Diez mas uno
Capítulo 10
El enemigo, como todos los buenos enemigos en todas partes, se desvaneció.
No hubo más muertes esa semana y pareció en verdad que se había movilizado a los detectives de toda la ciudad para combatir a un fantasma.
Jueves, viernes y sábado pasaron sin novedades. El mes más cruel ya había transcurrido, llevándose parte de mayo consigo, y el asesino parecía haber desaparecido.
El domingo 6 de mayo, dos detectives del Distrito 12, cerca de Point Bridge, decidieron que sería una buena idea interrogar a Frankie Pierce.
Carella les había mencionado casualmente el nombre, como el de un ex convicto que había sido cliente de Randolph Norden. También había expresado que, en vista de los desarrollos posteriores, le parecía que Pierce estaba limpio, que no valía la pena buscarlo. Pero los dos detectives del 12
eran detectives de primera categoría y Carella sólo de segunda, por lo que no les gustaba mucho que una persona a la que sobrepasaban en rango les dijera cómo debían investigar un homicidio, aun cuando el caso estuviera en manos de Carella. Además, los dos detectives del 12 eran unos matones.
Uno se llamaba Masterson, el otro Brock. Trabajaban juntos desde hacía tiempo y tenían una larga serie de arrestos y condenas en su currículum, pero no eran más que matones. Ese primer domingo de mayo, los coralinos pimpollos de cerezo estallaban en el parque y una suave brisa del sur soplaba junto al río Dix. Masterson y Brock estaban un tanto inquietos en el mal ventilado despacho del 12 y decidieron que no les vendría mal un poco de aire fresco. Y entonces, ya que simplemente vagaban por las calles de la vecindad de Point Bridge, decidieron interrogar a Frankie Pierce, que vivía en Horton 371 a la sombra del puente.
Frankie Pierce no tenía idea de que un par de detectives, que en realidad parecían matones, estaban a punto de visitarle. Estaba en contacto
permanente con su oficial de libertad condicional y sabía que no había hecho nada que infringiera la ley. En realidad, estaba trabajando en un garaje como mecánico y tenía toda la intención de seguir por el buen camino, como dicen en las películas. Su patrón era un individuo bien intencionado que sabía que Frankie estaba en libertad condicional, pero que pensaba que un hombre merece una oportunidad de rehabilitación. Frankie trabajaba mucho y bien. Su patrón estaba satisfecho y le había dado un aumento el mes anterior.
Pero Frankie cometió un par de errores ese primer domingo de mayo cuando los matones Masterson y Brock lo visitaron. El primero fue suponer que los detectives eran sólo detectives y no matones. El segundo, creer que la gente es comprensiva.
Esa tarde tenía una cita con una chica que era la cajera de un restaurante próximo al garaje. Le había dicho que era un ex convicto, porque quería las cosas claras desde el principio. La muchacha lo había mirado atentamente y luego había manifestado:
—¿Qué me importa lo que hayas sido? —Y eso fue todo. Él la iba a llevar al parque, donde remarían un rato y luego comerían en un restaurante al aire libre, para tal vez luego pasear por Stem e ir al cine. Estaba de pie ante el espejo poniéndose la corbata cuando llamaron a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó.
—Policía. Abre, Frankie.
Un relámpago de desconcierto le cruzó el rostro. Se miró en el espejo, como si esperara una respuesta en su propia imagen, luego se encogió de hombros y fue hacia la puerta.
Masterson y Brock estaban de pie en el pasillo. Los dos superaban el metro ochenta de altura, cada uno pesaba alrededor de cien kilos, los dos llevaban pantalones y camisetas deportivas de manga corta que marcaban los músculos del pecho y de los brazos. Frankie, de pie ante ellos en la puerta abierta, parecía pequeño, a pesar de su metro setenta y cinco y los setenta y cinco kilos que pesaba.
—¿Frankie Pierce? —preguntó Masterson.
—Sí —respondió él.
—Ponte el sombrero, Frankie —dijo Masterson.
—¿Qué sucede?
—Queremos conversar contigo.
—¿De qué?
—Ponte el sombrero.
—No uso sombrero. ¿Qué sucede?
—Queremos hacerte unas cuantas preguntas, Frankie.
—Bueno…, bueno, ¿por qué no me las hace, entonces?
—¿Vas a ser un chico listo? —preguntó de repente Brock. Era la primera vez que hablaba y el efecto de sus palabras fue estremecedor. Tenía ojos de un gris pizarra y una nariz grande, con una boca trazada en el rostro por la pluma de un dibujante, apretada y dura, que apenas se movía cuando hablaba.
