Divina Providencia

Valerie Tong Cuong · Capítulo 6 de 13

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Divina Providencia

Dear Prudence

La expresión de Versini cuando entré en la sala. Prácticamente dio un respingo. No deliro, no, lo dio. O sea, que al primero que mencione la paranoia, lo meto en una olla, me pongo un hueso atravesado en la nariz y me lo como en salsa. Sí, cuando una se llama Prudence Mané, tiene un doctorado y es partner en una famosa asesoría jurídica, nada indica a priori que sea negra.

Conozco tan bien esas miradas desviadas… Esa manera torpe de disimular la sorpresa, porque, claro, semejante reacción está lejos de ser políticamente correcta.

Las conozco, preveo y espero, pero aun así no logro acostumbrarme.

Resisto, me aferró: sé muy bien que es a mí a quien castigo dando pie a esos pensamientos sombríos. En vano. A diario me miro largamente en los espejos con que me topo. Acecho la afrenta. Eres negra, Prudence. Para todos esos blancos con quienes te cruzas, desciendes de una estirpe de esclavos. Tu belleza, inteligencia, rigor, profesionalidad nada valen. Eres negra, luego inferior. Salida del reino subhumano, en algún lugar entre lo animal y lo vegetal.

- Entonces, usted es… mmm…

- Prudence Mané. Encantada de conocerlo por fin.

Pobre Orléans, que se empeña en creer en los cuentos de hadas. Está dispuesta a hacer borrón y cuenta nueva, con el pretexto de que la esclavitud ha sido calificada de crimen contra la humanidad. Sólo sabe pronunciar una palabra: tolerancia. Orléans no se ha dado cuenta de la gran estafa del siglo XX. Yo, en exceso. No creo en los buenos sentimientos.

Analizo los hechos, las cifras, constato que la esperanza de vida de un negro es inferior a la de un blanco, observo la cotidianeidad humillante de nuestras vidas. La hipocresía de los biempensantes. Ese aire solícito permanente. Siento que voy a explotar, pero ¿de qué serviría? Hay que aguantar. Sólo tengo un objetivo: pasar por esta vida lo más deprisa posible.

Entretanto, poner algunos puntos sobre las íes cuando se presente la ocasión.

Miro a Versini a los ojos mientras hablo. Hay motivos para estar satisfecho. Es un expediente muy sólido. Hay un buen puñado de elementos convergentes. Relación de pagos, cruce de cuentas. Meses de minuciosas indagaciones, de análisis despiadados. Noches estudiando las disposiciones legales más abstrusas y menos conocidas, a la caza de las imprecisiones jurídicas, elaborando teorías, aportando conclusiones casi irrebatibles.

Presento, expongo, desarrollo, demuestro. El escucha. Menea la cabeza. Se acaricia la barbilla, bebe agua.

He terminado: le tiendo el expediente con cierto orgullo. Este es el circuito tal como podemos reconstruirlo, estimado señor. Estamos preparados para el último asalto.

- Bien -dice Versini tras haber escuchado mi exposición-. Un trabajo exhaustivo, no cabe duda.

No ha desviado la mirada ni una fracción de segundo. Nuestros ojos se enfrentan en una batalla silenciosa, aunque seguramente él ignora lo que está en juego. Sonrío levemente: imposible controlar la satisfacción que experimento en este instante, frente a ese hombre arrellanado en su mullido sillón de piel, en esta estancia cuya decoración pretenciosa te recuerda que te encuentras en la cueva del éxito. Este hombre que acaba de felicitarme, y no es para menos.

- Sin embargo… -añade.

- ¿Sí?

- Me preocupa un detalle. Usted ha mencionado (la cito textualmente) unas «conclusiones casi irrebatibles». Lo que me contraría sobremanera.

Un rictus a duras penas perceptible le contrae las comisuras de los labios y trasluce su tensión. Debería decir más bien su crueldad: acabo de

presentarle un expediente de cemento armado, pero el señor Versini está

«contrariado sobremanera».

- Lo lamento, es imposible hacer más.

- Es lamentable, en efecto. ¿Quién ha trabajado en este expediente?

¿Clara?

- Yo misma. Puedo desarrollar algún aspecto en particular, responder a sus preguntas, hablarle de nuestros métodos.

- Querida -dice en tono condescendiente, frunciendo el ceño-, pago sumas elevadísimas a su despacho para obtener garantías. Así que voy a formular la pregunta sin tapujos: ¿hay aquí… -deja caer ruidosamente la mano sobre la carpeta naranja- algo que borre por completo las sospechas que pesan sobre mi empresa?

