Divina Providencia
Goodbye Marylou
- ¡Ah, no! ¡En mi taxi ni hablar! ¿Va a limpiar usted la mierda después?
¿Verdad que no?
Noté que el sándwich se me despachurraba entre los dedos. Algo me impelía a reaccionar: contesta, Marylou, vamos, dile que tienes derecho a alimentarte, a que te respeten, dile a este gilipollas que te la suda, porque te la suda, ¿no?
La circulación había perdido fluidez desde hacía unos minutos. Casi las dos menos cuarto. A ese paso no llegaría a tiempo.
- Oiga, perdone, ¿es normal que esto vaya tan lento?
El tipo suspiró al tiempo que movía su cabeza medio calva.
- Bueno, depende…
- Lo que quiero decir es cuánto cree que tardaremos en llegar.
- ¿Le parezco un adivino?
- No, claro que no. Lo digo porque llevo mucho retraso.
- Como todo el mundo -respondió él tamborileando con un dedo en el volante.
Por un momento pensé en esas frases fantasmas, esas contestaciones feroces, esas miles de réplicas nunca dichas, sofocadas para siempre, invisibles, en esas garras desafiantes que jamás han salido de mi cuerpo.
Ahora estábamos parados. Delante de nosotros, un hombre había bajado del coche y observaba el atasco.
- ¿Qué pasa? -preguntó el taxista tras bajar la ventanilla-. ¿Quién ha organizado este cacao?
- No veo muy bien -contestó el hombre-. Parece que es un camión de reparto que intenta meterse en la calle peatonal y se ha quedado atascado en el cruce. Va a costarle pasar.
- ¡Vaya mierda de barrio!
El taxista apagó el motor. Alrededor, los gases de los tubos de escape rielaban al sol. Las trece y cincuenta minutos. Manos sudadas, corazón en un puño, tremendas ganas de ir al baño. Yo tampoco era adivina. Sin embargo, vislumbraba mi futuro inmediato en una pantalla gigante. El señor Farkas saldría hecho una furia de su despacho en cuanto me viera. Me arrebataría el bolso de las manos y empezaría a gritar poniendo a toda la planta por testigo: «Pero ¿ustedes ven a esta tía? ¡Será plasta! ¡Más inútil y no nace! ¡Si no es capaz ni de hacer unas fotocopias a tiempo!» Luego cogería los expedientes, lanzaría el bolso al suelo con rabia y acabaría de humillarme con una frase como: «¡Ah, y haga algo por usted, Marylou, suda usted más que un trozo de mantequilla al sol, es una dejada, muchas gracias por dar una imagen tan buena de la empresa!»
No hacía falta ser adivina para saber que nadie rechistaría. Todos bajarían la cabeza, se pondrían a rebuscar algo en un cajón, fingirían hablar por teléfono. Contentísimos de tenerme como pararrayos.
Yo no se lo tomaría en cuenta; si estuviera en su lugar, haría lo mismo.
Hace mucho que me resigné, la clase de los oprimidos tiene su propia jerarquía. Estoy en el peldaño más bajo de la escala. «Pero, aun así, en la escala», señaló el señor Farkas la única vez que en diez años me atreví a pedirle un aumento. «¿Es que delira, Marylou? ¿En qué mundo vive? ¿Cree que forma parte de los desfavorecidos? Le explicaré cuál es su situación: con el salario mínimo y el subsidio de madre soltera, cobra usted al mes más que un obrero cualificado. ¡Váyase con ojo, Marylou, no tengo más que dar una patada a la pared para que caigan del techo quince como usted!»
El señor Farkas me asusta, me hace daño, pero tiene razón: me las apaño bien. No hay más que echar un vistazo alrededor. Aquí, por ejemplo, en esta calle colapsada que apesta a muerte: ese indigente que a duras penas se tiene en pie, con la mano a modo de visera para protegerse del sol. Debe de tener cinco o diez años más que yo, pero parece un viejo. Está solo: si se
abandona, es que nadie se interesa por él… y que a él no le interesa nadie.
