Divina Providencia
Dear Prudence
Recorrí la avenida dos veces, en ambos sentidos. No encontraba mi coche. Teniendo en cuenta la cantidad de polis presentes ante la verja del hospital, podía excluir que me lo hubieran robado: en mi precipitación, probablemente había aparcado en el sitio reservado a las ambulancias y se lo había llevado la grúa. No tenía más que ir al depósito.
Me dirigí a la parada de taxis. Había una cola de unas quince personas.
- ¿Hace mucho que espera? -pregunté a la señora que estaba la primera.
- Sí, ya lo creo. A raíz de la explosión, todo va manga por hombro. La mayoría de los taxis que llegan aquí ya están reservados para volver. Si se ve con ánimos, le aconsejo que vaya andando hasta la parada siguiente, o que use el transporte público. Yo lo haría si no estuviera tan cansada.
Le di las gracias. Con una ojeada a mi plano del metro me percaté de que me encontraba a sólo veinte minutos del depósito, quizá menos, pues estábamos en plena hora punta, cuando hay mayor frecuencia de trenes. Me apresuré, al tiempo que intentaba localizar a Clara. En vano: estaba hablando con alguien. ¿Con Versini? ¿Qué le comentaría de la reunión?
¿Iba a pedir mi cabeza? ¿Sería suficientemente íntegra para apoyarme? Me habría gustado ser lo bastante fuerte para pensar en otra cosa, confiar en Clara, en mí misma, en resumidas cuentas, en la vida. Pero para eso habría sido preciso ser ingenua, o amnésica, no saber quién era Clara o haber nacido en la piel de otra persona.
El andén se hallaba abarrotado. Raramente cogía el metro, pero aun así aquello me pareció anormal. Llevaba dos o tres minutos esperando, cuando por megafonía difundieron un mensaje:
«A consecuencia del accidente de usuario ocurrido en la línea ocho -dijo una voz casi sensual-, la circulación sigue muy reducida. Rogamos disculpas por las molestias ocasionadas.»
Menuda lata, pero ¿tenía derecho a quejarme cuando seguramente una mujer o un hombre acababa de morir? ¿Por qué algunos días parecían tan propicios para las malas noticias? Las víctimas de la explosión, el accidente de usuario y el desprecio de Versini reunidos en un espacio-tiempo de unas horas. Por no hablar de la retirada de mi coche por la grúa o de la imposibilidad de localizar a Clara.
Decidí esperar. La voz había empleado el término «reducida», no
«interrumpida». Por suerte, un chico acababa de dejar un asiento libre justo a mi lado. Me senté y me enfrasqué en mis pensamientos. Quizá había llegado el momento de tomar las riendas de mi futuro. Después de todo, ¿no había estado a punto de dimitir a primera hora de la tarde? Había analizado los pros y los contras, los motores y los frenos de mi vida. Calibrado mi rencor, mi sufrimiento, la vanidad de mi sacrificio. Había hecho por fin acopio de fuerzas para levantar la cabeza… hasta que había escuchado el pedido de Clara, que había dado al traste con todo. La simple perspectiva de una reunión importante había bastado para hacerme renunciar.
¿Qué había sido de mi orgullo? ¿Dónde estaba la niña herida que tiempo atrás saltara al vacío sin miedo ni lamentaciones? ¿Durante cuánto tiempo más seguiría siendo capaz de mentirme con tanto aplomo?
Los raíles permanecían mudos. El panel de información anunciaba que el siguiente tren llegaría cuatro minutos después. Los viajeros ociosos giraban sobre los talones, miraban sus relojes, intentaban utilizar sus teléfonos móviles por enésima vez, pero no había cobertura. Saqué del bolso los expedientes que me había pasado la secretaria de Farkas. Un drástico «confidencial» cruzaba las cubiertas. «Son copias -había precisado Marylou Mihajilovitch-. Sólo cambia el nombre del destinatario.» Abrí la primera carpeta.