—Mire —dijo Frankie—, no tengo inconveniente en responder a algunas preguntas. Es sólo que tengo una cita, eso es todo.
—¿Quieres terminar de anudarte la corbata, Frankie? —preguntó Masterson—. ¿O prefieres venir como estás?
—Bueno…, me gustaría anudarme la corbata y… saben, quiero lustrarme los zapatos y… —Dudó—. De verdad, tengo una cita.
—Sí, ya lo has dicho. Ve a anudarte la corbata.
—¿Va a durar mucho?
—Eso depende de ti, ¿no, Frankie?
—¿Qué quiere decir?
—Anúdate la corbata.
Frankie se acercó al espejo y concluyó el nudo que había empezado. Le fastidió notar que le temblaban las manos. Miró en el espejo a los dos detectives, que lo esperaban junto a la puerta, preguntándose si también ellos habían notado que le temblaban las manos.
—¿Quieres darte prisa, Frankie? —dijo Masterson.
—Sí, en seguida estoy —dijo Frankie amablemente—. Ojalá me dijeran de qué se trata.
—Ya te enterarás, Frankie.
—Quiero decir, si ustedes creen que he cometido alguna infracción pueden llamar a mi oficial de libertad condicional, se llama McLaughlin y puede decirles…
—No tenemos por qué llamar a nadie —intervino Brock con la misma voz inquietante.
—Bueno… bueno, está bien, esperen que me ponga la chaqueta.
Se la puso y fue hacia la puerta, salió con los detectives y cerró la puerta con llave. Había mucha gente en la escalinata de entrada al edificio y alrededor del negocio de golosinas y Frankie se turbó porque sabía que todos en la vecindad olfateaban a un policía desde el otro lado de la calle y no quería que nadie pensara que volvía a estar metido en líos. Durante todo el trayecto a través de la ciudad hasta la comisaría estuvo repitiéndose que no pasaba nada, que tal vez se tratara de algún procedimiento rutinario, alguien que había hecho algo, de modo que naturalmente estaban reuniendo a todos los ex convictos de la vecindad, algo así. Sólo sería cuestión de explicarles, de hacerles entender que se comportaba correctamente, que tenía un buen trabajo y un buen salario, que ni siquiera veía a los tipos con los que andaba antes de ser condenado.
Los dos detectives dijeron hola al sargento de la mesa del vestíbulo del edificio, y luego Brock dijo con su voz inquietante:
—Ninguna llamada, Mike.
Y fueron a la parte posterior del edificio, donde estaba el departamento de detectives y luego entraron en un pequeño cuarto en cuya puerta de cristal esmerilado se leía la inscripción INTERROGATORIOS. Brock sacó una llave del bolsillo, cerró la puerta con ella y volvió a guardarla en el bolsillo.
—Siéntate, Frankie —dijo Masterson.
Frankie obedeció. Había oído lo que Brock dijo al sargento y le vio cerrar la puerta con llave y guardarse la llave en el bolsillo, por lo que empezaba a creer que había sucedido algo muy serio, con lo que no quería tener nada que ver, fuera lo que fuese. Al mismo tiempo, sabía que era un ex convicto, y era más que natural que ellos interrogaran a un tipo con antecedentes cuando ocurría algo, pero una vez que diera sus explicaciones, una vez que ellos entendieran que ahora su vida estaba enderezada…
—¿Cuánto hace que has salido, Frankie? —preguntó Masterson.
—Desde el 15 de noviembre.
—¿Castleview?
—Sí.
—¿Por qué estuviste dentro?
—Hurto en tercer grado.
—Fuiste un buen muchacho, ¿no?
—Bueno, sí, no le di trabajo a nadie.
—Eso está bien, Frankie —dijo Masterson.
—¿Cuánto tiempo hace que vives ahí en Horton? —preguntó Brock.
—Desde que salí.
—¿Estás trabajando?
—Sí. Tengo un empleo.
—¿Dónde?
—En la estación Esso cerca del puente. Donde el acceso…
—¿Qué haces?
—Soy mecánico.
—¿Sí?
—Sí, trabajé en el taller de automóviles en Castle…
—¿Haciendo qué? ¿Placas de matrícula? —preguntó Masterson y Brock se rió. Su risa era extraña. Nunca llegaba a producir sonido. Llegaba a la garganta y estallaba como una serie de espasmos musculares.
—No, aprendí un oficio —dijo Frankie—. Escuchen, por lo que aprendí me contrataron en el garaje.
—Está bien, Frankie —dijo Masterson.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Frankie—. ¿Alguien hizo un trabajito?
