Diez mas uno
Capítulo 4
El presidente de Indian Exports, Inc., la firma con la que había estado conectado Anthony Forrest, era un hombre calvo de más de sesenta años, algo robusto, algo pomposo, algo alemán. Tal vez tuviera un metro setenta de altura, con un vientre hinchado y el andar de pies planos. Meyer Meyer, que era judío, se sintió inmediatamente incómodo en su presencia.
El hombre se llamaba Ludwig Etterman. Estaba de pie ante su escritorio en lo que parecía genuina desesperación.
—Tony era un buen hombre. No puedo entender por qué ha sucedido esto —dijo Etterman con un levísimo acento alemán.
—¿Cuánto tiempo hacía que estaba asociado con él, señor Etterman? —
preguntó Carella.
—Quince años. Es mucho tiempo.
—¿Puede darnos algunos detalles, señor?
—¿Qué desearían saber?
—Cómo se conocieron, qué clase de arreglo comercial tenían, cuál era la función del señor Forrest.
—Era vendedor cuando nos conocimos. Yo ya tenía la empresa. Él vendía cartones para una compañía que estaba en el centro, pero que luego cerró. Nosotros importamos de la India, saben, y enviamos mercancías a todo el país, de modo que naturalmente necesitamos cartones para el envío.
Por entonces, yo compraba la mayor parte de los cartones a la compañía de Tony. Lo veía, tal vez, dos veces al mes.
—Eso fue poco después de la guerra, ¿verdad, señor?
—Sí.
—¿Sabría decirnos si el señor Forrest estuvo en el servicio?
—Sí, estuvo —replicó Etterman—. Estaba en la artillería. Le hirieron en Italia, en una batalla con los alemanes. —Etterman hizo una pausa. Se volvió a Meyer y dijo—: Soy ciudadano norteamericano, ¿saben? Estoy
aquí desde 1912, mis padres vinieron cuando yo era un muchacho. La mayor parte de la familia se marchó de Alemania. Algunos fueron a la India, y así empezó la empresa.
—¿Sabe usted qué rango tenía el señor Forrest en el ejército, señor? —
preguntó Carella.
—Era capitán, creo.
—Bien, continúe, por favor.
—Bueno, me agradó desde el comienzo. Tenía modales gratos. Los cartones, después de todo, son lo mismo los compre uno donde los compre.
Se los compraba a Tony porque me agradaba personalmente. —Etterman ofreció un cigarro a los detectives y luego se encendió uno—. Mi único vicio —comentó—. Mi médico dice que me va a matar. Le dije a mi médico que me gustaría morir en la cama con una joven rubia, o de lo contrario fumando un cigarro. —Etterman sofocó una risita—. A mi edad, tendré que contentarme con morir fumando un cigarro.
—¿Cómo entró en la empresa el señor Forrest? —inquirió Carella, sonriendo.
—Un día le pregunté si estaba contento con su trabajo, porque si no yo estaba dispuesto a hacerle una oferta. Lo discutimos un poco y vino a trabajar para la compañía. Como vendedor. Eso fue hace quince años.
Ahora, o más bien cuando murió, era vicepresidente.
—¿Qué lo indujo a hacerle la oferta, señor Etterman?
—Como les dije, me gustó desde el comienzo. Luego, también… —
Etterman sacudió la cabeza—. Bueno, eso no importa.
—¿Qué, señor?
—Saben… —Etterman sacudió de nuevo la cabeza—. Saben, señores, yo perdí a mi hijo. Murió en la guerra.
—Lo lamento —dijo Carella.
—Sí, bueno, fue hace mucho tiempo, debemos seguir viviendo,
¿verdad? —Sonrió brevemente y con tristeza—. Estaba en un escuadrón bombardero, mi hijo. Su avión fue derribado en la incursión en Schweinfurt el trece de abril de 1944. Había una fábrica de cojinetes allí.
La oficina quedó en silencio.
—Nuestra familia llegó originalmente de un pueblo cercano a Schweinfurt. A veces resulta extraño el modo en que se dan las cosas en la vida, ¿no les parece? Yo nací en Alemania en un pueblo próximo a Schweinfurt y mi hijo murió como norteamericano volando sobre Schweinfurt. —Sacudió la cabeza—. A veces me hace pensar.
Nuevamente se hizo un silencio.
Carella se aclaró la garganta y dijo:
—Señor Etterman, ¿qué clase de persona era Anthony Forrest? ¿Se llevaba bien con el personal, se…?
