Diez mas uno
Capítulo 18
El hospital estaba envuelto en una llovizna lenta pero continua que acentuaba el gris de sus paredes. Llegaron allá a la 1 de la mañana, estacionaron el coche y luego fueron al escritorio de admisiones donde una enfermera les dijo que la señora Redfield estaba en la habitación 407.
—¿Ha llegado ya el señor Redfield? —preguntó Meyer.
—Sí, está arriba —contestó la mujer—. El médico de la señora Redfield también está con ella. Deberá hablar con él antes de ver a la paciente.
—Lo haremos —afirmó Carella.
Fueron hacia el ascensor. Carella oprimió el botón y luego dijo:
—Redfield ha llegado bastante rápidamente.
—Estaba en la ducha cuando subí al piso para decirle que su esposa estaba herida —comentó Meyer—. Se da una ducha cada noche antes de irse a dormir. Eso explica que la luz del baño quedara encendida.
—¿Cómo reaccionó cuando se lo dijiste?
—Salió a la puerta en albornoz, chorreando agua. Dijo: «Debí sacar yo mismo al perro».
—¿Eso fue todo?
—Eso fue todo. Luego preguntó dónde estaba su esposa y dijo que se vestiría y vendría de inmediato.
Tomaron el ascensor hasta el cuarto piso y esperaron en el pasillo frente a la habitación de Margaret. A los diez minutos salió un hombre sesentón de pelo blanco de la habitación 407. Miró su reloj y se apresuraba hacia el ascensor cuando Carella lo detuvo.
—¿Señor? —lo llamó.
El hombre se dio media vuelta.
—¿Sí?
—Perdón, ¿es usted el médico de la señora Redfield?
—Sí —replicó el hombre—. Soy el doctor Fidio.
—Soy el detective Carella de la Brigada 87. Éste es mi compañero el detective Meyer.
—¿Qué tal? —preguntó Fidio y les estrechó la mano.
—Desearíamos formular algunas preguntas a la señora Redfield —dijo Carella—. ¿Cree usted que está en condiciones?
—Bueno —contestó Fidio en tono de duda—. Acabo de darle un sedante. Imagino que le hará efecto en cualquier momento. Si no tardan demasiado.
—Trataremos de ser breves —prometió Carella.
—Por favor —pidió Fidio. Hizo una pausa—. Entiendo la gravedad de lo que ha ocurrido, créanme, pero desearía que no fatigaran a Margaret. Ella vivirá, pero necesitará cada gramo de fuerza de que disponga.
—Entendemos, señor.
—Y Lewis también. Sé que ustedes deben formular preguntas, pero él ha tenido un período difícil el mes pasado, y ahora esto con…
—¿El mes pasado? —preguntó Carella.
—Sí.
—Ah, preocupándose por Margaret, quiere decir usted.
—Sí.
—Bien, podemos entender la tensión que ha sufrido —dijo Carella—.
Sabiendo que había un francotirador suelto y preguntándose cuándo.
—Sí, sí, eso también, claro.
Meyer miró con curiosidad a Fidio. Se volvió a Carella y vio que éste también miraba fijamente al médico. El pasillo frente a la habitación 407
quedó repentinamente en silencio.
—¿Eso también? —preguntó Carella.
—¿Qué quiere decir? —inquirió Meyer al instante.
—¿Qué otra cosa lo molestaba? —preguntó Carella.
—Bueno, todo el asunto con Margaret.
—¿Qué asunto, doctor Fidio?
—No me parece que eso tenga que ver con su caso, caballeros. Han disparado y casi matado a Margaret Redfield esta noche. Este otro asunto es privado, entre ella y el esposo. —Volvió a mirar su reloj—. Si van a interrogarla ahora, será mejor que se den prisa. Ese sedante…
—Doctor Fidio, creo que nosotros debemos decidir qué tiene que ver con el caso, ¿no le parece? ¿Qué es lo que estuvo preocupando a Lewis Redfield?
El doctor Fidio suspiró profundamente. Miró a los detectives a la cara, suspiró de nuevo y luego dijo:
—Bien… —y les contó lo que ellos querían saber.
Margaret Redfield estaba dormida cuando entraron en la habitación. Su esposo estaba sentado en una silla al lado de ella, un hombre de cara redonda con tristes ojos castaños y una expresión aturdida en el rostro.
Había un impermeable negro sobre una silla en el otro lado de la habitación.
—Hola, señor Redfield —saludó Carella.
—Hola, detective Carella —respondió Redfield. Detrás de su silla, la lluvia empapaba la ventana, corriendo sobre el cristal, convirtiendo al rectángulo en glóbulos de luz movediza.