El corazón me dio un vuelco: en la guarda, una lista de los asistentes a la reunión. En negrita y mayúsculas: Grégoire Farkas, propietario de Realprom; Piotr Ryzhkov, magnate ruso conocido por su pertenencia a la
mafia; y Léandre Severino, número dos de Lexis. Los siguientes eran segundos espadas, directores financieros de cada una de las partes.
Recordé el rostro carnoso de Versini y su tono suficiente. «Así que voy a formular la pregunta sin tapujos: ¿hay aquí algo que borre por completo las sospechas que pesan sobre mi empresa?»
Mis dedos pasaban las páginas con frenesí. Ante los ojos tenía un montaje perfecto de una sociedad tapadera destinada a realizar transacciones turbias de forma ilegal, una de las cuales estaba ya preparada y descrita con minuciosidad en un documento anexo.
Oh, señor Versini, tranquilícese, ya no hay la menor duda sobre su empresa. Ya no existe ninguna «conclusión casi irrebatible». El Lexis está metido hasta el cuello, como puede leerse claramente en estos documentos que habrían desaparecido si la secretaria de Farkas no se hubiera retrasado, o si hubiera hecho el sacrificio de morir como los demás, o si no hubiera resultado que Clara era alérgica a la violeta… pero mire por dónde el destino lo ha decidido así, señor Versini, la secretaria de Farkas se encuentra en plena forma y estos expedientes tremendamente comprometedores están ahora en mis manos.
Me levanté de un brinco, con la sensación de llevar un tesoro, un cinturón de explosivos, un pergamino sagrado, una sensación súbita, increíble, de inconcebible gratitud hacia un guiño de la vida. «A consecuencia de un accidente de usuario…», repetía la voz almibarada. Esta vez, la llamada a Clara no podía esperar más. Iba a darle mi versión de los hechos con todo detalle y se quedaría pasmada, Clara-lo-sé-todo.
Salí precipitadamente del metro y marqué su número. Por fin lo cogió.
- Clara, soy Prudence, no vas a dar crédito a lo que he de explicarte.
- ¡Un momento! Prudence, no sé qué vas a decirme, pero espero que sea una buena noticia, porque hoy es un asqueroso día de mierda. No sólo me he transformado en un globo a causa de un pastel, no sólo no he podido asistir a una reunión de doscientos mil euros, sí, porque vamos a facturarle doscientos mil, Versini quiere lujo, ¿no?, pues el lujo cuesta caro…
- Hablando de Versini…
- No sólo, decía, me pierdo esa reunión… no te lo tomes a mal, estoy segura de que lo has hecho muy bien, Prudence, pero ya sabes cómo
funcionan estas cosas, a la gente le gusta tener al «auténtico» jefe delante…
Bien, entonces, escúchame con atención, no sólo he tenido que soportar todas esas desgracias, sino que además Victoire me cuenta que Bob ha enviado a un ciclista al hospital, ¿qué te parece? ¡Esa idiota es incapaz de controlar a un chucho de medio metro de alto! ¡Ni que fuera un perrazo!
¡Pero claro, lo saca a pasear y ella va con botas de tacón de aguja, que no son lo más indicado para mantener el equilibrio!
- ¡¡¡Clara!!!
-¿Qué?
Clara, recupera el aliento. Vas a tener que despedirte de los doscientos mil euros. Tu Versini está pringado a base de bien. El Lexis no queda fuera de toda sospecha, sino totalmente dentro. Avala el blanqueo de dinero. Abre todas sus puertas y arcas a la mafia rusa. Lo ha hecho de un modo impecable, con verdadera maestría, me he pasado semanas buscando algo de lo que pudiera acusársele sin encontrar nada, absolutamente nada sólido, sólo suposiciones, el blindaje es perfecto, sublime el maquillaje, ninguna filtración posible, y sin embargo…
- Pero ¿de dónde has sacado todo eso?
