Divina Providencia

Valerie Tong Cuong · Capítulo 5 de 13

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Divina Providencia

Goodbye Marylou

Todos hablan de la explosión. Mi mente se esfuerza, trata de distinguir las palabras, lucha contra ese soplo que me aturde, ese viento que aúlla bajo mi cráneo. Intento con todas mis fuerzas reconstruir el instante en que se produjo. Estaba en el ascensor, pulsé el botón y… ¡pum! Sé perfectamente que no hay ninguna relación posible, mi dedo no tiene ese poder. De lo contrario, sin duda hace mucho tiempo que habría hecho saltar por los aires al señor Farkas.

Pillo retazos de conversación. Diecisiete muertos, once heridos. «Por ahora», ha precisado una enfermera. Son casos graves, pronóstico reservado, así que ocupan todos los quirófanos. En lo que a mí respecta, nada digno de mención salvo ese ruido persistente que me aturde: después de una serie de pruebas, me han trasladado a la gran sala de urgencias, en compañía de otros pacientes que no son víctimas de la explosión.

De repente pienso: es la primera vez que puedo sacar provecho de algo.

El último mono, el cero a la izquierda ha salido bien de ésta. Hace apenas dos horas, estaba en el fondo del agujero. Ahora, en el candelero. Me ha salvado un milagro: aquí nadie es consciente todavía, pero Paulo lo celebrará muy pronto conmigo.

Todavía no ha llegado mi muchachito. He pedido que lo avisen, a él y a Nadège, para que lo acompañe. Habría preferido verlo en casa, pero el médico ha dicho que no saldré esta noche, quiere tenerme en observación, nunca se sabe, no olvidemos que he tenido una conmoción. Así que me pongo a esperar.

De cuando en cuando, desde donde estoy veo pasar una camilla. A veces, de una de ellas cuelga una mano inerte. Imagino a uno de mis antiguos compañeros bajo la sábana, sobre todo a la directora general, esa víbora supermaquillada. ¿Qué pinta tendrá después de algo así? Me avergüenzo de este pensamiento, la víbora meando sangre, pero es más fuerte que yo, necesito encontrar una lógica, una forma de justicia divina.

Los malos y los colaboracionistas son castigados, los últimos serán los primeros: no es fruto del azar.

- ¿Usted cree que ha sido Al Qaeda? -pregunta una voz bellamente modulada.

A mi izquierda, hay un hombre trajeado tendido en una camilla. Un poco más allá se encuentra una mujer con traje de chaqueta, el pelo muy estirado recogido en un moño y un magnífico collar de brillantes, demasiado bonito para ser bisutería. Es ella, sentada en una silla de ruedas y más tiesa que una reina en su trono, la que ha hablado.

- Ha sido provocado, pero según los primeros indicios no tiene nada que ver con los islamistas -responde el hombre.

- ¿Cómo lo sabe? -replica la mujer.

- Lo han dicho en la radio. El joven interno me ha puesto al corriente.

De todas formas, un edificio de oficinas, y encima en uno de los barrios elegantes, no es su estilo.

- Islamistas o no, el resultado es el mismo -prosigue la mujer, irritada-.

¡Ya no sé ni el tiempo que llevo esperando que me atiendan! Podría irme, el tratamiento ha surtido efecto, pero no hay ningún médico libre para firmarme el alta. -Suspira-. Hay que fastidiarse. Justo el día que vengo yo a urgencias. En fin, no me quejo, entiéndame, me refiero a que habría podido pasar ayer o mañana, pero no, ha tenido que ocurrir hoy, como si yo no tuviera otra cosa que hacer.

- El destino es caprichoso -contesta el hombre, pensativo-. Y además, le encantan las cadenas de desgracias -añade, haciendo una mueca de dolor y dejando escapar un gemido.

- ¿Se encuentra mal? -intervengo.

- Para ser sincero, estoy empezando a pasarlas canutas -responde, respirando hondo-. Le he pedido un analgésico al tipo que me trajo aquí,

pero parece que no tiene intención de hacerme caso.

Es bastante mayor, un hombre atractivo de facciones finas, regulares, y tez mate, con algunas salpicaduras de sangre en la cara.

- Llevo unas pastillas en el bolso. Paracetamol, eso no podrá hacerle daño. Voy a pedir que me lo traigan.

- ¡Bah!… -dice la mujer-. Si cree que van a tomarse la molestia de traerle sus cosas…

- Yo creo que sí.

