Diez mas uno
Capítulo 8
Carella y Meyer no se enteraron de la muerte de un frutero italiano llamado Salvatore Palumbo hasta que volvieron a la comisaría a las cuatro de la tarde de ese primero de mayo. Hasta esa hora habían estado examinando los historiales de Anthony Forrest y Randolph Norden en la universidad.
Los registros resultaban intrigantes y contradictorios y no proporcionaron casi ningún dato adicional sobre lo que estaba sucediendo.
Anthony Forrest había ingresado en la Universidad de Ramsey en la carrera de administración de empresas en el semestre de primavera de 1937, cuando tenía dieciocho años y acababa de graduarse en la escuela secundaria Ashley de Majesta. Para la primavera de 1940, cuando Blanche Lettiger se matriculó en la universidad, él empezaba su año superior. Había sido sólo un correcto estudiante, con promedio de aprobado casi todos los semestres, calificándose apenas académicamente para el equipo de fútbol.
Se graduó como licenciado en enero de 1941 en la posición n.º 250 de su clase. Había sido miembro del Cuerpo de Reserva mientras permaneció en el colegio, pero no fue llamado al servicio activo hasta casi un año después de su graduación, cuando el ataque a Pearl Harbour conmovió al mundo.
Randolph Norden había entrado en la Universidad de Ramsey en el otoño de 1935, a los dieciocho años, recién graduado de la escuela Thomas Hardy de Bethtown. Se matriculó en artes liberales con la intención de pasar a Derecho. En la primavera de 1937, cuando Forrest entró en la escuela, Norden estaba en su segundo año. En la primavera de 1940, cuando Blanche Lettiger se matriculó, Norden ya había completado los tres años requeridos para el ingreso a Derecho y ya estaba en su segundo año. Se graduó en Ramsey en junio de 1941 y entró en la marina casi inmediatamente después del ataque a Pearl Harbour.
Los registros demostraban que Norden fue un excelente estudiante durante todos los años que estuvo en Ramsey. Había sido elegido para el
consejo de estudiantes en su segundo año, había ingresado en Phi Beta Kappa como menor, aparecía en Quién es quién en los Colegios y Universidades Norteamericanos y, en la Escuela de Derecho, fue miembro de La Orden de Cois, así como editor de la Revista de Derecho de Ramsey.
Una inspección más cuidadosa de los registros evidenciaba que Randolph Norden nunca había estado en ninguna de las clases de Anthony Forrest. Ni parecía que ninguno de ellos, uno se graduaba en 1940 y el otro estaba en su segundo año de la Escuela de Derecho, hubiera compartido clase alguna con una nueva estudiante de nombre Blanche Ruth Lettiger.
—Y, ¿qué deduces de esto? —había preguntado Carella.
—Maldito si lo sé —había replicado Meyer.
Cuando entraban en el Distrito a las cuatro de la tarde, aún no tenían la respuesta. Se detuvieron para pedirle a Miscolo dos tazas de café. Una nota sobre el escritorio de Carella le informaba de que había llamado la Oficina de Identificación de Delincuentes. Ya no parecía importante conocer los nombres de los criminales defendidos por Randolph Norden, pero de todos modos respondió debidamente al aviso y estaba hablando con un hombre llamado Simmons cuando sonó el otro teléfono. Lo atendió Meyer.
—Distrito 87, Meyer —dijo.
—Páseme con Carella, por favor —dijo la voz en el otro extremo.
—¿De parte de quién?
—Mannheim de la 104 en Riverhead.
—Espere un segundo, ¿quiere? —dijo Meyer—. Está hablando por la otra línea.
—Por supuesto —dijo Mannheim.
Carella levantó la cabeza.
—De la 104 en Riverhead —susurró Meyer—. Un tipo llamado Mannheim.
Carella asintió con la cabeza. Dijo, hablando por el teléfono:
—Entonces, todos excepto uno están cumpliendo sentencias en la cárcel, ¿es así?
—Exacto —le dijo Simmons.
—¿Qué ocurre con el que está suelto?
—Se llama Frankie Pierce. Está de nuevo entre nosotros desde noviembre último. Cumplía una sentencia de algo más de cinco años en Castleview, pero el año pasado se le dio libertad condicional.
—¿Cuál fue el motivo?
—Hurto tres.
