Diez mas uno
Capítulo 1
Nadie piensa en la muerte en un hermoso día de primavera.
El otoño es la estación para morir, no la primavera. El otoño fomenta los pensamientos macabros, estimula la imaginación sádica, tienta el deseo de muerte con la evidencia seca y marchita del deterioro. El otoño es endiabladamente poético, breve, sucinto, y apesta a moho y ceniza. La gente muere mucho en otoño. Todo muere mucho en otoño.
No se permite que muera nada en primavera. Hay una ley que así lo dispone: Ley Penal 5.006, MUERTE EN PRIMAVERA: «Quienquiera que expire, o induzca a expirar, o abrigue pensamientos de expirar durante el equinoccio primaveral, será culpable de delito punible mediante…». Y
etcétera. Prohíbe terminantemente la muerte entre el 21 de marzo y el 21 de junio, pero siempre hay infractores, ¿qué se le va a hacer?
El hombre que salía del edificio de oficinas de la Avenida Culver estaba a punto de convertirse en un infractor. Normalmente era un buen ciudadano, un hombre trabajador, esposo fiel, padre devoto, y todo eso. No tenía ninguna intención de infringir la ley. No sabía que la muerte estaba legalmente prohibida, pero aun cuando lo hubiese sabido, no le hubiera interesado, porque la muerte, morir, era lo más apartado de su mente en ese soleado día de primavera.
En realidad, él pensaba en la vida. En que la semana siguiente sería su cumpleaños, que cumpliría cuarenta y cinco, aunque se sentía como un hombre de no más de treinta y cinco. Pensaba que el gris en las sienes agregaba a su noble cabeza un toque rancio pero distinguido, que tenía espaldas aún anchas, que las dos sesiones por semana de tenis habían eliminado aquel inicio alarmante de barriga, y que haría el amor con su esposa en cuanto la viera, aun cuando les prohibieran volver a comer en Schrafft’s.
Estaba pensando en todo eso cuando la bala silbó a través del aire claro y fresco de primavera, en perversa trayectoria en espiral, sin centellear, precisa y certera al cruzar el área desde el tejado del edificio del lado opuesto de la calle, muy por encima del techo de los camiones lentos y de las cabezas del hormiguero humano que gozaba de la primavera; rápida, precisa, letal, hasta la acera de enfrente, hiriéndolo entre los ojos.
Sólo un pensamiento relampagueó en su mente en el segundo en que la bala lo golpeó, pero entonces cesó toda actividad mental. Sintió un único impacto destructor entre los ojos y por una fracción de segundo pensó que se había llevado por delante las puertas de cristal que separaban el edificio de la calle. La bala astilló el hueso, encontró el blando cojín del cerebro y al salir abrió un agujero del tamaño de una pelota de béisbol en la parte posterior de la cabeza. Cesó el pensamiento, se acabaron las sensaciones, de pronto no hubo nada. El impacto le hizo recular casi un metro, hasta que chocó con una muchacha de vestido amarillo. Cayó hacia atrás mientras la joven se apartaba instintivamente, el cuerpo empezó a doblarse sobre sí mismo como un viejo acordeón, se relajaron los músculos forjados por el tenis, y cuando tocó el suelo ya estaba muerto.
Del gran orificio en la frente brotaba un hilo de sangre, mientras que del enorme agujero de salida en la base del cráneo ésta se derramaba sin cesar sobre la acera. Húmeda, roja, de un rojo deslumbrante y llamativo, y aún caliente, fluía con rapidez hacia donde estaba de pie la muchacha, consternada, muda de espanto, mirando el reguero que corría por la acera.
Ella apartó el pie justo a tiempo: un instante más y la sangre hubiese tocado la puntera de su zapato de tacón alto.
El detective Steve Carella miró el cuerpo tendido sobre la acera y se preguntó cómo podía ser que diez minutos antes, al salir del distrito, no hubiera moscas, porque apenas había empezado la estación para que las hubiese. Y ahora, mientras miraba al hombre muerto cuya sangre había dejado de fluir, el suelo estaba cubierto de ellas, había una multitud de moscas en el aire y otra media docena se alimentaba en el orificio entre los ojos del hombre.
—¿No puede cubrirlo? —le espetó a uno de los internos. El hombre se encogió de hombros e indicó con un gesto inocente al fotógrafo policial, que estaba poniendo otro rollo de película en la cámara, a la sombra de la ambulancia detenida al borde de la acera.
Sin levantar la cabeza, el fotógrafo dijo:
—Tengo que tomarle una foto.
