Diez mas uno

Ed McBain · Capítulo 14 de 19

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Diez mas uno

Capítulo 13

David Arthur Cohen era un hombrecito agrio que se ganaba la vida divirtiendo a los demás.

Trabajaba en una oficina de un ambiente en el piso catorce de un edificio de Jefferson y fue allí donde recibió desabridamente a los detectives, agriamente les ofreció asiento y dijo:

—Es sobre los asesinatos, ¿verdad?

—Exacto, señor Cohen —replicó Meyer.

Cohen asintió con la cabeza. Era un hombrecito de ojos castaños y mirada dolorida. Era casi tan calvo como Meyer y los dos hombres, sentados en el escritorio uno frente al otro, con Carella de pie entre ellos en un extremo, parecían como un par de bolas de billar esperando a que el cuidadoso jugador decidiera cómo pegarles.

—Lo comprendí cuando asesinaron a Mulligan —dijo Cohen—.

Reconocí los otros nombres antes, pero cuando mataron a Mulligan, de repente encajó todo el asunto. Comprendí que andaba detrás de nosotros.

—Se dio cuenta cuando mataron a Mulligan, ¿eh? —preguntó Meyer.

—Exacto.

—Mulligan fue asesinado el 2 de mayo, señor Cohen. Estamos a 8 de mayo.

—Exacto.

—Es casi una semana completa, señor Cohen.

—Lo sé.

—¿Por qué no llamó a la policía?

—¿Para qué?

—Para decirnos lo que sospechaba.

—Soy un hombre ocupado.

—Lo comprendemos —intervino Carella—. Pero con seguridad no estará tan ocupado como para no intentar salvar la vida, ¿verdad?

—Nadie me va a disparar —replicó Cohen.

—¿No, y qué garantía tiene?

—¿Han venido aquí para discutir? Porque estoy demasiado ocupado.

—¿Por qué no nos llamó, señor Cohen?

—Lo he dicho. Estoy muy ocupado.

—¿Qué hace usted, señor Cohen? ¿Qué lo ocupa tanto?

—Escribo guiones para chistes.

—¿Qué quiere decir?

—Escribo guiones.

—¿Para qué? ¿Para quién?

—Para los dibujantes.

—¿Historietas?

—No, no, de un solo cuadro. Como los de las revistas. Escribo los textos.

—A ver si lo he entendido bien, señor Cohen —dijo Carella—. Usted trabaja con un dibujante que…

—Trabajo con muchos dibujantes.

—Está bien, trabaja con muchos dibujantes que le envían dibujos a los que usted les escribe el texto: ¿es eso?

—No. Yo les envío el texto y ellos hacen el dibujo.

—¿A partir del texto?

—A partir de mucho más que el texto.

—Sigo sin entender.

—¿Ve estos archivos? —preguntó Cohen, señalando con el brazo hacia la pared que estaba detrás de Carella—. Están llenos de ideas para chistes.

Yo los escribo y envío una tanda a cada uno de los dibujantes de mi lista.

Ellos leen los chistes. Si les gustan cuatro, o cinco, o incluso uno, lo conservan y hacen un esbozo de dibujo para mostrárselo al director de la sección de humor de la revista o del periódico. Si el director lo aprueba, el dibujante hace el trabajo en firme, obtiene el cheque y me manda mi parte.

—¿Cuánto es su parte?

—Obtengo el diez por ciento del precio de compra. —Cohen miró a los detectives, vio que seguían intrigados y dijo—: Esperen, les voy a mostrar algunos.

Dio media vuelta con su silla giratoria, abrió uno de los archivos al azar y sacó un abultado grupo de hojitas de alrededor de ocho por quince centímetros.

—Hay un texto mecanografiado en cada uno de estos papeles —dijo Cohen—. ¿Lo ven? En el ángulo superior derecho está el número, con mi nombre en la parte inferior de la hoja. —Esparció varias sobre el escritorio.

Meyer y Carella se inclinaron sobre la mesa y leyeron la más cercana.

N.° 702

Un transeúnte aborda a uno de los hombres que forman un piquete de huelga frente al edificio de la Compañía de Fósforos Excelsior.

El transeúnte dice:

«¿Tiene un fósforo, amigo?».

David Arthur Cohen

Avenida Jefferson 1142

Isola

—¿Esto es lo que envía al dibujante? —preguntó Carella.

—Sí —replicó Cohen—. Aquí hay uno bueno. Lean éste. —Carella miró.

N.° 708

La sala de un bar. Dos hombres se están peleando violentamente a puñetazos. Más atrás se ve a los típicos hombres de pie en la barra. Todos están mirando una pelea por televisión.

