Diez mas uno
Capítulo 6
Es verdad que en una democracia todos los hombres son iguales a los ojos de la ley, pero esto no corresponde necesariamente a todos los hombres muertos. Sería grato creer que un detective que investiga el asesinato de un borracho de Skid Row dedica toda su energía y su tiempo al caso, en un intento de descubrir al que lo perpetró. Sería aún más grato creer que la intempestiva muerte de un corredor de apuestas o de un ladrón ocasiona algo más que alivio, una actitud de «nos hemos librado» por parte de la policía. Pero hay una enorme diferencia entre un millonario asesinado y un delincuente asesinado. Una prostituta, que no roba nada, de todos modos es culpable de violación y en el léxico de la policía es una delincuente. La muerte de la prostituta de Avenida Culver hubiese causado poco más que un moderado interés pasajero, de no ser por el hecho de ser asesinada con un cartucho Remington 308. Por ello adquirió más status muerta que cuanto había conocido en vida, tanto a los ojos de los hombres como de la ley.
La ley es curiosamente ambigua respecto de las prostitutas. La Ley Penal describe con detalle la Prostitución y las Casas de Vicio, pero en ninguna parte del código hay una definición de la prostituta per se. En la sección sobre Prostitución, se enumeran:
(1) Rapto de mujer con fines de
(2) Prostitución forzada de mujeres
(3) Obligada prostitución de la esposa de otro
(4) Corroboración de testimonio de mujer obligada o procurada
(5) Rufianes y alcahuetes
(6) Transporte de mujeres con fines de
En la sección de las Casas de Vicio se enumeran:
(1) Rapto de mujeres
(2) Admisión de menores
(3) Prostitución obligatoria en
(4) Mantener o alquilar
(5) Enviar muchachos mensajeros a
… etcétera. Algunos de estos delitos son felonías. Pero en ninguna de estas subdivisiones hay referencia alguna al delito de la prostituta misma.
Sólo hay un punto de la Ley Penal donde se define el comercio amoroso.
Curiosamente, en la Sección 722, que define la Conducta Viciosa: «Toda persona que con intención de provocar una violación de la paz, o con la cual se puede ocasionar una violación de la paz, comete alguno de los siguientes actos se considerará que ha cometido el delito de conducta viciosa».
Los «siguientes actos» incluyen todo desde usar lenguaje amenazador, a hacer que se reúna una multitud, a proferir comentarios insultantes a los peatones que pasan, y en la Subdivisión 9: «Frecuenta o se demora en cualquier espacio público solicitando a los hombres con el fin de cometer un delito contra la naturaleza o cualquier otra lujuria».
Si uno puede llamar a ir a la cama con un hombre «crimen contra la naturaleza», entonces eso es prostitución. No se lo denomina así en esta sección. Se lo llama «solicitar», pero en la sección titulada «Solicitación: Fines lujuriosos o inmorales, solicitación para», sólo se enumera lo siguiente: «Personas masculinas que viven de los procedimientos de la prostitución: Toda persona masculina que vive completamente o en parte de lo ganado con la prostitución, o que en algún lugar público solicita con fines inmorales, es culpable de fechoría. Una persona masculina que vive con o está habitualmente en la compañía de una prostituta y no tiene medios visibles de manutención, se presumirá que vive de lo obtenido de la prostitución».
Entonces, ¿qué se supone que debe hacer un policía honesto y consciente cuando una puta a todas luces se le acerca y le pregunta?:
«¿Quieres un poco de diversión, tesoro?». Limitado a sus propios recursos, él podría aceptar la oferta. Obligado por la Ley Penal, podría arrestarla por conducta viciosa, cuya pena puede ser una sentencia de cárcel que no
exceda los seis meses, o una multa que no exceda los cincuenta dólares, o ambas cosas. Pero la Ley Penal está reforzada por el Código de Procedimiento Criminal y todo policía de la ciudad conoce la Sección 887, Subdivisión 4, de memoria. Toda prostituta también la ha memorizado, porque es ahí donde los policías las agarran por los códigos. La Sección 887
describe, entre otras cosas, a los vagabundos. «Las siguientes personas son vagabundos», expresa, y luego pasa a enumerar a todos, incluido al tío Max. Cuando llega a la Subdivisión 4, no se anda con rodeos.
