Divina Providencia

Valerie Tong Cuong · Capítulo 3 de 13

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Divina Providencia

Dear Prudence

De pronto, mis tripas hicieron un ruido raro. Metálico y huidizo.

Música, habría afirmado mi abuelo, incapaz de expresarse de algún modo que no fuera poético. Para todo tenía una explicación o interpretación. Sin arrogancia ni certezas exageradas. Cuando me sorprendían su sagacidad y conocimientos, él juraba que no era más que un intermediario, un portavoz.

Aseguraba que no tenía ningún mérito, ya que su saber procedía de sus padres, los cuales a su vez lo habían recibido de los suyos y así sucesivamente.

La cadena virtuosa, por desgracia, se había roto conmigo: yo no tenía respuesta para nada. Me extraviaba en dudas y temores. A fuerza de analizar el mundo, de buscar hasta el más mínimo error, de desenmascarar las falsas apariencias, había perdido la confianza en todo, empezando por mí misma.

Y no sería Clara Prot quien cambiara la situación. Una vez al mes como mínimo, encontraba la manera de desanimarme: «¿Qué quieres que haga, Prudence? Si sólo dependiera de mí, dejaría que te hicieras cargo de este expediente, pero, en fin… en fin… Sabes muy bien…»

Me suplicaba que fuera comprensiva. Alegaba que acabaría por imponerme, como si ella estuviera rindiendo cuentas a una instancia superior cuando era la jefa, la boss, la directora general, pero olvidemos a ese dechado de mala fe.

Desde hacía siete años trabajaba en el despacho: suficientes para resignarme. Además, si he de ser sincera, Clara no tenía la culpa: mi renuncia se remontaba a mucho antes, a la época del instituto.

Antes… ah, antes era distinto. Una vida adornada de alegría y amor.

Evidencias ingenuas, amistades puras, jornadas serenas. Al final del día, un grupo de niñas nos sentábamos a los pies de mi abuelo para escuchar sus historias repletas de sentimientos nobles, naturalezas buenas, sabanas misteriosas y niños valientes. Todas las noches, cuando los murmullos de los adultos trenzaban su suave música, me dormía placenteramente, impaciente por sumergirme en el sueño. «Princesa Prudence, tu nombre significa "prudencia", que rima con presencia y providencia», susurraba mi abuelo acariciándome el pelo.

¿Qué razón había para ocultarme la verdad? ¿Qué razón, para permitirme soñar así?

El día que cumplí once años, el mundo se oscureció. Moriste. Me parecía inadmisible. Por lo visto, sólo a mí me lo parecía: tus amigos, tu propia familia consideraba normal que hubieras muerto dado que tenías más de ochenta y cinco años. Habías vivido bien. No tenías miedo de irte. Según ellos, incluso eras un hombre afortunado: morir así, de repente, sin sufrir,

¿qué más puede pedirse?

¡Qué va! Sé perfectamente que no pensabas soltarme tan pronto. No era tu estilo dejarme en manos del destino deprisa y corriendo, y encima sin avisar. La muerte te pilló por sorpresa, y lo único que espero es que te diera tiempo a hacerle una de aquellas muecas tan chulas que te salían estupendamente y que hacían que me partiera de risa.

Nos fuimos de Dakar. Por más que mamá fingía ante los demás, sentía demasiado dolor para seguir rodeada de tus cosas, beber en tu jarrita de cristal, regar tu jardín. Ya no soportaba buscar tu reflejo en el espejo colgado sobre el sofá verde. Nos estrechábamos la una contra la otra, disimulábamos nuestras lágrimas. La situación no podía prolongarse, así que decidió que nos marcháramos. Entonces empecé a tener problemas.

- Toma, las fotocopias -dijo Victoire, tendiéndomelas junto con los contratos originales.

- ¿Y los anexos? -pregunté pasando un dedo por las carpetas naranja.

- ¿Los anexos? -repitió la muy hipócrita-. Lo siento, no he tenido tiempo. Clara llegará de un momento a otro, y me ha pedido que le saque el contrato de Realprom. -Se agachó y rascó uno de sus tacones de aguja-.

¡Mierda, he vuelto a pisar un chicle! ¡Esos putos imbéciles no saben utilizar las papeleras!

