Divina Providencia

Valerie Tong Cuong · Capítulo 7 de 13

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Divina Providencia

Royal Albert Hall

Por sorprendente que parezca, lo que más me dolió no fue enterarme de que era hijo adoptado, sino más bien darme cuenta de que se trataba de un hecho que todos conocían.

Primero sentí un dolor lacerante mezclado con un odio feroz. Los increpé en silencio, a uno tras otro, madre, padre, hermana, cuñado, sobrino, hasta que mi alma se apaciguó. Después reflexioné. Un minuto, dos. Me invadía una calma sobrenatural cuando empujé aquella puerta y besé a quienes en teoría constituían mi única familia. ¿Advirtieron aquella especie de escupitajo helado que mis labios depositaron en sus mejillas?

Quizá Dan, pues se estremeció.

- Me alegro de verte -mintió mi cuñado-. Tienes buen aspecto pese a todo.

Clélia alzó los ojos al cielo. ¿Cuándo había dejado de querer a su marido? No recuerdo haberla visto mostrarse tierna con él jamás. Cada vez que él habla, lo mira con desprecio. Lo interrumpe a menudo. Suspira sin cesar. No se priva de humillarlo en público, se complace en hacer chistes a su costa, le encanta tenderle trampas. Tiene facilidad de palabra y le gusta ser el centro de atención. Nadie pone en duda que decidió hacerse profesora de enseñanza media para asegurarse un auditorio cautivo y sumiso a la vez.

Pobres muchachos, abandonados a su crueldad deslumbrante, a lo que ella llamaba sus «castigos creativos». Tan retorcida y cínica como lo fuera conmigo durante la infancia a fin de adjudicarse el mejor sitio, la mejor parte, para esconder mis cosas, robarme los ahorros y, peor aún, sisar a nuestros padres y culparme a mí.

Durante todos esos años, sin embargo, la perdoné. Me obstinaba en encontrarle justificaciones: demasiado joven, inmadura, frágil, compleja. Yo quería muchísimo a mi madre, y mi madre la adoraba, de modo que ésa era razón suficiente. Me contenía.

Por su parte, mamá no dejaba de recordarme mi misión: proteger a mi hermana de todo y contra todo. Morir por ella si era preciso. Eres su hermano mayor, Albert, eso es importante. Defiéndela de sus enemigos.

Protégela de los celosos. Es tan luminosa, tan espiritual, inteligente, excepcional… El mundo entero le tendrá manía por perfección semejante.

Mientras que tú, Albert…

Mientras que yo, claro.

¿Por qué no me atreví a liberarme solo del injusto trato? ¿Por qué ha hecho falta esta tragedia?

A los diecisiete años recién cumplidos -ella tiene trece-, mis padres nos envían de vacaciones a colonias. Clélia y yo detestamos tener que compartir nuestras diversiones, pero no nos queda elección. Hace un tiempo espléndido y, a la hora de la salida, el responsable del grupo promete a las familias reunidas un verano inolvidable. Mientras subo al autocar, mamá me repite que vele por mi hermana. La abraza; a mí me gratifica con una ligera palmadita en la mejilla. Adiós, niños, sed prudentes, ¿eh? Y divertíos mucho.

Acampamos a orillas de un río. El ambiente es alegre; la naturaleza, hermosa. Clélia hace amigas de su edad; yo conozco a Ingvar. Se expresa mal, pues llegó de Suecia hace sólo tres meses. Desgarbado, más flaco que un fideo, de boca grande y dientes de caballo. Pero esa sonrisa de felicidad que flota permanentemente en su rostro hace que todos lo quieran, empezando por mí. Me enseña algunas palabras en sueco: solsken, smaskig, broder. Reímos. El sueco suena a mis oídos como una sucesión de onomatopeyas sacadas de dibujos animados. Las primeras semanas transcurren de maravilla. Me siento mejor que en casa, más libre, menos solo. Ingvar tiene una navaja con el mango labrado, una noche mezclamos nuestras sangres: hermano, broder. Me la regala. El porvenir adopta de pronto un nuevo aspecto.