—Sí, alguien hizo un trabajito.
—Bueno, no fui yo —aseveró Frankie—. Yo aprendí mi lección.
—¿Sí?
—Cinco años fueron suficientes para mí. —Sacudió la cabeza—. Nunca más.
—Es bueno saberlo, Frankie —afirmó Masterson.
—Bueno, lo digo en serio. Ahora gano ochenta dólares por semana y trabajo como un mulo para ganarlos, pero es limpio, ¿eh? Me deducen todos los impuestos y lo que queda es mío, ganado honestamente, sin problemas. Me presento una vez por semana a mi…
—Sí, Frankie, ¿conoces a un tipo llamado Randolph Norden?
—Claro que sí. Era mi abogado.
—¿Era?
—Sí. Cuando tuve el problema. Era. ¿Por qué? ¿Qué sucede?
—¿Qué piensas de él, Frankie?
—Es un buen abogado. ¿Por qué?
—¿Un buen abogado? Él te mandó a la cárcel, ¿no?
—No fue culpa suya. Él quería que me declarara inocente, pero un tipo que yo conocía, un chico que entraba y salía de la cárcel desde que echó a andar, me dijo que debía declararme culpable, que tal vez me dieran una condena en suspenso. De modo que discutí con Norden y él seguía diciéndome inocente, inocente, pero le dije que había decidido declararme culpable. Así fue, y me dieron diez años. ¡Qué estúpido fui!, ¿eh?
—¿De modo que te gustaba Norden?
—Sí, era un buen abogado.
—¿Tal vez debió discutir un poco más, no crees? ¿Convencerte? ¿No crees que es eso lo que debía haber hecho un buen abogado?
—Lo intentó, pero yo no lo quise escuchar. Suponía que todo lo que tenía en mi historial hasta entonces eran cosas juveniles, ya saben, riñas, y una vez que me pillaron con un revólver casero, la Ley Sullivan. Pero yo pensaba, tiene poca importancia, el cargo de hurto fue el primer delito real, y me imaginaba que si me declaraba culpable todo se facilitaría, tal vez me dieran una sentencia en suspenso. En cambio, tuvimos un juez que pensó que yo aprendería una lección si pasaba un tiempo tras las rejas. —Frankie se encogió de hombros—. Tal vez tuviera razón.
—Tú eres un tipo bastante bueno, ¿verdad, Frankie? Perdonas a Norden por defenderte mal y ahora perdonas al juez por mandarte a la sombra. Es realmente amable de tu parte, Frankie.
—Un juez sólo tiene una tarea que hacer —dijo Frankie y volvió a encogerse de hombros—. Oigan, no entiendo de qué estamos hablando.
¿Qué tiene todo esto que ver con…?
—¿Con qué Frankie?
—Con… bueno, con lo que sea. Con… con el hecho de que me hayan arrastrado hasta aquí. ¿Qué sucede?
—¿Lees los periódicos, Frankie?
—A veces.
—¿Cuándo fue la última vez?
—No sé. Voy temprano al trabajo y no tengo tiempo de detenerme a comprarlo. De todos modos, no leo muy bien. Fue por eso que me metí en tantos problemas cuando estaba aún en la escuela secundaria. Todos los demás leían…
—Sí, pasemos por alto la parte del chico sin privilegios, Frankie —dijo Masterson—. ¿Cuándo fue la última vez que leíste el periódico?
—No sé. Les acabo de decir…
—¿Escuchas la radio? —le preguntó Brock con su voz pareja, carente de emoción.
—Claro que sí.
—¿Has oído lo del tipo que anda por ahí matando gente?
—¿Qué tipo?
—El francotirador.
—Sí, creo que he oído algo. Sí, exacto, le disparó a un tipo en Riverhead, ¿no? Un frutero o algo así. Sí, me he enterado. —Frankie miró a los detectives, intrigado—. No entiendo. ¿Qué… qué…?
—Está bien, acabemos con estas idioteces —dijo Brock y se hizo el silencio en el cuarto.
Frankie los miró expectante y ellos lo miraron con paciencia, aguardando. Frankie no estaba seguro de cuáles eran las estupideces con las que debía acabar pero de repente deseó que la puerta estuviera sin llave, que sonara el teléfono. Los dos detectives estaban de pie en silencio a su lado y él levantó la cabeza para mirarlos en silencio, esperando todos, él sin saber qué se esperaba que dijera o hiciera, ellos al parecer provistos de infinita paciencia. Frankie se secó el labio superior, luego se encogió de hombros.
El silencio se prolongaba insoportablemente. Frankie oía el tictac del reloj en la pared.