Esa es mi teoría: basta sentirse responsable de alguien para salir adelante.
¿La prueba? Mi Paulo y yo. Por más palabras nuevas que invente el señor Farkas para insultarme, por más que casi todos los días me haga tirar el café que acabo de llevarle pretextando que está frío, o demasiado fuerte, o no lo suficiente, no tengo más que pensar en la sonrisa de Paulo para olvidarme de todo. O mejor aún, en su última redacción: describe una situación embarazosa de la que hayas sido testigo. Mi Paulo contó la tarde en que su profesor de lengua dio la clase delante del inspector con un resto de lechuga entre los dientes. Yo le dije: ¡Paulo, eso es suicida, piensa otro tema! No, contestó él, no podría dar con una historia tan divertida, y menos si hay que inventársela.
Al día siguiente, el profesor le devolvió la redacción colorado como un tomate: ¡Qué cara más dura, Paulo! Y le puso la mejor nota de la clase. Ése es Paulo, mi paraíso, mi baza secreta.
- Tenemos para rato, se lo digo yo.
Me sobresalté. El taxi no había avanzado ni un centímetro. El indigente, el sol, las agujas de mi reloj. Quince cayendo del techo, Marylou.
- Me bajo aquí.
- Lo sabía -dijo el taxista, volviéndose-. Lo raro habría sido que siguiera. Y yo me meto la carrera por donde me quepa, ¿no?
Un san Cristóbal luminoso se balanceaba colgado del retrovisor. Mucho menos eficaz que un Paulo, seguro. Añadí diez euros a la cantidad que marcaba el taxímetro, pagados de mi bolsillo mientras experimentaba la sensación confusa y familiar de ser cobarde e idiota a la vez. Después fui corriendo en zigzag entre los coches hasta la boca del metro. El peso del bolso me destrozaba el hombro. Cinco expedientes de ciento cincuenta páginas, más las carpetas de anexos… Debería haber cogido una mochila, pero ésa era justo la clase de idea que siempre se me ocurría demasiado tarde.
El señor Farkas había insistido en que la reunión se celebrara en nuestros locales. Estaba prevista para las tres. Yo no sabía nada del asunto, salvo por el sibilino orden del día que había mecanografiado esa mañana y la tensión reinante en la oficina desde hacía cuarenta y ocho horas, peor que
de costumbre. Algunos jefes susurraban agitando calculadoras de lo más sofisticadas. El señor Farkas iba de un lado para otro apretando los puños.
Rompía los periódicos sin siquiera haberlos abierto. Hay que reconocer que muchas veces se leían críticas violentas en esos diarios, que lo tachaban de enterrador, de aprovechado, de buitre, algo que lo sacaba de sus casillas. Su sociedad compraba empresas al borde de la quiebra y las relanzaba, para luego venderlas y obtener así grandes beneficios. Corría el rumor de que ganaba mucho dinero, sumas astronómicas que depositaba en el extranjero a fin de evadir impuestos. Incluso se mencionaba el blanqueo, la mafia rusa…
y es cierto que por nuestros pasillos a menudo te cruzabas con rusos.
Seguramente eso explicaba la visita, una mañana de la semana anterior, de una mujer menuda de pelo gris muy corto. Por supuesto, nadie me había dado la menor explicación, pero yo no era tan idiota: la mujer iba escoltada por dos policías armados hasta los dientes y parecía de un humor de perros.
Durante el tiempo que había durado el encuentro con el señor Farkas, los policías habían estado vigilando la planta ceñudos, sin apartar el dedo del gatillo, como si esperasen un ataque terrorista. Habían conseguido que me asustara. Al cabo de un rato, la mujer se había marchado flanqueada por su escolta, con más cara de malas pulgas si cabe. Después de haberlos acompañado hasta el ascensor, el señor Farkas había llamado al director financiero a su despacho y lo había cogido por los hombros con una familiaridad sorprendente. Saltaba a la vista que estaba satisfecho de la jornada.