—El doctor Fidio acaba de informarnos que su mujer se va a recuperar.
—Sí, espero que sí —dijo Redfield.
—No es nada divertido que a uno le disparen —dijo Meyer—. En el cine, todo parece muy limpio y simple. Pero no es nada divertido.
—No, supongo que no —observó Redfield.
—Entiendo que a usted nunca le han disparado —dijo Carella.
—No.
—¿Estuvo en el servicio?
—Sí.
—¿Qué arma, señor Redfield?
—El ejército.
—¿Estuvo en combate?
—Sí.
—¿Entonces sabe usar un rifle?
—Sí —contestó Redfield.
—Nuestra conjetura es que sabe usarlo a la perfección, señor Redfield.
Redfield mostró una repentina expresión de alerta.
—¿Qué quiere decir? —preguntó.
—Nuestra conjetura es que fue un experto tirador durante la guerra, ¿es verdad, señor Redfield?
—Sólo era bueno.
—En ese caso debió aprender muchísimo desde entonces.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Redfield de nuevo.
—Señor Redfield —inquirió Meyer—, ¿adónde fue hoy cuando su esposa salió de casa con el perro?
—Fui a darme un ducha.
—¿Qué ducha?
—¿Qué… qué quiere decir…? La ducha —afirmó Redfield—. La ducha.
—En el baño… ¿o en el tejado?
—¿Qué?
—Está lloviendo, señor Redfield. ¿Es por eso que no logró matarla? ¿Es por eso que sólo la hirió en el hombro?
—No sé qué está… a quién se… ¿a mi esposa, se refiere? ¿Está hablando de Margaret?
—Sí, señor Redfield. Decimos que usted sabía que su esposa llevaría al perro abajo en algún momento antes de medianoche. Afirmamos que usted subió al tejado en el instante en que ella salió de casa, cruzó a un edificio a la vuelta de la esquina y esperó que ella girara en la esquina. De eso estamos hablando, señor Redfield.
—Yo… eso es la cosa más estúpida que he oído decir en mi vida.
Caramba, yo… estaba en la ducha cuando… cuando sucedió todo esto.
Incluso salí a la puerta en bata. Yo…
—¿Cuánto lleva dispararle a alguien, volver a casa y meterse en el baño, señor Redfield?
—No —dijo Redfield. Sacudió la cabeza—. No.
—Sí, señor Redfield.
—Señor Redfield —dijo Carella—, acabamos de tener una charla con el doctor Fidio, afuera en el pasillo. Él nos dijo que usted y la señora Redfield han estado tratando de tener un hijo desde que se casaron, hace dos años.
¿Es eso correcto?
—Sí, exacto.
—También nos dijo que usted fue a verlo a comienzos de abril porque pensaba que tal vez algo anduviera mal, que usted fuera el responsable.
—Sí —dijo Redfield.
—En cambio, el doctor Fidio le dijo que a su esposa, Margaret, se le había practicado una histerectomía en noviembre de 1940 y que nunca podría tener hijos. ¿Es cierto también eso, señor Redfield?
—Sí, me dijo eso.
—¿Y usted no lo supo antes?
—No.
—Sin duda, su esposa debe tener una cicatriz. ¿Nunca le preguntó a ella por esa cicatriz?
—Sí. Me dijo que era la cicatriz de una apendectomía.
—Pero cuando el médico le dijo la naturaleza real de la operación también le contó acerca de una fiesta que había tenido lugar en abril de 1940 y sobre la posterior enfermedad venérea de su esposa…
—Sí, sí, me informó de ello —dijo Redfield con impaciencia—. No veo qué…
—¿Qué edad tiene usted, señor Redfield?
—Cuarenta y siete años.
—¿Ha tenido hijos?
—No.
—Debe haberlos querido mucho.
—Yo… yo quería hijos.
—Pero ellos lo hicieron imposible, ¿verdad?
—Yo… yo… no sé a quiénes se refiere, qué quiere decir.
—La gente que estuvo en la fiesta, señor Redfield. Los que causaron la histerectomía, los que…
—No sé quiénes eran esas personas. No sé qué quiere decirme.
—Exacto, señor Redfield. Usted no sabía quiénes eran. Sólo sabía que había habido una fiesta después de una función de Largo viaje de regreso y correctamente supuso que todos los miembros del reparto estuvieron en la fiesta. ¿Qué hizo? ¿Encontró el viejo programa de teatro de Margaret y empezó a recorrer la lista?
Redfield sacudió la cabeza.
—¿Dónde está el rifle, señor Redfield? —preguntó Carella.
—¿Quién era el que seguía en su lista? —preguntó Meyer.
