Divina Providencia
Ground Control to Major Tom
La contemplé un momento. Estaba en una postura rara… aunque ¿no era una persona realmente rara?
Torso boca abajo, caderas de lado, una pierna estirada y la otra doblada.
La piel mate contra las sábanas marfil, el pelo corto revuelto en la nuca, los dedos delgados con las uñas cortas, cuadradas, los hombros en forma de T: una obra de arte.
- Me voy, Libby.
Ella suspiró.
- Pues venga, menos hablar y más hacer, que todavía llegarás tarde -dijo en un tono frío, casi de desprecio. Siempre se muestra despreciativa después del amor, como si se odiara por ser lo que es. Yo he acabado por acostumbrarme. Sé que me quiere. Es rara, y punto.
- ¿Quieres que cenemos juntos esta noche?
- No me apetece salir. Además, tengo trabajo. Quizá mañana.
Se levantó con un movimiento brusco, sin duda para invitarme a que me moviera también. Se dirigió hacia la cocina. La oí servirse un café, abrir el frigorífico. Salió con una manzana en la mano. Al pasar delante de mí, le dio un gran mordisco sin dirigirme una sola mirada. Noté que yo ya no existía. Me reincorporaría a su vida más tarde, cuando ella lo decidiera.
Mientras tanto, seguramente escribiría un artículo, vería una película, holgazanearía.
Me encantaba imaginarla sola, ante el ordenador, con un cigarrillo en la mano, todavía medio desnuda. Venga, vete, Tom. Sabes que de lo contrario esto acabará mal. Se volverá y te dirigirá una palabra mordaz, una palabra
dardo. Por supuesto, diez minutos después dejará un mensaje en tu teléfono, un poema, de una sutileza tan maravillosa que te hará tambalear. Esa es su especialidad: borrar. Borra las mentiras, las maldades, los malos recuerdos, le basta una frase. Esa es Libby: empieza por matar y luego resucita a su víctima con un simple borrado. Es todopoderosa. La adoro.
Cerré la puerta con delicadeza por si se había sumido ya en sus pensamientos. Al bajar la escalera, pensé en las flores que iba a mandarle.
Todavía es época de girasoles, en la floristería de al lado de la facultad hay unos espléndidos en el escaparate. Encargaré dos ramos, o mejor tres: detesta las cifras pares, le parecen planas y aburridas. Tres ramos, entonces.
Diez girasoles en cada uno, para iluminar su tarde. Escribiré una nota:
«Iluminas mi vida, Libby.» Sí, lo sé, es un lugar común por excelencia, mi poesía se queda estancada en la orilla, no poseo su estilo ni talento, el vuelo de su pluma ligera y ácida, maravillosa, deslumbrante, pero da igual: conoce la intensidad del amor que le profeso, mi Libby, mi adorada.
Llegaré tarde a la facultad. Bueno, ¿y qué? Soy el profesor. Que los alumnos esperen. Además, eso los alegrará, incluso desearán que no me presente. ¿A cuántos de esos mocosos les interesan de verdad mis clases?
¿A un puñado? La mayoría se pasa el tiempo charlando. Arman tanto jaleo que a veces me cuesta oírme en el anfiteatro, pero lo cierto es que me da absolutamente igual. Que hablen, que canten, que bailen durante mis clases.
Acepté el puesto porque resultaba halagador para mi amor propio, no por vocación. Me gustaba ver mi nombre asociado a una universidad prestigiosa. Y además, pensé en Libby: el nombramiento constituía la prueba irrefutable de que era un intelectual, y no sólo un tipo que ganaba dinero produciendo películas.
«Buena jugada -había dicho Libby al enterarse de la noticia-. A partir de ahora te acercas a pasos agigantados a la condecoración.»
Soy un hombre honrado: al aceptar el cargo, asumí las obligaciones que implicaba. Trabajé los temas, preparé mis intervenciones minuciosamente.