4. Una persona ( a) que ofrece cometer prostitución; o ( b) que ofrece conseguir para otra con el fin de la prostitución o para cualquier otro acto lujurioso o indecente; o ( c) que vaga en o cerca de cualquier arteria o lugar público o privado con el fin de inducir, tentar o procurar a otra para cometer lujuria, fornicación, relación sexual ilegal o cualquier otro acto indecente…
Eso parecería cubrirlo, caramba. Pero esos antepasados no dejaban nada al azar. La Sección 887, Subdivisión 4, sigue enumerando:
… o ( d) que de alguna manera induce, tienta o procura a una persona que está en cualquier arteria o lugar público o lugar privado, para cometer algunos de tales actos; o ( e) que recibe u ofrece o acepta recibir a cualquier persona en cualquier lugar, estructura, casa, edificio o transporte con el fin de la prostitución, lujuria o cita o a sabiendas permite que cualquier persona permanezca allí con esos fines; o ( f) que de alguna manera ayuda o induce o participa en la realización de algunos de los actos o cosas enumeradas en la Subdivisión cuatro de la Sección ochocientos ochenta y siete del Código de Procedimiento Criminal; o ( g) que es una prostituta común, que no tiene ningún empleo legal con el cual mantenerse.
Ése es un vago, señor, señora. Y si eso es lo que usted es, según la Sección 891 ( a) del mismo código usted puede ser enviado a un reformatorio por tres años, o a una cárcel, penitenciaría u otra institución penal del condado por un año, ¡conque cuidado!
El hombre que se llamaba Harry Wallach era un varón que vivía con o estaba habitualmente en la compañía de la prostituta llamada Blanche Lettiger, la mujer a la que habían abatido la noche del 30 de abril. A la policía no le supuso mucho esfuerzo localizarla Todo el mundo sabía quién era el «viejo» de Blanche. Lo encontraron a la mañana siguiente en una sala de apuestas en la Calle 41 Norte y se lo llevaron a la comisaría, lo sentaron en una silla y empezaron a interrogarlo. Era un hombre alto, bien vestido,
con las sienes canosas y penetrantes ojos verdes. Preguntó a los detectives si se permitía fumar y entonces encendió un cigarro de cincuenta centavos y se reclinó serenamente contra el respaldo de la silla, con una leve sonrisa de superioridad en la boca mientras Carella abría la sesión.
—¿Cómo se gana la vida, Wallach?
—Inversiones —contestó éste.
—¿Qué clase de inversiones? —preguntó Meyer.
—Acciones, bonos, bienes raíces. Ya sabe.
—¿Cuál es la cotización actual de AT&T? —preguntó Carella.
—No tengo mi cartera —replicó Wallach.
—¿Qué tiene en su cartera?
—No lo recuerdo de memoria.
—¿Tiene un corredor de bolsa?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Está en Miami en estos momentos, de vacaciones.
—No preguntamos dónde está, le preguntamos cómo se llama.
—Dave.
—¿Dave qué?
—Dave Milias.
—¿Dónde está en Miami?
—Investíguenme a mí —dijo Wallach.
—Muy bien, Wallach —dijo Meyer—, ¿qué sabe de esa mujer Blanche Lettiger?
—¿Blanche qué? —preguntó Wallach.
—Ah, quiere hacerse el desentendido, ¿eh, Wallach? ¿Es eso?
—Es que el nombre no me suena.
—¿No le suena, eh? Blanche Lettiger. Comparte un piso con ella en Culver y 12 Norte, departamento 6 B, alquilado a nombre de Frank Wallace, y usted ha estado viviendo allí con ella desde hace año y medio.
¿Le suena ahora, Wallach?
—No sé de qué está hablando —replicó Wallach.
—Tal vez sea él el tipo que la liquidó, Steve.
—Estoy empezando a pensarlo.
—¿Qué quieren decir? —preguntó Wallach sin inmutarse.