—Yo no he hecho nada de eso —dijo Redfield—. No he matado a nadie.
—Si ése es su impermeable —indicó Carella—, será mejor que se lo ponga.
—¿Por qué? ¿Adónde me llevan?
—A comisaría.
—¿Para qué? Les estoy diciendo que no…
—Lo estamos deteniendo por homicidio, señor Redfield —afirmó Carella.
—¿Homicidio? Yo no he matado a nadie, ¿cómo pueden…? —Creemos que sí.
—También creyeron que era Cohen.
—Hay una diferencia, señor Redfield.
—¿Cuál?
—Esta vez estamos seguros.
Eran las dos de la madrugada cuando volvieron a la sección. Redfield intentó negarlo todo al principio, pero no sabía que un agente estaba inspeccionando su casa mientras los hombres lo interrogaban en comisaría.
Se negó a admitir nada. Insistía en que estaba en la ducha cuando dispararon a su esposa, que no había tenido la menor noticia hasta que Meyer llamó a su puerta para informarle del episodio y entonces se había puesto un albornoz para ir a abrir. ¿Cómo podía haber estado en el tejado?
Y cuando a Cohen lo habían matado en los peldaños de la comisaría, él estaba trabajando en su oficina, ¿cómo podían hacerlo responsable de esa muerte? Era cierto, nadie lo había visto después de concluir la reunión en la oficina a las tres y media, era cierto, pudo haber salido de la oficina por las escaleras posteriores e ir a la comisaría a esperar a Cohen, ¿pero no era ésa la clase de especulación más alocada? Según esas reglas, a cualquiera podían acusarlo de asesinato, él no tenía nada que ver con todo el asunto.
—¿Dónde estuvo usted el viernes cuatro de mayo? —preguntó Carella.
—En casa —replicó Redfield.
—¿No fue a trabajar?
—No, estaba resfriado. —Hizo una pausa—. Pregúntele a mi esposa, ella le dirá. Estuve en casa todo el día.
—Se lo preguntaremos, créame, señor Redfield —dijo Carella—. En cuanto ella pueda hablar con nosotros.
—Ella se lo dirá.
—¿Ella nos dirá que usted no estuvo en Minneapolis, eh?
—Nunca he estado allí en mi vida. No tuve nada que ver con todo este asunto. Están cometiendo un terrible error.
Fue entonces cuando el agente entró en la sala de detectives. Tal vez de todas formas, Redfield lo hubiese confesado todo. Está comprobado que al final lo dicen todo y además los seres humanos llegan a un punto en que la esperanza se tambalea y aparece la angustia y ven que la balanza se inclina lentamente en contra de ellos. Reconocen este punto cuando llega, lo miran con prudentes ojos descubridores y saben que no les queda nada. Hay un alivio en la confesión. Si es que hay alguna esperanza en la desesperación, es la de la confesión, de modo que tal vez él hubiese terminado por confesarlo todo, de cualquier modo.
El agente fue directamente hacia el escritorio de Carella. Depositó el largo estuche de cuero y dijo:
—Encontramos esto en la parte de atrás del armario del dormitorio.
Carella abrió el estuche.
El rifle era un Winchester Modelo 70, automático.
—¿Es ésta su arma, señor Redfield? —preguntó Carella.
Redfield miró el rifle y no dijo nada.
—Esto estaba en el estante, detrás de los sombreros —dijo el agente.
Puso la caja de cartuchos Remington 308 sobre el escritorio. Carella miró los cartuchos y luego a Redfield, y dijo:
—Balística nos dará la respuesta en diez minutos, señor Redfield.
¿Quiere ahorrarnos la molestia?
Redfield suspiró.
Redfield suspiró de nuevo.
—Llama a Balística, Meyer —pidió Carella—. Diles que un agente va hacia allá con un rifle. Deseamos una prueba de comparación con las balas y los casquillos usados que tenemos…
—Déjelo —dijo Redfield.
—¿Está dispuesto a hablar? —preguntó Carella.
Redfield asintió con la cabeza.
—¡Estenógrafo! —gritó Carella.
—No pensé en matar a ninguno de ellos —dijo Redfield—. Al principio, no.
—Un segundo —dijo Meyer—. Miscolo, ¿viene el estenógrafo?
—Ya ven —siguió Redfield— cuando el doctor Fidio me contó lo de Margaret, yo… yo me quedé atónito, por supuesto, pensé… no sé qué pensé…
—¡Miscolo! ¡Maldita sea!
—¡Voy! ¡Voy! —gritó Miscolo, que corrió hacia la sala y empezó a tomar él mismo la confesión, apoyando una libreta sobre las piernas.