Era tan guapa como tonta y malhablada. Y hay que reconocer que excepcionalmente guapa. Además, se llamaba Victoire: un nombre conquistador. Permite todas las audacias, te empuja hacia lo imposible; no te amilana como un pobre y pequeño Prudence.

«Victoire y Prudence. Reconoceréis que entre vosotras dos, entre la victoria y la prudencia, estoy increíblemente "guardaespaldada"», bromeaba Clara.

Le gustaba dárselas de informal utilizando términos tan apropiados en su boca como unas botas camperas en los pies de la reina de Inglaterra. Sus reflexiones estaban a veces tan fundamentadas que llegaba a preguntarme si no me habría contratado por mi nombre. ¿Por qué no? Después de todo, ya quedaba bastante claro que me quería para halagar su ego.

«Yo sé lo que vales, Prudence, pero, francamente… sí, francamente, reconoce que me arriesgué. Podemos hablar sin tapujos, ¿no? Todo el mundo no es como yo, Prudence. ¿Has visto a muchas personas de color en los despachos de la competencia? ¿Y en un puesto directivo como el tuyo, además? Pero soy así, ¡me río de los intolerantes! A mí los racistas me la sudan.»

En mi lugar, muchos se habrían salido de sus casillas, habrían puesto el grito en el cielo y esgrimido amenazas. Yo no. Por culpa de mi nombre, seguro. Yo prefería protegerme las espaldas. Aguantar, mirar para otro lado, fingir no haber oído nada, continuar sonriendo. Para olvidar mi cobardía, jugaba con mis tarjetas de visita. Pese a todo, yo era alguien. Abuelo, si lo hubieras visto… Mi despacho, situado en la avenida más elegante de la ciudad. Inmueble con jardín privado, mostrador de recepción de teca y recepcionista vestida con traje de chaqueta de marca. Tengo una agenda con cubiertas de piel y mis iniciales grabadas. Escribo sobre una carpeta con un bolígrafo Dupont que me regaló Clara Prot después del caso Dilleman (un tercio de los ingresos trimestrales del despacho y una veintena larga de noches en blanco en mi activo). Llevo ropa hecha a medida.

- Por cierto, ¿no te lo he dicho? Ya he elegido los zapatos. Unos Manolo Blahnik, los vi en Vogue. Te lo juro, son tan sublimes que no estoy segura

de comprarlos, pues la gente acabará por mirarme sólo los pies…

Victoire se casa el verano que viene, y la boda es su principal tema de conversación. De la mañana a la noche, en cuanto se le presenta la ocasión, me habla del vestido, del restaurador, del florista, del viaje de novios, del wedding planner. Raramente de su novio, con quien me cruzo a veces cuando viene a recogerla, un operador de Bolsa con cara de maniquí, o sea, un tipo guapo, rico, de buena familia, el complemento perfecto para ella…

por consiguiente, tonto de remate también, no podría ser de otro modo.

Uy, uy, uy… cuidado, Prudence: estás enfadándote, esto empieza a parecer acritud. Y sí, mira por dónde, quizá lo sea. En mi vida no hay ningún agente de Bolsa. Ni ningún hombre, si vamos a eso. No tengo tiempo. Ni sitio. ¿Dónde y cuándo podría conocerlo?

Pero no me quejo: para los buenos ratos, mantengo el mínimo vital gracias a mis primos del extrarradio. Tiene gracia, entre todos recorremos el cinturón completo. Estamos tan bien repartidos que hemos acabado por ponernos los nombres de las puertas de la ciudad: yo soy Passy, la más favorecida del grupo. Dos veces al mes nos reunimos, comemos, bebemos y hacemos balance de nuestras vidas. Raramente de la mía, pues siempre me retraso y pillo las conversaciones empezadas. La última vez, sin embargo, a Orléans, que acaba de cumplir veinte años y asiste a clases de teatro, le pareció oportuno interesarse por mí.

- Estamos hartos de que llegues siempre tarde. Además, ¿para qué? O

más bien, ¿para quién? ¿No te joroba hacer de machaca mientras otros se aprovechan de tu trabajo? ¡Lo tuyo es pura esclavitud moderna! ¡Ya puestos, no sé por qué no le limpias la casa a Clara!