—¿Por qué la evasiva, Wallach? ¿Se cree que estamos interesados en un chulo barato como usted?
—Yo no soy eso —dijo Wallach con dignidad.
—¿No? ¿Cómo lo llama usted?
—No lo que usted ha dicho.
—Oh, qué dulce —observó Meyer—. Él no quiere ensuciar sus pulcros labios diciendo la palabra chulo. Mire, Wallach, no nos dificulte las cosas.
Quiere hacernos perder la paciencia, lo entendemos, y sabemos qué puede pasar. Facilítese las cosas a usted mismo. Sólo nos interesa la mujer.
—¿Qué mujer?
—Hijo de puta, la mataron anoche a sangre fría. ¿Qué demonios es usted, un ser humano o qué?
—No conozco a ninguna mujer que fuera asesinada a sangre fría anoche
—insistió Wallach—. No me van a implicar en un maldito homicidio. Los conozco muy bien a todos ustedes. Están buscando un chivo, y no voy a ser yo.
—No estamos buscando ningún chivo —dijo Carella—, pero ahora que usted lo menciona, no es una mala idea. ¿Qué te parece, Meyer?
—¿Por qué no? —dijo Meyer—. El sirve tanto como cualquiera para cargar con la culpa. Así nos sacamos el muerto de encima.
—¿Dónde estuvo anoche, Wallach?
—¿A qué hora? —preguntó Wallach, aún tranquilo, aspirando suavemente su cigarro.
—A la hora en que murió la mujer.
—No sé a qué hora ocurrió.
—Alrededor de las cinco y media. ¿Dónde estaba?
—Cenando.
—¿Tan temprano?
—Ceno temprano.
—¿Dónde?
—En el Rambler.
—¿Dónde queda?
—En el centro.
—¿Dónde en el centro? Mire, Wallach, si nos obliga a sacarle las palabras, conocemos mejores maneras de hacerlo.
—Claro, saquen la manguera —dijo Wallach serenamente.
Tranquilamente, Meyer fue hacia un escritorio en el extremo de la sala, abrió el cajón superior, sacó un trozo de manguera de unos sesenta centímetros, la hizo sonar contra la palma de la mano y luego volvió hasta donde Wallach se encontraba mirándolo, sereno.
—¿Es a esto a lo que se refería, Wallach?
—¿Acaso cree que me está sorprendiendo? —preguntó el hombre.
—¿Con quién comió? —preguntó Carella.
—Solo.
—No necesitamos la manguera, Meyer. Ha cavado su propia tumba.
—Eso es lo que usted cree, amiguito. El camarero me recordará.
—Bueno, eso depende de cuánto presionemos al camarero, ¿no? —
observó Carella—. Estamos buscando un chivo, ¿recuerda? ¿Cree que vamos a permitir que un triste camarero se interponga en nuestro camino?
—Él dirá que estuve ahí —dijo Wallach, pero su voz empezaba a carecer de convicción.
—Bien, sin duda espero que sí —observó Carella—. Pero entretanto, vamos a detenerlo por homicidio, Wallach. No mencionaremos el hecho de que usted es un chulo, claro. Guardaremos eso para el juicio. Podría impresionar muchísimo a un jurado.
—Escuche —dijo Wallach.
—¿Sí?
—¿Qué quieren de mí? Yo no la maté, y ustedes lo saben.
—Entonces, ¿quién la mató?
—¿Cómo demonios puedo saberlo?
—¿Conoce a la mujer?
—Claro que la conozco. ¡Vamos!
—Usted dijo que no.
—Estaba bromeando. ¿Cómo podía saber que ustedes eran tan serios?
¿Por qué está tan excitado todo el mundo?
—¿Cuánto hace que la conoce?
—Unos dos años.
—¿Era prostituta cuando la conoció?
—¿Está implicándome de nuevo? No sé en qué trabajaba. Mi modo de ganarme la vida es la inversión. Yo vivía con ella, eso es todo. Lo que hacía o dejaba de hacer, era asunto de ella.
—Usted no sabía que era puta, ¿eh?
—No.
