Diez mas uno
Capítulo 3
Era otro glorioso día de primavera.
Era casi imposible que la gente del campo entendiera lo que un día semejante puede significar para la persona que vive en la ciudad. La noche anterior el ciudadano escuchó ávidamente las previsiones del tiempo en la televisión y ahora, lo primero que hace al despertar con la estrepitosa alarma del reloj es ir cautelosamente a la ventana y atisbar el cielo. Siente un primer estremecimiento matinal si el cielo está azul. Sabe de inmediato que ése será un día en que nada puede salir mal. Luego —verano o invierno, primavera u otoño— abre la ventana para comprobar la temperatura del aire, basando su vestimenta, su actitud, su entera filosofía de la vida en las conclusiones que saca de esos primerísimos instantes del día.
Randolph Norden oyó la radio-despertador a las 7.30. La había comprado porque imaginaba que sería grato despertarse con música cada mañana. Pero su hora habitual para levantarse era las 7.30, hora de noticias, y cada mañana lo despertaba el sonido de un locutor que daba las últimas malas noticias sobre Rusia. Había tratado de conectarla para que funcionara a las 7.35, hora en que las noticias habían dado paso a la música, pero descubrió que necesitaba esos cinco minutos extra si quería llegar a tiempo a la oficina. También había intentado ponerla para que funcionara a las 7.25, pero luego empezó a lamentar la pérdida de esos cinco minutos de sueño. Y así, cada mañana, Randolph Norden escuchaba las malas noticias de la radio-despertador que había comprado para oír música. Según su modo de pensar, era otro ejemplo de la injusticia de la vida.
Cuando se levantó de la cama oyó que el locutor le informaba sobre unas islas frente a la costa en alguna parte, y murmuró:
—Vete al infierno, tú y tus islas. —Luego caminó fatigosamente hacia la ventana del dormitorio, levantándose la parte superior del pijama y
rascándose el vientre, ofendido en general con la radio despertador y con su esposa, Mae, que estaba profundamente dormida en la cama, e incluso con sus hijos que dormían en sus respectivas habitaciones en el otro extremo del piso, y también con la criada que, aunque era su empleada, dormía hasta más tarde que él cada mañana, lo que lo obligaba a prepararse su propio desayuno. Levantó la cortina, sintiéndose cruel ya que deseaba que la luz del sol diera en la cama y en el rostro de su esposa. Pero de inmediato se sintió culpable y se dio la vuelta rápidamente para ver si el sol había tocado el rostro de Mae. No. Por un momento desesperado pensó, Hoy no hay sol, pero luego miró hacia las terrazas hasta donde el cielo se curvaba en una azulada artificialidad. Esbozó una sonrisa, hizo un breve movimiento de afirmación con la cabeza y entonces abrió la ventana.
Sacó la cabeza. El aire era cálido, con una suave brisa balsámica que soplaba del sur del río Harb. Desde su piso en la planta doce, veía el tráfico del río y la magnífica extensión del puente en la distancia. El esbozo se convirtió en una amplia sonrisa. Dejó abierta la ventana, volvió a la cama, apagó la radio y se quitó el pijama. Se vistió rápida y silenciosamente, poniéndose ropa interior, pantalones, calcetines y zapatos, para luego ir al baño donde se rasuró con la maquinilla eléctrica. Mientras se afeitaba, sus convicciones acerca del día empezaron a tomar una forma más firme y confiada. Era un hombre al que le agradaba repetir que los mejores pensamientos siempre los tenía mientras se rasuraba, y en verdad tenía algunos pensamientos magníficamente inventivos —o eso le parecía a él—
mientras pasaba la maquinilla sobre la barba. Cuando terminó de afeitarse, de ponerse camisa, corbata y chaqueta, y de ir a la cocina a servirse un poco de zumo y de prepararse café, ya se sentía ansioso por llegar a su oficina legal de Avenida Hall, donde pondría en práctica algunas de esas ideas magníficamente inventivas. Apuró el zumo y el café y luego fue hasta el otro extremo del piso, donde los niños aún estaban en la cama. Joanie estaba despierta, sentada y leyendo un Libro Dorado, con los rasgos aún deformados por el sueño.
—Buenos días, papito —saludó la niña y volvió a su libro.
—Hasta la noche, ¿eh? —dijo él después de besarla, a lo que la niña asintió con la cabeza y continuó su lectura. Fue al otro dormitorio, donde
Mike aún dormía. No lo molestó. En cambio, volvió al otro extremo del piso y besó a Mae, que farfulló algo y giró sobre sí misma. Él sonrió, fue hasta la puerta, tomó su portafolios y salió al pasillo.
—Buenos días, señor Norden. Hoy es un hermoso día —saludó el ascensorista.
—Sí, lo es, George —respondió él.
Descendieron en silencio hasta el vestíbulo de entrada. Salió, asintió con la cabeza en respuesta al «Tenga un buen día, señor Norden» de George, y se acercó a los buzones, que revisó rutinariamente aunque sabía que era demasiado temprano para que hubiera correo. Abrió la puerta de la calle, salió a la acera, miró el cielo y volvió a sonreír.