Una verdadera sindicalista: tiene la actitud, la rabia, la elocuencia, todo.

- A tu edad es fácil ser idealista -contesté.

- Lo fácil es salirse por la tangente con tópicos. A ver, di, ¿piensas esperar a la jubilación para empezar a vivir?

- Reconoce que estás malgastando la vida -añadió Italie, mi prima preferida-. Una chica guapa como tú, ¡qué despilfarro!

- Eh, eh, calmaos -intervino Bagnolet, buen chico y experto contable en una gran empresa-. Prudence trabaja mucho, mira hasta dónde ha llegado.

- Justo lo que yo decía -masculló Orléans.

Las lágrimas pugnaban por salir. Sin embargo, Dios sabe que hace mucho que aprendí a controlar mi sistema lacrimal. ¡Orléans estaba tan viva, tan llena de esperanza! Qué inocente. Pero, al fin y al cabo, no me correspondía a mí hacer que se estrellara, pues de eso antes o después ya se encargaría la vida.

- Cada uno lo juzga desde su punto de vista -concluí. Y apuré mi copa.

Victo iré se volvió sobre sus talones (con tacones altos). ¿Cómo se las arregla para andar con eso y, sobre todo, con semejante desenvoltura? Si no se hubiera operado los labios y se contoneara menos, casi parecería un ángel. Lástima, los detalles son terribles: siendo benévola, en vez de un ser angelical, parece una vulgar buscona.

Vuelta al expediente. Mis tripas gimieron de nuevo, reclamando algo más que el tazón de cereales del desayuno. Un vistazo al reloj: demasiado tarde para hacer planes. Clara iba a llegar en menos de media hora y yo no había terminado las conclusiones.

- Ah, por cierto, Prudence, se me había olvidado por completo, qué idiota -dijo Victoire volviendo sobre sus pasos mientras se apartaba de la cara la lisa cabellera con un movimiento ridículo, muy de serie Z. Como hastiada.

- Date prisa, por favor, voy con retraso.

- Se trata de Clara. Llamó esta mañana para avisarte, pero estabas hablando por teléfono, así que cogí yo el mensaje. Resulta que el tipo que saca a pasear a Bob está enfermo.

- ¿Y qué tiene que ver conmigo?

- Me ha dicho que te pregunte si… bueno, excepcionalmente, claro, si podrías encargarte tú.

Respira, Prudence. Mantén la calma.

- No lo entiendo.

- Sólo esta tarde. Ya sabes que Bob tiene un problema: necesita correr una hora todos los días.

- Victoire, dime si me equivoco, pero ¿no es verdad que he cursado ocho años de estudios superiores?

- Pues claro, no tiene nada que ver.

- Espera, algo más. Dime si me equivoco, pero ¿no soy la directora de este bufete?

- Sí, Prudence, pero…

- En ese caso, ¿por qué iba a pedirme Clara que sacara a pasear a Bob?

- Como te puedes imaginar, ha barajado todas las posibilidades, estaba realmente contrariada, te lo aseguro.

- Muy bien. Pero a ti, que, te lo recuerdo con todo el respeto, eres una simple secretaria, no te lo ha propuesto, y tampoco al vigilante del edificio ni a su madre, su hermano o su mejor amiga. ¡Ni a la madre, el hermano o el mejor amigo de Bob, mierda! -La superrubia se queda lívida. Me contengo unos segundos, es necesario aguantar-. Hay algo que se me escapa, Victoire.

Ella calla. Piensa. Su cabeza va a cien por hora, Victoire sabe filtrar información, hacer síntesis, resúmenes, pero ahora está sobrepasada, pierde pie.

- Bueno… -Su rostro se ilumina-. Seguro que es porque confía en ti. -La escruto. Me gustaría ser un microorganismo que recorriera su cerebro, aprovechar la ebullición para estudiar el asunto. Vamos, Victoire, un pequeño esfuerzo-. Me refiero a que… Bueno, lo mejor es que se lo preguntes directamente a ella. Después de todo, llegará dentro de un momento.

