por falso arresto antes de que podamos mover un dedo.
Kling preguntó:
—Si no lo detenemos, no lo estamos arrestando, ¿verdad?
—Sí que lo hacemos. Si le impedimos marcharse, eso equivale a un arresto. Tendría un caso seguro contra la ciudad y contra el oficial que hizo el arresto.
—Entonces, ¿qué demonios hacemos?
—Creo que deberíamos llamar a la oficina del fiscal de distrito —dijo Carella.
—¿Te parece?
—Sin duda. Llamar a la oficina de homicidios, decirles que tenemos al que parece ser el asesino real, y que queremos una persona de la oficina del fiscal de distrito en el interrogatorio. Que tomen ellos la decisión.
—Creo que eso es lo mejor —opinó Meyer—. ¿Bert?
—Trabajemos con él otros diez minutos, veamos qué podemos conseguir solos.
—No me parece correcto.
—Está bien, haz lo que quieras.
—Steve, ¿tú quieres llamar a la oficina?
—Sí, claro. ¿Qué hacemos con él entretanto?
—Lo llevaré abajo.
—¡Pero no a las celdas, Meyer!
—No, no, falsearé la cosa para demorarlo. No creo que sepa nada de detenciones, de todos modos.
—Está bien —dijo Carella.
Meyer atravesó el salón.
—Venga, Cohen.
—¿Adónde me lleva?
—Abajo. Quiero que vea unas fotos.
—¿Qué clase de fotos?
—De la gente asesinada por el francotirador.
—¿Por qué?
—Creo que debería verlas. Queremos estar seguros de que era la misma gente que actuaba en la obra.
—Está bien —dijo Cohen. Pareció inmensamente aliviado—. ¿Entonces puedo irme?
—Será mejor que vea las fotos antes.
Salió del salón con Meyer y Kling, pasando junto a otro hombre en el corredor. El hombre tenía tal vez cuarenta y cinco años, era pequeño y gordo con ojos castaños y traje marrón arrugado. Avanzó hasta la barandilla y se quedó ahí, sosteniendo el sombrero entre las manos, esperando que lo vieran.
Carella, que ya había marcado el número de la oficina y estaba en el escritorio más próximo a la barandilla, miró al hombre y luego centró su atención en la conversación telefónica.
—No, no lo hemos detenido —dijo Carella—. Aún no tenemos nada que lo fundamente. —Hizo una pausa, escuchando—. No, no dijo nada, lo niega todo. Pero creo que hablará si lo presionamos. Bien. ¿Puede enviar un hombre en seguida? Bien, ¿cuánto tiempo podemos retenerlo legalmente?
Eso es lo que me interesa. Creo que la decisión debería tomarla alguien de la oficina del fiscal de distrito. Bien, ¿cuánto es lo más pronto? Eso es demasiado tarde. ¿No puede enviar a alguien esta mañana? Bueno, bien, esperamos.
Colgó y se volvió al hombre.
—Sí, señor, ¿en qué puedo servirle?
—Me llamo Lewis Redfield —dijo el hombre.
—¿Sí, señor Redfield?
—Lamento tener que molestarlo de esta manera…
—¿Sí?
—… pero creo que mi esposa puede estar en peligro.
—Pase, señor Redfield —dijo Carella.
Redfield asintió con la cabeza, dio un paso inseguro hacia la barandilla, buscó una abertura y luego se quedó inmóvil, perplejo. Carella fue hasta la barandilla y abrió la pequeña puerta.
—Gracias —dijo Redfield y luego esperó que Carella lo condujera al escritorio.
Cuando estuvieron sentados, Carella preguntó:
—¿Qué le hace pensar que su esposa está en peligro, señor Redfield?
¿Ha recibido alguna amenaza…?
—No, pero yo… le parecerá una tontería.
—¿De qué se trata, señor Redfield?
—Creo que ese individuo puede ir detrás de ella.
—¿Qué individuo?
—El francotirador.
Carella se humedeció los labios y fijó la mirada en el hombrecito gordo que estaba frente a él.
—¿Qué le hace pensar eso, señor Redfield?
—He estado leyendo los periódicos —dijo Redfield—. La gente que ha sido asesinada… todos estaban en la obra con Margaret hace muchos años.
—¿Margaret Buff? ¿Es ése el nombre de soltera de su esposa?
—Sí, señor.