—La tristeza, supongo —dijo Redfield—. Quería una familia, saben.
No soy un hombre joven. Quería una familia antes de que fuera demasiado tarde. —Se encogió de hombros—. Luego… cuando… cuando empecé a pensar en eso, supongo que yo… empecé a ponerme… furioso. Mi esposa no podía tener un hijo, ¿saben? Nunca podría tener un hijo. Por la histerectomía. Y ellos eran los responsables. Los que le habían hecho eso.
Los que habían estado en la fiesta que me describió el doctor Fidio. Sólo que yo… no sabía quiénes eran.
—Prosiga, señor Redfield.
—Di con el programa de teatro por casualidad. Estaba buscando algo en uno de los armarios y encontré el baúl, cubierto de polvo, todo cubierto de polvo, dentro del cual estaba el programa. Como ven yo… supe entonces sus nombres. Supe quién era la gente que le había hecho eso, los que estuvieron en la fiesta y… empecé a buscarlos, sin pensar en matarlos al principio, sólo quería verlos, ver bien a la gente que había… que había hecho que me fuera imposible tener hijos. Entonces, no sé cuándo, creo que fue el día que encontré a Blanche Lettiger, la seguí hasta ese sórdido barrio, la seguí y ella… ella me paró en la calle y me hizo una propuesta, creo que
fue ese día, al ver la basura en que se había convertido, y conociendo la basura que había envenenado a Margaret, creo que fue ese día que decidí matarlos a todos.
Redfield hizo una pausa. Miscolo levantó la cabeza.
—Maté a Anthony Forrest primero, no por ninguna razón especial, sólo porque él fue al que decidí matar primero, y tal vez en el fondo de mi mente pensé que sería mejor no matarlos en el orden en que aparecían en el programa, sino al azar, saben, para que no pareciera que estaban relacionados, sólo matarlos, saben, como si… como si no hubiera ninguna conexión.
—¿Cuándo decidió matar a su propia esposa, señor Redfield? —
preguntó Meyer.
—No lo sé. Al principio, no. Después de todo, ella había sido la víctima de los otros, ¿no? Pero luego, yo… empecé a darme cuenta de lo peligrosa que era mi posición. ¿Si se conectaban las muertes? ¿Si se descubría que los diez habían sido los miembros de un grupo de teatro estudiantil? Bueno, si los mataba a todos y dejaba que Margaret viviera, bueno… ¿no les sorprendería eso a ustedes? ¿No desearían saber por qué sólo ella no había sido asesinada? ¿De todo el grupo? Mi posición era muy peligrosa, como ven.
—De modo que decidió matarla a ella también, ¿no? ¿Para protegerse?
—Sí. No. Más que eso. No sólo eso. —De repente se encendieron los ojos de Redfield—. ¿Cómo podía saber yo que ella realmente había sido tan inocente? ¿Realmente fue una víctima aquella noche? ¿O había ido voluntariamente con los otros en su… su sucio…? No lo sabía, ¿no? De modo que yo… decidí matarla, también, con los otros diez. Fue por eso que vine aquí a hablar con ustedes. Para eludir las sospechas. Suponía que si ya había ido a la policía para advertirles del peligro para Margaret, cuando realmente fuera asesinada, yo no sería el sospechoso, ¿ven? Eso fue lo que supuse.
—¿Estuvo usted en Minneapolis el cuatro de mayo, señor Redfield?
—Sí. Sí, yo maté a Peter Kelby.
—Cuéntenos de Cohen.
—¿Qué quieren saber?
—¿Cómo pudo controlar el tiempo?
—Eso fue un riesgo. No debí intentarlo. Pero funcionó, de modo que tal vez…
—¿Cómo, señor Redfield?
—Me fui de aquí alrededor de la una de la tarde de ayer y estuve de regreso en la oficina a la una y media. Dicté algunas cartas a mi secretaria y luego asistí a una reunión a las tres menos cuarto. Dije que empezaba a las tres, pero en realidad empezó a las tres menos cuarto y terminó a las tres y cuarto. Salí de la oficina por las escaleras posteriores. Mi oficina privada tiene una puerta posterior que da a un pasillo, ¿saben?, y bajé los escalones…
—¿Nadie lo vio?
—No.
—¿Le dijo a alguien que se iba?
—No. Pensé decirle a mi secretaria que no me molestara durante la hora siguiente, pero luego decidí que no. Pensé que si alguien después hacía preguntas, sería mejor que todos dijeran simplemente que sabían que yo estuve en alguna parte del edificio, pero no exactamente dónde.