—¿Algún otro arresto en su historial?
—Pasó por el Tribunal de Menores cuando tenía quince años, arrestado dos veces por trifulcas entre pandillas, pero eso fue todo.
—¿Armas?
—Una pistola casera en una de las peleas. Le aplicaron la Ley Sullivan, pero su abogado lo sacó con una sentencia en suspenso.
—Fue puesto en libertad condicional en noviembre, ¿dice?
—Exacto.
—¿Dónde vive ahora?
—Isola. Horton 371. Está cerca, en Point Bridge.
—¿Quién es su oficial de libertad condicional?
—McLaughlin. ¿Lo conoce?
—Creo que sí. ¿Algún problema?
—Se ha portado como un santo desde que salió. Apuesto a que volverá al redil muy pronto, no obstante. Ése es el modelo, ¿no?
—A veces —comentó Carella.
—Tienen algunos hurtos entre manos, ¿verdad? —preguntó Simmons.
—No, esto es homicidio.
—¿Cómo va?
—Frío, frío por ahora.
—Hay que dar tiempo. Los homicidios siempre se resuelven solos, ¿no?
—No siempre —dijo Carella—. Muchas gracias, Simmons.
—De nada —contestó éste y colgó. Carella oprimió el botón de la otra extensión.
—Hola —dijo.
—¿Carella?
—Sí.
—Soy Mannheim, de la 104 en Riverhead.
—¿Qué tal, Mannheim?
—Bien, bien. Escuche, ¿usted es el tipo que está manejando ese caso del francotirador?
—Sí, soy yo. ¿Hay algo nuevo?
—Sí —replicó Mannheim.
—¿Qué es?
—Otro fiambre.
Rose Palumbo hablaba muy mal en inglés incluso estando lúcida, y se encontraba demasiado excitada cuando Carella llegó a la casa de madera de Riverhead. Trataron de entenderse en inglés durante un rato, durante el cual la mujer repetía una palabra que Carella no podía entender hasta que uno de los hijos, un hombre que se llamaba Richard Palumbo, le dijo a Carella que lo que la angustiaba era que cortaran a su esposo al hacerle la autopsia.
Carella trató de asegurarle a la mujer en inglés que lo que les interesaba era establecer la causa de la muerte, pero la mujer seguía repitiendo la palabra entre flujos de lágrimas y violentos sollozos hasta que Carella la asió por los hombros y la sacudió enérgicamente.
— ¡Ma che vergogna, signora! —le gritó.
— Mi dispiace —dijo Rose—, ma non posso sopportare l’idea che lo taglino. ¿Perchè devono tagliare?
— Perchè l’hanno ucciso —dijo Carella—, e vogliamo scoprire chi è stato.
— ¿Ma che scoprirete tagliandolo?
— La palla è ancora dentro. Dobbiamo trovare la palla perchè ci sono stati altri morti. Altri tre.
— ¿E tagliarono gli altri?
— Si.
— È peccato contro Dio mutilare i morti.
— È un più grosso peccato contra Dio di uccidere —replicó Carella.
—¿Qué es lo que dice? —preguntó Meyer.
—No quiere una autopsia.
—Dile que no necesitamos su permiso.
—¿De qué puede servir decírselo? Está enloquecida de dolor. —Se volvió a la mujer—. Signora, è necessario individuare il tipo di pallottola che l’ho uccise. La palla è ancora dentro, non comprende? Dobbiamo sapere che tipo.
— Si, si, capisco.
— È per questo che dobbiamo fare un’autopsia. Comprende? Così potremo trovare l’assassino.
— Si, si, capisco.
— La prego, signora. Provi. —Le dio unos golpecitos en el hombro y luego se dirigió al hijo, Richard. Richard tendría tal vez unos treinta años, era un hombre robusto de anchas espaldas y cintura estrecha de bailarín—.
Desearíamos hacerle algunas preguntas, señor Palumbo, ¿está de acuerdo?
—Debe excusar a mi madre —dijo Palumbo—. No habla muy bien inglés.
—No importa —observó Carella.
—Mi padre hablaba muy bien en inglés, aunque no cuando llegó.
Realmente se esforzó. Pero mi madre… —Richard sacudió la cabeza—.