De mi bolso, Clara. Pues sí, se trata de expedientes confidenciales. La superviviente de Realprom, ¿estás al corriente de la explosión? ¿Y sabes lo más divertido? Es muy probable que estuvieras sentada a su lado hace un rato, en esa sala de urgencias. Mientras te buscaba me topé con ella. Bueno, eso da igual, el caso es que tengo los expedientes. ¿Quieres los detalles?
Aquí están. Por el derecho y por el revés.
Reconoce que te has quedado de piedra, Clara.
Un largo silencio al otro lado de la línea.
- ¿Clara?
- Estoy pensando.
- ¿En qué?
- Era una factura de doscientos mil euros, Prudence. Antes de que descubrieras ese expediente.
- Ya no es antes, sino después: lo tengo delante de los ojos.
- Exacto. ¿En cuánto lo valoras? En tu opinión, ¿cuánto estará dispuesto a pagar Versini para recuperarlo?
- ¿Estás de broma, Clara?
Este expediente huele a muerte. Los cadáveres de los presuntamente firmantes se hallan depositados en la cámara frigorífica del hospital.
Realprom ha sido destruida y con ella su propietario. Por no hablar de Ryzhkov. ¿A qué te refieres exactamente? ¿Al chantaje? ¿A la presión? ¿Al tráfico de influencias? ¿A la manipulación?
- No te embales, Prudence. Mantén la calma y considera lo que está en juego. Has descrito perfectamente la situación: todo el mundo relacionado con esta historia ha muerto. ¿A quién vamos a perjudicar? Ni siquiera al fisco o al Estado, ya que esa famosa sociedad no verá la luz. Lo único que tenemos que hacer es meter ese expediente en un bloque de hormigón y arrojarlo al fondo del mar; en fin, es una forma de hablar.
- ¿Y Versini, que nos ha hecho trabajar para exculparlo?
- Nos contrató porque somos las mejores. Dedujo que si nosotras no encontrábamos nada, nadie más podría hacerlo. Tomémoslo como un cumplido y veamos qué partido podemos sacar.
- ¿Estás dispuesta a negociar con ese cerdo? Pero ¿a qué nos dedicamos exactamente? Creía que nos habíamos prometido conservar las manos limpias.
- Prudence, te lo suplico, sé lúcida por una vez en tu vida. Si quieres castigar a Versini, ¡sácale el dinero! ¿Qué prefieres, meterte en un proceso en que nada garantiza que no vaya a salir vencedor (ya sabes, un defecto de forma por aquí, un sello desaparecido por allá) o golpearlo donde le dolerá de verdad: en su cuenta corriente? Ya no hablamos de cientos de miles de euros, ¡sino de millones! Es fácil: enterramos el expediente, Versini nos abre una cuenta en las Tonga, nadie sale perjudicado y puedes olvidarte del plan de pensiones.
Me quedé muda. En mi cabeza, en mis tripas revueltas por la cólera, todo estaba claro, pero ¿cómo dar con las palabras? ¿Cómo expresar lo que sentía? Tanto asco, y esa sensación insoportable de haber dejado una vez más que me la pegaran.
No pensaba que fueras capaz de llegar a eso, Clara. Sabía que eres cínica, pero te creía honrada.
- ¿Prudence? ¿Estás ahí?
Estoy aquí, sí. Bueno, no del todo. Estoy estupefacta. Descolocada.
Intento atar cabos, recapitular.
- Prudence, te lo suplico, despierta. ¡Estamos en la vida real! Nuestro despacho tiene clientes de todo tipo, están los buenos y los malos, son gajes del oficio, ¿no?
Lo siento, Clara, no firmé para ponerme fuera de la ley. Soy cándida, eso sí, o en todo caso lo he sido, y durante mucho tiempo. Pero tengo principios. No estoy dispuesta a pisotearlos, ni siquiera por mucho dinero.