He publicado en revistas especializadas y participado en varios coloquios con títulos eruditos. En resumen, he llegado a ser alguien. Ahora aparezco en el Who's Who y soy un hombre respetado, si no respetable. Un buen partido, en definitiva: apenas cincuenta y siete años, bastante buen aspecto,
divorciado, un hijo mayor, rico aunque no tanto como antes (aquello explica esto), pero lo suficiente para llevar a Libby a pasar el fin de semana a las Maldivas sin pensárselo dos veces. Soy solvente desde todos los puntos de vista, un productor influyente, a quien invitan todas las noches a cenas mundanas y cercano al gabinete del ministro. A Libby le encanta. Hace cálculos.
- ¿De verdad no puedes ayudarme? ¡No debe de ser tan complicado comentárselo al ministro! Caballera de las Artes y las Letras, con eso me conformaría. ¡Cuando pienso que esa arpía rubia de la tele no ha tenido más que chasquear los dedos para que se la den! Si basta con comentar tres películas de arte y ensayo en una cadena desconocida…
- Esa arpía, como tú la llamas, ha escrito varias obras de teatro y publicado un estudio muy bueno sobre la Nouvelle Vague.
- No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Te gustaría acostarte con ella o qué?
No sé qué es lo que Libby prefiere de mí, si mi agenda, mi cuenta corriente o el amor infinito que siento por ella.
Me repite a menudo que le soy indispensable, sin precisar en calidad de qué. Prudente por naturaleza, me guardo mucho de preguntar el motivo.
La portera me ha sonreído al verme. También le convengo. Para asegurarme su total colaboración, cada vez que voy a casa de Libby le doy una buena propina. Como la visito día sí y día no, represento la mayor parte de sus ingresos. Pero no es una mujer ingrata. Pone mucho de su parte en nuestra relación, se emplea a fondo. Guiños, palabras amables, pequeños favores a discreción. Sube los ramos de flores a cualquier hora. Mete los sobres por debajo de la puerta. Enfría el champán y lo deposita a la temperatura adecuada ante la puerta de Libby cuando ésta vuelve de un viaje, una entrevista, un programa. Puedo encargarle cosas las veinticuatro horas del día. Si es preciso, pone a trabajar a su marido; por ejemplo, para transportar un mueble antiguo que Libby ha visto en un anticuario. Como guinda, me vigila la bicicleta. Me han robado dos en tres semanas justo debajo de mi casa, lo que es inimaginable delante de la de Libby: mi portera favorita la vigila más atentamente que un guardia de seguridad un furgón blindado cargado de dinero.
«No se moleste en atarla, señor Tom, no le quitaré el ojo de encima.»
No sale de su asombro de verme pedalear vestido con traje, pero no hace el menor comentario, es muy lista. Sin embargo, no hay más que ver su expresión intrigada cuando monto en la bici. Ah, estaba más tranquila antes, cuando aparcaba mi deportivo delante de la puerta. Aquello casaba más con el personaje. Pero resulta que hace un mes se despertó mi conciencia ciudadana. Dos ruedas, impulso, muslos apretados, torso erguido y sanseacabó.
La portera quedó desconcertada, Libby se puso a aplaudir como una niña: «Fantástico, Tom. Es muy sexy.»
Me suplicó riendo que me pusiera unas mallas de ciclista debajo de los pantalones, así que obedecí. Siempre que nos citamos, me atavío como un corredor, enfundado en mi culotte malva; fue ella quien eligió el color.
¿Quién va a sospecharlo? Es uno de nuestros pequeños secretos; éste forma parte de los más placenteros. Con los muslos comprimidos y Le Monde hábilmente metido bajo el brazo, pillo de reojo mi reflejo en los escaparates y me encuentro bastante elegante.
- Que tenga una buena tarde -dijo la portera mientras yo le daba a los pedales.
Un coche pasó en tromba -y eso que la calle era estrecha-, con las ventanillas bajadas y la música a todo volumen. Todo mi cuerpo se estremeció. Mi camisa se empapó de sudor mientras mis pulmones se llenaban de un oxígeno ardiente. Entonces pensé en Libby, que vivía desde principios de verano con los estores bajados, en penumbra, organizando metódicamente la circulación del aire de una habitación a otra. Obsesionada por la oscuridad.
Cuando dormía en su casa, a veces abría las ventanas al amanecer para dar paso al sol naciente.
- Cierra eso, es insoportable -decía ella, que despertaba en el acto.
