Diez mas uno

Ed McBain · Capítulo 6 de 19

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Diez mas uno

Capítulo 5

El lunes treinta de abril, cinco días después de que se cometiera el primer asesinato, Cynthia Forrest fue a ver a Steve Carella. Ascendió los bajos escalones de la entrada del edificio gris de la comisaría y superó los globos verdes en los que aparecían los números ochenta y siete en blanco. Entró en el vestíbulo, donde un cartel informaba de que debía indicar su propósito en el mostrador. Le dijo al sargento Murchison que quería hablar con el detective Carella, Murchison le preguntó su nombre y luego llamó arriba a Carella y le dijo a la muchacha que subiera. Cynthia siguió la señal blanca que ponía DIVISIÓN DETECTIVES y subió los peldaños de hierro hasta el primer piso del edificio, desembocando en un angosto pasillo. Siguió ese pasillo pasando frente a un hombre de camisa deportiva granate que estaba esposado a un banco y se detuvo ante una barandilla de madera, se puso de puntillas y buscó. Cuando divisó a Carella, que se levantaba del escritorio para ir hacia ella, impulsivamente levantó un brazo y le hizo una señal.

—Hola, señorita Forrest —saludó él, sonriente—. Pase. —Mantuvo abierta la pequeña puerta y luego la condujo a su escritorio. Ella llevaba un suéter blanco y una falda gris oscuro. Tenía el pelo del color del cáñamo, largo y recogido en la base de la nuca en una cola de caballo. Llevaba una libreta y algunos libros, que dejó sobre el escritorio. Se sentó, cruzó las piernas y estiró la falda hasta cubrir las rodillas.

—¿Quiere café? —preguntó Carella.

—Claro. ¡Miscolo! —gritó—. ¿Podemos tomar dos tazas de café?

Desde las profundidades de la oficina administrativa del corredor, se oyó la voz de Miscolo:

—¡Voy!

Carella sonrió a la joven y dijo:

—¿En qué puedo serle útil, señorita Forrest?

—Casi todos me llaman Cindy —dijo ella.

—Muy bien. Cindy.

—Así que trabaja aquí.

—Sí.

—¿Le gusta?

Carella miró a su alrededor como si descubriera el sitio por primera vez.

Se encogió de hombros.

—¿La oficina, o lo que hago? —preguntó.

—Las dos cosas.

—La oficina… —Se encogió de hombros nuevamente—. Supongo que es una ratonera, pero estoy acostumbrado. ¿El trabajo? Sí, me gusta, o no lo haría.

—Uno de mis profesores de psicología dice que los hombres que eligen profesiones violentas suelen ser hombres violentos.

—¿Cómo?

—Sí —dijo Cindy. Sonrió apenas, como si gozara de una broma secreta

—. Usted no parece muy violento.

—No lo soy. Soy una persona muy apacible.

—Entonces mi profesor de psicología se equivoca.

—Tal vez yo sea la excepción que confirma la regla.

—Tal vez.

—¿Estudia psicología? —preguntó Carella.

—No. Estudio magisterio. Pero tengo psicología general y psicología anormal. Luego, tendré que hacer todos los cursos de psicología educacional, psicología educacional I y II, y…

—Es la profesión que le encaja a la perfección —observó Carella.

—Supongo que sí.

—¿Qué quiere enseñar?

—Inglés.

—¿En la escuela superior?

—En la secundaria.

Apareció Miscolo y puso dos tazas de café sobre el escritorio de Carella.

—He puesto azúcar y leche a las dos, ¿está bien? —preguntó.

—¿Cindy?

—Muy bien. —La joven le sonrió cortésmente a Miscolo—. Gracias.

—Bienvenida, señorita —dijo Miscolo y volvió a su lugar.

—Parece un hombre muy amable —comentó Cindy.

Carella sacudió la cabeza.

—Es un hombre violento. Un carácter terrible.

Cindy se rió, tomó su taza y sorbió un poco de café. Apoyó la taza en el escritorio, buscó en el bolso un paquete de cigarrillos y estaba a punto de ponerse uno en la boca cuando se detuvo y preguntó:

—¿Se puede fumar?