- ¿Y la secretaria, Prudence, la que te ha dado esos expedientes? ¿Qué piensas de ella? ¿No crees que le gustaría vivir al sol? ¿Serás tú quien le dé trabajo ahora que se ha quedado sin él? Porque aquí, Prudence, no hay ningún puesto vacante, no sé si lo sabes.
Podemos equivocarnos sobre las personas, incluso las más cercanas.
Pero ¿a tal extremo? Me parecía sorprendente.
- Eres repugnante, Clara. Presiento que dentro de un segundo vas a proponerme donar una parte de la suma a una asociación humanitaria.
- Qué graciosa…
- Tengo que dejarte. Por cierto, presento mi dimisión.
- ¡Prudence! ¡Espera! ¡No cuelgues!
Todavía no son las seis. Tomando otra línea de metro y recorriendo una pequeña parte del trayecto a pie, puedo llegar al Palacio de Justicia en menos de diez minutos. Nunca he visto al juez, ni siquiera sé qué aspecto tenía, pero llevo el teléfono de su despacho en la libreta de direcciones. Es más que suficiente: el nombre de Versini será la palabra mágica, me recibirá.
Su secretaria contesta al primer tono. Le digo: avísele, tengo que verlo esta tarde sin falta, soy de Protech Consulting, es sobre Vernon Versini y el Lexis. Es importante, ¿comprende? Urgente.
Todavía hace calor, sudo al correr. Demasiados sentimientos se agolpan en mí, demasiadas cosas se tambalean. Ya no es cuestión de ser negro o blanco, sino fuerte o débil. He desconectado el móvil para estar segura de
no volver a oírte, Clara. No porque tema ceder a tus cantos de sirena, sino para disfrutar de un poco de paz. Probablemente habrás marcado mi número diez veces; luego, furiosa porque siempre salta el buzón de voz, el de Versini antes de darte cuenta de que no puedes decirle nada. Avisarle que tengo este expediente es admitir que la elección de Protech era la peor decisión de toda su carrera, a la vez que te convertirías en su cómplice ante la ley. Puedes prever las consecuencias y por tanto no te atreverás. Rezarás para que yo cambie de opinión en el último momento, para que acepte tus argumentos. O bien para que un infarto inopinado me fulmine. Mientras tanto, contestarás a Versini con tono neutro y educado. Abundarás en su parecer cuando critique mi incompetencia. Le explicarás que todavía me falta rigor, que ahora vas a tomar las riendas del caso.
- El juez está esperándola.
El artesonado es precioso, aunque está descuidado. El juez Dubois tiene suerte; por lo que sé, no todos los despachos del Palacio de Justicia son tan bonitos.
- La acompaño. -La secretaria se levanta trabajosamente de la silla. Es una mujer mayor con un vestido estampado. Su andar es envarado y su mirada, dura. El hecho de que me presente a semejante hora hace que no me vea con simpatía: una jurista tan impaciente por presentar un expediente sólo augura una fuente de trabajo suplementario-.
por aquí. -Se dispone a llamar a la puerta, una puerta majestuosa decorada con una gran manilla dorada, pero en ese instante el batiente se abre solo-. Ah, está aquí, señor Dubois -dice mientras mi corazón da un vuelco súbitamente y noto los latidos en las sienes.
- Es usted… -murmura el juez.
No te derrumbes, Prudence, pese a la conmoción brutal. Mantén los ojos abiertos, muérdete los labios: comprueba que no es un sueño ni una alucinación. Que esas pecas existen de verdad. Piensa también que puedes equivocarte. Han pasado muchos años. Toda una vida.
- Es la señora de Protech, por el caso Versini -precisa la secretaria frunciendo el ceño. Aunque sea incapaz de entenderlo, percibe lo extraña, lo inusual, lo sobrenatural que es la situación. También está incómoda.
Nos miramos. Nos observamos. Yo no soy capaz de hablar. Él sí.
- Perdón… ¿Es usted…? ¿Eres…?
Quiero responder, lo intento, hago acopio de las fuerzas que me quedan con un esfuerzo inmenso, pero la voz no me sale. Es demasiado duro.