—Era el mejor ser humano que haya conocido jamás —replicó Etterman—. No sé de nadie que no lo quisiera. —Sacudió la cabeza—. Sólo puedo creer que lo mató un maníaco.
—Señor Etterman, ¿salía él habitualmente de la oficina cada día a la misma hora?
—Cerramos a las cinco —dijo Etterman—. Tony y yo solíamos conversar durante unos quince minutos más. Sí, diría que salía del edificio entre las cinco y cuarto y las cinco y media.
—¿Se llevaba bien con su esposa?
—Él y Clara eran un matrimonio feliz.
—¿Y los hijos? La hija tiene diecinueve años, ¿verdad?, y los hijos unos quince años.
—Exacto.
—¿Algún problema con ellos?
—¿Qué quiere decir?
—Bueno, si es que se han metido en algún problema.
—No entiendo a qué se refiere.
—Con la ley, con otros chicos, malas compañías, algo así.
—Son buenos chicos —comentó Etterman—. Cynthia se graduó con las notas más altas en su clase y obtuvo una beca para la Universidad de Ramsey. A los dos muchachos les va bien en sus estudios. Uno de ellos está en el equipo de béisbol de su escuela, y el otro pertenece al club de debates.
No, nunca ha habido problemas con los hijos de Tony.
—¿Sabe usted algo de sus antecedentes en el ejército, señor Etterman?
El que le disparó es un experto con un rifle, de modo que existe la
posibilidad de que sea un hombre que perteneció al ejército. Como el señor Forrest estuvo en el ejército…
—No sé mucho de eso. Estoy seguro de que habrá sido un buen oficial.
—¿Nunca mencionó haber tenido problemas con sus hombres, algo que pudo haberse convertido en…?
—Señores, él estuvo en el ejército durante la guerra. Hace mucho tiempo que concluyó. Sin duda, nadie alimentaría rencor durante tantos años.
—Todo es posible —acotó Carella—. Estamos buscando un punto de apoyo, señor.
—Debe ser un maníaco —dijo Etterman—. Sólo puede ser un maníaco.
—Espero que no, señor —afirmó Carella y entonces los dos policías se pusieron de pie y agradecieron el tiempo que les había dispensado.
Afuera en la calle, Meyer dijo:
—Siempre me siento raro cuando estoy cerca de alemanes.
—Ya lo he notado —comentó Carella.
—¿Sí? ¿Realmente se notaba? ¿Estuve demasiado serio?
—No dijiste una palabra en todo el rato.
Meyer asintió con la cabeza.
—Todo el tiempo pensaba: «Está bien, tal vez tu hijo haya muerto volando en un bombardero norteamericano sobre Schweinfurt, pero puede ser que por otra parte uno de tus sobrinos estuviera metiendo a mis parientes en los hornos de Dachau». —Meyer sacudió la cabeza—. Sabes, Sarah y yo estuvimos en una fiesta hace un par de semanas, y alguien estaba discutiendo con otro porque vendía coches alemanes en este país. Al fin, el tipo dijo que le gustaría ver a todo el pueblo alemán exterminado. De modo que el otro dijo: «Hubo una vez un alemán que quiso ver a todos los judíos exterminados». Y entendí lo que quería decir. ¿Qué demonios hace que sea más justo que los judíos exterminen a los alemanes que viceversa? Lo entendí perfectamente. Pero al mismo tiempo, Steve, algo dentro de mí estuvo de acuerdo con el primer tipo. Porque, supongo que tal vez muy
dentro, cada judío del mundo desearía ver a los alemanes exterminados por lo que nos hicieron.
—No puedes odiar a un pueblo aquí y ahora por lo que hizo otro pueblo en otra época, Meyer —opinó Carella.
—Tú no eres judío —dijo Meyer.
—No, no lo soy. Pero veo a un tipo como Etterman y sólo veo a un viejo triste que perdió al hijo en la guerra y que hace dos días perdió al equivalente de un segundo hijo.
—Yo lo miro y veo esos fragmentos de películas en que las aplanadoras empujan a miles de cadáveres judíos, eso es lo que veo.
—¿Ves al hijo que murió sobre Schweinfurt?
—No. Francamente, creo que odio a los alemanes y pienso que los odiaré hasta la tumba.
—Tal vez tengas derecho —dijo Carella.
—¿Sabes? Hay veces en que pienso que eres judío —comentó Meyer.
—Cuando pienso en lo que sucedió en Alemania, soy judío —dijo Carella—. ¿Cómo puedo ser otra cosa y aún considerarme un ser humano?
¿Qué demonios arrojaban a esos hornos? ¿Basura? ¿Animales? ¿Crees que no siento lo mismo que tú?