—¡Bueno! —Carella sonrió y tendió la mano—. Sin duda es un placer conocerlo, señor Redfield. Hemos estado tratando de localizar a su esposa.
—Debí venir antes, pero no estaba seguro.
—¿Dónde está su esposa, señor? Nos gustaría mucho conversar con ella.
—¿Por qué?
—Porque tenemos al que parece ser un buen sospechoso, y mi información…
—¿Han encontrado al asesino?
—No estamos seguros, señor Redfield, pero creo que sí.
Redfield lanzó un profundo suspiro.
—No sabe cómo me alivia saberlo. No se imagina la tensión que he estado sufriendo. Estaba seguro de que en cualquier momento a Margaret…
—Sacudió la cabeza—. ¡Qué alivio!
—¿Podríamos hablar con ella, señor?
—Sí, claro. —Redfield hizo una pausa—. ¿A quién han arrestado?
¿Quién es el individuo?
—Se llama David Arthur Cohen —dijo Carella—. Pero aún no ha sido arrestado.
—¿También estuvo en la obra?
—Sí.
—¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué ha estado matando a todas esas personas?
—Aún no estamos seguros. Creemos que tuvo algo que ver con una fiesta a la que asistió.
—¿Una fiesta? —preguntó Redfield.
—Bueno, es muy complicado, señor. Es por eso que quisiera hablar con su esposa.
—Por supuesto —dijo Redfield—. El número es Grover 6-2100. Creo que puede ponerse en contacto ahora mismo.
—¿Es ése su número de teléfono, señor?
—Sí.
—¿Podrá ella venir aquí ahora mismo?
—Creo que sí.
—¿No tienen hijos, señor?
—¿Qué?
—Hijos. ¿Tendrá algo que hacer? En ese caso, yo puedo ir…
—No, no tenemos hijos —agregó rápidamente Redfield—: Hace poco que estamos casados.
—Ah —dijo Carella. Tomó el teléfono y empezó a marcar.
—Dos años, exactamente. Soy el segundo esposo de Margaret.
—Ahá.
—Sí, ella se divorció de su primer esposo en 1956.
Carella acercó el auricular al oído y escuchó los timbrazos en el otro extremo.
—Ojalá venga su esposa porque tenemos que arrestar a Cohen por homicidio o soltarlo. Pronto vendrá un hombre de la oficina del fiscal de
distrito y será de gran ayuda cuantos datos concretos podamos proporcionarle. Su esposa podría…
—¿Hola? —dijo una voz de mujer.
—Hola, ¿señora Redfield?
—¿Sí?
—Le habla el detective Carella de la 87. Su esposo está aquí conmigo, señora Redfield. Hemos estado tratando de localizarla por estos asesinatos del francotirador.
—Ah, ah, sí —dijo ella. Su voz resultaba curiosamente desprovista de tono.
—No sé si usted puede venir a la comisaría. Hay un sospechoso y tenemos mucho interés en hablar con usted.
—Está bien.
—¿Puede venir ahora mismo?
—De acuerdo.
—Bueno, señora Redfield. Cuando llegue, dígale al sargento de la mesa de entrada que quiere verme, soy el detective Carella, y él la hará pasar.
—Está bien. ¿Cuál es la dirección?
—Avenida Grover, frente a la entrada del parque.
—Está bien. ¿Está Lewis ahí?
—Sí. ¿Quiere hablar con él?
—No, no hace falta.
—La veremos pronto entonces.
—Está bien —dijo Margaret Redfield y cortó.
—Ya viene —informó Carella.
—Bien —dijo Redfield.
Carella sonrió y colgó el teléfono. Sonó casi inmediatamente. Volvió a tomar el auricular y dijo:
—87. Carella.
—Carella, soy Freddie Holt, de la Brigada 88, al otro lado del parque.
—Hola, Freddie —dijo Carella con alegría. ¿En qué puedo ayudarte?
—¿Sigues trabajando en el caso del francotirador?
—Sí.
—Bueno. Tenemos a tu hombre.
—¿Qué? —exclamó Carella.
—Tu hombre, el tipo que lo ha estado haciendo.
—¿Qué quieres decir?
—Lo hemos pescado hace unos diez minutos. Shields y Durante hicieron el arresto. Lo detuvieron en un techo en Rexworth. Les disparó a dos mujeres en la calle antes de que pudiéramos sujetarlo. —Hizo una pausa.
—¿Carella? ¿Me oyes?
—Sí —dijo Carella con tono de fatiga.
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