Se proponen diferentes actividades. Algunas son obligatorias, otras facultativas. Renuncio al piragüismo porque Ingvar no sabe nadar. Jugamos al ajedrez, nos inscribimos en tiro al arco. Me ayuda a construir cabañas sofisticadas que despiertan la admiración de los demás. Yo dibujo los planos, él da su opinión. Yo soy fornido, él tiene imaginación: entre los dos creamos portentos hechos de ramas, musgo, piedras y cañas.

Hasta que llega aquella mañana de agosto: el sol parece todavía más radiante que los otros días. El director de las colonias congrega a la tropa y nos da la noticia. Es el día del recorrido por los árboles, actividad para la que todo el mundo se presenta voluntario. Somos afortunados, y lo sabemos: en esa época, este ejercicio no se hace en ninguna otra parte. Es el orgullo de la organización, la principal atracción, la razón por la que se desplazan chavales desde todos los rincones del país. «¿Preparados para la gran aventura? ¡En marcha!», exclama divertido el director. Todos profieren gritos de alegría y se precipitan hacia el punto de partida, muy cerca de un roble centenario. «¡Buen viaje!», dicen el cocinero y el administrador, que nos han acompañado hasta el linde del bosque, como manda la tradición.

Clélia e Ingvar están justo delante de mí. Una casualidad: la fila se ha formado de manera espontánea. «¡Me encanta la carrera por árboles!», comenta Ingvar con su acento espantoso. Está más a sus anchas que una ardilla. Salta de rama en rama, se ríe de los obstáculos, enrosca su cuerpo interminable a los troncos. Se diría que es de goma. De cuando en cuando, se vuelve para comprobar que lo sigo, pero yo no soy tan rápido y me cuesta subir por las escalas de cuerda. Unos metros por encima de mi cabeza, Clélia vuela también, danza en medio del follaje, me provoca mientras yo, más abajo, resbalo, patino, sufro y me lastimo. «¡Ahí! ¡Y

ahí!», chilla Ingvar, señalándome desde lejos los asideros y haciendo los gestos adecuados para que lo imite. Llego por fin a la red donde se agarran riendo los más pequeños como arañas a su tela. Clélia deja escapar grititos de miedo fingido y se desplaza procurando ofrecer su mejor perfil: está enamorada de uno de los monitores. Ingvar sonríe. Yo cuento mis desolladuras. «Go! -dice Ingvar-. ¡No terminado aún!» Las acrobacias se encadenan hasta el puente de madera, sobre el río. La excitación ha llegado al límite. A nuestros pies, los remolinos forman aquí y allá espirales

ruidosas. Ingvar se acaricia una oreja: «¡Múuuusica, Albert!» El agua canta, ruge o susurra según rompa en la orilla, se precipite en un remolino o se apacigüe entre dos obstáculos. Detrás de mí, unas chicas taconean y entonan una canción cautivadora. Pienso que el verano es delicioso, inverosímil, magnífico, pero el equilibrio es tan frágil… El equilibrio del puente, la balanza de la vida, basta una fracción de segundo para que todo estalle, se haga añicos, desaparezca, el verde de los árboles, el gris de las rocas, el azul del agua… Me fallan las piernas, mi cuerpo resbala, busco un apoyo, mas sólo encuentro el vacío. ¡Dios mío, Ingvar!

El puente se viene abajo, arroja a los niños al río, lo divide levantando dos altos muros de agua.

Un blanco extraño. Apenas diez segundos.

Luego ensordecimiento, el frío del agua que martillea las sienes, oprime el pecho. Trago agua, he tocado fondo, no me atenaza el miedo sino que me asfixia la angustia. Golpeo con todas mis fuerzas el suelo blando, emerjo a la superficie, a mi derecha Clélia grita mi nombre, a mi izquierda Ingvar no grita, tiene los ojos cerrados, los dedos crispados, agarrados a una roca, está luchando, me hallo a cinco o seis metros de él, siento como si fuera yo mismo su esfuerzo, su concentración, su determinación por sobrevivir.