—No estoy seguro —dijo Meyer.
—¿No? Entonces vete al infierno.
—¿Te has enfadado?
—Un poco.
—¿Por qué?
—Te diré por qué. Creo que no conocí a un judío hasta que tuve doce años. Es la pura verdad. Bueno, había un tipo que venía a la puerta y vendía cosas y mi madre lo llamaba «El judío». Ella decía: «Hoy viene el judío».
No creo que lo dijera en tono despreciativo, o tal vez sí, ¿quién demonios lo sabe? Ella creció en Italia y no conocía a los judíos. Tal vez, para ella,
«judío» fuera sinónimo de vendedor ambulante. Para mí, un judío era un viejo de barba con un bulto sobre la espalda. Hasta que llegué a la escuela secundaria. Ahí fue donde conocí judíos por primera vez. Tú debes recordar que Hitler estaba en el poder por entonces. Bien, escuché un chiste un día y se lo conté a un chico judío en la cafetería. La broma estaba construida
sobre una adivinanza, que decía: «¿Qué es lo más rápido del mundo?». La respuesta era: «Un judío en bicicleta por Alemania». El chico no pareció muy divertido. Yo no entendía qué había dicho que lo hubiera ofendido.
Cuando volví a casa le pregunté a mi padre, que también nació en Italia, que llevaba entonces una panadería, bueno, tú sabes que sigue con eso. Le conté el chiste y tampoco él se rió y luego me llevó adentro, por entonces teníamos un comedor con una de esas mesas grandes y antiguas de caoba.
Nos sentamos a la mesa y él me dijo en italiano: «Hijo, no hay nada de bueno en el odio, ni nada divertido tampoco». Volví a la escuela al día siguiente y busqué a aquel chico, aún recuerdo su nombre, Reuben Zimmerman, y le dije que lamentaba lo que había dicho el día anterior, y él contestó que lo olvidara. Pero no volvió a hablarme en todo el tiempo que estuvimos en esa escuela secundaria. Cuatro años, Meyer, y nunca volvió a hablarme.
—¿Qué estás diciendo, Steve?
—No sé qué demonios estoy diciendo.
—Tal vez seas judío, después de todo —dijo Meyer.
—Puede. Vayamos a comer algo antes de ver a la señora Norden.
Mae Norden tenía cuarenta y tres años, era una morena de cara redonda y ojos castaño oscuro. La encontraron en la funeraria donde yacía el cuerpo de Norden en un ataúd forrado de raso. El dueño de la funeraria había hecho un notable trabajo en el orificio dejado por la bala. Un observador casual nunca se hubiese dado cuenta de que le habían disparado. La habitación estaba llena de parientes y amigos, entre los cuales se encontraban la esposa y los dos hijos, Joanie y Mike. Mike tenía ocho años y Joanie cinco. Los dos estaban sentados en sillas de respaldo recto, cerca del ataúd, y parecían muy grandes y muy perplejos al mismo tiempo. Mae Norden iba vestida de negro y sus ojos denotaban que había llorado mucho el día anterior, pero ahora ya no. Ella condujo a los detectives afuera y estuvieron de pie en la acera fumando cigarrillos y hablando del marido que yacía muerto sobre raso en el silencioso cuarto de la funeraria.
—No sé quién pudo haber hecho esto —dijo Mae—. Sé que es común que una esposa piense que el marido era un hombre apreciado, pero no puedo recordar una sola persona a la que no le gustara Randy. Ésa es la verdad.
—¿Qué hay de los asociados en el trabajo, señora Norden? Él era abogado, ¿verdad?
—Sí.
—¿Es posible que uno de los clientes…?
—Mire, todo el que dispara a alguien debe estar un poco loco, ¿verdad?
—No necesariamente —dijo Meyer.
—Lo que quiero decir es que, claro, Randy perdió casos. ¿Hay algún abogado que no los pierda? Pero si me preguntan si alguno de sus clientes podría… estar tan enojado como para hacer algo así, entonces debo decirles que no sé qué podría hacer una persona loca. ¿Cuál es la base para… para cualquier cosa cuando se trata con una persona desequilibrada?
—No estamos seguros de que el asesino sea un desequilibrado, señora Norden —dijo Meyer.
—¿No? —La mujer esbozó una sonrisa—. Una persona absolutamente cuerda subió a un tejado y disparó a mi esposo cuando salía del edificio,
¿verdad? ¿Absolutamente normal?
—Señora Norden, no somos psiquiatras. Estamos hablando de salud mental a los ojos de la ley. El asesino puede no ser lo que la ley considera loco.
