Divina Providencia
Royal Albert Hall
El cambio climático es un asunto feo para nosotros. Me refiero a quienes tenemos más de setenta y cinco años. Dicho esto, también es otra razón para llevar a cabo la misión que me he impuesto. Al ritmo con que nuestro querido sistema está destruyendo el planeta, el calor podría matarme antes que el cáncer. Aunque… He de confesar que cuando Martin, mi médico, me informó hace unos meses de los estragos de la enfermedad, sentí como un puñetazo en el estómago. Setenta y ocho años, más de cincuenta recorriendo el mundo a lo largo y ancho sin un solo tropiezo.
Hasta los resfriados puedo contarlos con los dedos de una mano. Y de repente un cáncer, figúrense.
He sido presuntuoso: como el destino me había tratado muy bien, había imaginado que moriría de viejo en la cama, a ser posible mientras durmiera, sin molestar a nadie, ni a mí mismo. Cambio de planes, pues. Al pobre Martin le temblaba la voz cuando me expuso sus conclusiones. Por motivos evidentes, no nos vemos con frecuencia, pero sé que me aprecia. Aunque cada uno con su estilo, nos parecemos: dos solitarios, dos refugiados voluntarios que huimos de los demás tanto como de nosotros mismos, él en sus quirófanos, yo en las grandes obras en construcción.
- Bueno, Albert, cómo te lo explicaría… mmm… Iré al grano, sí, sin duda es mejor, ¿no? Sobre todo tratándose de ti, que detestas los ambages, los rodeos, las perífrasis… Entonces, bueno… para que me entiendas…
- ¿Es cáncer?
Tiempo atrás, había sentido un extraño dolor en un testículo. Al palparlo, había notado un abultamiento duro. Después, los trastornos
digestivos habían empezado a ser cada vez más frecuentes. Comenzaba a sospecharlo. Hicimos las pruebas. Confirmado: cáncer en el testículo izquierdo. Hasta ahí, estaba tranquilo: ya se sabe que se opera muy bien.
Además, las secuelas, a mi edad…
- Desgraciadamente, hay también metástasis en el pulmón -había añadido Martin bajando el tono-. La situación es…
¿Grave? Bastante. ¿Cómo de bastante? Bastante para que ingreses mañana a primera hora en el hospital.
- Ah.
La ventaja de haber cumplido setenta y ocho años es que no tengo ninguna reunión que cancelar, ninguna firma de contrato que retrasar, ningún accionista al que tranquilizar. Y la ventaja de ser un viejo solterón es que tampoco hay muchas personas a quienes apenar, ni siquiera a quienes avisar. Aun así, telefoneé a Dan. Nos vemos en contadas ocasiones, pero la familia es la familia, ¿no? Se mostró amable… o educado, resulta difícil decirlo. Insistía en ayudarme. Qué proposición superflua: después de setenta y ocho años viviendo solo, uno está organizado.
Tomé la decisión tras unos días de tratamiento y sin entusiasmo. Que yo recuerde, nunca me he sentido unido a mi hermana. De pequeña ya era un ser incapaz de sentir y manifestar ternura. Seca con mi madre, recelosa con mi padre, distante conmigo. Guapa, tan rubia como yo moreno, la piel clara y las extremidades finas, cuando yo tenía espaldas de nadador, piel mate y facciones toscas. Y a pesar de su carácter irritable, fue mimada, agasajada, adorada por mis padres, mientras que yo recibía una educación basada esencialmente en reprimendas y castigos.
A los veintidós años se había casado con un tipo de una fatuidad insoportable que, pese a ello, fue acogido como un héroe: había domado a la fiera. Yo acababa de cumplir veintisiete y su aparición en mi espacio vital supuso para mí la señal de salida.
- Quiero saber la verdad, Martin.
Hablando claro, quiero saber cuándo voy a palmarla. No juegues conmigo a ver cuál de los dos es más listo. Necesito la estimación más precisa posible. Nada de «aproximadamente» ni «más o menos». Recurre a las estadísticas, Martin. Mójate. Yo soy un hombre de números, ya lo sabes.