El pasillo olía a sudor y polvo. Oí llegar el tren cuando me disponía a pasar el torniquete. Entonces pensé en Paulo, al que le repito a diario que nunca corra para coger el metro. Pero Paulo no trabaja para el señor Farkas, y si pago a un estudiante de la Politécnica (sí, de la Politécnica) para que le dé clases de repaso dos veces por semana es precisamente para que pueda aspirar a una vida diferente de la mía. Así que eché a correr como una loca mientras el bolso me golpeaba cruelmente el omóplato, bajé los peldaños de la escalera de cuatro en cuatro al tiempo que sonaba la señal y me metí de cabeza en el vagón justo cuando se cerraban las puertas.
- Lo ha pillado por los pelos -dijo una señora sentada en el primer banco.
- Sí -contesté.
- Pero es peligroso…
- No me gustaría quedarme sin trabajo.
- Comprendo -dijo, con la mirada perdida.
La miré más de cerca. Tenía algo desazonador. Intenté ahuyentar la sensación, pero no, imposible. De repente, supe lo que ocurría: esa mujer se parecía a mí. Volví la cabeza, observé a las personas que había alrededor: todos nos parecíamos. Quizá no compartiéramos los mismos rasgos, ni el mismo color de piel o pelo, ni éramos del mismo sexo, pero la mayoría tenía la misma forma de curvar los hombros y relajar el vientre; pertenecíamos al mismo pueblo, estábamos agotados por los mismos combates.
Mientras el tren se ponía en marcha, conté las estaciones para calcular el tiempo. Seis estaciones, más cinco minutos a pie, o sea, dos corriendo.
Llegarás a tiempo, Marylou. Tendrán sus preciosos expedientes, tan preciosos, por cierto, que te has visto obligada a cruzar media ciudad para que los fotocopien en un sitio «seguro», según el señor Farkas. Unos kilómetros más en mi contador personal. Una gota de agua comparada con el resto, una hora y media de ida y otro tanto de vuelta todos los días entre autobús, metro y tren de cercanías. Me niego a legarte eso, Paulo. Tendrás medios para vivir bien, te lo prometo.
Su voz en mi corazón, su voz ronca, mi niño ha hecho el cambio antes de tiempo. Dice: ¿Te das cuenta, mamá?, dentro de nada estaré acabado, será demasiado tarde para las carantoñas.
- ¿Acabado, Paulo?
- Claro, seré mayor del todo, ¿no?
Se queja de mi ausencia. Dice que preferiría que cobrase el subsidio de desempleo y estuviera en casa, en lugar de cobrar el salario mínimo y estar en galeras. Esas palabras en su vocabulario a los doce años recién cumplidos… me pregunto si es normal.
- Y las clases particulares, ¿cómo las pago, Paulo?
- No las necesito, estoy dotado para las mates, la profe lo ha dicho.
Lo peor es que tiene razón. Calcula de maravilla. Este chiquillo parece que nació con una calculadora de serie. Con su metro treinta y nueve de
estatura, Paulo me explica que quien más necesita las clases del estudiante de la Politécnica soy yo. A su manera, desde luego: tiene dotes para la diplomacia.
- Estoy más tranquila si te controlan.
- Justo eso es lo que quería decir, mamá.
Desde que ha empezado la secundaria, Paulo ha cambiado. Sigue teniendo la cara redonda y la piel suave, pero sus ojos son diferentes. Hay momentos en que parece que se sumerge en los seres, en los objetos, que se pierde en ellos. Y al instante siguiente, zas, suelta uno de sus chascarrillos.
Porque mi Paulo es ingenioso. Capaz de hacer reír a un muerto a cualquier hora del día o la noche. Se mueve entre dos mundos, la fantasía y la razón, la rebeldía y la sensatez. Se interroga. Me interroga. También está cansado.