Bien, al parecer las cosas están torciéndose. Su mirada me sondea con dureza. Despliego mi armadura, pero es demasiado tarde. Estás tocada, Prudence.

- Quedan ciertas zonas de sombra. Habremos de contar con nuestro poder de convicción ante el juez, pero eso también forma parte de nuestro oficio. Ha llegado el momento de confiar en nosotros.

- No me gusta su enfoque -suelta Versini-. Usted no está aquí para enumerar las zonas de sombra ni para presentar conclusiones basadas en estimaciones. Si no tiene más que añadir, esta reunión ha terminado.

Llamaré a Clara a última hora.

Se levanta y sale de la estancia. He visto a menudo su foto en los numerosos recortes de prensa que figuran en el expediente: Versini condecorado por el ministro de Economía, Versini en la escalera del Palacio de Justicia, Versini celebrando la reapertura de un conocido restaurante galardonado con varias estrellas. Pero es la primera vez que lo veo en carne y hueso. Más en carne que en hueso, dicho sea de paso. Los negocios le van bien. Es célebre por tener una de las mejores bodegas del mundo, sí, del mundo. El banco privado que dirige posee varios grandes viñedos y financia una prestigiosa marca de champán y un coñac muy conocido: una sola botella vale el equivalente de seis meses de sueldo de un obrero.

¡Clara estaba orgullosísima de haber conseguido este cliente! Hasta entonces, Versini nunca había recurrido a una asesoría externa. Tenía sus

propios juristas, sus propios perros de presa famosos por su rabia. Tres veces imputado, tres veces limpio de toda sospecha.

- Pero esta vez, Prudence, el asunto es grave -había advertido Clara-.

Necesita lo mejor de lo mejor para salir del atolladero, y lo mejor de lo mejor somos nosotros. Eres tú. Tú eres la mejor.

Sus cumplidos me dejaban indiferente, pero el caso me motivaba.

- Y tú, Clara, en el fondo, ¿qué crees? ¿Está pringado?

- Lo que cuenta no es mi opinión, sino lo que el juez va a creer. Y

gracias a ti, el juez va a pensar que es más inocente que un corderito. -Clara había captado mi mirada de desconfianza-. Y no, claro, no está pringado.

No trabajo con organizaciones mafiosas. Además, el juez no tiene ninguna prueba de indicios.

Ninguna prueba, pero sí una convicción que él apenas disimula. Le han asignado el caso hace unos días, después de que el anterior magistrado -una magistrada, para ser precisos- falleciera inesperadamente de un infarto. Yo no lo conozco. Sólo sé que es joven y que es la primera vez que lleva un asunto tan importante. Tanto más peligroso: querrá hacerse un nombre a toda costa. El caso Realprom es una ocasión única para alguien que desee entrar en el círculo de los mejores: actividades poco claras, red implantada en los paraísos fiscales más enrevesados, sospecha de vínculos con el crimen organizado, hipótesis de financiación política. Y, para dar la última pincelada al cuadro, el apoyo de un gran banco privado, famoso hasta ahora por su poder y discreción. Versini.

Muy difícil separar lo verdadero de lo falso.

- Mira -había dicho Clara, pasándome una pila de documentos-, la verdad es que en este país no se perdona el éxito. Cuando el padre de Versini fundó el Lexis en el año cuarenta y siete, era contable en las Grandes Galerías de la Moda, así que figúrate.

Sí, me lo imagino muy bien. Es precisamente eso lo que hace que me resulte simpático el tal Versini. No soporto que se juzgue a las personas por su pedigrí, ¿comprendes, Clara?

Me había entregado al caso con pasión, decidida a proteger a mi cliente de los ataques malintencionados. Sería su escudo, su chaleco antibalas, su seguro a todo riesgo. Si alguien había jurado acabar con él, terminaría

estrellándose. Yo encontraría los fallos en el informe de la acusación.

Demostraría la mala fe y la falibilidad de los argumentos expuestos.

Barrería de un plumazo las sospechas.

Había invertido una energía considerable en ese trabajo. Durante noches enteras había comparado flujos financieros, estudiado extractos de cuentas, clasificado números de teléfono; el combate de Versini era el mío, su victoria sería la mía. Esto da una idea de la satisfacción que me había causado enterarme de que iría en persona a presentarle los frutos de mi trabajo.