- Como supondrás, estamos haciendo lo posible -dijo él suspirando hondo-. Sin embargo, la enfermedad nos ha tomado la delantera. Si hubiéramos tenido indicios antes… pero ahora… Albert, cómo te lo diría…
Te propongo que llames a las cosas por su nombre. Debe de ser la palabra metástasis la que se te queda atravesada en la garganta, ¿no, Martin? Nunca he oído a nadie pronunciarla sin bajar la voz, incluidos los médicos. Así que no hay necesidad de circunloquios, la operación de las pelotas era el appetizer, muy bien. Ahora llegamos al plato fuerte. Vamos, adelante, dilo.
- Unos meses. Como máximo un año, siendo optimistas.
Mierda. Es poco, qué narices. Me creía más fuerte. Mi vientre sólo encaja a medias la noticia y se pone a hormiguear.
¿En qué piensa uno cuando le queda un año para hacer funcionar el cerebro, los miembros, el corazón? Yo puedo decírselo, pues ahora lo sé.
Dejemos a un lado la fase de angustia, de rechazo, de negación. Aunque, por supuesto, te angustias, te resistes con uñas y dientes durante un tiempo… tampoco demasiado. Entonces piensas en la huella, te preguntas:
¿Qué voy a dejar? ¿Qué quedará de mí, de mi ser, de mi alma? Presientes que, una vez reducido a cenizas y dispersado a los cuatro vientos, la memoria de los otros puede hacerte vivir, en el mejor de los casos, unos años suplementarios. No te resignas tan fácilmente a desaparecer de la faz de la tierra, así que intentas erigir tu pequeño monumento personal.
Nunca fundé un hogar. Rompí cuidadosamente mis escasas relaciones amorosas por miedo a que me destruyeran antes de tiempo. Me dediqué en cuerpo y alma a mis proyectos como arquitecto y más adelante a mi empresa. Decían que había triunfado, expresión que detestaré hasta mi último suspiro. La verdad es que había aprendido. Había visitado más de cien países, estudiado siete lenguas, leído cientos de libros, conocido a miles de personas. Sin embargo, jamás desapareció una sensación de agujero abierto en el abdomen que se apoderaba de mí sin previo aviso y noche tras noche me dejaba al borde de las lágrimas. Mi nombre figuraba en letras enormes en la fachada de edificios en París, Washington, Madrid y Berlín. También escalaba en neón azul rascacielos de Shanghái, Hong Kong y Tokio. Era conocido, reconocido, apreciado, respetado. Me presentaban
como un erudito, como un espíritu libre e incluso a veces como un ejemplo.
Tenía más condecoraciones que un ministro. Todo en vano: el agujero no se cerraba.
Al poco de casarse, mi hermana Clélia había dado a luz a un niño tan guapo y rubio como ella: Dan, al que mi madre de inmediato quiso con locura. Descanse en paz, pero ese amor me hizo mucho daño. Dicen que el papel de abuelo permite otro punto de vista; en unos años mi madre prodigó a su nieto más ternura y atención de las que me concediera en toda su vida.
Mientras yo ponía todo mi empeño en sacar matrículas de honor para que se sintiera orgullosa de mí, a Dan le bastaba existir para que lo venerara.
¿Podrás ver, mamá, este último gesto que hoy te dedico? En tu nombre, los haré felices: a Dan, a Clélia y hasta al cretino de su marido. Dentro de poco más de dos horas, su vida dará un vuelco. Quienes tan mal han disimulado sus celos y su acritud, lo celebrarán con champán y me besarán como si siempre me hubieran querido. Porque el fruto de mi trabajo durante cincuenta años, de mi sudor, mis obras de arte, cuentas corrientes, muebles e inmuebles, todo será para Dan y Clélia, y por una sola razón: porque tú lo habrías deseado.
Si por lo menos no hiciera tanto calor… Había pensado ir andando hasta el despacho del notario. Quería sentir mis articulaciones, dejar que la planta de los pies se aplastara contra el zapato, contar los pasos, observar las rejas que rodean los troncos de los árboles, ahuyentar a las palomas, levantar los ojos para descubrir alguna maravilla arquitectónica en una fachada cualquiera. Pero el sol se entretenía en secarme los bronquios. Pobre Albert,
¿qué ha sido de tu cuerpo atlético? Hace poco, te complacías en repetir a tus setenta y ocho años series de abdominales a diario. Dos meses más tarde, te quedas sin aliento tras veinte minutos de paseo.
A unos metros de distancia, un taxi esperaba aparcado en la parada.