Supongo que siempre pensó que América era algo temporal, una etapa del camino. Creo que siempre pensó volver a Nápoles, ¿sabe? Pero mi padre no. Éste era el lugar para él. Realmente había encontrado su lugar. De modo que aprendió el idioma. Lo aprendió realmente muy bien. Con un poco de acento, pero no muy evidente. Era todo un tipazo.
Richard habló con la vista fija en un punto imaginario sobre el hombro de Carella, sin mirarlo a los ojos o a la cara. Pronunciaba las palabras como si estuviera diciendo una plegaria sobre la tumba abierta de Palumbo. No había lágrimas en sus ojos, pero tenía la cara blanca y seguía enfocando el punto imaginario sobre el hombro de Carella.
—Trabajó duro toda su vida —dijo Richard—. Cuando llegamos a este país yo era un crío. Eso fue en 1938, hace tiempo. Yo tenía ocho años. Mi hermano sólo tres. No teníamos ni para comer, ¿sabe? Mi padre trabajaba como un mulo en los muelles. Era un hombrecito flaco entonces, debió haberlo visto. Después se le forjaron todos esos músculos a fuerza de levantar peso, ¿sabe? Era un tipazo, mi padre. —Señaló con un gesto una pequeña foto enmarcada de Palumbo que estaba sobre la repisa de la sala de
estar—. Él solo hizo todo esto, ¿sabe?… la casa, el negocio. Partiendo de cero. Ahorraba los centavos, aprendió inglés, se compró un carrito al principio con el dinero que ahorraba en los muelles. Como cuando estaba en Napóles, solía empujar ese maldito carro por toda la ciudad, estaba agotado cuando llegaba a casa por la noche. Me acuerdo que me gritaba y una vez incluso me dio un bofetón, no porque estuviera enojado conmigo, sólo porque estaba exhausto. Pero lo consiguió, ¿eh? Tuvo su propio negocio,
¿eh? Tenía un buen negocio, mi padre. Era un hombre realmente bueno.
Carella y Meyer se miraron y ninguno de los dos dijo media palabra.
—Así que alguien lo mata —dijo Richard—. Alguien le dispara desde arriba, desde la estación. —Hizo una pausa—. ¿Qué daño hizo él? Trabajó toda su maldita vida para tener su negocio, para ocuparse de su familia, y entonces alguien simplemente lo mata, como si él no fuera… nada. Es a mi padre a quien mató ese tipo, ¿no lo sabía? Es mi padre al que se llevaron en la ambulancia. ¿Por Dios, no se da cuenta de eso, el tipo que lo mató? ¿No se da cuenta de que es mi padre?
Las lágrimas le llenaban los ojos. Seguía mirando el punto imaginario sobre el hombro de Carella.
—¿No tiene padre ese tipo? ¿Cómo pudo… cómo pudo dispararle así, cómo pudo apretar el gatillo? ¡Era un hombre el que estaba de pie ahí abajo, un hombre, mi padre, por Dios! ¿No sabe lo que ha hecho? ¿No sabe que ese hombre nunca volverá a su negocio, nunca volverá a discutir con los clientes, ni a reírse ni a nada? Cómo pudo hacerlo, ¿me lo quieren explicar?
Richard hizo una pausa. Bajó la voz.
—Hoy ni siquiera lo había visto. Salió de casa esta mañana antes de que me levantara. Mi esposa y yo vivimos arriba. Nos encontrábamos por las mañanas, salíamos casi a la misma hora para el trabajo. Trabajo en una fábrica de repuestos de aviones, en 233. Pero esta mañana yo tenía un poco de fiebre, un virus, mi mujer me dijo que me quedara en la cama y llamó avisando. Y no pude ver a mi padre. Ni siquiera para decirle «Hola, papá,
¿qué tal?». Así que hoy, alguien lo mata. El día en que no lo he visto.
—¿Tiene alguna idea de quién pudo haberlo hecho? —preguntó Carella.
—No.
—¿Su padre ha estado recibiendo amenazas? ¿Recibió notas o llamadas telefónicas, o…?
—No.
—¿Algún problema con alguno de los comerciantes de la avenida?
—Ninguno. —Richard volvió a sacudir la cabeza—. Todo el mundo lo quería. Esto no tiene sentido. Todos lo querían. —Se frotó la nariz con el índice, resopló y dijo de nuevo—: Ni siquiera lo vi hoy. Ni siquiera para decirle hola.
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