Pero resulta que, tras exponerle con todo detalle, durante dos horas, mi dispositivo de defensa, Versini despreciaba mis esfuerzos y pisoteaba mis conclusiones con un humillante «Llamaré a Clara a última hora».

Ni siquiera se tomó la molestia de despedirse, limitándose a inclinar vagamente la cabeza antes de salir de la estancia, gesto que sin duda consideraba suficiente para una subalterna, negra por añadidura, que había tenido la audacia de no dar una respuesta tajante a un interrogante imposible de resolver.

Recogí mis cosas, tapé la pluma estilográfica. Observé de nuevo el precioso artesonado, la gruesa moqueta, los cuadros de grandes maestros.

La propia mesa era de una madera tan bonita, tan maciza, de una forma tan original y con una pátina tan perfecta que parecía una obra de arte. Bajo la dirección de Versini hijo, el banco había multiplicado por cinco su crecimiento. Había motivos para atraer la atención de un juez puntilloso, tanto más cuanto que el Lexis Bank, que ya disponía de una representación activa en las islas Caimán, había abierto recientemente una oficina en Moscú y otra en las islas Tonga, y que en estas últimas se había ubicado en el mismo período una filial de Realprom, cuyas actividades eran como mínimo poco claras.

Dicho esto, financiar una empresa y gestionar sus cuentas no implicaba forzosamente conocer al cien por cien la naturaleza de sus transacciones.

Que un banco tuviera una o dos sucursales en paraísos fiscales sólo formaba parte del oficio; en cuanto a Versini, eludía la ley y operaba off-shore guardándose las espaldas: en resumen, las persecuciones de que era objeto

resultaban infundadas y calumniosas, al menos eso aspiraba yo a demostrar hasta aquella reunión mortificante.

Sin embargo, la situación acababa de cambiar. Ya no estaba muy segura de seguir con el caso. Me urgía hablar con Clara.

Cogí el teléfono, pero cuando iba a marcar su número el contestador se puso en marcha. Su voz, en un estado de nerviosismo extremo.

«Oye, Prudence -gruñó, con un timbre todavía deformado-, es increíble, pero me encuentro literalmente aprisionada, retenida contra mi voluntad en una horrible sala de espera. Estos imbéciles no se atienen a razones y se niegan a dejarme salir del hospital sin un acompañante, cuando ya han desaparecido todos los síntomas. Ven a recogerme en cuanto termine la reunión con Versini. Menudo lío por ese puto atentado. ¡Prudence, date prisa, o si no ahora seré yo quien haga saltar todo por los aires!»

¿Un atentado? Me conecté inmediatamente a Internet. Informaban de una explosión por causas todavía no determinadas, una planta entera de un edificio de oficinas había volado y se contabilizaban unas treinta víctimas, la mayoría al parecer muertas en el acto y las demás gravemente heridas.

Me estremecí. Vida y muerte, el instante presente. Vamos, Prudence, ve al hospital, ahora mismo filosofar no servirá de nada. Más vale recoger a Clara y tratar de reconducir la obstinación de Versini. Después será el momento de reflexionar sobre lo demás. De tomar un poco de perspectiva e interrogarte sobre este extraño día durante el cual, y de forma sucesiva, has pensado dimitir, has tenido la oportunidad tan ansiada de presentar los frutos de tu trabajo y, al final, recibido el peor bofetón de tu carrera, lo que en cierto modo te devuelve a la primera premisa.

Tenía el coche aparcado muy cerca. Llegaría al hospital en menos de un cuarto de hora.

Aquel día que había dicho «Es que sí» cuando Antonin ya iba camino de la clase de física, lo esperé a la salida del colegio con el corazón palpitante, las piernas trémulas y una mezcla de vergüenza y felicidad. Pero Antonin el Guapo, Antonin el Magnífico, pasó por delante de mí mirando el suelo, sin decir una palabra. Eran las cinco de la tarde, la culpa era mía, no había contestado con la rapidez necesaria, seguramente ya había elegido a otra.

Aquel día funesto, de vuelta en casa me miré largamente en el espejo para medir mi resistencia. ¿Cuánto tiempo podría sostener la mirada de una chica deshonrada, que no había temido dar lo más precioso que tenía para obtener unas migajas de reconocimiento, para existir al menos físicamente, para -en el mejor de los casos- constatar que tenía ese lastimoso poder de dar placer a quienes la trataban como a una intocable?

A los once años, los pechos no son el único órgano desarrollado: a veces el cerebro y el corazón ya están en condiciones de sentir la brutalidad de conceptos tan violentos como los de desgracia y fatalidad.