El trayecto para ir al colegio apenas es menos largo que el mío, pero hay una buena causa: en nuestro barrio no podía seguir, era un asesinato en toda regla, como dijo la directora el día que me convocó. Yo estaba impresionadísima, y ella no me dio tiempo para pensar.
- Mire, conozco un excelente centro de secundaria, el director es amigo mío. Paulo tendrá que darse una buena caminata, pero vale la pena, créame.
En menos de cinco minutos, el asunto estaba arreglado. Yo no sabía si derrumbarme o alegrarme. Por una parte, no había elegido nada, como siempre; la directora había decidido por mí. Por otra, era la primera vez que alguien me ayudaba. ¡Tenía un enchufe! ¡Un privilegio, un favor! No estaba previsto en absoluto que esas cosas fueran a pasarme, así que no iba a quejarme, ¿no?
¡Y a Paulo, había que verlo! ¡Rebosante de orgullo, con lágrimas en los ojos!
El chirrido del acero en los raíles. La brutalidad del frenazo me empotra contra el asiento. Debo de estar soñando. ¿Se trata de un complot? La voz del conductor resuena en el vagón de metro: «Señoras y señores, a causa de un accidente de usuario, nos vemos obligados a permanecer parados hasta nuevo aviso.»
Vale. Esta vez, Marylou, no te libras. Tenía que pasarme hoy. A mí.
¿Por qué? «La reunión del año. Todo el mundo en sus puestos, y que no se mueva ni un pelo», advirtió el señor Farkas. No se conformará con una
bronca, ni hablar. Va a ponerme de patitas en la calle ipso facto, así de sencillo. Ya pude verlo en acción con la contable el mes pasado. Hará venir a la directora adjunta, una horrible mujer guapísima, altísima y maquilladísima que es la encargada de personal. Me empujará hacia ella y le dirá: Despido inmediato, que se largue, no quiero volver a ver a esta gilipollas, y que no la oiga ni chistar, o le endilgamos falta grave y adiós al subsidio.
Estaba muerta de calor. Me faltaba el aire. La cabeza me daba vueltas.
Todos mis sueños, todos mis planes al traste. El cine del sábado con Paulo.
Las vacaciones en la playa este verano. La inscripción en yudo.
- ¿No se encuentra bien? -preguntó la señora de enfrente.
No, no me encuentro bien, señora. Tengo la sensación de que voy a morirme. Desde hace diez años vivo atenazada por el terror de que llegara este día, y aquí está, sucede en este momento, aquí, delante de usted. Me he pasado diez años doblando la cerviz. Cerrando las escotillas desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde para no ver ni oír en qué me he convertido. Diciéndome por la noche en mi cama: Otro día ganado, Marylou. He avanzado sorteando obstáculos. Manteniendo el equilibrio. Y
de repente, un paso en falso. Un pie sobre la zona resbaladiza, el principio del fin.
En el vagón, la gente hacía comentarios.
- «Accidente de usuario», eso es lo que dicen cuando alguien ha caído en las vías.
- ¡Vamos, que se ha suicidado! La verdad es hay que estar desesperado para tirarse al metro.
- Una vez saltó uno desde el andén donde yo estaba. Creí que iba a vomitar; la sangre salpicó hasta los carteles publicitarios. Fue repugnante.
- Al parecer hay dos casos de éstos a la semana, imagínese.
La señora sacó un paquete de chicles y me lo tendió.
- Tome uno. Tiene mala cara.
Rehusé con la cabeza, pues la angustia me había dejado sin habla.
- Si lo que le preocupa es el trabajo, en la ventanilla le harán un justificante.
No me sentí con ánimos para contestar; compartir mis desgracias nunca ha sido mi estilo.
- Hay que mirar las cosas por el lado bueno -insistió la señora-. Yo, cada vez que un accidente me hace ir más despacio, en la carretera, por ejemplo, pienso que tengo suerte, que podría ser mi cuerpo el aplastado bajo la chapa hecha un acordeón.