Sí, lo harán. Porque esta tarde algo ha cambiado: soy la única superviviente. Cinco participantes en la reunión y veintidós empleados de la empresa, más el señor Farkas, las cuentas cuadran: veintiocho muertos o heridos graves. Una planta entera borrada del mapa. Yo soy la única que se ha salvado. El comodín, el número complementario. Hubo esos atascos monstruosos, me bajé del taxi, cogí el metro y éste es el resultado. No te darán la patada, Marylou, no, tú sigues en tu puesto, es a los demás a quienes se la han dado, a quienes han quitado de en medio, a quienes han machacado.

Se me acelera el corazón y le suplico que se calme. Pero ¿cómo es posible tranquilizarse cuando uno se siente por fin vivo? Los malos recuerdos afluyen como si hubiera llegado la hora de extirparlos de mi memoria y afrontarlos; el miedo, mis miedos me abandonan, renuncian, abdican, me he vuelto invulnerable.

- Si usted lo dice… -concluye, sin convicción, la mujer.

Aquél no encajaba en la idea que yo tenía de los hospitales. Nunca me pongo enferma y -crucemos los dedos- Paulo tampoco. Lo peor que hemos pasado juntos fue una varicela de aúpa cuando tenía seis años. Comprendió muy pronto que estar enfermo es un lujo de ricos. No me refiero a las enfermedades graves, pues ésas, por lo que sé, están bastante bien repartidas, sino a las otras, los virus invernales, los lumbagos, las afecciones menores, que te dejan hecha polvo y pueden costarte caras, en el mejor de los casos una fortuna en tratamientos, en el peor, el empleo si no te recuperas lo bastante deprisa.

Había hablado con mi hijo el día que empezó a ir a preescolar: Mira, Paulo, no puedo contar con nadie que se ocupe de ti si caes enfermo, así que

vas a tener que colaborar. Queda terminantemente prohibido olvidarse la bufanda y las manoplas en invierno. Queda prohibido quitarse el abrigo después de practicar deporte. Queda prohibido compartir la cantimplora con los compañeros. Zumo de naranja natural y cucharada de miel todas las mañanas, sopa de verduras por la noche obligatoria. ¡Rompan filas!

Así que del hospital sólo conocía realmente la maternidad. Había estado unos días después de dar a luz. Paulo, dispuesto ya a ayudar, había nacido rápido y bien un 10 de junio a las tres y veinticinco de la tarde. Primer baño, primeros cuidados, aprender a darle el pecho, consultar al pediatra, y enseguida fuera. Paulo y yo habíamos salido a la hora de comer, con su cabecita apoyada en mi hombro, exactamente en el lugar adecuado… listo para hacerme olvidar la pena.

En esa época yo era guapa: la felicidad favorece. Quería, me querían, la vida era sencilla, sobria, magnífica: él se encontraba a mi lado… todavía hoy soy incapaz de pronunciar su nombre.

Recuerdo que cuando estaba embarazada se volvían para mirarme. No importaban los muslos gruesos, las nalgas demasiado voluminosas, los brazos rollizos. Las miradas se desplazaban de mi barriga abultada a mi sonrisa beatífica y se iluminaban por contagio.

Una mañana, la frecuencia de las contracciones había aumentado de repente. Después de haber comprobado que no faltaba nada en la maleta, había telefoneado al padre de Paulo con el corazón palpitante.

- Ha llegado el momento, ¿eh? -dijo-. ¿Estás segura?

Esperaba que viniera a casa a recogerme. Me parecía romántico despedirnos juntos de nuestra vida sin hijos. El se había negado amablemente.

- No me esperes. Tengo que terminar un trabajo. No tardo nada, pero por seguridad prefiero que salgas ya. -Me sentí decepcionada e insistí, en vano-. Es el primero, pasarán horas antes de que des a luz. Me reuniré contigo en el hospital mucho antes de que nazca.

Era mecánico, el mejor y, sobre todo, el más guapo del taller, del barrio, de la ciudad. Pelo negro, ojos azul intenso, cejas pobladas, cuerpo de estatua griega: según los rumores, su físico tenía que ver con el éxito del establecimiento. Era el más solicitado, el más mimado. Corría de un coche a

otro, hacía el trabajo de cuatro, hasta tarde, a veces incluso trabajaba toda la noche. Volvía a casa agotado y dejaba los billetes en la mesa del salón.

- ¡Ingresos extra! -anunciaba.

Algunos meses doblaba el sueldo. Eso me había animado; vivíamos juntos desde hacía dos años, me sentía preparada. El no.

- Imagínatelo, tendríamos un niño, se parecería a ti…

- No quiero hijos. Quiero disfrutar de la vida contigo. Nos lo merecemos, ¿no?