A los once años se puede llorar sin derramar una lágrima; y así, con los ojos secos, me dirigí hacia la ventana del salón. Pensé por un instante en mi madre y le pedí perdón en silencio por abandonarla de ese modo, a la vez que me decía que más valía tener una hija muerta y digna que una viva y repugnante. Después pensé en ti, querido abuelo. Me disculpé también porque temía tus reprimendas cuando nos encontráramos allá arriba, en la lejanía de lo desconocido. No te gustaría enterarte de que me había convertido en una perdida. Tampoco de que había tomado una decisión que no me correspondía. Sin embargo, y ésa era mi única certeza, siempre me querrías: me estrecharías contra tu pecho susurrándome al oído las palabras consoladoras de un poeta.

Me acerqué a la ventana. Vivíamos en el cuarto piso, de modo que podía imaginar un fin brutal. Pasé una pierna por encima de la barandilla y caí a una velocidad alucinante, con la misma simplicidad que una piedrecita arrojada desde un puente. Al pie del edificio, un arriate descuidado intentaba vagamente animar un poco el blanco sucio de las paredes. Vi la mezcla de colores, un arco iris precipitado, después vino aquel tremendo puñetazo, la respiración cortada, el estrépito silencioso, el instante de alivio.

Mi madre nunca hizo ningún comentario sobre lo que habían dicho en el colegio y yo jamás se lo pregunté. Cuando desperté, cuatro meses más tarde, su piel y su pelo se habían vuelto de un horrible tono gris uniforme.

Me explicó que nos habíamos mudado. Todavía tuve que pasar más de un año en rehabilitación en un centro especializado antes de ver nuestro piso.

Era luminoso y alegre, una planta baja que daba al jardín en una pequeña urbanización modesta de la periferia, al oeste de la ciudad. Los muebles

eran nuevos. Mi madre había colgado en las paredes decenas de fotos de mi infancia. Hablaba, cantaba, no paraba, poseída por la urgencia de ocupar los espacios, los instantes, desconcertada ante la idea de que yo pudiera intentar otra vez poner fin a mis días. Y cuanto más reía, cuantas más excursiones proponía, más actividades inventaba y más trampas tiernas imaginaba para verme sonreír, más miserable me sentía yo. Me parecía encarnar la idea misma de fracaso: cuatro pisos, y aun así incapaz de quitarme de en medio.

Todos los días venía un profesor particular. «Eres un verdadero milagro

-murmuraba-. Cuatro pisos, no muy altos, es verdad, pero aun así… Es como para preguntarse si los negros poseen una constitución diferente que los blancos. ¿No es del dominio público que sois más flexibles?»

Mamá aprovechaba su presencia para salir, hacer la compra, cumplir con sus obligaciones exteriores. Yo me aplicaba, me concentraba en mis cálculos, en las clases: por lo menos mientras estudiaba mi mente dejaba de dar vueltas machaconamente a mi desesperación. Con ese régimen, no tardé en volverme imbatible. Cuando me reincorporé al régimen escolar tradicional, enseguida me convertí en la primera de la clase. Por lo menos había conseguido algo: gracias al éxito en los estudios, mi madre recuperaba un poco de serenidad. Empezaba a maquillarse de nuevo, iba a la peluquería, se vestía otra vez con gusto. En muy pocos momentos se dejaba llevar, y entonces me abrazaba, la mano derecha pegada a mi nuca, y lloraba contra mi mejilla. Después se enjugaba las lágrimas.

- Qué tontería, Prudence, mira si soy sensiblera que lloro sin siquiera saber por qué. Pero dime, dime que estás bien.

- Sí, mamá, te lo juro.

Nos mentíamos mutuamente con delicadeza.

La verdad era más cruda. Mi vida se había detenido el año que cumplí los once, ¿cómo habría podido ser de otro modo? Por esa expresión tan trillada, «mi vida», entiendo mi verdadera vida, la que esperaban para mí quienes me quieren, aquella con que soñaba de pequeña, hecha de amor, de deseo, de nobles sentimientos, de aventuras, de luchas justas. Había fallado en la consecución de mi muerte física, pero había logrado la psíquica.

Desde entonces sobrevivía exclusivamente para proteger a mi madre de un sufrimiento peor que el ya infligido.

Nunca dejó esa última vivienda. Todavía hoy cultiva allí su pequeño jardín, planta rosas de nombres alambicados y otras flores anónimas que lleva a mi casa cuando está segura de que no va a encontrarme.