Sin texto.

David Arthur Cohen

Avenida Jefferson 1142

Isola

—Es bastante divertido —comentó Meyer.

Cohen asintió con gesto amargo.

—Aquí está el que le sigue. Cuando uno escribe un chiste, siempre se le ocurre otro en la misma línea. Es éste.

N.° 709

Mujer de la limpieza en un estudio de televisión de pie, con aire de asombro. Está mirando un televisor donde la imagen es ella misma limpiando el estudio.

Sin texto.

David Arthur Cohen

Avenida Jefferson 1142

Isola

—No lo entiendo —observó Meyer.

—Bueno, o se entienden o no —replicó Cohen, encogiéndose de hombros. Aquí tienen uno de mis favoritos.

N.° 712

Coche con teléfono. En el asiento trasero, un borracho con esmoquin está tendido, sin sentido. Chófer, hablando por teléfono, dice:

«En este momento ha salido. ¿Quiere llamar más tarde?».

David Arthur Cohen

Avenida Jefferson 1142

Isola

—¿Es esto lo que hace usted todo el día? —preguntó Carella.

—Todo el día —contestó Cohen.

—¿Cuántos escribe por día?

—Depende de cómo vayan las cosas. A veces puedo producir veinte o treinta en un día. Otras veces me quedo sentado frente a la máquina de escribir y no se me ocurre nada. Son ciclos —explicó Cohen.

—¿Todos los dibujantes usan guionistas?

—No todos. Pero la mayoría. Trabajo con una docena de ellos regularmente. Tengo… bueno… tal vez doscientas ideas en el mercado en este momento. Quiero decir, chistes que ellos han conservado y dibujado para mostrar. Vivo bien con esto.

—Yo me volvería loco —comentó Meyer.

—Bueno, no está mal, realmente no lo está —dijo Cohen.

—¿A usted le gusta hacerlo? —preguntó Carella.

Por un momento, los tres hombres habían olvidado por qué estaban en esa oficina. Estaban reunidos para discutir seis asesinatos pero por el momento Cohen era un profesional que explicaba su oficio y Meyer y Carella eran dos profesionales muy distintos que estaban fascinados con los detalles del trabajo de otro hombre.

—A veces se hace un tanto aburrido —dijo Cohen—. Cuando no se presentan las ideas. Pero generalmente me gusta, sí.

—¿Le hacen reír sus chistes? —preguntó Carella.

—Casi nunca.

—Entonces, ¿cómo sabe si son divertidos o no?

—No lo sé. Los escribo y espero que otro considere que son divertidos.

—Se encogió de hombros—. Supongo que deben serlo, porque vendo muchos. A las mejores revistas, además.

—Nunca había conocido a un guionista —observó Meyer, inclinando la cabeza hacia un lado en un gesto apreciativo.

—Ni yo a un detective —dijo Cohen y de pronto la visita cobró sentido, de repente hubo dos detectives en una pequeña oficina con un hombre que estaba relacionado con seis homicidios. En honor del grato intermedio, hubo un silencio de tal vez treinta segundos. Luego habló Meyer:

—¿Puede decirnos algo sobre la obra de 1940, señor Cohen?

—No hay mucho que contar —replicó Cohen—. Me metí en eso buscando algún estímulo. Estaba en artes liberales y todavía no había decidido qué quería hacer, de modo que experimentaba. Perdí como un año con el grupo de drama, supongo.

—¿Actuando?

—Actuando, sí. También escribí algunas cosas para una revista que hicimos.

—¿Cuándo fue eso?

—Después de Largo viaje de regreso, creo que en 1941.

—¿Qué nos dice de la gente que actuaba en la obra de O’Neill? ¿Qué recuerda de ellos?

—Caramba, fue hace mucho tiempo —comentó Cohen.

—¿Hubo algo que no marchara bien? ¿Algún incidente de algún tipo?

¿Una pelea? ¿Incluso alguna discusión acalorada?

—Yo no recuerdo nada de eso. Parecía una producción bastante apacible. Todo el mundo se llevaba bien.

—Había tres muchachas en la obra —dijo Carella—. ¿Hubo algún problema con ellas?

—¿Qué clase de problema?

—Dos tipos que se disputaran a la misma chica, ¿algo así?

—No, nada —dijo Cohen.

—Entonces, ¿no sucedió nada extraordinario?

—No recuerdo nada. Fue un espectáculo estudiantil rutinario. Todos nos llevábamos bien. —Cohen dudó—. Incluso hicimos una fiesta después de la función.