Carella dio media vuelta y se alejó del cadáver. Era un hombre alto de aspecto musculoso, pómulos salientes, pelo castaño corto, ojos pardos peculiarmente almendrados, que le dieron al rostro un aspecto oriental dolorido y sufriente cuando, parpadeando por el sol, se acercó al sitio donde la muchacha de vestido amarillo hablaba con varios periodistas.
—Luego, muchachos —indicó Carella.
Los periodistas, extrañamente obedientes en presencia de la muerte, retrocedieron hasta el círculo de curiosos reunidos detrás de la valla que formaban los agentes.
—¿Cómo se siente? —preguntó Carella.
—Bien. ¡Uf! —replicó ella—. ¡Uf!
—¿Está en condiciones de responder a unas cuantas preguntas?
—Sí, claro. Nunca he visto nada igual en mi vida. ¡Cuando se lo cuente a mi marido!
—¿Cómo se llama, señora?
—Señora de Grant.
—¿Su nombre de pila?
—Lizanne, con zeta.
—¿Y su dirección, señora Grant?
—Grover 1142. —La joven hizo una pausa—. Más abajo de la Primera.
—Ahá —asintió Carella, anotando la dirección en una libreta.
—Se lo digo por si creía que yo vivía en un barrio portorriqueño.
—No, no lo había pensado —dijo Carella. De pronto se sintió muy cansado. Había un hombre muerto cubierto de moscas en el suelo y un posible testigo del hecho se preocupaba de que pensara o no que ella vivía en un barrio portorriqueño. Quiso explicarle que le importaba un bledo si el barrio en que vivía era portorriqueño o checoslovaco, en tanto pudiera
decirle, con un mínimo de emoción y un máximo de exactitud, cuánto había visto de lo ocurrido al hombre muerto, que ya no tenía nacionalidad.
Lanzó a la joven una rápida mirada que esperó que fuera lo bastante cáustica y luego preguntó:
—¿Puede contarme lo que sucedió?
—¿Quién es él? —inquirió la señora Grant.
—Todavía no lo sabemos. No lo hemos identificado. Estoy esperando a que acabe el fotógrafo. ¿Quiere decirme qué ha sucedido?
—Yo iba caminando cuando él se me vino encima. —La joven se encogió de hombros—. Entonces cayó, lo miré y vi que estaba sangrando.
Bueno, como le digo, nunca…
—¿Qué quiere decir con que se le vino encima?
—Bueno, que retrocedió y chocó conmigo, tal cual.
—Ya le habían disparado, ¿no? ¿Y cayó hacia atrás contra usted?
—No sé si ya le habían disparado. Supongo que sí.
—Bueno, ¿se tambaleó hacia atrás, cayó, o qué?
—No sé. Yo no prestaba atención. Caminaba, eso es todo, cuando se me vino encima.
—Está bien, señora Grant. ¿Qué sucedió luego?
—Él se derrumbó hacia atrás. Yo me aparté, lo miré y fue entonces cuando vi que sangraba y me di cuenta de que estaba herido.
—¿Qué hizo usted entonces?
—No sé. Creo que me quedé mirándolo. —Sacudió la cabeza—.
¡Cuando se lo cuente a mi marido!
—¿Oyó el disparo, señora Grant?
—No.
—¿Está segura de que no oyó nada?
—Yo iba caminando, pensando en mis cosas —dijo la señora Grant—.
No esperaba que sucediera algo así. Quiero decir, tal vez hubiera un disparo, tal vez fueran seis, lo que quiero decir es que no oí nada. Él se me vino encima de repente y luego cayó y tenía toda la cara llena de sangre.
¡Ahgg! —La señora Grant hizo un gesto de horror al recordarlo.
—¿Supongo que no vio a nadie con un arma?
—¿Un arma? No. ¿Qué? ¿Un arma? No, no.
—Sé que usted andaba pensando en sus cosas antes de que dispararan al hombre, ¿pero después, señora Grant? ¿Vio a alguien en alguna de las ventanas de enfrente, o tal vez en el tejado de uno de los edificios? ¿Notó algo desacostumbrado?
—No miré a mi alrededor —replicó la señora Grant—. Me quedé con la mirada fija en el rostro de él.
—¿Le dijo algo el hombre antes de caer al suelo?
—Ni una palabra.
—¿Y después de caer?
—Nada.
—Gracias, señora Grant —dijo Carella. Sonrió en forma breve pero agradable y luego cerró su libreta.
—¿Eso es todo?