Violento.
- Prudence, ¿no? ¡Sí! Eres Prudence Mané. -Antonin Dubois se vuelve hacia su secretaria-. Fuimos compañeros de colegio. Hace mucho, claro.
- ¡Vaya! -exclama la mujer-. ¡Qué casualidad!
- Si hubiera leído su nombre, me habría dado cuenta de inmediato -
prosigue él, con un deje de reproche-. Pero usted sólo mencionó a Protech.
¿Quién ha pasado por la experiencia de retroceder quince años largos en una fracción de segundo? La vergüenza me cubre la cara como si fuera ayer.
Las piernas me fallan, busco una ventana, un precipicio, un abismo, no puedo controlarme, necesito una salida, pero no hay ni una sola ventana en esa antesala, tampoco queda aire, ni el menor átomo de oxígeno, me asfixio,
¡socorro!
- ¿Y usted no ha establecido la relación con el juez Dubois? -insiste la secretaria, a quien de pronto la situación le resulta apasionante.
- No, no lo he relacionado.
Nada más lejos de mi mente. Hay decenas, cientos, miles de Dubois en cada ciudad, seguro que su panadero o mi electricista se apellidan así, ¿qué creía?, ¿qué esperaba, que muriera de nuevo cada vez que me cruzase con un Dubois?
La secretaria pone cara de extrañeza. Antonin permanece inmóvil.
Su pelo se ha oscurecido. Es más alto de lo que habría podido suponer.
El mismo aspecto, idéntico encanto, al menos eso me parece… En el fondo, ignoro si es una mujer de casi cuarenta años o una colegiala quien emite ese juicio. Su voz es bonita, grave.
¡Vamos, Prudence, serénate!
No sé qué me turba más, si la aparición repentina de un fantasma del pasado o que ese fantasma se acuerde de mí con tanta exactitud, de mi nombre, mi apellido, mi cara. Me mira con atención, me observa.
- Les dejo trabajar -se despide la secretaria.
Antonin me indica que entre en su despacho, me precede, se sienta en su sillón.
- Bueno, toma asiento, por favor. -Vacila, abre la boca dispuesto a hablar, pero cambia de opinión, deja pasar un instante. Al final dice-: Entonces, ¿venías por algo relacionado con Versini? Ya dispongo de un primer informe de Protech sobre el Lexis.
Eso es, hablemos del Lexis. Recuperemos el aliento, ¿de acuerdo?
Necesito centrarme. Dejar de ser Prudence Mané para convertirme en un elemento del caso Versini. Un elemento clave, entendámonos. Bien, mira lo que tengo bajo el brazo, señoría. Echa un vistazo a este contrato. Tu convicción estaba fundada. Los rusos, el Lexis, Realprom. El nido de víboras. Todo está aquí, todo.
Hojea el expediente. Su expresión va cambiando a medida que pasa las páginas. No se lo esperaba.
- Gracias, Prudence. Es fantástico. Me dejas impresionado.
- De nada. La ayudante de Farkas, la única que ha salido indemne de la explosión, me ha pedido que entregue el informe a quien corresponda.
- Qué tragedia. Esta gente está dispuesta a todo. Ha sido provocado, no me cabe duda. ¿Sabes que la investigación sobre la muerte de mi predecesora continúa abierta? Nadie ha podido establecer la causa exacta de su fallecimiento, pero lo más probable es que la envenenaran. Yo mismo recibo amenazas con regularidad. -Suspira-. Eso no me impedirá llegar hasta el final. Pero, dicho esto, gracias a ti voy a ganar un tiempo precioso.
- Bien, entonces me marcho.
Me dispongo a irme, pero él me retiene.
- Prudence, ¿puedes esperarme unos minutos? Voy a pedir que guarden estos expedientes en lugar seguro. He de hablar contigo.
¿Hablar conmigo? ¿Por qué? ¿De qué? ¡Eh, Antonin, mírame! ¿No ves que el pasado me está matando?
