Divina Providencia
Rock'n Roll Suicide
¿Por qué aquel día? ¿Por qué en aquel instante? ¿Por qué en aquel lugar?
¿Qué diferencia había?
Ni más ni menos esperanza. Ni más ni menos futuro. Ni más ni menos soledad.
No estaba ni peor ni mejor que el día anterior. Tampoco tenía ni más sed ni más hambre. No hacía ni mejor tiempo ni peor, ni mucho más calor que la víspera. La gente no era ni más simpática que de costumbre ni más desagradable.
Ya llevaba en el bolsillo casi nueve euros, una suma previsible en media jornada pidiendo limosna. Compré una barra de pan y una cerveza en el supermercado, dos chicas que pasaban riendo me dieron un cigarrillo. Me lo fumé lo más lentamente que pude; después eché unas migas de pan a las palomas. Dieron unas vueltas a mi alrededor balanceándose, lo que me distrajo un rato. Habría telefoneado a Gabrielle con el dinero que me quedaba, pero desde hacía algún tiempo lloraba demasiado y ya no sabía cómo animarla.
Un camión del servicio de limpieza se acercó. Tuve que levantarme para evitar que me regara. Por eso me metí en aquella estación en aquel momento preciso: no lo había premeditado. Me disponía a seguir pidiendo, era la hora buena, la gente volvía de comer. Los que mendigan saben que con el estómago lleno se siente más fácilmente la compasión. Me dirigí hacia el borde del andén e intenté calcular el lugar exacto donde quedaría una puerta.
El tren entró en la estación; corregí mi posición.
Sin pensarlo, salté.
No hay gran cosa que describir: el corazón ni siquiera late más deprisa, bueno, eso creo.
- Pero ¿te dolió?
- Paulo, ¿te parece que está bien hacer una pregunta como ésa? Ya te lo ha contado cien veces.
- Puedes preguntarme todo lo que quieras, Paulo. A tu edad también era curioso.
El chiquillo se balancea en la silla mientras bebe zumo de naranja.
- Entonces, ¿te dolió?
Una gran bofetada, ése es el recuerdo que tengo de aquello. Un tortazo descomunal. Una sensación conocida. Los huesos calientes. Ardiendo. No resulta fácil entender eso de los huesos ardiendo, ¿verdad, chaval?
- Deja de balancearte, Paulo -refunfuña afectuosamente Marylou-. Vas a romper la silla.
- ¿Y qué más?
Después: la sensación de ser traqueteado, aplastado, una impresión que dura una fracción de segundo y a la vez un siglo. Blanco, un recuerdo, una luz cegadora. Tengo tres años y estoy en el mar, granos de arena en la boca, en la garganta, el grito ahogado por la ola, última imagen de mi madre. No, imagen no. Una silueta. Una sombra. La sensación. El frío.
- ¿Viste eso, Charlie? ¿Una playa? Entonces, a lo mejor vivías a orillas del mar cuando eras pequeño, ¿no?
- Eso parece. En el norte.
- ¿Por qué en el norte?
- Fue allí donde me abandonaron, delante de la verja de una fábrica.
A veces sospecho que me invento los recuerdos. La psicóloga me lo explicó: De antes de los tres años y medio, en general, no tenemos memoria de nada. Se llama amnesia infantil. Por supuesto, algunos «ven que»,
«afirman que», «describen que»; sin embargo, Charlie, le soy sincera: yo lo dudo.
Aun así, le pregunté a Gabrielle sobre el mar, sobre la playa. Gabrielle también guarda alguna reminiscencia. El viento. Los pies desnudos en la
arena fría. Pero la psicóloga tiene respuesta para todo: según ella, he
«inducido». Es posible.
- En cualquier caso, todos nos contamos historias -afirma Marylou-.
Nos mentimos cuando la verdad resulta insoportable, es humano. Debe de ser por eso que se inventó la expresión «mentira piadosa».
Para ella, todo resulta absolutamente límpido.
- ¿Y después? -insiste Paulo, que es perseverante-. Al final, después de la bofetada descomunal.
- Después, ya lo adivinaste: el agujero negro. La pantalla que se apaga.
El dolor que desaparece y nada más, nada de nada.
Nada hasta que desperté en el hospital. En realidad, fue allí donde realmente me entró la depresión. Despertarte tras un suicidio que no has programado, vaya mierda. Mi primer pensamiento fue ése: jamás tendré valor para volver a intentarlo, vaya mierda.
Y encima, había escogido el peor día. A la enfermera que me cuidaba le costó disimular su indignación al dirigirse a su compañera: ¿Te das cuenta, Mireille?, esas pobres personas que no pedían nada a nadie han muerto en la explosión, y éste, que era candidato, pues no, mira, resulta que no había llegado su hora, y digo yo, ¿dónde se esconde la voluntad divina?
Marylou me sonríe y su sonrisa me parte el corazón. De felicidad, aclaro.