Era verdad: las habíamos pasado moradas. Hasta esos últimos meses y ese nuevo empleo, habíamos vivido los dos con mi salario mínimo. Nos privábamos de todo. Pasábamos los domingos ante el televisor para evitar salir y gastar. A mí no me importaba. Le decía: lo más importante es el amor. El contestaba: lo más importante es la libertad, y la libertad sin dinero es un coche sin ruedas.

Soñaba con vivir aventuras, con recorrer el mundo. Quería cruzar el desierto de Nevada, navegar por las islas Galápagos. Escalar el Himalaya.

- Marylou, nosotros dos en el techo del mundo, reconoce que sería una pasada…

Cuando le oía soñar lo imposible se me hacía un nudo en el estómago.

Nuestro pisito me bastaba. Pero él estaba decidido. Estudiaba las ofertas de trabajo en el periódico, pateaba las calles, preguntaba a los comerciantes.

Saldría adelante, le aseguraba a quien quisiera escucharlo. Su condición de huérfano ex hijo de la miseria no lo impediría: sólo era una cuestión de tiempo.

Lo había conseguido. A fuerza de tesón, sin títulos ni referencias. El dueño del taller lo había cogido a prueba veinticuatro horas: no hacía falta más para convencerse.

- ¡Me han contratado! ¡Empiezo mañana! ¡Sí, señora, y con las felicitaciones de la casa! -exclamó una noche, con una botella de vino espumoso en la mano y una sonrisa triunfal.

Sus proyectos se habían ampliado. Todos los meses metía dinero en una cuenta bloqueada. Noche tras noche, inclinado sobre la mesa de la cocina, dibujaba en un mapamundi recorridos multicolores cada vez más complicados.

- Empezaremos por los desiertos. Quiero escuchar el silencio.

Me quedé embarazada por accidente, seis meses después de haber firmado el contrato. Cuando se enteró de la noticia, me besó en la frente, guardó los lápices y dobló el mapa. Después permaneció un buen rato ante la ventana, mirando el horizonte. Yo temblaba de miedo. Le prometí que seríamos felices. Le pedí que tuviera confianza. El asintió con la cabeza.

Durante las semanas siguientes se mostró tierno, atento. Traía fruta, caramelos, flores. Dejé de temblar.

Hacia las dos y media, aquel 10 de junio, las contracciones se habían vuelto insoportables. La comadrona se disculpó: todos los anestesistas estaban ocupados. A duras penas oía su voz; de la anestesia podía prescindir, pero ¿de él, de mi amor, de mi otra mitad, de mi vida? Miraba la puerta del paritorio, me dirigía a Paulo: Espera, bebé, tu padre está en camino. Pero la comadrona no opinaba lo mismo: ¡Vamos, señora, empuje, ya veo al niño, está preparado, hay que ayudarlo a salir, respire hondo, empuje!

Una enfermera miró su reloj mientras Paulo profería su primer grito.

Las tres y veinticinco. Un bebé magnífico, señora, puede estar orgullosa. Ni una arruguita, el peso ideal, los centímetros adecuados: simplemente perfecto.

Te lo suplico, abre esa puerta, aparece ahora, por favor, estamos esperándote, sólo te esperamos a ti, el resto del mundo nos tiene sin cuidado, Paulo se te parece, te lo había dicho, la nariz fina pero no demasiado, los labios carnosos, los asombrosos hoyuelos, la carne de tu carne adorada.

Entró otra enfermera con un sobre. Y enseguida comprendí, por supuesto.

- Es para usted, un mensaje del papá -dijo con una sonrisa cómplice.

El corazón se me encogió tanto que grité.

- ¿Le duele? No se preocupe -dijo la comadrona-. Todo está en orden, lo he comprobado, relájese, lea la carta.

La carta.

Es cuanto me queda de ti. Tres palabras y una coma: «Perdona, y ánimo.»

Apreté el papel tan fuerte que la huella se me quedó grabada en la palma hasta la noche.

De repente cesaron los ruidos en el paritorio. La comadrona se sentó a mi lado, en la cama, me cogió la mano entre las suyas, trató de hallar las palabras apropiadas.

Un frío que dura una eternidad. Mis venas azules revientan mi piel, mis ojos. «Perdona, y ánimo.» ¿Por qué esa coma? Ánimo, Marylou. Un bebé perfecto. Estréchelo contra usted, señora, es fundamental, piel contra piel, ya verá, eso es lo que cuenta, mire qué fuerte es, un niño rebosante de salud, será el rey de la maternidad.