—Sí, gracias.
—Pero… —La señora Grant parecía decepcionada. Hizo un leve movimiento de hombros.
—¿Sí?
—Bueno… ¿no tendré que presentarme en el juicio o algo?
—No creo, señora Grant. Muchas gracias.
—Bueno… muy bien —dijo la señora Grant, pero siguió mirándolo con aire decepcionado mientras él se dirigía de nuevo hacia el cadáver. El fotógrafo policial estaba ensayando su intrincada danza alrededor del muerto, tomando una foto, sacando una lámpara del flash e insertando otra, retorciendo el cuerpo y doblando las rodillas para tomar otra foto desde un ángulo distinto. Los dos internos estaban cerca de la ambulancia fumando con indiferencia y charlando acerca de una traqueotomía que uno de ellos había realizado el día anterior. A menos de un metro de ambos, conversando con un agente, estaban los detectives Monoghan y Monroe, que por una cuestión de forma había enviado Homicidios Norte. Carella observó por un momento al fotógrafo y luego se acercó a los hombres de Homicidios.
—Bueno, bueno —dijo—, ¿a qué debemos el honor?
Monoghan, que lucía un sobretodo y un sombrero negros y tenía el aire de un policía de los años veinte, se dio media vuelta, miró a Carella y luego
le dijo a Monroe:
—¡Caramba! Es Carella, de la 87 —como si lo descubriera con gran sorpresa.
—Cielos, creo que sí —afirmó Monroe, apartándose del agente.
También él lucía sobretodo negro. Llevaba un sombrero de fieltro gris inclinado hacia atrás. Tenía un tic nervioso en un ojo que parecía activarse mágicamente cada vez que hablaba su compañero, como si un secreto mecanismo de grabación estuviese funcionando detrás de sus carnosos rasgos.
—Espero que no hayamos interferido en vuestra comida, o en alguna otra cosa —dijo Carella.
—Lo que me agrada de los policías de la 87 —acotó Monoghan mientras el tic de Monroe se disparaba— es que siempre se preocupan por sus colegas de departamento.
—Siempre, son muy divertidos —observó Monroe.
—Siempre me sorprende —dijo Monoghan, poniéndose las manos en los bolsillos, con los pulgares sobresaliendo, como una vez le había visto hacer a Sydney Greenstreet en una película— su preocupación y su buen humor.
—A mí también me sorprende —coincidió Monroe.
—¿Quién es el fiambre? —preguntó Monoghan.
—Todavía no lo sé —replicó Carella—. Estoy esperando a que termine el fotógrafo.
—Hace buenas fotos —dijo Monroe.
—Tengo entendido que además hace retratos —comentó Monoghan.
—¿Sabéis qué hacen ahora algunos de estos tipos? —preguntó Monroe.
—¿Qué tipos? —inquirió Monoghan.
—Los fotógrafos. Los que envían a homicidios.
—No. ¿Qué hacen?
—Usan esas cámaras polaroid para tomar las fotos.
—¿Sí? ¿Y qué prisa tienen?
—No es que tengan prisa —observó Monroe—, sólo que cuando se está trabajando con un fiambre, si la foto no sale bien, no se le puede llamar para
que vuelva a posar, ¿no? Para entonces, la morgue lo tiene todo troceado.
De este modo, los fotógrafos ven en seguida el resultado.
—Vaya, qué más se les ocurrirá, ¿eh? —comentó Monoghan, con adecuada expresión de desconcierto—. ¿Qué hay de nuevo, Carella? ¿Cómo está el jefe? ¿Cómo andan los muchachos?
—Todos están bien —contestó Carella.
—¿Estás trabajando en algo interesante?
—Éste parece que va a ser interesante —dijo Carella.
—Sí, los francotiradores siempre lo son —convino Monoghan.
—Una vez tuvimos un francotirador —dijo Monroe— cuando acababan de nombrarme detective, trabajando para la 39. Él sólo disparaba a las ancianas. Ésa era su especialidad, las viejecitas. Las eliminaba con una cuarenta y cinco. Además era un magnífico tirador. ¿Recuerdas a Mickey Dunhill?
—Sí, lo recuerdo —contestó Monoghan.
—¿Recuerdas a Mickey Dunhill? —le preguntó Monroe a Carella.
—No. ¿Quién era?
—Un detective que trabajaba en la 39. Un tipo chiquito, que podía sentarlo a uno de culo, era fuerte como un toro. Lo vestimos de viejecita.