En el momento de entrar en el hospital para recoger a Clara, me he parado un instante. No había vuelto a pisar un centro de ese tipo desde el accidente. Un accidente de coche, ésa era la versión oficial, porque la necesitaba, ya que me quedaron varias cicatrices impresionantes en brazos y piernas. Las múltiples fracturas habían dado lugar a decenas de operaciones. Mi esqueleto aguanta gracias a una infinidad de pequeñas piezas metálicas que activan las alarmas en los aeropuertos y me impiden olvidar, suponiendo -algo improbable- que el grito de mis heridas intentara extinguirse.

El acceso se hallaba obstruido por varias furgonetas equipadas con antenas parabólicas. Un grupo compacto de cámaras y fotógrafos se agolpaba ante las cristaleras. Sonaban teléfonos sin cesar, entremezclados con toques de claxon, voces desordenadas y rugidos de motores.

Instintivamente, al atravesar la multitud agaché la cabeza. En el vestíbulo reinaba la misma agitación. Batas blancas se afanaban de derecha a izquierda, bajaban a toda prisa la escalera, cerraban ruidosamente las puertas. La ventanilla de información estaba tomada por periodistas y familiares. Era inútil esperar que me atendieran en medio de aquel caos.

Marqué en vano el número de Clara: no había cobertura. Así que me adentré en el pasillo principal, atestado de camillas en que yacían viejos de mirada perdida, niños inquietos y mujeres embarazadas con expresiones tensas.

Seguí los carteles hacia la sala de espera. Las puertas se abrieron con brusquedad cuando me disponía a entrar. «¡¡Vía libre!!», gritó un auxiliar corpulento empujando hacia mí una cama con ruedas provista de barrotes anticaída. Tuve el tiempo justo de ver la cara de un hombre que gesticulaba de dolor y la roja sangre que se extendía por la sábana blanca.

Me asomé a la sala. Al fondo, una mujer medio incorporada en una camilla acariciaba la cabeza de un chiquillo. Otra mujer endomingada con un traje de chaqueta de pata de gallo, un poco vulgar pero de aspecto afable,

cogía de una mano a la primera. Alrededor, algunas personas sentadas en el suelo leían o charlaban.

Clara no estaba allí.

- Disculpe, estoy buscando a una persona, ¿sabe si hay otra sala de espera? -pregunté a la mujer del traje de chaqueta.

- El hospital entero es una sala de espera -respondió.

- Si es por lo de Realprom -intervino el chiquillo-, creo que hay una ventanilla especial en el vestíbulo.

- ¿Realprom? -repetí sobresaltándome.

- Sí, Realprom -repuso el chaval con el ceño fruncido.

- Esta señora no está forzosamente aquí por la explosión, Paulo -señaló la mujer de la camilla.

Realprom. No puede ser verdad. Una cosa así… no puedo creerla. Has entendido mal, Prudence.

- Perdone, lo de la explosión… ¿se refiere al edificio de oficinas que ha saltado por los aires hace un rato?

- Exacto, ha sido Realprom lo que ha saltado por los aires.

- Su oficina -precisa el chiquillo, hinchando de pronto el pecho con una especie de orgullo insólito-. Pero ella no tiene nada. Bueno, casi nada. ¡Ha sido la única superviviente! Es mi madre.

- Calla, Paulo -lo interrumpe la mujer, sonrojándose-. Discúlpelo, siento mucho si tenía algún conocido allí. De todas formas, nada es seguro aún, los médicos todavía están trabajando…

- No, no venía por eso. En realidad, tampoco sabía que se trataba de Realprom… Pero es que… justo ahora estoy trabajando en un asunto un poco delicado relativo a Realprom.

- Ah -dice la mujer de la camilla-, no me extraña, ¿sabe? Con el señor Farkas, los asuntos siempre son delicados.

- ¿Trabajaba con Grégoire Farkas? ¿Directamente?

- Era su secretaria. ¿Lo conoce? Bueno, debo decírselo, espero que no fueran muy allegados: ha muerto -anuncia entre incómoda y satisfecha.

- No lo éramos. Dirijo la asesoría que trabaja para Lexis, el banco de Realprom. En fin, la codirijo, para ser exactos.

- Entonces, es usted abogada o algo por el estilo, ¿no?

- Es lo que digo siempre -interviene la mujer del traje de pata de gallo-: el mundo es un pañuelo.

En el momento en que pronuncia la frase, de repente tomo conciencia de que, por primera vez, ninguna de las personas que están en la estancia ha pestañeado al enterarse de mi trabajo. Sí, al parecer, en esta sala de espera de paredes descoloridas ser negro no es una característica más sorprendente que ser rubio o pelirrojo.