- Eres un vampiro asqueroso, pero te quiero con locura.
- Calla, estoy durmiendo.
Necesitaré veinte minutos para llegar a la facultad, contando la parada en la floristería. A no ser que deje lo de las flores para mañana. Pensándolo bien, quizá sería más razonable. Porque mañana le tengo preparada una
gran sorpresa y esos girasoles podrían embellecer la escena. Sí, iré al amanecer con un bonito termo de plata maciza, una baguette recién horneada, mermelada de guindas artesana y un trozo de mantequilla fresca.
Hasta ahí, nada extraordinario: le llevo el desayuno dos o tres veces a la semana. Primero cogeré en la cocina su taza preferida, la servilleta de lino bordada y el azucarero de porcelana. Después colocaré la sorpresa y serviré el té en la taza. Cuando todo esté preparado, me sentaré a su lado. Me inclinaré sobre su cara y le soplaré en el oído. Ella se incorporará ligeramente apoyándose en un codo, arrugará la nariz y gruñirá:
«¿Ya? ¡Es prontísimo, Tom, no he dormido casi nada!»
Le acariciaré la nuca sin contestar. Entonces se colocará las almohadas alrededor y buscará la mejor postura para desayunar. Acercaré la bandeja para que no tenga que estirar el brazo. Levantará la tapa del azucarero y en ese momento la verá, suntuosa entre los cristales blancos. Abrirá los ojos con estupor… ya imagino su sonrisa excitada. ¿Conseguirá la Reina de la Réplica encontrar la palabra idónea? Apuesto a que no. Mi Libby besará la lona. Noqueada. Juego, set y partido a favor de Tom. Semejante maravilla sólo admitirá un silencio asombrado.
He elegido el anillo yo mismo. Habría podido pedir ayuda a una amiga, pero éstas detestan a Libby, así que no, gracias. Además, por encima de cierta cifra en la cuenta corriente, uno nunca está realmente solo en la place Vendôme. He invertido tiempo y dinero; resultado: es sublime. Mejor aún: principesco. A la dependienta de la joyería le temblaban las manos. No todos los días se ve desaparecer de golpe tantos quilates. Pero nada es demasiado bello ni demasiado disparatado ni demasiado caro para ti, Libby.
Esta vez no tendrás absolutamente ningún motivo para evocar a mis ex. Se acabaron los comentarios acres sobre mis amores pasados. Habrás de reconocer que eres la única mujer de mi vida, puesto que tienes delante la prueba: te pido la mano, corazón mío, y firmo con mi sangre. De ti, Libby, nunca me divorciaré, porque eres mi luz negra, mi excepción, la que suprime de golpe a las demás.
La calle desembocaba en una arteria ancha y de mucho tráfico. Los conductores, exasperados por el calor, avanzaban en desorden exponiéndose a chocar mientras el concierto caótico de los cláxones se sumaba al frenesí
ambiental. Me divertía adelantar a los grandes coches pedaleando. Me volvía para observar a los prisioneros de la circulación y saboreaba sus expresiones ceñudas. ¡Vamos, Tom, más deprisa, fuerza en esas pantorrillas, deja que pase el aire bajo la camisa, disfruta de tu libertad, corre!
Debía de circular a veinte, quizá a veinticinco kilómetros por hora cuando ocurrió. Todo sucedió muy deprisa, en una fracción de segundo. Oí un chillido agudo, luego apareció aquella imagen de cabello rubio, el suelo que se acercaba, el ruido del metal al doblarse, la sensación de mi cuerpo al rebotar, el manillar hincado en el vientre, el choque de la cabeza contra el asfalto. Por un instante tuve miedo. Pensé que iba a acabar como un gilipollas la víspera del día más importante de mi vida. Palmarla mientras circulaba en bicicleta por una acera, ¿cabe imaginar una situación más pasada de moda? Dios mío, Libby. Iba a cubrirla de oprobio.
- Tom se ha matado en un accidente.
- ¡Pobre! ¿Cómo ha sido?
- En bicicleta, una caída en la acera.
Perdona, Libby. ¡Morir de un infarto, de una cirrosis galopante, a causa de un aneurisma o de alguna porquería romántica, pase! ¡Pero por caerse de la bici…!