- ¡Albert, ven a ayudarme! -grita Clélia con su voz aguda.

Es buena nadadora. La corriente es constante, pero dista mucho de ser insuperable. Muchos niños ya han subido a la orilla.

- ¡Ven a ayudarme, Albert! -repite mi hermana-. ¡Los remolinos me dan miedo!

Cinco brazadas bastarían para alcanzar a Ingvar, solo en el centro del río. Pero es a Clélia a quien mamá me ha pedido que proteja.

Mientras nado en su dirección, me esfuerzo en mentirme. Aguanta, Ingvar. Cumplo con mi deber y vuelvo a buscarte. Eres fuerte. Estoy aquí, broder.

Clélia en la orilla, se pone a arreglarse el pelo mojado. Los monitores gritan: ¡Ingvar! El agua burbujeante, desierta. Me zambullo. Mis ojos abiertos, cegados por el fango en suspensión. Mi piel azotada por las hierbas. ¡Ingvar! ¡Ingvar! Una mano me agarra del tobillo. Es uno de los organizadores, está furioso.

- ¡Sal del agua, Albert!

Me niego, me debato, no volveré sin Ingvar, ni hablar, pero el joven es fuerte y me coge del pelo.

- Hostia, Albert, ¿no crees que ya tenemos bastantes problemas?

Encuentran el cuerpo de Ingvar dos semanas más tarde, a kilómetros de allí, con la cara tumefacta y los miembros descoyuntados. Me entero por los periódicos, pues volvimos a casa el mismo día de la tragedia. Culpan al director de las colonias, y con él, al tipo que diseñó el puente, al encargado de su mantenimiento, al alcalde y algunos más. En las fotos, todos parecen sinceramente afectados. Nadie hace alusión a mí. Nadie me nombra. No existo. El único testigo de mi debilidad ha muerto. Ingvar ha muerto.

La vida se reanuda donde la dejé al principio del verano. Entro en mi prisión.

- Hola, tío Albert -saluda Dan. Luego señala una bandeja de plata con un servicio de café, zumo de naranja y unas pastas-. Me he tomado la libertad de pedir que nos la sirvieran. ¿Café?

- No, gracias, Dan. Aprecio tu solicitud, créeme.

Su mirada cambia. Está inquieto. No le ha gustado mi contestación, o quizá haya sido ese deje de amarga ironía en mi sonrisa. Clélia se pone tensa también. Guardamos silencio. Veinte, treinta segundos, una pausa interminable. Saboreo su incomodidad. Deben de estar perdiéndose en múltiples suposiciones. Los miro uno a otro, con intensidad. Bajo su traje de chaqueta clásico y elegante, la rodilla de Clélia empieza a temblar. El notario entra, cargado con un grueso expediente. Todavía ignora que ese documento ya no tiene ningún sentido. Cree que va a resolver el asunto en media hora y cobrar un suculento cheque. Me estrecha la mano con calidez sincera.

- Bien -dice-, creo que estamos al completo.

- En efecto, señor Jambert.

Se sienta. Su sillón de piel es tan ancho que no logra ocuparlo del todo.

- Señora, señores, nos encontramos reunidos hoy a petición del señor Foehn, que desea organizar su sucesión.

Los semblantes se iluminan. Clélia reprime una sonrisa. Es transparente como el agua. Ya está, piensa. Va a soltar su fortuna. Un poquito de

paciencia y todo quedará arreglado, para nosotros la vida regalada, caviar a espuertas, tiendas lujosas, cruceros en camarote de primera clase.

Mientras los nervios contraen los estómagos, mi cerebro trabaja a marchas forzadas. Debo darme prisa. Ser creativo. Ha llegado el momento de demostrar tus aptitudes como arquitecto, Albert. Consideración de los campos de fuerza, medida de las resistencias, cálculo del riesgo de fisura.