Hacer acopio de fuerzas. Imaginar que un día conseguirás vivir sin esa sensación de no ser más que un fragmento de ti misma. Fuerzas para mentirse, repetirse que tú, Paulo, eres lo más importante de mi vida, el único ser que cuenta; a fuerza de decirlo una y otra vez acabará por ser verdad.

Y hasta entonces, resistir.

Había cogido todas sus cosas. Incluso se había llevado su ropa sucia.

Las fotos de nosotros dos colgadas de la pared habían desaparecido. Había limpiado el lavabo y la bañera, cambiado las sábanas. Ni un pelo suyo. En el taller dijeron que no sabían nada, no había avisado de su marcha.

Me afeé enseguida. Mejillas hundidas, piel mortecina. Me maquillaba para disimularlo, pero no engañaba a nadie. Miradas contritas a mi paso.

Notas compasivas en el buzón.

Resistir.

Le cantaba nanas a Paulo con un ansiolítico en el estómago, nos dormíamos juntos en mi cama. Piel contra piel: salvar eso. Al mes siguiente decidí mudarme. Nos instalamos en otro barrio de la periferia, con los mismos edificios grises cubiertos de grafitos, los mismos supermercados, las mismas marquesinas con los cristales agrietados de las paradas de autobús. Idénticos vecinos o casi, aunque con una ventaja considerable: no sabían nada de mi pasado y les importaba un pimiento. A Paulo le conté que su padre era alpinista y había desaparecido en la ascensión de la cara norte del Everest. Habría sido preferible decirle que había muerto, pero no fui capaz de pronunciar la palabra. Un error.

- Si ha desaparecido, podemos encontrarlo.

- Verás, Paulo, la última persona que se cruzó con él lo hizo a siete mil setecientos metros de altitud, en un momento en que las condiciones meteorológicas se estaban poniendo terribles.

- Razón de más. Si esa última persona sobrevivió, ¿por qué no él?

Una tarde, hacia las cinco, Paulo está en clase de cuarto de primaria y recibo una llamada de la psicóloga del colegio. Señora, le aseguro que siento mucho tener que abordar este tema, su hijo me ha contado lo de la tragedia en la montaña. Terrible, pero, en fin, regla número uno: no hay que dejar que un niño imagine lo imposible. Su padre no volverá, ¿verdad?

- No volverá, no.

Bien, entonces tiene que saber la verdad. Paulo cree que un ser humano puede sobrevivir nueve años en una falla. Que quizá su padre haya descubierto un mundo paralelo. Que en la leyenda del Yeti hay forzosamente algo de cierto. Aún peor: que el calentamiento del planeta y la fundición del hielo podrían reservarnos un milagro. Perdone que me exprese con crudeza, señora: es hora de que asuma sus responsabilidades.

El día que cumplió diez años, se lo conté.

- Lo sospechaba -contestó Paulo.

Acordamos que no volveríamos a hablar del tema, o por lo menos hasta que pasara mucho tiempo, para evitar hacernos daño.

- ¡Mamá!

Está ahí, en el umbral de la puerta. Sonríe. Nadège le rodea los hombros con un brazo. Lleva pantalones cortos, una camiseta y el pelo revuelto. Ella se ha puesto un traje de chaqueta de pata de gallo con un gran broche dorado en forma de flor y una cinta gris en el pelo: a duras penas la reconozco. Jamás la he visto más que con jersey o blusa, y el pelo recogido en una coleta.

- Todavía no me he muerto, no hacía falta que te vistieras de ceremonia

-intento bromear.

Ella frunce el entrecejo y trata de responder, pero es demasiado tarde: Paulo se ha precipitado en mis brazos.

- ¿Qué tienes?

- Nada grave, estoy bien.

- Mami, qué miedo has debido de pasar…

Lo abrazo con fuerza. Una vez más, descubro lo agradable y bueno que es tenerte, Paulo. Una vez más, el tiempo se detiene y mi corazón se reconforta.

- Tiene un hijo muy guapo -dice el hombre de al lado.

- ¿Usted también estaba allí? -preguntó Paulo.

- No, qué va, lo mío ha sido mucho más tonto, me he caído de la bicicleta. Seguro que eso no le pasaría a un chico como tú.

- Todo esto es horrible -interrumpe Nadège-. Ya ves, Marylou, tenías razón. Tu jefe no era trigo limpio. Si no, ¿por qué iban a ponerle un bomba, eh? -Me coge la mano-. De todas formas, eres una mujer con suerte.

Es una síntesis sorprendente de mi vida, pero lo reconozco: hay materia para reflexionar.