La chica gritaba tan fuerte que tuve que rendirme a la evidencia: todavía me encontraba lejos de estar muerto.
- Joder! ¡Serás gilipollas! Mis Louboutin, ¡te has cargado el tacón!
Lejos de estar muerto, incluso era muy capaz de protestar.
- El gilipollas le pide perdón, pero cree que no lo es tanto. ¿Le importaría echarme una mano?
- Dios mío, lo siento, no me dirigía a usted, le hablaba al capullo ese de Bob. ¡Joder, Bob, capullo!
La sangre me chorreaba por la mejilla. ¿De dónde salía? Intenté evaluar los daños, moví primero las piernas y luego los brazos con precaución. A primera vista, ningún miembro roto, sólo la sensación de un puño clavado en el vientre y, sobre todo, una herida con mal aspecto desde la rodilla izquierda al tobillo. En cuanto a lo demás, estaba por ver.
- ¿Quién es Bob?
- Ese -dijo la chica, suspirando y señalando un perro de raza indefinida, patas cortas, gordo y con un grueso collar de cuero negro que nos miraba plácidamente. Puafff-. Ese mierdoso acaba de cargarse mis zapatos -
prosiguió la rubia. Al ver que yo le lanzaba una mirada significativa, acabó por tenderme la mano-. Uy, pero si tiene la pierna… y la cabeza… Sangra por todas partes. ¿Cómo se encuentra?
Poco a poco, la pierna herida empezaba a dolerme.
- Cada vez peor -respondí, al tiempo que me percataba de que había perdido un zapato.
La chica me retiró un mechón de pelo con un dedo.
- ¡Es horrible! ¡Parece un agujero! Creo que veo el hueso… Madre mía, no es posible, encima me la voy a cargar -se lamentó.
Era fascinantemente tonta. Lo nunca visto, y Dios sabe que en mi oficio se conoce a un buen número de especímenes. Cuánto me habría gustado tener una cámara para filmar aquella escena surrealista.
- Y todo por culpa de Idi Amin -prosiguió, meneando la cabeza-.
¿Podría explicarme alguien qué he hecho para merecer esto?
- ¿Idi Amin?
- Olvídelo, es el sobrenombre de una compañera de trabajo. ¡Una negra, vamos! Bueno, sobre todo una tocacojones de cuidado, una auténtica dictadora que se cree que es alguien porque tiene un título universitario. Ha sido ella la que me endosó al chucho. ¡A mí! No puedo creérmelo… Y
ahora, ¿para quién es el marrón, eh?
- Si el perro es suyo…
- No es su perro, ella sólo tenía que sacarlo a pasear. Pero a causa de un pastel… Bueno, no voy a contarle mi vida… Hay que pedir una ambulancia. Lo llevarán a urgencias -decidió, levantando la tapa de su teléfono móvil.
- No se moleste, me las arreglaré.
- ¿Está loco? ¿Sabe en qué estado se encuentra?
¡Vaya si lo sé! Acabo de salir de casa de Libby, así que, debajo del traje… sí, podría definirse como un estado cómico. Para que se tronche de risa el hospital entero durante una buena decena de años. El ciclista marcapaquete malva, como si lo oyera. No, no hay que dejar que lo vean,
de ningún modo, uno tiene su reputación, qué caramba. Voy a levantar eso que me sirve de piernas y a hacer lo necesario para que mi vida íntima continúe siéndolo algún tiempo más. Se me ha pasado la edad de alimentar la antología de disparates de los estudiantes en la web; los de urgencias tendrán que esperar.
Estaba a quinientos metros escasos de casa de Libby, donde siempre tenía ropa de recambio en previsión de cualquier eventualidad. Las heridas parecían importantes, pero me sentía lo bastante fuerte para dar un rodeo y desembarazarme de las pruebas de mi perversión. Iría a que me cosieran después.
Convencer a la rubia de que me dejara en paz no fue muy difícil.
Después de haber encontrado el zapato que me faltaba, insistió un minuto más en ayudarme simplemente para guardar las formas. Luego fingió creer que yo no estaba tan mal, me dio una tarjeta y desapareció en compañía de Bob.