Objetivo: destrucción total del edificio.

- Le cedo la palabra, señor Foehn.

- Gracias.

Dejo que pasen unos segundos más. Quiero contemplar esas tres bocas entreabiertas, escuchar esas respiraciones entrecortadas.

- Señor Jambert, ante todo, perdón por alterar el documento -digo al fin.

Resulta, queridos míos, que he hecho una última modificación. Algo totalmente nuevo, fresquísimo, recién salido de mi cocina.

El notario enarca una ceja. ¿Alterar? ¿En qué sentido, señor Foehn?

¿Hasta qué punto?

Hasta el punto, señor Jambert, de borrón y cuenta nueva.

Me vuelvo hacia mi «familia».

- Clélia, Frédéric, sé muy bien que contáis con mi fallecimiento en fechas próximas para mejorar vuestra jubilación.

- Oye, ¿adónde quieres ir a parar? -protesta mi cuñado-. Estamos sinceramente apenados por lo que te pasa.

- Cállate -interviene Clélia con acritud-. No lo interrumpas.

- No quiero decepcionaros. Así que he decidido dejaros a mi muerte una renta mensual de quinientos euros.

- Un momento -interviene el notario, cuyos ojos parecen salirse de las órbitas-, ¿ha dicho quinientos euros? ¿Entiende por eso una renta para el matrimonio de un montante de quinientos euros, o bien esa misma suma para cada uno?

- Una renta de quinientos euros abonada a mi hermana, por supuesto.

- Bien -dice el notario escribiendo en su cuaderno-. ¿Algo más?

- El pago de la renta irá vinculado a una obligación. -Clélia está lívida y sus uñas arañan los reposabrazos del sillón. Frédéric está anonadado; Dan, tenso. El notario suspira-. Clélia, irás a Suecia todos los años, el diecisiete

de agosto, para visitar la tumba de Ingvar, mantenerla en buen estado y poner flores naturales. Te ocuparás personalmente de hacerlo, y ante notario. Los gastos estarán cubiertos. En caso de incumplimiento de ese deber, el pago de la renta se interrumpirá de inmediato. ¿Lo ha anotado, señor Jambert?

- Sí, claro, señor Foehn. ¿Qué más?

- Dan, en el fondo no eres mal chico, pero todavía necesitas madurar.

He pensado en ti. Quiero hacerte un pequeño regalo, pero recibir dinero demasiado joven se convierte en una fuente de problemas. Acabarías por ignorar lo que es esforzarse. Olvidarías tus principios. Quiero ayudarte a que te hagas un hombre.

Es curioso cómo te pareces de repente a tu madre, Dan. Tu semblante se ha vuelto tan duro como el de ella. Estás a punto de saltar de la silla,

¿verdad? Pero ejerces el autocontrol, intuyes que no debes reaccionar, no por ahora. No tienes la sartén por el mango.

- Por consiguiente, he decidido lo siguiente: te lego la suculenta suma de cincuenta mil euros. Sin embargo, no la cobrarás hasta que tu madre fallezca. Así estoy seguro de que tendrás la madurez necesaria para disponer del dinero con sentido común.

- Es… es… -dice Clélia, mordiéndose la lengua para no pronunciar un adjetivo que daría al traste con nuestra conversación.

- Querida hermana, tanto uno como otro podéis rechazar esta oferta si no os interesa.

Esta frase es una pequeña satisfacción que me concedo. Tú y yo sabemos, Clélia, que no la rechazarás. Ya has hecho cuentas: quinientos euros al mes suman seis mil al año, o sea, sesenta mil al decenio. Y

decenios, cuentas con tener por delante por lo menos dos: eres ambiciosa.

- Señor Foehn -dice el notario, vacilante-, resumiendo, tenemos cincuenta mil euros para el señor y quinientos mensuales para la señora, pero en lo que respecta a… mmm… bueno…

- ¿El resto del tesoro? Recibirá instrucciones en los próximos días.