Aspiraba una profunda bocanada del fresco aire primaveral cuando la bala lo alcanzó entre los ojos y lo mató.
El detective que recibió el aviso en el distrito 65 era un hombre bastante inteligente de la organización, que trataba de mantenerse al tanto de cuanto sucediera de importancia en el departamento. El homicidio era un suceso raro, desacostumbrado, en el elegante distrito 65, por lo que se sorprendió un poco cuando el policía lo informó. Se puso el sombrero, le hizo una seña a su compañero, sacó un sedán policial con dos neumáticos frontales lisos y condujo hasta donde Randolph Norden yacía muerto en la acera. No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que a Norden le habían disparado desde algún punto alto de uno de los edificios de la acera de enfrente, desde una ventana o un tejado. El orificio de entrada estaba entre los ojos y el de salida en la nuca, indicando un ángulo de trayectoria muy marcado. Él no era un policía ansioso por eludir el trabajo. En realidad, no tenía ganas de perderse un buen asesinato en un distrito donde los delitos mayores solían ser robos o asaltos callejeros. Pero había leído el periódico matutino y sabía que a un hombre llamado Anthony Forrest le habían disparado en la Avenida Culver en el distrito 87 el día anterior, y su mente hizo una conexión automática… Sin embargo, decidió aguardar antes de abandonar el caso. No debió esperar mucho.
Balística le informó que el proyectil que había atravesado la cabeza de Norden, aplastándose contra el pavimento, y el casquillo vacío, hallado en el tejado del edificio de enfrente, eran partes de un cartucho Remington calibre 308. El informe continuaba señalando que el 308 tenía una vaina metálica, con bala recubierta de cobre que tenía seis estrías, una punta blanda, una torcedura a la derecha y pesaba 11,5 gramos. Y luego, como alguien de Balística estaba en el asunto, había una nota manuscrita adicional en la parte inferior del informe:
Mejor llame al detective Stephen Carella,
Brigada
87,
Frederick
7-8024.
Está
investigando un caso semejante de ayer,
cartucho idéntico, idénticas marcas.
G. L.
El detective de la 65 leyó el informe y el comentario adicional y luego dijo sin referirse a nadie en particular:
—¿Qué demonios le hace pensar que debía decírmelo? Descolgó el teléfono y empezó a marcar.
Carella y Meyer habían eludido cuidadosamente la posibilidad de que Anthony Forrest hubiese sido abatido por un francotirador.
El francotirador suele ser una rara variedad de asesino que sólo está relacionado con su equivalente en época de guerra en los métodos que ambos emplean. El francotirador tanto en tiempo de guerra como en paz está oculto, aguarda emboscado a su presa. Su éxito se basa en el elemento sorpresa, en combinación con la rapidez de acción y una puntería que debe ser perfecta. En la guerra, un francotirador oculto en los árboles puede debilitar y mutilar de forma eficaz todo un escuadrón, matando a varios de sus miembros antes de que el escuadrón se ponga a cubierto, manteniendo al resto en una impotente inmovilidad. Un equipo coordinado de buenos francotiradores puede cambiar el resultado de una batalla. Son temibles
enemigos porque hacen llover una repentina muerte del cielo, como la ira de Dios.
Los entrenan para matar a soldados enemigos. Si eliminan a muchos, les condecoran. Un buen francotirador de guerra puede granjearse incluso la reticente admiración de los hombres a los que intenta matar. Los soldados suelen participar en un silencioso juego de ingenio contra él, tratando de descubrir dónde está y luego intentando averiguar cómo pueden desalojarlo de su posición ventajosa antes de que los mate a todos. Un francotirador de guerra es un experto peligroso.
Un francotirador en tiempo de paz es cualquier cosa.
Puede ser un chico probando su nueva BB apuntando a los transeúntes desde la ventana de su dormitorio. Puede ser un hombre que le dispara a cualquier cosa de rojo. Puede ser del tipo de Jack el Destripador, que le dispara a toda rubia bonita que pasa. Puede ser un anticlerical, un antivegetariano, un antioctogenarios, un antisemita, un antipacifista, un anti cualquier ser humano. El único dato claro parecería ser que es un anti. Y sin embargo, a menudo la policía ha arrestado a francotiradores que disparaban a las personas por diversión, que habían desconectado el acto del asesinato de lo que consideraban mero deporte. Para muchos francotiradores, el juego letal es sólo práctica de tiro. Para otros es una cacería y se emboscan del modo en que se esconden los cazadores de patos. Para algunos es una forma de liberación sexual. En la guerra el francotirador tiene una razón y un propósito; muy a menudo, el francotirador en tiempo de paz carece de ambos. El primero suele estar clavado en un sitio, atado a un árbol, metido en un ático desalojado por el bombardeo. Si se mueve, lo pueden divisar y cazar. La falta de movilidad es su debilidad táctica. El segundo puede disparar y luego desaparecer. Puede hacerlo porque sus víctimas casi siempre están desarmadas y nunca esperan la violencia. Generalmente sigue la confusión al disparo y él desaparece en esa confusión. No hay nadie que le devuelva el disparo. Ha dejado atrás a un hombre muerto y ahora puede dar un paseo como cualquier otro en la ciudad.