Estaba de suerte, pues a esta hora normalmente es imposible dar con uno Ubre.
- ¿Adónde va? -refunfuñó el taxista mientras me metía en el coche-. Le guste o no, le advierto que hay zonas donde no pondré las ruedas de mi taxi.
-Lo fulminé con la mirada: no vale la pena gastar saliva, la autoridad no exige ninguna explicación de manual-. Era una manera de hablar -añadió el
hombre, con un deje de inquietud-. Es que desde esta mañana, con este calor y los atascos, sólo he tenido problemas.
Un san Cristóbal con luz intermitente, especialmente feo, se balanceaba colgado del retrovisor. Le di la dirección del notario.
- Eso está hecho -dijo el taxista arrancando.
Lo más doloroso, al fin y al cabo, llegó después de Dan. Cada vez que hablábamos por teléfono, te lamentabas: «¡Tu hermana podría darme una nieta! Todas mis amigas tienen montones de nietos, y yo sólo a Dan.
¿Cuándo va a decidirse?»
Nunca supusiste que yo también pudiera darte esa alegría. Una o dos veces mostraste vagamente tu sorpresa por el hecho de que siguiera soltero, así, sin más. Es verdad que no daba muchos motivos para esperar nada. Aun así, esa indiferencia ingenua me rompió el corazón. Desde que el mundo es mundo, y a juzgar por mis lecturas y experiencias, las madres sólo siguen dos pautas en el trato de sus hijos varones: la fusión, y entonces los miman hasta la asfixia, o la abnegación, y en ese caso los sirven sin límites. ¿Por qué tuve que ser yo la excepción de la regla?
A medida que avanzábamos, la circulación se volvía más fluida: en los barrios elegantes, la muchedumbre no se adentra y raramente hay retenciones. A ese paso, llegaría con una antelación de media hora larga. Y
cuando te queda un año de vida, no malgastas media hora hojeando un diario económico en la sala de espera de un notario.
- Lléveme a L’ Adorée, vamos a hacer una pausa.
- ¿Dónde está?
- Es el salón de té que queda al final de la avenida.
Entre las diferencias horarias, las reuniones interminables, las teleconferencias, las preaperturas de las Bolsas, los consejos de administración y las visitas a las obras, mi cuerpo se había olvidado de los placeres sencillos, como degustar un pastel regado con una copa de champán.
El taxista me dejó ante la puerta de hierro forjado. En el interior, una decena de personas esperaban que las atendieran devorando con los ojos el expositor. Fresa silvestre, chocolate amargo, rosa, pistacho, cien variedades se ofrecían a la glotonería. Vamos, Albert, demuestra originalidad por una
vez: ¡cuando a uno le queda poco tiempo por delante, se vuelve audaz, explora!
- Y usted, caballero, ¿qué tomará?
- Un pastelillo de violeta.
La joven dependienta me entregó mi trofeo.
- ¿Y la señora? -preguntó a continuación.
Detrás de mí, una mujer con traje de chaqueta, pelo recogido en un moño, collar de brillantes y facciones maduras desplegaba una sonrisa glotona.
- De violeta, qué buena idea. Jamás se me habría ocurrido.
- Lo siento, le he servido el último a este señor.
- Vaya… -dijo la mujer-. Para una vez que me lanzo…
- La violeta es más apropiada para una dama -intervine tendiéndole el pastelillo-. Yo tomaré un ópera, señorita.
Me senté junto a la ventana. Fuera, el taxista esperaba apoyado contra el coche, todavía enfurruñado. La mujer salió del salón de té con expresión alegre y agradecida. La vi tirar el envoltorio a una papelera y morder con ganas el pastelillo. Después dobló la esquina y desapareció.
El sabor del chocolate. El burbujeo del champán en la copa. Es el bautizo de Clélia, sólo tengo cinco años. Mamá ha decorado la casa como un castillo de cuento de hadas: la escalera está cubierta de hiedra y azucenas; unos farolillos proyectan en todo el jardín una luz mágica y la cuna de mi hermana destaca sobre una alfombra de plumas de oca inmaculadas, mientras que del techo cuelgan unas guirnaldas de flores de seda realizadas con esmero por mis tías.
Hay bullicio, gritos de alegría, canciones. En el alborozo general, nadie está pendiente de mí. Terriblemente solo, me zampo la mitad de la tarta antes de desmayarme y vomitar, inconsciente, con la cabeza bajo la cuna.