—Claro —contestó Carella. El detective encendió un fósforo y se lo acercó.

—Gracias. —Cindy aspiró varias veces el humo, sorbió más café, miró un poco la sala y luego se volvió sonriendo a Carella—. Me gusta su oficina.

—Bueno, estupendo. Me alegra. —Hizo una pausa y luego preguntó—:

¿Qué está tramando, Cindy?

—Bueno… —Ella aspiró de nuevo el humo del cigarrillo. Fumaba como lo hace una muchacha muy joven, demasiado fervorosamente, con demasiada fruición y sin embargo, al mismo tiempo, con demasiada indiferencia—. Sepultaron a papá el sábado, ya sabe.

—Sí.

—Y leí en los periódicos que mataron a otro hombre.

—Así es.

—¿Cree que fue la misma persona quien lo hizo?

—No lo sabemos.

—¿Aún no tienen idea?

—Bueno, estamos trabajando en el asunto —contestó Carella.

—Le pregunté a mi profesor de psicología anormal qué sabía de los francotiradores —dijo Cindy e hizo una pausa—. Es un francotirador,

¿verdad?

—Posiblemente. ¿Qué contestó su profesor?

—Me dijo que no había leído mucho sobre el tema y que no sabía si se habían hecho estudios. Pero tenía algunas ideas.

—¿Sí? ¿Por ejemplo?

—Cree que el francotirador se parece mucho al mirón, ¿me entiende?

—¿Ah, sí?

—Sí. Dice que la dinámica es esencialmente la misma.

—¿Y cuál es? La dinámica.

—Una respuesta a visiones infantiles de la escena primaria —replicó Cindy.

—¿La escena primaria?

—Sí.

—¿Qué es la escena primaria? —preguntó inocentemente Carella.

Cindy replicó sin vacilar:

—Las relaciones sexuales de los padres.

—Ah. Ahá.

—Mi profesor me dijo que todo niño observa y simula no estar observando. El francotirador va equipado con un símbolo obvio, el rifle, y generalmente usa una mira telescópica, repitiendo el modo furtivo en que se realizan las cosas en la infancia, mirar y no ser visto, hacer y no ser apresado.

—Ya veo —dijo Carella.

—En esencia, dijo mi profesor, la del francotirador es una acción sexualmente agresiva. El acto de presenciar la escena primaria puede manifestarse neuróticamente tanto mirando —el voyeur— como al contrario, o sea el temor de ser observado. Pero la dinámica sigue siendo esencialmente la misma tanto en el mirón como en el francotirador. Los dos están ocultos, son furtivos, subrepticios. Ambos encuentran estímulo sexual y a menudo gratificación en el acto. —Cindy apagó el cigarrillo, miró fijo a Carella con sus ojos azules grandes, jóvenes, inocentes, y dijo:

—¿Qué piensa?

—Bueno… no sé —replicó Carella.

—¿El departamento no tiene un psicólogo? —preguntó Cindy.

—Sí.

—¿Por qué no le pregunta su opinión?

—Eso sólo lo hacen en la televisión —observó Carella.

—¿No es importante para usted saber qué está motivando al asesino?

—Sí, claro. Pero los motivos son a veces muy complejos. Su profesor de psicología anormal puede estar completamente en lo cierto en cuanto a un francotirador individual, o incluso también con diez mil francotiradores, pero es posible que nos encontremos con diez mil otros que nunca presenciaron la… ¿escena primaria, dijo?… y que…

—Sí, escena primaria. ¿Pero no es eso improbable?

—Nada es improbable en el asesinato —replicó Carella.

Cindy arqueó las cejas en actitud de duda.

—Eso no suena muy científico, ¿sabe?

—No lo es. —Carella concluyó la frase sin intención de ser rudo, pero de pronto se dio cuenta de que había sonado muy cortante.

—No era mi intención hacerle perder el tiempo —dijo Cindy, incorporándose, con un estilo decididamente frío—. Simplemente pensé que podía interesarle saber…

—No ha terminado su café —observó Carella.