La guerra es deshonrosa, pero sus francotiradores sólo son técnicos entrenados que realizan una tarea.
Los francotiradores en tiempo de paz son asesinos al por mayor.
Ni Carella ni Meyer querían que su hombre fuera un francotirador. El distrito 87 había recogido la primera alarma, que hacía que el caso fuera suyo, un bello y gordo bebé gruñón abandonado en su portal en una canasta.
Si su hombre era un francotirador, y si decidía disparar a toda la ciudad, el caso seguía siendo suyo. Oh, claro, habría detectives adicionales asignados por otros departamentos, tal vez, y el suyo ofrecería toda la ayuda posible, tal vez, pero el francotirador era suyo, y había diez millones de personas en la ciudad, cualquiera de las cuales podía ser o el asesino o la próxima víctima.
¿Cómo se juega un juego sin reglas?
¿Cómo se le aplica lógica a algo que no la tiene?
Se intenta.
Se comienza por el principio.
—Si es un francotirador —dijo Meyer—. Ni siquiera estamos seguros de eso todavía. Sólo ha habido dos hasta ahora, Steve. Si quieres mi opinión, creo que este tipo de la 65… ¿cómo se llama?
—Di Nobile.
—Sí, creo que nos ha encajado el asunto prematuramente.
—Las mismas marcas —comentó Carella.
—Sí, sí.
—El mismo cartucho.
—Todos los hombres son bípedos —dijo Meyer misteriosamente—, por lo tanto, todos los bípedos son hombres.
—¿Y? —preguntó Carella.
—Y, puede ser demasiado pronto para suponer que porque dos tipos fueron abatidos desde dos tejados diferentes, y porque se usó el mismo proyectil en ambos casos, eso…
—Meyer, ojalá a esos dos tipos les hubiese disparado mi tía Matilda porque ella es la beneficiaria del seguro de vida de ambos. Pero no parece probable. De momento, hay un modelo.
—¿Qué modelo?
—El obvio, para empezar. El modo en que se hizo y el arma usada.
—Podría ser coincidencia.
—Podría ser, te lo acepto. Pero el resto parece darle sentido.
—Es demasiado pronto para que nada tenga sentido —comentó Meyer.
—¿Sí? Entonces escucha esto. —Carella tomó una hoja mecanografiada de su escritorio. Miró a Meyer y empezó a leer—. Anthony Forrest tenía casi cuarenta y cinco años, casado, tres hijos. Tenía un cargo importante, vicepresidente, con un sueldo de cuarenta y siete mil dólares al año.
Religión: protestante; política: republicano. ¿Has oído bien?
—Sigue.
—Randolph Norden tenía cuarenta y seis años, casado, dos hijos.
También tenía un empleo importante, socio menor en un bufete de abogados, salario de cincuenta y ocho mil dólares al año. Religión: protestante; política: republicano.
—Cambias los nombres y podrían ser el mismo tipo.
—¿Estás tratando de decirme que crees que un francotirador anda detrás de todos los hombres de mediana edad que están casados, tienen hijos, y un cargo importante…
—Tal vez.
—¿Por qué no seguir adelante y aislar algunos datos, entonces? —dijo Meyer—. ¿Por qué no decimos simplemente que nuestro francotirador anda detrás de cualquiera de esta ciudad que tenga más de cuarenta y cinco años?
—Podría ser.
—¿O tal vez todos los hombres casados con un par de hijos o más, eh?
—Tal vez.
—¿O tal vez cualquiera que gane más de cuarenta mil dólares al año, eh?
—Puede.
—¿O todos los protestantes? ¿O todos los republicanos?
Carella tiró la hoja mecanografiada sobre el escritorio y dijo:
—O tal vez sólo las personas que tienen todas esas características.
—Steve, imagino que esa descripción correspondería, al menos, al menos, a cien mil personas de esta ciudad.
—¿Y? ¿Quién dice que nuestro francotirador no tenga todo el tiempo del mundo? Tal vez esté dispuesto a llegar a todos y cada uno de ellos.
—Eso lo convierte en un loco —observó Meyer.
Carella lo miró a los ojos.
—Meyer —dijo—, exactamente por eso esperaba que este caso no resultara ser el de un francotirador.
—Aún no lo es —observó Meyer—. Sólo porque ese tipo de la 65 haya madrugado más que nosotros…
—Yo no lo veo así. Creo que ha sido un policía inteligente que hizo la única deducción lógica. Creo que es el caso de un francotirador y espero que no sea el de un loco. Y creo que será mejor que empecemos a investigar tanto a Forrest como a Norden para descubrir si existían otras semejanzas.
Eso es lo que pienso.
Meyer se encogió de hombros y luego metió las manos en los bolsillos y dijo:
—Justo lo que necesitábamos en este momento, un francotirador.
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