- Paulo, ve a buscar mis cosas, por favor, necesito el bolso. Trae también una botella de agua de la máquina.

- Voy, mamá.

- Es un día extraño -comenta Nadège, pensativa-. Aunque no he leído nada de particular en los horóscopos…

- Un periodista pregunta si puede hablar contigo -me dice Paulo cuando vuelve, con la espalda ladeada por el peso de mi bolso-. Está con un cámara.

- Qué alucinante -exclama Nadège-. ¡Vas a salir en la tele!

- Me extrañaría. Yo estaba en el ascensor, no he visto nada. Se han equivocado de persona.

- ¿Está de broma? -interviene el hombre trajeado-. Usted es la única en condiciones de hablar. No la dejarán escapar. Con tantas víctimas, la audiencia está asegurada.

- No es muy fuerte, pero si puede aliviarle… -digo tendiéndole una pastilla y la botella de agua.

- Gracias. Ver que alguien se preocupa por mí ya hace que me sienta mejor.

- ¿Qué le contesto al periodista, mamá? -insiste Paulo-. La enfermera dice que eres tú quien ha de decidirlo, si te sientes capaz.

- Diles que estoy cansada.

Una auxiliar entra en la sala y se dirige hacia la mujer de la silla de ruedas.

- Va a examinarla un médico. Después podrá marcharse.

- Ya era hora -replica la mujer-. Si tuviera que facturar el tiempo de espera con mi tarifa horaria, el hospital se arruinaría. -Se vuelve hacia nosotros y hace un leve gesto de despedida mientras la auxiliar la empuja hacia la puerta.

- Por cierto, ¿a qué se dedicaba esa empresa? -pregunta el hombre trajeado, incorporándose para tomar la pastilla.

- Montar sociedades, comprar y vender empresas… Yo sólo era secretaria.

- Secretaria de dirección -cree oportuno rectificar Nadège-. Trabajaba como cuatro, pero le pagaban como a una becaria. Lo típico.

Paulo se estremece. Fulmino a Nadège con la mirada y ella se acurruca.

- No hay nada más valioso que una buena secretaria -observa el hombre-. Es el puesto de trabajo que resulta más difícil cubrir. Puedes estar orgulloso de tu madre, Paulo… ¿Me permites que te llame por tu nombre?

Yo soy Tom -se presenta; habla cada vez más despacio, como si cada palabra le exigiera un renovado esfuerzo.

- Tom es nombre de héroe -afirma Paulo.

- ¿Ah, sí? -dice, sorprendido, el hombre-. Pero si es muy corriente. No sé qué te hace pensar algo así.

- Pues Tom Joad -contesta Paulo encogiéndose de hombros, como si se tratara de una evidencia.

- ¿Tom qué? -pregunta Nadège, frunciendo el entrecejo-. Yo conozco a Tom Cruise, pero a ese otro nunca lo he oído nombrar.

- Yo tampoco -coincide el hombre, sonriendo-. ¿Es un personaje de manga? ¿De un videojuego? ¿Un jugador de baloncesto?

- No, no… -murmura Paulo con expresión contrariada-. Es el protagonista de Las uvas de la ira.

- Las uvas de la ira… -repite el hombre sobresaltándose-. Pero ¿qué edad tienes, Paulo? ¿Once años, doce? ¿Y lees a Steinbeck?

Mis pulmones se hinchan de orgullo. Pues sí, mi Paulo lee. A Steinbeck, a Hugo, a Baudelaire, a Rimbaud, a Roman Gary y a un montón más cuyo

nombre he olvidado. Todas las noches, incluso después del apagado oficial de las luces. El finge creer que no veo el resplandor de la linterna bajo las sábanas, y yo finjo creer que duerme plácidamente.

Los viernes va a la biblioteca y vuelve con dos o tres libros que devora durante el fin de semana. Ha intentado convertirme, pero la lectura no es lo mío. Con mi historia tengo bastante, no me quedan fuerzas para meterme en las de otros.

El hombre sonríe con expresión afectuosa y dolida a la vez.

- ¿Sabe qué? Este niño es… -No termina la frase. De repente palidece y su cabeza cae hacia atrás: ha perdido el conocimiento.

No puedo contener un grito.

- No te preocupes, mamá -dice Paulo, como si el asunto fuera responsabilidad suya-. Voy a buscar a alguien.

Nadège se apoya contra la pared descolorida con los ojos muy abiertos.

- Joder! ¡Espero que no la diñe delante de nosotros!

- Tenías razón -concluyo-. Hoy es un día realmente extraño.

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