—Wallach —dijo Carella—, vamos a llevarlo abajo detenido por homicidio. Porque usted miente, ya ve, y eso es muy sospechoso. Así que a menos que consigamos a alguien que se merezca la sentencia más que usted, será para usted. Ahora, ¿desea ser sospechoso, Wallach? ¿O quiere empezar a decir la verdad, para que sepamos que usted es un digno ciudadano que da la casualidad de que es un chulo? ¿Qué dice, Wallach?
Wallach guardó silencio por un largo momento. Luego dijo:
—Ya era prostituta cuando la conocí.
—¿Hace dos años?
—Hace dos años.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Salí anteanoche. Ayer no volví a casa en todo el día. No la volví a ver.
—¿A qué hora se marchó de casa la noche anterior?
—Alrededor de las ocho.
—¿Adónde fue?
—A Riverhead.
—¿A qué?
Wallach suspiró.
—Una partida de dados, ¿está bien?
—¿Estaba Blanche en el piso cuando se marchó?
—Sí.
—¿Le dijo algo?
—No. Ella estaba en el otro cuarto con un tipo.
—¿Usted se lo había llevado?
—Sí, sí —dijo Wallach y puso el cigarro en el cenicero—. Estoy jugando limpio con ustedes, ¿está bien?
—Está jugando bien, Wallach. Háblenos de Blanche.
—¿Qué quieren saber?
—¿Qué edad tenía?
—Ella decía que tenía treinta y cinco, pero en realidad tenía cuarenta y uno.
—¿Cuáles son sus antecedentes? ¿De dónde era?
—De algún lugar del Medio Oeste. Oklahoma, Iowa, no sé. Uno de esos puntos rurales.
—¿Cuándo llegó aquí?
—Hace años.
—¿Cuándo, Wallach?
—Antes de la guerra. No sé la fecha exacta. Escuchen, si quieren la historia de su vida, no me pregunten a mí. No la conocía tanto.
—¿Por qué vino aquí?
—Para estudiar.
—¿Dónde?
—En el colegio superior, ¿qué creen?
—¿Dónde?
—La Universidad de Ramsey.
—¿Cuánto tiempo estuvo ahí?
—No sé.
—¿No se graduó?
—No lo sé.
—¿Cómo se convirtió en puta?
—No sé.
—¿Viven sus padres?
—No sé.
—¿Era casada, divorciada, lo sabe?
—No.
—¿Qué demonios sabe, Wallach?
—Sé que era una tipa que estaba en la pendiente, a la que yo cuidaba prácticamente como un caso de caridad, ¿vale? Sé que era una maldita borracha, un caso perdido, que lo mejor que podía pasarle era que le pusieran una bala en la cabeza, que es lo que le pasó, ¿está claro? Eso es lo que sé.
—Usted es una buena pieza, Wallach.
—Gracias, también ustedes me encantan. ¿Qué quieren de mí? Ella hubiese muerto en la calle hace un año si yo no le hubiese dado un lugar donde vivir. Hice una acción bondadosa.
—Seguro.
—Sí, seguro. ¿Qué se creen, que me hizo millonario? ¿Quién demonios iba a querer encamarse con una tipa así? Yo le llevaba la escoria, eso es todo. Tenía suerte si hacía lo bastante para el techo y la comida. La mitad del tiempo no me daba un centavo. Se gastaba todo en bebida antes de que yo la alcanzara. Y también se liquidaba el alcohol. ¿Se creen que era una fiesta? Inténtenlo alguna vez.
—¿Cómo una chica del colegio superior pudo convertirse en puta? —
preguntó Carella.
—¿Qué es usted, policía o sociólogo? Hay más putas en esta ciudad que una vez fueron al colegio superior de cuantas yo pueda contar. Llame a la Brigada Antivicio, ellos se lo dirán.
—No importa la Brigada Antivicio —dijo Meyer—. ¿Tiene alguna idea de quién la mató?
—Ninguna.
—Usted parece muy contento de haberse librado de ella.
—Lo estoy. Eso no significa que la maté. Escuchen, ustedes saben que no tuve nada que ver en esto. ¿Para qué estamos perdiendo el tiempo?