Por favor, que se calle. En el edificio lujoso, junto a los muelles, deben de estar tomando asiento en la gran sala de reuniones. A estas horas, el señor Farkas ya ha decidido mi suerte. Contagia su nerviosismo a Mélanie, la chica de recepción, que ha cometido el error de no llamarlo para avisarle de que los expedientes habían llegado. ¿Cómo iba a hacerlo?
El tren se puso en marcha con lentitud.
«El servicio queda interrumpido hasta nuevo aviso -anunció la voz del conductor-. Se ruega a los pasajeros que bajen en la próxima estación.»
Pensé en el suicida. Pensé en ese mundo que llevaba dos horas recorriendo. Un atasco monstruoso, un vagabundo tambaleante, un taxista de mala uva, un suicida. Y dentro de nada, mi carta de despido. Hay que ver el lado bueno de las cosas, había dicho la mujer. Pero no conseguía ver más que a Paulo, que muy pronto sólo verá en mí a una madre fracasada, rota, incapaz de darle lo que merece.
Estábamos en el andén. Los últimos pasajeros salían del tren; por un instante, me entraron ganas de tirar los expedientes a las vías. Suicidio de las famosas informaciones ultraconfidenciales. La reunión del año hecha confeti. Por puro gusto.
- Adiós y ánimo -se despidió la señora.
Si no paraba de correr, podía llegar a mi destino hacia las tres y diez. No había practicado deporte desde la infancia, pero estaba en buenas condiciones físicas. Al menos desde ese punto de vista tenía suerte: había nacido en una época en que los pobres podían aspirar a gozar de buena salud. Mis padres me alimentaban a base de fruta y verdura comprada a precios insignificantes a los pequeños productores del mercado, y estaban tan pendientes de mi higiene como de un cazo de leche al fuego. No estaba expuesta ni a padecer obesidad ni a tener caries. Nunca había fumado. Era
fuerte, resistente, infatigable, no de esos que echan el hígado por la boca a los cien metros, ni siquiera en pleno verano. ¡Vamos, Marylou, corre!
En la calle, mi carrera molestaba a los transeúntes. ¿De dónde salía esa chica con la cara sudorosa, que corría como si le fuera la vida en ello?
Corría porque tenía que hacerlo. Porque eso aún dependía de mi voluntad.
Corría porque era mi trabajo llevar los expedientes. Sabiendo lo que me esperaba, otros habrían tirado la toalla, se lo habrían tomado con calma, habrían parado para beber agua, pues estaba prácticamente deshidratada.
Pero era más fuerte que yo. «Ser bueno a veces no es tan bueno», suele repetir Nadège, mi vecina de rellano, con quien a veces me tomo un café cuando Paulo no está. Tiene razón, es un problema mío, me entrego demasiado. Pero ya soy muy mayor para cambiar. Además, ¿para qué? ¿Por quién? En vez de convertirme en otra persona, prefiero reducir mi campo de acción. Esa es mi táctica para limitar los abusos. No intento hacer amigos.
Mi única familia es Paulo, y en cuanto a los hombres, este tema se acabó desde que su padre se fue; podría decirse que me inmunizó. Amigos, amantes y marido, sinceramente no, así de claro. Puesta a llevar sola sobre mis hombros mi vida y la de Paulo, prefiero evitar los espectadores y estar concentrada.
Empezaba a notar un calambre más abajo del ombligo. No valía la pena que mirara el reloj, ya estaba llegando.
Paulo me había enseñado un truco que había aprendido de su profe de yudo: aísla tu dolor y hazlo desaparecer. Traza un círculo imaginario y encierra dentro tus sufrimientos.
Había llegado a la puerta del edificio. Al cabo de un minuto como máximo, todo habría acabado. El señor Farkas explotaría y después el tiempo se detendría. El vientre dejaría de dolerme.
Unos metros, Marylou. El vestíbulo lujoso, las plantas exóticas, el mármol italiano, el conserje, el ascensor.
Las puertas estaban abiertas de par en par. Me metí de cabeza en el ascensor y pulsé el botón.
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