- Dígame, ¿cómo se llama su bufete? -pregunta la secretaria de Farkas con aire pensativo.

- Protech Consulting. ¿Le suena?

- Ya lo creo. Una de sus colaboradoras solicitó unos documentos hace unas semanas. Me ocupé de facilitárselos. Se llamaba…

- Victoire. Seguramente usted habló con Victoire Milton.

- Eso es, la señorita Milton. ¿Sabe qué? -añade la secretaria de Farkas-.

Es una suerte que usted esté aquí. -¿Ah, sí?

- Excepto yo, todos los demás están muertos o gravemente heridos…

ahora ya puedo decírselo, pues no es usted pariente de ninguno. Y quienes habían venido para la reunión, lo mismo, muertos o casi. ¿Se da cuenta?

Fulminados. No queda nada de los locales y no mucho más de los empleados. Realprom liquidada -concluye mientras empiezan a temblarle las manos.

- Qué terrible.

- Sí, pero la cuestión es que no sé qué va a pasar ahora. No sé a quién dirigirme y todavía menos qué va a ser de mí. Quizá usted pueda ayudarme.

- ¿Por qué no? -respondo, un poco recelosa: ya tengo bastantes problemas como para ponerme a hacer de buena samaritana.

- En el bolso tengo unos contratos. No sé a qué se refieren, pero el señor Farkas les concedía gran importancia. Eran para la reunión de hoy. -Señala bajando el tono, y reprime una arcada-. Estoy viva gracias en parte a ellos.

No sé qué hacer con esos documentos, así que, si usted aceptara encargarse de ellos… Quizá haya que dar curso a algo, avisar a alguien, seguramente incluso al Lexis, ¿no? Yo me quedo una copia y usted se lleva las demás. -

Se interrumpe de nuevo-. Oiga, puedo confiar en usted, ¿no? Alguien tiene que ocuparse de esto. Sí, por supuesto que puedo, eso se nota, ¿verdad,

Paulo? Por cierto, me llamo Marylou Mihajilovitch, es un poco difícil de pronunciar. Paulo es mi hijo. ¿Tiene una tarjeta? Por guardar las formas, ya sabe. Está claro que la ha enviado Dios, así que no vamos a complicarnos la vida.

La observo con atención. Hay en ella algo profundo y patético a la vez, una belleza cansada, humanidad. Y tiene un nombre bonito.

- Paulo, acércame mis cosas -pide Marylou.

El niño coge un gran bolso y lo deja sobre la camilla.

- Me llamo Prudence Mané -me presento, tendiéndole una tarjeta a su madre-. Aquí puede localizarme. En cuanto a los expedientes, me encargaré de hacérselos llegar a quien corresponda. Voy a escribir un recibo para que tenga un comprobante de que me los ha entregado.

- Como quiera.

Me disponía a contestar cuando la puerta se abrió y se acercó una enfermera.

- ¿Señora Mihajilovitch? El periodista pregunta si puede entrevistarla ahora. ¿Cómo se encuentra?

- Bastante bien. Sí, ahora puedo. -Y volviéndose hacia su amiga, pregunta-: Nadège, ¿te quedas con Paulo? Hay cinco expedientes, más los anexos -me dice a continuación-. Son el mismo, ya lo verá, sólo cambia la carta de acompañamiento, por el nombre. Déjeme uno y llévese los demás.

Paulo le dará mi dirección y teléfono, para que me mantenga al corriente.

¿Le parece bien?

- Sí, por supuesto. La llamaré mañana.

- ¡Allá vamos! -exclama la enfermera empujando la camilla hacia la salida.

El chiquillo me ayuda a sacar los expedientes del bolso. Le doy las gracias.

- Oiga… -dice cuando me dispongo a marcharme.

-¿Sí?

- No la deje colgada, ¿eh?

Es guapo. Once años, doce quizá. Por un instante se me encoge el corazón.

- Va a necesitar ayuda. Una abogada le vendrá bien -añade.

Ignoro por qué extraño mecanismo mi mano se toma de pronto ciertas libertades y se posa sobre su hombro. Tampoco sé cómo soy capaz de sonreírle, me refiero a sonreírle de aquella manera: desde el interior.

- No te preocupes, Paulo. No la dejaré colgada.

Son las cinco y media. De repente me siento acalorada. Más vale que me vaya. Además, tengo que encontrar a Clara.

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