- Tengo prisa.
- Por favor, es importante. Si no puedes ahora, quedemos para otro día.
No se dará por vencido, lo noto por la firmeza de la mano que ha puesto sobre mi brazo.
- De acuerdo, te espero abajo, en la cafetería de enfrente. Pero date prisa, por favor.
Mientras bajo los peldaños, noto que la cólera me invade. ¿Por qué he tenido que encontrármelo bajo esa toga de juez, bajo ese aspecto de hombre respetuoso, atento, honorable, con ese tono afable y decidido? ¿Por qué no se ha convertido en un pequeñoburgués superficial, un tipo sin escrúpulos como tan a menudo lo imaginé? ¿Qué clase de dios decide asignar unos papeles tan poco merecidos en la gran comedia humana?
Puesto que insistes, ven. Habla y desaparece.
La cafetería está animada. Decenas de empleados del Palacio de Justicia charlan, se levantan, tropiezan unos con otros, ríen o maldicen. Las conversaciones se cruzan, las palabras divorcio, falta, procedimiento, aplazamiento, declaración, imputación y muchas más se enmarañan, se desgarran, se enfrentan y me aturden más que las dos cervezas que acabo de beber. Cierro los ojos un momento.
- Hola -dice la voz de Antonin.
- Bueno, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme?
Con la ayuda del alcohol, he conseguido adoptar un tono cáustico.
Mantengo la cabeza alta, como me enseñó mi abuelo. Miro con arrogancia a ese hombre que me hizo tanto daño cuando no era más que un niño.
Pero Antonin no se ofende. Me coge la mano por encima de la mesa de madera barnizada. Dice: Lo que es importante, Prudence, es tu imagen, que me ha perseguido hasta aquí. Tu recuerdo y mi angustia. Tu desaparición y mi sentimiento de culpa.
- ¿Por qué no dijiste nada aquel día? -me pregunta con dulzura-. ¿Por qué no viniste a escupirme a la cara? Te habrías enterado de la verdad.
- ¿La verdad?
- Recuerda, Prudence, Laurie te preguntó…
- Me explicó tus condiciones infames.
- Esas condiciones jamás existieron. Ella se las inventó, las impuso. Se arrogó el derecho de hablar en mi lugar. Eso la divertía. Sabía que estaba enamorado. Sí, Prudence, enamorado, ahora puedo decirlo, el delito ya ha prescrito. -Su mano sobre la mía; se me seca la boca, me falta el aire-.
Cuando me crucé contigo entre una clase y otra, esperaba… Pero tú me dejaste pasar por delante sin decir palabra…
- Dije que sí.
Lo juro, Antonin. Lo murmuré, lo susurré, lo musité: de acuerdo. Pero lo dije: sí.
- No te oí. Supuse que yo no te gustaba. Cuando al día siguiente no viniste al colegio, creí que estabas enferma. Luego, los alumnos de tu clase se enteraron de lo sucedido y nos lo contaron. Al saber de tu tentativa de suicidio Laurie me lo confesó todo. Se sentía culpable. Yo también.
La vista se me nubla. Sin duda a causa de estas lágrimas rebeldes.
Tengo once años.
- Jamás supimos qué te habías hecho, ni siquiera si habías sobrevivido.
Pregunté al director, al portero de tu casa. Nadie sabía nada, o más bien no querían hablar. Tu madre se mudó, rompió todo vínculo. Pero nunca dejé de pensar en ti. He buscado tu nombre por todas partes en vano. Cientos de veces he creído verte y otras tantas me he equivocado. Y de repente apareces en la puerta de mi despacho. -Sonríe-. Y con un expediente trascendental.
No sé qué decir. En realidad, no sé nada, ni siquiera quién soy. Me siento dividida.
Fuera, la luz ha tomado un color anaranjado.
Antonin Dubois se inclina y me coge la cara entre las manos.
- Gracias, Prudence.
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