Se escapa hacia la puerta, felicitándose en silencio, aliviada. Ha encontrado la solución: devolución al remitente. Asunto concluido, ningún daño previsto. Ella y yo lo sabemos: Prudence, por prudencia, no preguntará nada. Y aunque lo hiciera, ¿qué respondería Clara?

«Vamos, Prudence, déjate de paranoias, por favor, te he pedido un favor como persona de confianza, es muy sencillo, sabes lo importante que es para mí Bob, el pobre, sin ejercicio va directo al infarto, si pudiera lo sacaría yo misma, pero es imposible. Esta tarde estaré en la reunión de Realprom, defenderé ¡tu! expediente, Prudence, sostendré ¡tus! argumentos, desarrollaré ¡tu! demostración.»

A los once años se producen sucesos extraños. El cuerpo cambia, el trasero de las chicas se redondea… salvo en las Victoire y similares, que sólo adquieren las formas estrictamente necesarias. Los pechos crecen, no

siempre los dos al mismo tiempo. Los chicos se sienten dueños de un poder ilimitado. Son más pequeños, pero más fuertes y organizados. Saben detectar a las frágiles, las ofendidas, las tímidas. Sus hormonas se ponen a gritar y el alboroto que arman ahoga las quejas de las chicas.

A los once años, los chicos se transforman en monstruos. No todos, pero la excepción no nos sirve, ¿para qué?: esos otros están en otra parte, con la cabeza en sus universos particulares. O bien son débiles y en el mejor de los casos callan, y en el peor, se dejan llevar y miran. A los once años, el concepto de paladín desaparece después de años de existencia gloriosa para no reaparecer -eventualmente- hasta el bachillerato.

Ante el vuelco que da el mundo, se forman alianzas. Algunas chicas adoptan estrategias. Unas se disputan el puesto de mujer del jefe; otras entregan su cuerpo sin estrenar a cambio de la promesa muda y vana de ser amadas. La mayoría se agrupan en pandillas cerradas, en las que las pasiones se desatan y las traiciones se multiplican.

Llego a la escuela de secundaria a los once años y es como si el cielo se encapotara de repente. Soy la única estudiante negra. Me ponen motes, a veces bromean cuando me ven pasar, pero en general se comportan como si no existiera. Ya no soy la princesa Prudence, tampoco una colegiala como cualquier otra, sino el eslabón estrafalario de mi clase.

Las otras niñas lucen vestidos que valen tanto como una bicicleta. Se maquillan entre clase y clase y se convidan a fiestas a las que nunca me invitan. Viven historias de amor complicadas, que relatan detalladamente y sin complejos. Salen de dos en dos cuando acaban las clases. Yo me quedo sola. Me doy perfecta cuenta, no estoy a la altura.

Una mañana, una de ellas se me acerca durante el recreo.

- Prudence, tenemos que hablar. -¿Sí?

Se trata de la chica más popular del colegio. La más espabilada. Se llama Laurie, lleva pantalones anchos y diademas de bisutería en el pelo. Es la reina de la clase, alguien importante. Raramente me dirige la palabra. Soy demasiado diferente para formar parte de su grupo. Soy indescifrable. «Con ese corte a lo Jackson Five, ¿quién va a interesarse por ella?», soltó riendo un día que yo estaba justo a su lado. La ventaja que tiene no contar para nadie es que pasas inadvertido en todas partes y oyes un montón de cosas.

Laurie prepara su golpe de efecto.

- Verás, resulta que Antonin…

Antonin pertenece a la categoría de los débiles-pero-amables que callan.

Está en quinto. Me parece muy guapo porque tiene pecas y las pecas me fascinan. Además, Antonin saca buenas notas, lo que a mis ojos supone un criterio esencial. Pero, en fin, asociar a Antonin con mi nombre es pura ciencia ficción. -¿Qué?

Por más que intento escuchar la voz de la razón, que me amenaza en silencio, incluso me insulta, mi estúpido corazón se desboca de pronto. La mirada de Laurie se pasea por mi falda de terciopelo.

- Le gustas.

¿Cómo? Espera, Laurie, más despacio, que se puede sufrir una parada cardiaca a los once años, ¿no?

- ¿Quién te lo ha dicho?

- ¿Tú quién crees?