—¿Sucedió algo especial en la fiesta?

—No.

—¿Quiénes estuvieron?

—El reparto, el equipo, y el profesor Richardson, el asesor. Él se marchó temprano.

—¿Hasta qué hora se quedó usted?

—Hasta que terminó.

—¿Y a qué hora fue eso?

—Oh, no lo recuerdo. De madrugada.

—¿Quiénes más estaban cuando concluyó?

—Quedábamos cinco o seis. —Cohen se encogió de hombros—. Seis, creo.

—¿Quiénes eran los seis?

—Tres muchachos y tres chicas.

—¿Quiénes eran las chicas?

—Las tres que intervenían en el espectáculo. Helen Struthers y las otras dos.

—¿Y los muchachos?

—Tony Forrest, Randy Norden y yo.

—¿Algún problema?

—No. Mire, éramos muchachos. Todos estábamos en cuartos separados, besándonos y acariciándonos.

—¿Y luego qué, señor Cohen?

—Entonces todos nos fuimos a casa.

—Está bien. ¿Qué hizo cuando salió de Ramsey? ¿Estuvo en el servicio?

—Sí.

—¿Qué arma?

—El ejército. Infantería.

—¿Qué rango tenía?

—Fui cabo.

—¿Y su tarea?

Cohen dudó.

—Yo… —Cohen se encogió de hombros—. Le he dicho que estuve en infantería.

—¿Qué hacía en infantería?

—Era francotirador —dijo Cohen.

Hubo silencio en la oficina.

—Imagino cómo suena eso.

—¿Cómo suena, señor Cohen?

—Bueno, no soy exactamente idiota, y sé que el hombre que ha estado cometiendo todos estos asesinatos es un francotirador.

—Sí, así es.

—No he visto un rifle desde que fui dado de baja en 1946 —dijo Cohen

—. No deseo volver a ver un rifle mientras viva.

—¿Por qué?

—Porque no me gustó matar gente desde una emboscada.

—Pero usted fue un experto tirador, ¿verdad?

—Sí.

—¿Dispara algo ahora?

—Ya les he dicho…

—Cazando, por ejemplo. Por deporte.

—No.

—¿Posee usted un rifle, señor Cohen?

—No.

—¿Una pistola?

—No.

—¿Ninguna clase de arma?

—No.

—¿Usó alguna vez una mira telescópica?

—Sí, en el ejército. —Cohen hizo una pausa—. Usted está tomando el rábano por las hojas —dijo—. En la actualidad, cuando hablo de matar a alguien, quiero decir que he escrito un chiste que lo hará morir de risa.

—¿Y es eso todo lo que quiere decir?

—Eso es todo.

—Señor Cohen —preguntó Meyer—, ¿dónde vive?

—Cerca de Coliseum.

—Nos gustaría ver su casa, señor Cohen, si nos lo permite.

—¿Y si no lo permito?

—Nos veremos obligados a pedir una orden de registro.

Cohen buscó en el bolsillo y extrajo un llavero que tiró sobre el escritorio.

—No tengo nada que ocultar —dijo—. La llave de cabeza redonda abre la puerta del vestíbulo. La de bronce abre la puerta de casa.

—¿La dirección?

—North Garrod 127.

—¿El número del piso?

—4 C.

—Le daremos un recibo por las llaves, señor Cohen —dijo Carella.

—¿Habrán terminado a las seis? —preguntó Cohen—. Tengo una cita.

—Supongo que sí. Agradecemos su colaboración.

—Sólo tengo una pregunta que hacer —dijo Cohen—. Si este tipo está detrás de nosotros, ¿cómo puedo saber que no seré el próximo?

—¿Desea protección policial? —preguntó Carella—. Podemos dársela, si la desea.

—¿Qué clase de protección?

—Un agente.

Cohen lo consideró por un momento. Luego dijo:

—Olvídelo. No hay protección contra un francotirador. Yo lo fui.

Afuera en la calle, Carella preguntó:

—¿Qué te parece?

—Creo que está limpio —replicó Meyer.

—¿Por qué?

—Bueno, te diré. He estado viendo televisión y yendo al cine y leyendo libros y descubrí algo sobre el homicidio.

—¿Qué?

—Si hay un judío, o un italiano, o un negro, o un portorriqueño, o un tipo con un nombre extranjero, nunca es el asesino.

—¿Por qué no?

—Porque no está permitido, por eso. El asesino debe ser un norteamericano protestante cien por cien. Te apuesto diez dólares a que en el piso de Cohen no encontramos nada mayor que un tira-chinas.

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