Sentía un dolor que iba extendiéndose por la espalda. Me pregunté si la edad nos volvía más vulnerables. ¿Te caes de la misma forma a los veinticinco años que a los cincuenta? ¿Se sufre más cuando se envejece?
¿Es una simple cuestión de percepción y entorno, de costumbres y comodidad?
Llamé a la facultad para avisar que no iría. A continuación, sujeté el manillar torcido de la bicicleta con una mano y el sillín con la otra. Era extraña la sensación de estar a la vez disminuido físicamente y tan decidido, concentrado en el objetivo, con una mente de acero.
Es una pregunta que me ha inquietado con frecuencia: ¿qué dirías, Libby, si me viera reducido a ir en silla de ruedas? ¿Qué harías con nuestro amor? Una diferencia de edad de veinte años no es asunto baladí, y además, los hombres son menos resistentes que las mujeres, se estropean antes, lloran a la primera heridita.
Ella no soporta que hable de estos temas. Se las arregla para introducir un toque de humor. De su humor.
- Si vas a sufrir un accidente, ten al menos la elegancia de palmarla.
- Vale, pero supón que sobrevivo…
- Ya me resulta bastante difícil cuidar de mí misma.
Es una afirmación tan cierta como falsa. Cierta, porque no hace nada por ella misma. Falsa, porque delega para todo. Yo cuido de ella. Sus amigos también: esa pequeña camarilla permanente y atenta que no me soporta. Encanta a unos y otros mejor que una serpiente de cuento de hadas.
Hace carantoñas, ronronea, pide, exige. Y todos nos apresuramos a complacerla, yo el primero. Todas las semanas descubro que tiene un reloj diferente, un cuadro nuevo colgado de la pared, una joya antigua. El reloj se lo ha regalado ese famoso joyero, agradecido de que lo represente en una gala; el cuadro, ese cineasta japonés de cuya película ha hecho una crónica entusiasta, me explica. Esa agenda de piel de serpiente, su amiga Aline, por su cumpleaños. Aline, la buena amiga siempre a sus órdenes, la que comparte las cargas conmigo: recoger a Libby en el aeropuerto (los taxis son una vulgaridad), esperarla en el dentista o la masajista, ir por su ropa a la tintorería.
A veces me mosqueo. Ella se echa a reír como una niña mimada… lo que es.
- ¡No irás a ponerte celoso porque se interesan por mí! Reconoce que en el fondo te sientes orgulloso.
Entonces me interrogo sobre ello; es verdad, me gusta saber que gusta.
Que seduce. Que pululan a su alrededor, que se arrastran, que abren los ojos maravillados. Porque, a fin de cuentas, soy yo quien duerme en la cama de la maravilla. Pese a todo, me sentiré mejor cuando nuestro amor sea oficial: ya no me apetece despertarme solo la mitad de la semana. Libby asegura que quiere conservar una dosis de independencia, que es mejor tener dos pisos que uno. Yo sospecho que se ha atrincherado detrás de ese argumento por rechazo a una simple vida en común. Con ella es todo o nada. Muy bien, Libby, pues he elegido. Será todo: la alianza en el dedo y nuestros dos nombres en la puerta.
Con el cuerpo agarrotado, llegué por fin al edificio. La portera apartó las cortinas de ganchillo. «¡Oh, señor Tom!», pude leer en sus labios.
Parecía sinceramente impresionada cuando abrió la puerta.
- Cuánto lo siento, señor Tom.
- No es tan grave, tendrá arreglo.
- Oh, no, no lo creo, eso le va a doler.
- ¡Vamos, señora Almeida, no estoy al borde de la muerte! -Ella hizo la señal de la cruz, y fue en ese momento cuando empecé a dudar. Una sensación imprecisa, sin más-. Si pudiera encargarse de la bicicleta… Está para el desguace. Ah, y hágame el favor, pídame un taxi dentro de diez minutos. Me cambio y me voy directo al hospital, me he ganado unos cuantos puntos de sutura.
Hizo un gesto de aprobación, pero la noté incómoda, huidiza. Se metió precipitadamente en la portería antes de que yo hubiera puesto un pie en el ascensor.