- Pues yo creo que escogiste la mar de bien el día, Charlie. Mira qué trabajo. Hay motivos para estar orgulloso.
Ella fue la segunda en aparecer. Albert había sido el primero en visitarme, el mismo día de mi intento de suicidio. Se había sentado a mi lado y me había leído el periódico. De vez en cuando, levantaba los ojos por encima de las gafas de media luna.
- ¿Qué tal? ¿Todo bien? ¿Sí? Bueno, entonces sigo.
- Un viejo excéntrico -había comentado la enfermera-. Se le ha metido en la cabeza hacerle compañía. Pero, si le molesta, sobre todo no dude en decirlo.
Yo estaba sonado, miraba fijamente el techo, por más que intentaba hacer memoria no conseguía identificar a aquel señor. ¿Qué quería exactamente de mí?
- No quiero nada de ti, Charlie. O, si acaso, todo y nada. ¿Cómo te diría…?
El segundo día había vuelto acompañado de un hombre con traje gris y una cartera de piel. Había firmado montones de documentos delante de mí.
El hombre del traje había meneado la cabeza, todo seguía todavía muy confuso, me había felicitado, se había despedido y, con la misma decisión, se había marchado.
- Ya te lo explicaré -me había tranquilizado Albert-. Todavía estás demasiado cansado, confía en mí.
Durante las jornadas siguientes había seguido leyéndome. Noticias, cartas, recetas de cocina, novelas, libros infantiles, entradas de enciclopedia, aforismos, citas, epitafios célebres, filosofía, resúmenes de prensa.
- Esto te ayudará a recuperar la concentración.
A trozos, entre dos capítulos, dos párrafos, dos frases, contaba su vida, más demencial aún que las que leía. Una vida de huérfano, de soledad, de destino. Un asunto de esperanza.
Empecé a esperarlo. A estar pendiente de su llegada: a la misma hora, minuto arriba minuto abajo. Comencé a tomarle gusto a ver cómo la enfermera descorría las cortinas al amanecer. A refunfuñar por la monotonía del menú. A peinarme, afeitarme. A sentirme alegre… Eso era lo más inesperado.
Una tarde, le pregunté si podía prestarme un reloj. Se quitó el suyo de la muñeca y me lo tendió. «Hace mucho que ya no lo necesito para medir el tiempo que pasa», dijo a modo de justificación.
Una mañana, Marylou irrumpió en la habitación.
Llevaba un enorme ramo de flores que medio tapaba su cara. Quizá era mejor así: ya estaba bastante deslumbrado sólo con la mitad.
- He venido a darle las gracias.
- ¿Por qué?
- Por haberme salvado la vida. Soy la superviviente de Realprom, Marylou Mihajilovitch. De no ser porque aquel tren tuvo que detenerse, o lo que es lo mismo, de no ser por usted, habría muerto con los demás.
Me sentí sumamente feliz de oír aquello.
- Aquel día -señaló Albert- fuimos unos cuantos quienes nos beneficiamos de la generosidad de la providencia. Por cierto, me presento: Albert Foehn, un amigo de Charlie.
- Tenía que volver a la oficina en taxi -prosiguió Marylou-, pero se formó un atasco monstruoso. El taxista era un verdadero imbécil. Me echó una bronca porque me puse a comer un sándwich, y yo no supe reaccionar.
Me sentía totalmente inexistente. Puede parecer anecdótico, pero resumía bien mi vida.
- Exactamente en eso pensaba yo cuando salté a las vías -dije-. En la inexistencia.
- Total, que bajé del taxi para coger el metro. ¿Y sabe lo que pasó?
- Que la muerte cambió sus planes en el último momento. Usted y yo dejamos de estar en la lista.
- Y yo -dijo Albert.
- ¡Y Tom! -añadió Marylou.
- ¿Tom?
- Uno que estaba en urgencias esa tarde, con una grave hemorragia interna. De no ser por Paulo, no lo habría contado.
- ¿Paulo?
Sus brazos se movían al compás de las inflexiones de su voz.
Una bailarina.
Un estado de gracia.
Sonrió y suspiró al mismo tiempo… Sí, es posible.
- Paulo es mi hijo. Había venido al hospital para verme. Es cero negativo, el único grupo sanguíneo que Tom podía recibir.
- Bien, haré un resumen -intervino Albert-: Si Charlie no entra en escena, Marylou sale de ella. Si Marylou sale, Paulo no entra. Si Paulo no entra, Tom sale. Bonito encadenamiento. ¿Qué dices, Charlie?
Digo, Albert, que de repente tengo miedo. Escucho a esta chica, a este ángel, a esta chica con cara de ángel, y me entra pánico. Hay demasiada felicidad en juego. Temo haberme quedado atrapado entre el andén y el metro, ser víctima de una alucinación premórtem, de un delirio provocado por el aplastamiento general de mis neuronas. Esta habitación, Marylou,
Albert, las enfermeras y yo, ¿no vamos a estallar como una pompa de jabón, a disolvernos en la realidad?