Tengo tanto calor que estoy a punto de desmayarme, pero me concentro, hago acopio de fuerzas para la batalla. Resistir el golpe, adoptar un aire desenvuelto. Entonces, ¿no había sido producto de mi imaginación cuando, ayer mismo, mi mirada se había cruzado con la suya?

- Quiere salir contigo.

- Ah. Vale, de acuerdo.

¡Habría que estar chiflada para negarse! La mano de Antonin en la mía.

Iremos al fotomatón, juntaremos las caras, a lo mejor sus pecas se pegan como calcomanías a mi piel. Saldré con él del colegio. Me explicará las mates. Me convertiré en la mejor de la clase, gracias a él. Será el primero y el último, la historia más bonita del colegio. Antonin y Prudence, Prudence y Antonin.

- Pero no te embales, ¿eh? -prosigue Laurie-. Quiere salir contigo, aunque con ciertas condiciones.

- Ah.

Estoy dispuesta incluso a darle mi pluma estilográfica chapada en plata, lo más valioso que tengo. De todas formas, lo mío es suyo, ésa es mi concepción de la pareja.

- Una: que le dejes tocarte los pechos y la cosa. Dos: que todo quede en secreto. -Los ruidos del patio quedan silenciados de golpe. Sólo oigo el batir de mi sangre contra las sienes-. Me refiero a que no hay que hacer ninguna demostración en público -añade Laurie-. Tú actúas como hasta ahora, todo igual. No quiere que os vean juntos. Oficialmente, no hay nada entre vosotros. Eh, Prudence, ¿me oyes?

Veo fuegos artificiales, blanco, verde, amarillo. Negro. Prudence se queda sin fuerzas. Laurie se precipita para cogerme en el momento que mis pies dimiten. Con una mano, me sujeta contra la pared; con la otra, me da palmaditas en la cara. Es de las que mantienen la sangre fría. No tiene intención de dejar que un vigilante intervenga en este asunto.

- Oye -dice-, me da la impresión de que la propuesta no te convence.

Me he prestado a esto por hacerte un favor; si no te interesa, no pasa nada.

Pero si quieres un consejo, piénsalo un poco. Hay bastantes chicas que estarían encantadas de salir con él. -El timbre reverbera en las paredes. Toca clase de lengua-. Tenemos que ir a clase, Prudence.

Victoire ha desaparecido, pero el efluvio que deja su perfume impregna mi despacho. Abro la ventana, a la porra la refrigeración. El aire entra, se cuela por todas partes, limpia el ambiente de Victoire, la suprime, la borra.

No es suficiente. Siento náuseas. Mi mirada no se aparta de la cubierta naranja de los expedientes. Mi cerebro se atasca, sólo hay una palabra en la cabeza, y ladra, me lame, me muerde: «perro». Me levanto y me acerco a la pared. Sobre la chimenea decorativa, un espejo antiguo comprado por Clara. Me aproximo. Me inclino. Recuerdo las observaciones de Italie. ¿De verdad soy guapa? Me he hecho las trenzas más apretadas que de costumbre y me las he recogido en un moño a causa del calor. ¿Estoy loca? Olfateo, el olor está cambiando. Me da miedo. Me doy miedo. Cierro la ventana; el tufo se extiende, me rodea, se intensifica: ya no es el perfume de Victoire, es el hedor de la renuncia. Apesto a cobardía. ¿Cómo no lo he notado antes?

Me avergüenzo. Me avergüenzo por quienes creyeron en mí, por quienes pensaron que me querían. Me avergüenzo por mi madre, por mi abuelo. Por los hijos que nunca tendré, lo juro.

Apilo los expedientes. Me falta redactar un resumen, pero ahora ya me tiene sin cuidado, Clara tendrá que contentarse con lo que hay. Se enfadará,

amenazará con reducirme la prima. Muy bien. ¿Qué voy a escribir en mi carta de dimisión? Poca cosa: lo esencial. La gota que ha colmado el vaso.

Bob. Unas cuantas frases que le daré en mano, puesto que ha de pasar a recoger los expedientes. Así me ahorraré la cola en la oficina de correos.