¿Cómo iba a imaginarlo?
Introduje la llave despacio: Libby podía haberse vuelto a dormir.
Después, me bastó dar un paso. Enseguida vi un gran bolso sobre la mesa del salón, del que sobresalían una camisa blanca y un jersey de entretiempo gris claro que yo no conocía. Un teléfono móvil que no era ni el mío ni el de ella. Una chaqueta corta y entallada, cuidadosamente colgada en el respaldo de la silla. Un paquete de Rothman rojo. Unas llaves de coche ajenas.
De la puerta del dormitorio entreabierta salían unos leves suspiros. Me acerqué: estaban las dos desnudas, dos pieles morenas, dos cabelleras cortas, veinte dedos entrelazados, unas bocas todavía rojas por haberse mordido.
Se me revolvió el estómago.
- Mierda -dijo Aline, frunciendo el ceño-. ¿Qué absurdo es éste?
- Eso me gustaría a mí saber -murmuró Libby con frialdad, mirando mi ropa hecha jirones.
Inspiré. No contestar con demasiada precipitación. Mantener la calma o, al menos, intentarlo.
- ¿Qué haces aquí, Aline? -dije, percatándome de lo ridículo de la pregunta mientras la formulaba.
Ella parecía tan sorprendida como yo.
- Creía que era agua pasada. ¿Cómo es que todavía tiene unas llaves de tu casa? -preguntó a Libby.
Libby se levantó sin responder y cogió su albornoz. Se plantó delante de mí mientras encendía un cigarrillo.
- Te he dicho que nunca te presentes de improviso. Realmente tienes un don para crear problemas.
Sentía que el corazón iba a estallarme, pero era evidente que le preocupaba tan poco como la sangre que no cesaba de manar de mis heridas.
- Bueno, marchaos los dos, será mejor para todos -concluyó-. Necesito pensar.
- No -repuso Aline mirándome al tiempo que se ponía las bragas-. No nos iremos. Nos debes una explicación.
Yo asentí. Adelante, Aline, habla. Yo me he quedado sin fuerzas. Con el cuerpo ensangrentado, embutido en unas mallas de ciclista de color malva, frente a la amante desnuda de mi novia… Pese a ser un hombre maduro, pese a mi experiencia, me cuesta digerirlo.
Los ojos de Libby iban del uno al otro. Estaba evaluando los daños. Era evidente que no había previsto la situación ni su evolución. Que su amiga se atreviera a contradecir su orden, la dulce, la obediente Aline, era sin duda lo más inimaginable.
- Creía que estabas muy enfermo -continuó Aline-. Libby me dijo que seguía relacionándose contigo porque era un deber moral, pero que ya no follabais.
Así que eso es lo que has dicho de mí, ¿eh, Libby? Que estaba muy enfermo. Que ya no follábamos. Pues follar es la palabra adecuada, ¿no?
- Todo esto es ridículo -dijo Libby por fin, como si no hubiera sucedido nada extraordinario-. Aline, ve a vestirte. Y tú, Tom, más valdrá que vayas a que te curen.
- Me prometió que a partir de Navidad viviríamos juntas -continuó Aline, haciendo caso omiso-. Me ha enviado miles de mensajes, ¿quieres verlos? Los tengo todos. Cuando ya no cabían en la memoria, los copié en una libreta. Palabras de amor como ésas se guardan, ¿comprendes? Me ha llevado a todas partes con ella, a Camboya, a Japón, el mes pasado a Brasil.
Hemos alquilado habitaciones en palacios, nos hemos fotografiado, hemos jugado como crías. Bueno, puedes imaginártelo, ¿no?
No, Aline, no puedo. Le he propuesto cientos de veces a Libby acompañarla en sus reportajes y cientos de veces ha rechazado mi
propuesta. Decía que no escribiría tan bien, que debía mantener la concentración. Que necesitaba estar sola. Por otro lado, nosotros también hemos viajado. A todos los festivales del planeta. Las estancias en el Edén Roe, las noches de fiesta en Miami, los fines de semana en Nueva York.
Nos hemos fotografiado, hemos jugado como críos, me ha enviado miles de mensajes con sus palabras sublimes. Sólo tengo los últimos, los hombres conservamos menos que vosotras.