Necesito pensarlo. En cualquier caso, hemos terminado con las personas aquí presentes.

- Muy bien -contesta el notario-. Mandaré redactar esta parte.

Dan y sus padres cruzan miradas de cólera fría. Ninguno de los tres, sin embargo, se atreve a reaccionar. Temen perder lo poco que han logrado.

Una migaja comparada con mi fortuna, pero una bonita suma en términos absolutos. Me levanto y estrecho la mano del notario.

- Siento mucho estos cambios de última hora. Volveremos a vernos muy pronto.

- Por favor, señor Foehn, estoy a su disposición.

- No creo que tenga ocasión de veros de nuevo, así que prefiero deciros adiós -me despido volviéndome hacia el trío.

Abandono la estancia sin haber oído sus voces.

Al salir, anduve sin rumbo fijo. Mi vida me atenazaba la garganta, me asfixiaba con esa parte oscura brutalmente sacada a la luz. Así pues, ese agujero que me torturaba desde hacía tanto tiempo tenía razón de ser: era hijo adoptivo. Peor, un hijo reprobado, despreciado a tal punto que nunca habían considerado que mereciera la pena contarme mi propia verdad, cuando los demás estaban al corriente.

Por lo menos, las múltiples reflexiones, las actitudes vejatorias, la discriminación sufrida durante tantos años acababan de hallar una explicación. Al igual que el amor incondicional profesado por mis padres a una hermana cruel, sin dignidad ni espíritu, pero hecha de su carne y su sangre. Una hermana que se les parecía. Detalles y sucesos afloraban de pronto revestidos de un sentido nuevo. El escaso interés de mi madre por mis deberes, mis amistades, mis actividades, mientras dedicaba gran atención a cuanto hacía o dejaba de hacer Clélia. Sus afirmaciones tajantes sobre los chicos, a quienes forzosamente les tenía sin cuidado vestir bien (yo heredaba las camisas viejas de mi padre) y eran por naturaleza más resistentes que las chicas (así que limpiaba el garaje solo mientras Clélia hablaba por teléfono con sus amigas).

Y aquellos eternos interrogantes: ¿De quién podía haber heredado los ojos negros? ¿Y ese vello tan abundante? ¿Y mi baja estatura?

- Tu bisabuela se casó con un griego.

- ¿Un griego? ¿Dónde lo conoció?

- ¡Y yo qué sé! Nos agotas con tantas preguntas.

Quienes habían aspirado al papel de padres me habían sumido a sabiendas en la oscuridad. ¿Era posible ser tan cobarde y egoísta a la vez?

Tras sus muertes en un accidente de coche, Clélia y yo habíamos vaciado la casa. Recuerdo haber llorado acariciando las fotos de familia.

Habíamos llenado cajas, seleccionado cientos de papeles sin que yo viera nada anormal. Ni un documento oficial, ni una carta ni un recuerdo guardado en una caja de zapatos. Nada. Evidentemente, todo rastro de mi adopción había sido eliminado. Eso me condenaba al vacío a perpetuidad, y más aún desde que la generación precedente había desaparecido al completo: ningún miembro de la familia, amigo o aliado superviviente podría dar testimonio, revelar aunque sólo fuese un detalle.

Clélia era la única que sin duda conocía parte de las claves. Pero de ella no quería saberlo, prefería continuar en la ignorancia.

Me senté en un banco. Dios mío. Mi corazón febril, ahíto de informaciones, de interrogantes y dudas. Vamos, Albert. Admite y asume tu manifiesta soledad. Mira cómo se tambalea tu pequeño mundo en poquísimo tiempo. ¿Querías dejar una huella? Ahora sabes que es inútil. La huella de no se sabe quién nacido no se sabe dónde no impresionará a la gente.