—Al diablo la ley —dijo de pronto Mae—. Todo el que le quita la vida a otro es un desequilibrado, y no me importa lo que diga la ley.
—Pero su esposo era abogado, ¿verdad?
—Exactamente —replicó Mae en tono airado—. ¿Qué quiere decir ahora? Que no tengo respeto por la ley, por lo tanto no respeto a los abogados, por lo tanto…
—No hemos dicho eso, señora Norden. —Carella hizo una pausa—.
Estoy seguro de que la esposa de un abogado debe tener gran respeto por la ley.
—Pero ya no soy la esposa de un abogado —dijo Mae—, ¿no lo sabía?
Soy una viuda. Soy una viuda con dos hijos pequeños, señor… ¿cómo se
llama?
—Carella.
—Sí, Soy una viuda de cuarenta y tres años, señor Carella. No la esposa de un abogado.
—Señora Norden, tal vez pueda decirnos un par de cosas que podrían ayudarnos a encontrar al hombre que mató a su esposo.
—¿Como cuáles?
—¿Solía salir de casa cada mañana a la misma hora?
—Sí, los días laborales. Sábados y domingos se levantaba tarde.
—¿Entonces cualquiera que se hubiese dedicado a observarlo podía saber que iba al trabajo a la misma hora cada día?
—Supongo que sí.
—Señora Norden, ¿su esposo era un veterano?
—¿Veterano? ¿Quiere decir si estuvo en el servicio?
—Sí.
—Estuvo en la marina por tres años durante la Segunda Guerra Mundial
—afirmó Mae.
—La marina. No el ejército.
—La marina, sí.
—Era un socio menor en la firma, ¿correcto?
—Sí.
—¿Cómo se sentía al respecto?
—Bien. ¿Cómo debía sentirse?
—¿Cuántos socios había, señora Norden?
—Tres, incluyendo a mi esposo.
—¿Era su esposo el único socio menor?
—Sí. Era el hombre más joven de la firma.
—¿Se llevaba bien con los demás?
—Muy bien. Se llevaba bien con todo el mundo. Ya se lo he dicho.
—Ningún problema con alguno de los socios, ¿verdad?
—No.
—¿Cuál era su especialidad?
—La firma se ocupaba de todos los casos.
—¿Criminales?
—A veces.
—¿Alguna vez representó su esposo a un criminal?
—Sí.
—¿Cuántas?
—Tres o cuatro, no recuerdo. Cuatro, creo, desde que está en la firma.
—¿Absoluciones o condenas?
—Dos de sus clientes fueron condenados, dos fueron absueltos.
—¿Dónde están ahora los condenados?
—Cumpliendo las sentencias en la cárcel, supongo.
—¿Recordaría usted sus nombres?
—No. Pero Sam probablemente… Sam Gottlieb, uno de los socios. Él se lo dirá.
—¿Su esposo era natural de esta ciudad, señora Norden?
—Sí. Asistió aquí a la escuela, a la secundaria y a la Facultad de Derecho.
—¿Dónde?
—Ramsey.
—¿Y cómo se conocieron?
—Un día en Grover Park. En el zoológico. Empezamos a vernos regularmente y luego nos casamos.
—¿Antes de que él ingresara en el servicio, o después?
—Nos casamos en 1949.
—¿Lo conocía usted cuando estaba en el servicio?
—No. Él entró en la marina inmediatamente después de su graduación.
Hizo sus exámenes en la Asociación de Abogados en cuanto tuvo la baja.
Los aprobó y empezó a trabajar poco después. Cuando lo conocí, tenía su propia pequeña oficina en Bethtown. No pasó a Gottlieb y Graham hasta hace tres años.
—¿Tuvo su propio bufete hasta entonces?
—No. A lo largo de los años ha trabajado en varias firmas.
—¿Algún problema con alguna?
—Ninguno.
—¿Casos criminales en esas firmas también?
—Sí, pero ya no me acuerdo cuáles…
—¿Puede decirnos cuáles fueron esas firmas, señora Norden?
—No creerán en serio que pudo asesinarlo alguien por perder un caso,
¿verdad?
—No lo sabemos, señora Norden. Por ahora, no tenemos casi ningún elemento para trabajar. Estamos tratando de encontrar algo, cualquier indicio.
—Les haré una lista —dijo ella—. ¿Quieren entrar, por favor? —En la puerta de la funeraria, Mae se detuvo y dijo—: Perdónenme si he sido algo brusca. —Hizo una pausa—. Quería mucho a mi marido.
OceanofPDF.com