—Gracias, pero es un café muy malo —replicó ella. Se quedó de pie, con los hombros hacia atrás y una amenaza relampagueando en los ojos.

—Es cierto —convino Carella—. Es un café muy malo.

—Me alegra que coincidamos en algo.

—No me había dado cuenta de que no hubiéramos coincidido en nada.

—Yo sólo trataba de ayudar.

—Se lo agradezco.

—Pero supongo que tenía la idea equivocada de que los modernos departamentos de policía podían estar interesados en las fuerzas psicológicas que actúan en la mente criminal. Mi fantasía…

—Vamos —dijo Carella—, es usted demasiado agradable y joven para enojarse con un viejo tonto.

—¡No soy agradable, ni joven, ni usted es tonto! —exclamó Cindy.

—Tiene diecinueve años.

—Tendré veinte en junio.

—¿Por qué dice que no es agradable?

—Porque he visto y escuchado demasiado.

—¿Por ejemplo?

—¡Nada! —replicó ella.

—Estoy interesado, Cindy.

Cindy recogió los libros y los apretó contra el pecho.

—Señor Carella, no estamos en la época victoriana. Recuérdelo.

—Lo intentaré. ¿Pero por qué no me dice lo que quiere?

—Quiero decirle que la mayoría de los que hoy tienen diecisiete años han visto y oído cuanto hay para ver y oír.

—¡Qué aburrido! —opinó Carella—. ¿Qué se hace entonces a los dieciocho? ¿O diecinueve?

—Cuando se tienen diecinueve —contestó Cindy con voz glacial—, una va a buscar al policía que fue el primero en dar la noticia de que su padre estaba muerto. Va a buscarlo con la esperanza de poder decirle algo que tal vez no sepa, algo que lo ayude. Y entonces, como siempre sucede con los denominados adultos, una se siente totalmente decepcionada cuando descubre que él no quiere ni siquiera escuchar.

—Siéntese, Cindy. ¿Qué me quería decir de su francotirador? Si se trata de un francotirador, para empezar.

—Un hombre que dispara a alguien desde un tejado sin duda lo es…

—No necesariamente.

—¡Mató a dos hombres del mismo modo!

—Si es él quien mató a los dos.

—El periódico decía que era el mismo tipo y calibre de cartucho…

—Eso podría significar mucho, o nada.

—¿No querrá decirme en serio que piensa que fue una coincidencia?

—No sé qué decirle, salvo que estamos considerando todas las posibilidades. Siéntese, ¿quiere? Me pone nervioso.

Cindy se sentó bruscamente y golpeó los libros al apoyarlos en el escritorio. Para una muchacha de diecinueve años que había visto y escuchado cuanto se podía ver y oír, en ese momento se parecía mucho a una niña de nueve.

—Bien —dijo Cindy—, si el mismo tipo mató a mi padre y a aquel otro hombre, y si es un francotirador, entonces pienso que usted debería considerar la posibilidad de que esté sexualmente motivado.

—Sin duda lo haremos.

Cindy se puso bruscamente de pie y empezó a recoger sus libros.

—Usted se está burlando de mí, detective Carella —dijo con ira—, ¡y no me gusta!

—¡No me estoy burlando de usted! Escucho cada palabra que dice, pero por Dios, Cindy, ¿no cree que ya hemos tratado alguna vez con francotiradores?

—¿Qué?

—Digo que si no cree que el departamento de policía ha manejado alguna vez algún caso que implicara…

—Oh —exclamó Cindy, poniendo otra vez los libros sobre el escritorio y sentándose de nuevo—. Nunca pensé en eso. Lo siento.

—Está bien.

—De verdad que lo siento. Por supuesto. Quiero decir, supongo que ustedes se encuentran con todo tipo de cosas. Lo lamento mucho.

—De todos modos me alegra que haya venido, Cindy.

—¿De verdad? —preguntó Cindy de pronto.

—Aquí no recibimos con frecuencia a jóvenes agradables y brillantes

—dijo Carella—. Es una variación refrescante, créame.