Así fue como pescamos al tipo. Disparó a Dunhill y él se levantó las faldas y lo persiguió hasta el tejado y casi lo mata a golpes.
—Sí, lo recuerdo —dijo Monoghan.
—Llevamos al tipo al centro, ¿sabes? Al francotirador. Lo sentamos en una silla y tratamos de averiguar por qué mataba ancianas. Pensamos que tal vez tuviera un Edipo de ésos, ¿entiendes? Pero…
—¿Un qué? —preguntó Monoghan.
—Edipo —contestó Monroe—. Era ese rey griego. Se acostaba con su madre.
—Eso está en contra de la ley —observó Monoghan.
—Lo sé. Bueno, pensamos que tal vez ese francotirador estuviera loco,
¿sabéis? De modo que le preguntamos una y otra vez por qué a las abuelas.
¿Por qué no se cargaba a viejos? O a cualquiera. Por qué sólo viejecitas.
—¿Y? —preguntó Monoghan.
—No nos lo quiso decir —contestó Monroe, encogiéndose de hombros.
—¿Cómo?
—Que no nos lo quiso decir.
—Entonces, ¿cuál es el sentido de tu historia?
—¿Qué quieres decir con eso del sentido? ¡Él era un tipo que andaba por ahí disparando a las viejas! —respondió Monroe indignado.
—¿Sí? ¿Y?
—¿Y? ¿Qué quieres decir con lo del sentido? Ése es el sentido. —¿Y el otro tipo?
—¿Qué tipo?
—El griego —dijo Monoghan con impaciencia.
—¿Qué griego?
—El rey, el rey. ¿No dijiste que había un rey griego?
—Oh, por Dios, él no tenía nada que ver —replicó Monroe.
—De todos modos, debisteis investigarlo —insistió Monoghan—.
Nunca se sabe.
—¿Cómo podíamos investigarlo? Era legendario.
—¿Era qué? —preguntó Monoghan.
—Legendario, legendario.
Monoghan asintió con la cabeza, con expresión de haberlo entendido.
—Bueno, eso es diferente —comentó—. Sin embargo, siempre conviene cubrir todos los ángulos.
—Creo que el fotógrafo ha concluido —dijo Carella.
—¿Nos necesitas? —preguntó Monroe.
—No creo. Os enviaré una copia del informe.
—¿Sabes qué deberías hacer? —preguntó Monroe.
—¿Qué?
—Disfrazar a ese grandote pelirrojo que tienes allá, ¿cómo se llama? —
¿Cotton Hawes?
—Sí, él. Disfrazarlo de viejecita. Tal vez tu francotirador intente cargárselo.
—Parece preferir a los hombres de edad madura —dijo Carella.
Monoghan se volvió para mirar al cadáver.
—No puede tener más de cuarenta —dijo, levemente irritado—. ¿Desde cuándo la cuarentena es una edad madura?
—Mediana, quise decir —contestó Carella.
—Sí, eso está mejor —observó Monoghan—. Envíanos dos ejemplares, tenemos una nueva disposición.
—Vamos, sed buenos —pidió Carella.
—¿Acaso redacto yo las disposiciones?
—¿Seguro que no? —preguntó Carella con aire de sorpresa.
—Ya empezó otra vez. ¿Entiendes a qué me refiero? Uno puede mearse de risa. Envía las dos copias, Carella. Veamos quién se ríe último.
—¿Crees que puede haber sido el tipo griego? —preguntó Carella.
—¿Qué griego?
—No sé, ese del que estaba hablando Monroe.
—Yo no lo descartaría —dijo Monoghan—. Un tipo que es capaz de acostarse con su propia madre, es capaz de cualquier cosa.
Sonriendo, Carella fue hacia donde el fotógrafo se encontraba guardando el equipo.
—¿Ha concluido? —le preguntó.
—¿En qué puedo ayudarle? —se ofreció el fotógrafo.
—Voy a necesitar algunas de esas fotos.
—Seguro. ¿Qué distrito es éste?
—El 87.
—Bien —dijo el fotógrafo—. ¿Y su nombre?
—Carella. Steve Carella.
—Las tendrá mañana. —Miró el sedán que acababa de detenerse en el borde de la acera y entonces sonrió y exclamó:
—Oh, oh.
—¿Qué sucede?
—Los muchachos del laboratorio. Ahora tendrá que esperar hasta que ellos terminen.
—Todo lo que quiero es descubrir quién demonios es el tipo —dijo Carella, y entonces se volvió hacia los dos técnicos que descendían del automóvil.
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