—¿Qué prisa tiene, Wallach? ¿Otra partida de dados?
—Seguro, se lo diría, ¿no?
—Entonces tómese su tiempo. Tenemos todo el día.
—Está bien, perdamos el día. Qué demonios. Es sólo el dinero de los contribuyentes.
—Usted nunca pagó un impuesto en su vida, Wallach.
—Yo pago impuestos cada año —dijo Wallach en tono indignado—.
Tanto federales como estatales, así que no me venga con esas.
—¿Qué pone como ocupación?
—¿Empezamos de nuevo?
—No, volvamos a Blanche. ¿Alguna vez la amenazó alguien? ¿Lo sabe?
—¿Cómo podría saberlo? Los tipos son todos diferentes. Algunos son como niños perdidos con su primera muchacha, y algunos son tipos duros que les gusta meterse con una mujer. Para empezar, hay algo que no anda bien con un tipo que va con una puta.
—Él no es chulo —comentó Meyer—, es psicólogo.
—Conozco a las putas —dijo Wallach sencillamente.
—No parece saber demasiado de Blanche Lettiger.
—Les he dicho todo lo que sé. ¿Qué más puedo hacer?
—Cuéntenos sus hábitos.
—¿Qué, por ejemplo?
—A qué hora se levantaba por la mañana.
—¿Por la mañana? ¿Está bromeando?
—Está bien. ¿Qué, entonces? ¿La tarde?
—Generalmente se despertaba a la una o las dos de la tarde y empezaba a buscar una botella.
—¿A qué hora se despertó el día en que la mataron?
Wallach sonrió, apuntó con un dedo a Carella y dijo:
—Ahá. Lo pesqué.
—¿Qué? —se sorprendió Carella.
Aún sonriendo, Wallach dijo:
—Les dije que no la vi en todo el día de ayer, ¿verdad?
—No estaba tratando de atraparlo, Wallach.
—No hay un solo matón en el mundo que no esté siempre tratando de hacer caer a los tipos como yo.
—Vamos, Wallach —dijo Carella—, entendemos que usted es sólo un ciudadano decente, correcto, ¿está bien? De modo que olvídese de la paja y vayamos al grano. Está empezando a ponerme nervioso.
—No es que usted tenga un efecto calmante sobre mí —replicó Wallach.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó Meyer, fastidiado—. ¿Un acto de vodevil del Palace? Una gracia más suya, basura barata, y le rompo la cabeza.
Wallach abrió la boca y luego la cerró. Pero miró con irritación a Meyer.
—¿Vale? —gritó Meyer.
—Vale, vale —respondió Wallach, refunfuñando.
—¿Tenía ella la costumbre de salir de casa entre las cinco y las cinco y media cada tarde?
—Sí.
—¿Adónde iba?
—Hay un fábrica cerca de casa. A veces los tipos que salían del trabajo estaban disponibles.
—¿Iba todas las tardes?
—No siempre, pero muy a menudo. Cuando se está en las condiciones en que estaba ella, hay que tomarlos como vienen.
—¿Dónde está la fábrica?
—Culver y 14 Norte.
—Entonces casi todas las tardes, entre las cinco y las cinco y media, salía de casa e iba caminando hacia la fábrica, ¿verdad?
—Sí.
—¿Lo sabía alguien más además de usted, Wallach?
—El policía que hacía la ronda —respondió Wallach, incapaz de reprimir la agudeza—. Tal vez haya sido él quien la llenó de plomo, ¿eh?
—Ojo, Wallach…
—Está bien, está bien, no sé quién lo sabía. El tipo que la mató supongo. Cualquiera podía saberlo. Todo lo que había que hacer era observarla.
—Ha sido de gran ayuda —dijo Carella—. Váyase al diablo.
—Me han arruinado el día —dijo Wallach.
Se puso de pie, sacudió la ceniza del cigarro de sus pantalones y ya se alejaba del escritorio cuando Meyer le dio un puntapié en el culo. Con gran dignidad, Wallach siguió caminando hasta salir de la sala.
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