—Usted lo planificó bastante, señor Redfield, ¿verdad?
—Estaba asesinando —dijo Redfield sencillamente.
—¿Se da cuenta de que estaba asesinando?
—¡Claro que me doy cuenta!
—Siga. ¿Qué hizo al salir de la oficina?
—Tomé un taxi hasta mi casa. Para buscar el rifle.
—¿Es ahí donde lo guardaba habitualmente?
—Sí. En el armario. Donde lo encontró su agente.
—¿Su esposa nunca lo vio?
—Una vez.
—¿No le preguntó qué estaba haciendo con un rifle?
—Ella no sabía que era un rifle.
—¿Qué quiere decir?
—Estaba en el estuche. Le dije que era una caña de pescar.
—¿Y ella le creyó?
—No creo que haya visto nunca un rifle ni una caña de pescar. El arma estaba en su estuche. Ella no tenía modo de saber qué había dentro.
—Prosiga. Fue a buscar el rifle…
—Sí. Tomé un taxi. Estuve en casa en veinte minutos y en otros diez minutos estaba al otro lado de la calle, esperando en el parque. Cohen salió a las cuatro en punto y le disparé.
—Entonces, ¿qué?
—Corrí a través del parque en dirección sur, tomé un taxi al otro lado.
—¿Llevó el rifle a la oficina consigo?
—No. Lo dejé en un depósito de Central Station.
—¿Y lo recogió cuando volvía anoche a su casa?
—Sí. Porque planeaba matar a Margaret anoche, ¿eh? La lluvia. No acerté por la lluvia.
—¿Dónde consiguió el rifle, señor Redfield?
—Lo compré.
—¿Cuándo?
—El día que decidí matarlos a todos.
—¿Y el silenciador?
—Lo hice con un pedazo de caño de cobre. Temía que estropeara el cañón del rifle después del primer disparo, pero no. Creo que tuve suerte.
¿No se supone que los silenciadores estropean las armas?
—Señor Redfield, usted mató a ocho personas, ¿sabe? —dijo Carella.
—Sí, lo sé.
—¿Por qué no adoptó un niño, señor Redfield? Hubiese podido hacerlo,
¿no? Usted planeó estos asesinatos, ¡pero no fue capaz de pensar en ir a una agencia de adopciones! ¿Por qué demonios…?
—Nunca se me ocurrió —contestó Redfield.
Una vez que la confesión estuvo mecanografiada y firmada, después de que llevaran a Redfield abajo a las celdas de detención para aguardar el transporte más tarde esa mañana, Carella tomó el teléfono y llamó a Thomas Di Pasquale para decirle que podía quedarse tranquilo.
—Gracias —dijo Di Pasquale—. ¿Qué demonios de hora es?
—Las cinco de la mañana —respondió Carella.
—¿Usted no duerme nunca? —preguntó Di Pasquale y cortó.
Carella sonrió y colgó. No llamó a Helen Vale hasta más tarde ese día.
Cuando le dio la buena noticia, ella exclamó:
—¡Oh, eso es magnífico! Ahora puedo irme tranquila.
—¿Se va, señora Vale?
—Para la temporada de verano, que empieza el mes próximo, ¿sabe?
—Claro —dijo Carella—. ¿Cómo pude olvidar algo así?
—Deseo darle las gracias de nuevo —dijo Helen.
—¿Por qué, señora Vale?
—Por su agente —replicó ella—. Realmente fue un placer tenerlo.
Cynthia Forrest subió a la sala de detectives esa tarde para recoger el material que había dejado, los antiguos recortes periodísticos, los boletines con notas, el programa de teatro. Bert Kling se la encontró en el pasillo cuando se retiraba.
—Señorita Forrest —le dijo—. Deseo disculparme por el modo…
—¡Muérase! —exclamó Cynthia y bajó los peldaños de hierro hacia la calle.
Los tres detectives estaban solos en el salón. Mayo estaba concluyendo y se perfilaba el largo verano. Afuera, en la calle, se oía el sonido de una ciudad que funciona con diez millones de habitantes.
—Sigo pensando en lo que me dijiste —dijo Meyer de pronto.
—¿El qué, Meyer?
—Cuando salíamos de la oficina de Etterman, el tipo alemán, aquel cuyo hijo murió sobre Schweinfurt.
—Sí, ¿qué?
—Tú dijiste: «No se puede odiar a un pueblo aquí y ahora por lo que otro pueblo hizo en otra época».
—Mnnn —recordó Carella.
—Redfield los odiaba aquí y ahora —dijo Meyer.
Sonó el teléfono.
—Bueno, aquí seguimos —dijo Kling y tomó el auricular.
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