—Oigan —dijo Frankie al fin—, ¿pueden decirme qué…? —y Brock le golpeó. Le pegó repentinamente, sin esfuerzo, levantando el brazo rápidamente desde su posición en el costado, la mano abierta, la palma alcanzando ruidosamente a Frankie en la mejilla. Frankie estaba más
sorprendido que lastimado. Levantó las manos demasiado tarde, sintió el restallante sopapo y luego levantó la mirada hacia Brock con expresión de desconcierto—. ¿Qué he hecho? —preguntó quejumbrosamente.
—Randolph Norden está muerto, Frankie —dijo Masterson.
Frankie se quedó sentado inmóvil por un largo momento, mirando a los detectives, transpirando abundantemente, sintiéndose atrapado en ese cuartito con la puerta cerrada con llave.
—¿Qué… qué quieren de mí?
Brock le pegó de nuevo. Esta vez con fuerza, alzando el puño hacia atrás y descargándolo con toda su fuerza sobre el rostro de Frankie. Éste sintió que los nudillos chocaban contra su nariz y dijo:
—¿Qué está haciendo?
Empezó a levantarse de la silla cuando Masterson le puso sus dos manazas sobre los hombros y lo volvió a sentar de un golpe tan fuerte que el impacto le recorrió la columna vertebral y el cuello.
—¡Eh! —gritó y Brock le pegó una vez más y esta vez Frankie sintió que algo se le rompía en la nariz, oyó ese terrible sonido del tabique nasal al romperse e inmediatamente se tocó el labio superior y notó la sangre que le manchaba la mano.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Brock secamente.
—Yo no he hecho nada. Escuche, ¿quieren escucharme…?
Brock apretó el puño y lo levantó sobre su cabeza como si estuviera sosteniendo un martillo. Luego lo bajó como si el puño mismo fuera la cabeza del martillo contra el puente de la nariz de Frankie, que gimió de dolor y cayó de la silla. Masterson le dio una patada en las costillas con fuerza.
—Levántate —ordenó Brock.
—Escuchen, escuchen, ¿quieren…?
—¡Levántate!
Se puso dificultosamente de pie. Tenía un insoportable dolor en la nariz y la sangre le brotaba cayéndole sobre el labio superior y la camisa blanca y la corbata nueva que se había comprado para la cita de esa tarde.
—Escuchen —dijo—, escúchenme. Tengo un empleo, estoy trabajando.
Estoy en el buen camino, ¿no pueden entenderlo…? —y Brock le pegó—.
¡Escuchen! —gritó—. ¡Escúchenme! ¡No he hecho nada! ¿Me oyen? ¿Me entienden? —y Brock le volvió a pegar porque no le entendía en absoluto.
Brock entendía solamente que Frankie Pierce era basura que había estado peleándose con otros de su calaña en riñas callejeras desde los doce años.
Sólo entendía que el díscolo llamado Frankie Pierce se había graduado de ladrón barato que es lo que era Frankie Pierce, y luego se había convertido en pájaro de cárcel y luego en ex convicto, todo lo cual seguía haciendo de él una basura, eso era lo que entendía Brock. De modo que empezó a seguirlo alrededor del cuarto mientras Frankie retrocedía contra las paredes tratando de explicar que ahora había enderezado su vida, que era honesto, que trabajaba, siguió golpeando la nariz rota una y otra vez hasta que no fue más que una empapada masa informe pegada a su rostro, ¿no me entienden?, le pegó cuando Frankie se tendió hacia el teléfono e intentó tomar el receptor, ¿no me quieren entender?, le dio puntapiés cuando se desplomó en el suelo gimiendo de dolor, por favor, por favor, entiendan, y luego se irguió sobre él con los puños cerrados y prontos y gritó:
—¿Por qué lo mataste, pequeño hijo de puta? —y volvió a golpearlo cuando no pudo responderle.
La muchacha esperó a Frankie en el parque durante dos horas. Él no se presentó a la cita porque Brock y Masterson le interrogaron durante seis horas, reanimándolo y volviendo a dejarlo sin sentido alternativamente, mientras le preguntaban por qué había matado a un hombre al que no había visto en cinco años. Al final de la sesión, se convencieron de que no tenía nada que ver. Hicieron un informe afirmando que había violado las condiciones de su libertad condicional atacando a un agente de policía durante un interrogatorio de rutina.
Frankie Pierce fue llevado a la guardia criminal del hospital de Walker Island en el río Dix, para que se recuperara antes de que volvieran a enviarlo a la penitenciaría de Castleview.
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