Aline habla sin parar, llora, está descompuesta. El semblante de Libby, por el contrario, permanece frío, inexpresivo, como esculpido en un desprecio glacial.
Empiezo a darme cuenta de que Aline quiere a Libby por lo menos tanto como yo. Y de que Libby nunca ha querido a nadie más que a sí misma.
Los pequeños restaurantes, las copas en las terrazas…
Aline cita nombres de lugares, enumera detalles, expresiones. Descubro que Libby tiene dos vidas paralelas, pero curiosamente dos veces la misma.
Lo único que ha hecho ha sido dividir su tiempo en dos.
Sobre la marcha, llego a la conclusión de que toda la ciudad está al corriente.
Y hay que añadir los detalles escabrosos.
Aline habla y se tira de cabeza, y yo con ella. Siempre me había parecido una chica del montón, quizá porque era incapaz de ver a nadie que no fuera Libby. Ahora descubro su belleza, tan radiante como desesperada.
- Te toca, Tom -me anima Aline-. Tiene que salir todo a la luz. Que no pueda mentirnos nunca más, ni volver atrás ni cambiar nada.
- Callaos -ordena Libby-. No quiero seguir oyendo vuestras voces.
Marchaos.
- Tiene rituales -digo con dificultad-. ¿Contigo también?
La portera tenía razón: esto duele. Pero por ahora la rabia me salva.
- Cállate -repite Libby-. Después no digas que no te lo advertí.
Sin embargo, veo a las claras que ni ella misma se cree sus amenazas.
Se desmorona. Se sienta en el borde de la cama. Empieza a temblar, por fin.
Me mira asustada, vacila: ¿hablará Tom?
- No -contesta Aline-, rituales no.
Entonces, es conmigo con quien ha tocado fondo. Ha sido a mí a quien ha reservado lo peor. Cuanto más pienso en su perversidad, más me condeno. ¿Por qué callé cuando me llamaba «papá»? Hundía la cabeza en la almohada para ofrecerme el culo. Me daban ganas de vomitar. Siempre.
Culo, dolor, infligirlo, infligírselo. Odio y perdición en las miradas cruzadas. Objetos y materiales de todo tipo. Atravesar, penetrar, torturar, violar, humillar hasta el límite de lo imaginable. Ella: cada vez más, cada vez peor, adelante, papá.
Y yo, que fingí pasar por eso sin estremecerme, sin dolor. Convertía lo vil en la imagen falsa de un amor apasionado. Lo aceptaba todo porque un instante después ella era de nuevo la mujer ideal, guapa, sutil, culta, adorable. Mi mujer.
Pienso en el anillo cuyo estuche me deforma el bolsillo. Pienso en los girasoles. Pienso en Aline. Pienso en los regalos.
- ¿Sabes lo que le he regalado? -pregunta Aline.
La ha cubierto de regalos. Yo también. El director japonés, el joyero, todos los demás, pura invención. El reloj y los cuadros los escogieron ellas juntas. Los vasitos de plata, las cortinas indias, las joyas, conmigo.
Cada vez que recibía uno de mis presentes, Libby citaba el Inventario de Prévert: Dos piedras tres flores un pájaro Veintidós sepultureros un amor.
Cada vez que recibía una de mis sorpresas, añade Aline, recitaba: Una Fulana de tal
Un limón un pan
Dos enamorados en una gran cama.
A mí me parecía poética.
- A mí me parecía mágica -balbucea Aline.
- Eres un monstruo de corazón duro -le digo a Libby-. La encarnación del diablo, la emperatriz de la manipulación. Eres tóxica.
- Te quiero -le murmura Aline mientras termina de vestirse-. Jamás volveré a verte.
Va por su bolso y me estrecha la mano antes de marcharse dejando la puerta abierta tras de sí. Yo me cambio de traje.
Libby permanece con la cabeza agachada un instante. Por supuesto, es una pose estudiada. De tres cuartos. Hombros desnudos, nuca inclinada.
Nunca se sabe. Da una lenta calada al cigarrillo.
Echo un vistazo por la ventana. El taxi me espera.
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