—Soy la típica chica norteamericana, ¿eh? —dijo Cindy con una sonrisa peculiar. Entonces se puso de pie, estrechó la mano de Carella, le dio las gracias y se marchó.

La mujer que caminaba por la Avenida Culver no era ni una chica agradable y brillante ni una muchacha típicamente norteamericana.

Tenía cuarenta y un años y el pelo teñido de rubio platino. Llevaba demasiado lápiz de labios y colorete en las mejillas. Iba con una falda negra ajustada, manchada con el polvo que había dejado caer mientras se retocaba el maquillaje. Llevaba un sostén alto y un suéter blanco, ajustado, con manchas. Tenía un bolso de gamuza negra y parecía una prostituta, que es exactamente lo que era.

En una época en que las prostitutas de cualquier barrio se parecen más a modelos de alta costura que a damas del oficio, el aspecto de la mujer era sorprendente, si no contradictorio. Era como si, al anunciar de modo tan obvio su profesión, en realidad la estuviera negando. Sus ropas, su postura,

su andar, su sonrisa fija, todo proclamaba —de modo tan efectivo como si las palabras hubiesen estado escritas en un cartel—. SOY UNA PROSTITUTA. Pero cuando la mujer pasaba, en la imaginaria parte posterior del cartel, con letras rojas —¿qué otras?— estaban las palabras:

¡ESTOY SUCIA! ¡NO ME TOQUEN!

La mujer había tenido un día difícil. Además de ser prostituta, o tal vez porque era prostituta, o tal vez fuera prostituta por ello —Dios, se deben considerar tantos complejos psicológicos en estos tiempos—, era una alcohólica. Se había despertado a las seis de la mañana con murciélagos y ratones que salían de las hendiduras del yeso en su barato cuarto amueblado, y descubrió que no quedaba alcohol en la botella que estaba junto a la cama. Se había vestido rápidamente, rápidamente porque rara vez usaba algo más que un sostén debajo de la ropa de calle, y había salido.

Hacia el mediodía había reunido el precio de una botella de whisky barato, y a la una de la tarde había apurado el último trago. Se había despertado a las cuatro para ver que murciélagos y ratones volvían a salir de las hendiduras y hallar, de nuevo, que la botella junto a la cama estaba vacía.

Se había puesto el sostén y el suéter, la falda negra y los zapatos negros de tacones altos. Se había empolvado el rostro, poniéndose mucha pintura en los labios y colorete en las mejillas. Y ahora caminaba a lo largo de un tramo familiar de la avenida mientras el ocaso se instalaba en el lado oeste del cielo.

En general caminaba por esas aceras cada atardecer, borracha o sobria, porque había una fábrica en Culver y la calle 14 Norte, y los trabajadores salían a las cinco y media. A veces tenía la suerte de encontrar pronto un compañero por cuatro dólares o, si su suerte era excepcionalmente buena, un compañero para toda la noche por quince dólares en buena y sólida moneda norteamericana.

Hoy se sentía afortunada.

Hoy, mientras veía a los hombres que salían a torrentes de la fábrica en la esquina siguiente, tuvo la certeza de que habría un ganador entre ellos.

Tal vez incluso alguien que deseara tomar unas buenas copas antes de que se derrumbaran en la cama. Tal vez alguien que se enamorara locamente de ella, quizás el superintendente de la planta, o incluso un ejecutivo que

amara sus ojos y su pelo y la llevara a su enorme casa de soltero en los suburbios de Larksview, donde ella tendría una criada y un mayordomo y sólo, haría el amor cuando tuviera ganas, no me hagan reír.

Sin embargo, se sentía afortunada.

Aún se sentía afortunada cuando la bala penetró rompiéndole el labio superior, destrozándole la encía, atravesando hacia abajo la tráquea, partiéndole la parte superior de la columna y abriendo un enorme orificio en la nuca al salir del cuerpo.

La bala se detuvo contra la pared de ladrillo del edificio contra el cual cayó muerta.

Era una Remington 308.

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