- ¿El señor desea algo más?
- La cuenta, gracias.
Subí de nuevo al taxi. El taxista estaba escuchando una emisora de informativos.
«Dramática explosión en un inmueble situado a orillas del Sena -decía el locutor-. Todavía se desconoce el número exacto de víctimas. Los
equipos de socorro se encuentran en el lugar de los hechos, así como la policía, que ha iniciado las primeras investigaciones para determinar la causa del siniestro.»
- Estamos apañados -comentó el conductor-. Otro atentado de los árabes.
«Mucho más afortunado ha sido un hombre que se ha tirado a las vías en el metro de París y sólo ha sufrido fracturas leves», prosiguió la voz.
- ¡Bah…! Si en lugar de tirarse se pega un tiro, no hay milagro que valga, se lo aseguro.
«El tiempo: Podrían producirse tormentas al final del día, acompañadas de fuertes lluvias.»
- Déjeme aquí -le ordené al taxista antes de que le diera tiempo a añadir otro comentario sutil.
Se había levantado una ligera brisa que volvía el aire respirable.
Terminé el trayecto a pie sin dificultad, contento de estar un momento solo.
En la calle, sombreada por árboles centenarios y flanqueada por inmuebles señoriales, reinaba una calma total. Allí la vida debía de ser de una tranquilidad desesperante, animada como mucho por el paso de colegiales bien educados peleándose por la merienda, o por los ladridos de esos perros en miniatura que tanto gustan a la cuarta edad acomodada. En resumen, el marco perfecto para el despacho de un notario.
No tuve que llamar abajo, pues la puerta estaba entreabierta. En el interior reinaba una actividad intensa que contrastaba con la inmovilidad exterior. Varios pasantes iban apresuradamente de un lado a otro cargados de expedientes, con los ojos fijos en la punta de sus zapatos, en un silencio extraño. El grosor de la moqueta, los cortinajes, la discreción de los timbres de teléfono, todo parecía calculado para evitar el menor ruido. De pronto me sentí incómodo.
- Espere en la sala -sugirió una de las recepcionistas-. El señor Jambert va con unos minutos de retraso.
Me dirigí hacia la doble puerta blanca. En el momento que iba a empujarla, oí la voz aguda de Clélia.
- Lástima que papá y mamá ya no estén en este mundo -decía-. Esto los habría reconfortado.
¿Era posible que por fin compartiéramos una opinión?
- No vendas la piel del oso antes de haberlo matado -oí decir a Dan-. No estamos seguros de nada.
- ¿Por qué, si no, nos habría convocado aquí? De todas formas, sólo nos tiene a nosotros.
- Nunca hemos estado unidos -añadió Dan-. En particular vosotros dos.
- Lógico -repuso Clélia.
- En cualquier caso, nos ha tocado la lotería -intervino de pronto mi cuñado con su voz de falsete-. ¿Te imaginas si tus padres hubieran escogido a otro? Al de la cuna de al lado…
Retrocedí un paso, de forma instintiva. Pero un paso más o menos no cambiaba nada, ya que oía perfectamente.
- Yo conozco a unos -dijo Dan- que se dieron cuenta al cabo de dos meses de que el crío que les habían endosado era trisómico. Por suerte, sucedió en el extranjero y pudieron devolverlo. Es terrible confesarlo, pero no seamos hipócritas, yo habría hecho lo mismo en su lugar.
Notaba una opresión en el pecho. Inspira, Albert.
Esas miradas de mi madre… ¿Mi madre?
Recuerdo frases olvidadas: «No sabes la suerte que tienes», «Los hay desagradecidos».
Un vacío en el vientre.
A pocas personas les comunican dos veces en una misma vida la muerte de sus padres. Pues mira, te ha tocado.
Inspira de nuevo, Albert. No vas a palmarla ahora, ¿no? ¡Seguro que tienes algo mejor que hacer, compañero! Hace diez minutos te sentías solo en el mundo; ahora sabes que lo estás. Los parámetros acaban de cambiar.
- Bueno -dijo mi cuñado-, ¿qué puñetas hace Santa Claus? ¿Quiere prolongar el suspense o qué?
Entré.
- Hola a todos. Me alegro mucho de veros.
OceanofPDF.com