¿O bien estoy en el paraíso?
- Aquel día yo también subí a un taxi que cambió el curso de mi vida -
explicó Albert a Marylou-. Pero se lo contaré en otra ocasión.
- El curso de nuestras vidas -subrayé-. ¿Por qué aquel día? Siempre me lo preguntaré.
- Quizá el mundo dé a veces un viraje -comentó Marylou, pensativa-.
Está programado de una forma determinada y algo o alguien decide cambiarlo todo en el último minuto. -Se puso la chaqueta-. A Paulo y a mí nos gustaría invitarlo a cenar. Cuando salga de aquí, claro.
Anochecía cuando abandonó la habitación.
La mirada tierna de Albert.
La sed de vivir me hizo un nudo en el estómago.
El tiempo ha refrescado, el otoño toca a su fin. Paulo apura el zumo de naranja.
- No nos quedemos en el balcón -propone Marylou.
Recogemos los vasos y las galletas. Desde que vivimos juntos, me cuesta separarme de ella, incluso para cruzar el salón. Sé muy bien que es una tontería: le he prometido que me esforzaré. Marylou no se enfada conmigo. Sólo me pincha.
- ¡Menos mal que rechacé la oferta de Albert!
Albert propuso que trabajáramos los dos juntos en la Fundación Ingvar, pero ella prefirió colaborar con Tom, que ha creado una nueva empresa con su hijo Nathan. Su próxima producción está inspirada directamente en nuestra historia común.
Paulo me asombra. Es el mejor de su clase en redacción. En geometría, en cambio, a veces le cuesta. Me gustaría ayudarlo, pero dejé los estudios a los catorce años y la geometría nunca fue mi fuerte. Así que de vez en cuando Albert viene a pasar un rato con él. Dibujan inmuebles de formas complicadas. Ríen mucho también.
Mi hermana Gabrielle va a mudarse. Se instalará cerca de nuestra casa justo después de las vacaciones. Se le ocurrió a Marylou. Pasaremos la
Navidad en el norte. En un hotel junto a la playa. Caminaremos por la arena. Iremos descalzos por el agua, y si nos helamos da igual.
Paulo está escribiendo en un extremo de la mesa.
- Oye, Charlie, ¿y piensas en eso cada vez que coges el metro?
- Cada vez, Paulo. ¿Sabes?, lo peor que podría pasarme sería olvidar.
El menea la cabeza. Marylou viene a sentarse entre nosotros. Reparte besos, en la mejilla de Paulo, en mis labios.
- ¿Y si cambiáramos de tema? -propone-. Necesito que me aconsejéis: sigo sin saber qué ponerme para la boda de Prudence.
La quiero tanto…
Cuando pienso que un minuto antes o un minuto después…
De todos es sabido que un solo hecho, en un solo instante, puede cambiar el curso de una vida. Llámese Dios o dioses -en singular o plural, con minúscula o mayúscula-, azar o divina providencia, parece como si una mano invisible ordenara de forma caprichosa los acontecimientos para regir nuestro destino, y la conciencia de esta vulnerabilidad es el rasgo que nos hace más humanos. Valérie Tong Cuong -autora de sólido prestigio en Francia con seis novelas publicadas en su haber- ha escrito una historia luminosa y cautivadora, con algo de sabor surrealista, sobre unos personajes que, desgastados por la vida, conservan aún una inmensa capacidad para ser felices.
Marylou es madre soltera y abnegada secretaria de dirección. Atrapada en un gran atasco en el centro de París, necesita llegar a tiempo a la oficina para entregar una documentación crucial. Albert, de setenta y ocho años, es consciente del poco tiempo que le queda por vivir. Sin embargo, en una visita al notario para atar los cabos de su testamento se le revela el auténtico sentido de su existencia. Tom, un influyente productor de cine en la cima de su carrera, está perdidamente enamorado y sufre un inesperado percance callejero. Y Prudence, socia en un prestigioso despacho de abogados, vive bajo las limitaciones que su color de piel le impone. O así lo cree ella, hasta que una serie de coincidencias la ayudará a salir de esa prisión invisible.
Así pues, cuatro sucesos fortuitos transformarán las vidas de un puñado de personas cuyos caminos confluyen con precisión milimétrica. El azar -¿o
quizá la divina providencia?- impone su ley entre los habitantes de la gran ciudad, desencadenando un misterioso efecto dominó.
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20/08/2010
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- Goodbye Marylou
- Royal Albert Hall
- Dear Prudence
- Ground Control to Major Tom
- Goodbye Marylou
- Dear Prudence
- Royal Albert Hall
- Ground Control to Major Tom
- Dear Prudence
- Goodbye Marylou
- Royal Albert Hall
- Ground Control to Major Tom
- Rock'n Roll Suicide
Terminaste Divina Providencia
Valerie Tong Cuong
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