Necesité una hora más para reconocer que aquella noticia bomba era lo mejor que podía haberme pasado: de no ser por ese episodio, habría concluido mi existencia en la mentira y el error. En cambio, el telón sobre mi pasado se había alzado. Ahora podía entender mi escasa capacidad para ser feliz, ese miedo instintivo al abandono que me había llevado a convertirme en un viejo solterón cínico y propenso al desencanto. ¿No era ya eso un maravilloso regalo de despedida?

Era hora de irse. Me levanté del banco y conecté el teléfono móvil para llamar a un taxi. Dentro de nada estaría en mi casa. Me tumbaría en mi sofá blanco con un whisky, al que seguiría otro, y otro más, hasta desplomarme y dormirme. Dejar de pensar, de rumiar, de machacar, de seleccionar.

Duerme, Albert, duerme.

El teléfono vibró: tiene un mensaje nuevo, recibido hoy, a las quince horas cincuenta minutos. La voz trémula de Martin. «Acaban de entregarme

los resultados de las últimas pruebas. Ven a verme en cuanto puedas. Un abrazo.»

¿Un abrazo? Martin nunca se había mostrado tan cariñoso. Por lo menos, la situación tenía la ventaja de ser clara. La historia llega a su fin, Martin, oh sí, lo he entendido perfectamente, y por lo que te conozco, sé que estás hecho polvo, descompuesto ante la idea de tener que anunciarme que no es un año sino seis meses, tres, una semana lo que me queda de vida.

La bestia ha terminado por devorarme antes de lo previsto. Te sientes culpable por haber pronosticado un plazo tan largo. Te preocupa mi reacción. Temes que me rebele, me derrumbe, pierda el control, explote.

Amigo mío, estoy ya tan fragmentado… si tú supieras…

Era la hora de salida de los colegios. Decenas de niños invadían las calles con la mochila a la espalda, cogidos de la mano de sus mamás, dando saltitos, jugando, intercambiándose las meriendas, sonriendo al porvenir.

Las niñas llevaban falda, los niños bermudas, y corrían tras las palomas para que echaran a volar. Hacía mucho calor. De repente me horroricé de mí mismo: ¿Acaso no encarnaba la muerte entre aquel alegre grupo? ¿No había empezado ya a descomponerme? Ven lo antes posible, había dicho Martin.

¿Qué horrible imagen había descubierto en las pruebas?

Bajé los ojos para evitar cruzar la mirada con algún niño y apreté el paso. Una fila de taxis esperaba en el cruce siguiente. Monté en el primero.

Al hospital, por favor.

La taxista, una mujer de unos cincuenta años con el pelo descolorido, observaba una actitud hosca.

- Hay varias entradas, tengo que saber si cojo por el bulevar o si voy por el puente. ¿Adónde quiere que lo lleve exactamente?

- A urgencias, por supuesto: ¿no ve que estoy muñéndome?

- ¿Cómo? -exclamó frenando en seco-. ¡Pero entonces hay que llamar al Samu, hombre, no a un taxi!

- Tranquila, era una broma. Déjeme en la entrada principal.

- ¡Vaya sentido del humor! -suspiró-. Me ha asustado. Aunque la verdad es que, para ser un moribundo, está muy en forma.

- Si usted lo dice…

- De todas maneras, siempre me tocan clientes plomos, así que, ¿por qué no un tipo a punto de palmarla? Hablando de muertos y ambulancias, fíjese que estoy pensando en reciclarme como conductora de coches fúnebres. Por lo menos no te dan la paliza los charlatanes y el pago es por anticipado.

- En ese caso, debería pasarme su tarjeta -concluí-. Quizá tengamos que vernos pronto. -Habíamos llegado a nuestro destino. Le tendí un fajo de billetes-. Quédeselo. Le servirá para su pequeño negocio.

- Pero… -empezó. Las puertas automáticas ya se habían abierto. Entré en el hospital-. ¡Gracias! -gritó la mujer-. Y si…

Las puertas se cerraron a mi espalda. No pude oír lo que dijo.

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