¿Cómo reaccionará? Probablemente, encogiéndose de hombros. No te ilusiones, Prudence. No se enterará de nada nuevo porque ya lo sabe todo.

Mi único consuelo es que me echará en falta: desde cierto punto de vista, soy imprescindible.

Estaba cerrando la agenda cuando sonó el teléfono. Descolgué maquinalmente.

- ¿Prudence?

- ¿Clara? ¿Eres tú? -A duras penas la reconocí. Su dicción era confusa, como si llevara una mordaza.

- Prudence, ha pasado algo horrible.

Ah. ¿Un camión ha atropellado a Bob ¿Te has roto una uña? ¿Has perdido las gafas de sol, te has dejado la tarjeta de crédito en el cajero automático, vas retrasadísima y me llamas para que te lleven (para que yo te lleve) los expedientes al lugar de la reunión? Pobre Clara, vas a sufrir un buen chasco.

- Prudence, ¿me oyes? Me cuesta hablar.

- Te oigo, Clara.

- Estoy en el hospital.

- ¿Qué?

- ¡En-el-hos-pi-tal! -repite impacientándose-. Tengo una alergia terrible.

¡Es espantoso! El volumen de mi cuerpo se ha triplicado y estoy toda cubierta de placas rojas.

- ¿Una alergia a qué?

- A la violeta, bueno, supongo, sólo puede ser eso. Me he comido un pastel en L’Adorée, menuda ocurrencia, en fin, da igual: ¡parezco un monstruo, Dios mío!

- Lo siento mucho.

- Vale, Prudence, pero no te llamo para que me compadezcas -articula con dificultad-. El problema es que no podré asistir a la reunión de Realprom. Tienes que ir en mi lugar. -El estupor me deja muda-. Prudence,

¿estás ahí? No te preocupes, te las arreglarás muy bien. -Me habla como una madre a una hija que va a coger sola un autobús por primera vez-. Le explicas a Versini lo que ha pasado. Le dices que estaré disponible esta noche. Que puede localizarme en el móvil.

Los pensamientos rebotan en mi cerebro a la velocidad de una pelota de squash. Prudence, la situación acaba de cambiar radicalmente. Introduce los datos y reconfigura a toda velocidad. Parece que ha llegado el momento.

- Prudence, di algo. Es absolutamente preciso -añade elevando el tono-celebrar esa reunión. ¿Algún problema?

Pensar deprisa. Calcular.

- Ninguno. Sólo comentar un detalle contigo, Clara.

Me cruzo con Antonin en el momento de entrar en clase. Me detiene con un ademán. Se asegura de que estamos solos. O sea, de que las personas importantes del colegio no están cerca, ni Laurie, ni Stan, el equivalente masculino de ésta, ni ningún miembro de su guardia pretoriana. Un mechón de pelo le cae sobre el ojo izquierdo: se parece a un chico de una serie americana que veía mi madre antes de que nos trasladáramos. Qué guapo es… A su lado me siento diminuta. Completamente oscura. Comprendo que no le apetezca que lo vean conmigo. Montones de chicas harían mejor pareja con él. Chicas de ojos claros y pelo lacio, no una morenucha con el pelo a lo Jackson Five.

- ¿Has hablado con Laurie? -susurra.

Aun así, las rubias deben de andar faltas de argumentos, pues aquí está la prueba: lo que Antonin está esperando es mi respuesta.

- Bueno, no pasa nada -añade con expresión decepcionada mientras permanezco muda de emoción-. Supongo que es que no. Ahora he de irme, tengo física. -Hace un leve movimiento con la cabeza para apartarse el mechón de los ojos-. Hasta luego, Prudence.

Su clase está en el piso de arriba. Se aleja. Ya ha llegado al final del pasillo y en menos de un segundo desaparecerá de mi campo visual.

- Es que sí -murmuro.

No hace falta pedir opinión a nadie para saber lo que pensarán. Yo ya tengo formada la mía. Soy una puta, una zorra precoz, una piltrafa. Me

importa un comino. Cuando se tiene hambre, se come lo que hay, decía mi abuelo. Eso es exactamente lo que voy a hacer.

- ¿Victoire?

- ¿Sí, Prudence?

- ¿Puedes venir un momentito, por favor?

- Voy.

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