Divina Providencia
Royal Albert Hall
Desde que Martin era jefe de clínica le habían asignado otra ayudante.
La primera, Bianca, se dedicaba esencialmente a dar citas. La segunda, que respondía al bonito nombre de Mélisande, lo ayudaba a preparar las conferencias y los desplazamientos, organizaba sus sustituciones y a veces incluso extendía en su lugar algunas recetas. Bianca, muy joven, era introvertida y se sentía desvalida frente a los enfermos. No miraba a los ojos y empezaba a balbucir en cuanto tenía que pronunciar palabras desagradables, como tumor o recidiva, por ejemplo. En el extremo opuesto, Mélisande, curtida por años de experiencia y con un temperamento de acero, no temía bromear con los pacientes ni abordar con flema los asuntos más delicados. A fuerza de vernos nos conocíamos bien. Notaba que me profesaba cierto afecto, y era recíproco. El día que Martin me había informado del resultado de los primeros escáneres, habíamos entablado un juego muy personal: imágenes características que intercambiábamos como si lanzáramos globos.
Mélisande se hallaba en el despacho cuando se habían pronunciado las palabras fatídicas.
- ¡Caramba! ¡No sabía que la jerga médica fuese tan metafórica! -había dicho yo, sonriendo-. ¿Tenéis muchas del mismo estilo?
- Vómitos en surtidor, bolsa de lombrices (o sea, un corazón en fibrilación ventricular) -había respondido Mélisande, inmediatamente interrumpida por la mirada reprobadora de Martin.
En la visita siguiente, mientras ella estaba concentrada consultando un anuario profesional, yo le había susurrado al oído:
- Ruiseñor de los curtidores.
- ¿Perdón?
- Lesiones en forma de ojo de pájaro, características del oficio.
Antiguamente, claro. ¿Y usted? Es su turno.
Ella había meneado la cabeza amigablemente: Ah, señor Foehn, si se pone así, prepárese, porque no va a ser el mejor en esta materia.
El juego había continuado en las posteriores visitas. Yo me había preparado a conciencia, ella también.
- Enfermedad del beso.
- Válvula en paracaídas.
- Síndrome de Peter Pan.
- Síndrome de Pickwik.
- ¡De Munchausen!
- ¡De Ondina!
- ¡Collar de Venus!
- ¡Hocico de tenca!
Cuando nos pillaba en pleno intercambio, Martin alzaba los ojos al cielo.
- Estáis hechos el uno para el otro, no cabe duda.
- Por desgracia, nací cuarenta años demasiado pronto, amigo mío.
Mélisande estaba al teléfono cuando llegué al consultorio. Me saludó con una seña.
- El doctor Savy no está -me informó Bianca-. Ha tenido que ir urgentemente al quirófano.
- Esperaré. No tengo prisa.
No, ninguna prisa por oír lo que Martin va a decirme. Sobre todo por él.
Me veré obligado a reconfortarlo, a recordarle que tengo setenta y ocho años, ¡no veinte ni treinta! Habré de ser directo, ahorrarle los eufemismos.
Mélisande había terminado de hablar por teléfono.
- Es un verdadero placer verlo, señor Foehn -dijo tras dirigirme una amplia sonrisa-. ¡Con el ambiente que tenemos hoy!
Era obvio que no se hallaba al corriente de ninguna novedad sobre mi estado.
- Ya lo he visto, Mélisande. ¿Qué hay de esa explosión?
- A usted puedo decírselo: los supervivientes pueden contarse con los dedos de las manos. Vamos perdiéndolos uno tras otro. Todo el mundo hace lo que puede, pero las heridas son demasiado graves. No lo conseguiremos.
- ¿Martin está también al pie del cañón?
- Sí, como los demás… Bueno, no sólo tenemos malas noticias…
- ¿Ah, no?
- En el hospital hay dos personas que siguen con vida de milagro. No está mal, ¿eh?
- Cuente, Mélisande, cuente; necesito distraerme -le pedí cogiendo una silla y sentándome a su lado.
- Bien -dijo la joven-, para empezar, está esa empleada de Realprom. La única que no se encontraba en la oficina en el momento de la explosión, sino en el ascensor. Un minuto después y habría saltado por los aires con los otros. Pero no. Ha sufrido una conmoción, pero ni una contusión seria. ¿Se da cuenta? ¡Llegaba tarde!
- Sí, ya veo -murmuré-. En mi caso ha sido al revés. He llegado antes de hora.
- ¿Antes de hora?
- Me refiero en un asunto de familia sin ningún interés. Bien, ése es el primer milagro. Hábleme del segundo.
- El segundo es un accidente de usuario.
- ¿Un accidente de usuario?
- Ya veo que usted no coge muy a menudo el metro, señor Foehn. De lo contrario sabría a qué me refiero. Los accidentes personales son personas que caen a las vías. En fin, hablemos claro, la mayor parte de las veces se trata de suicidios. ¡Menuda idea! Suicidarse tirándose a las vías del metro es la mayor estupidez del mundo.
- ¿Ah, sí? ¿Se lo parece? Por cierto, me gustaría que me llamara Albert, por favor.
- ¿Por qué no? Bueno, pues como le decía… Pero ¿por qué estoy contándole estas cosas? Si el doctor Savy estuviera aquí, me echaría una bronca de mucho cuidado.
- Continúe, Mélisande, lo encuentro apasionante.
- La gente cree que si se tira al metro morirá en el acto, sin dolor, cuando la mayoría de las veces acaban lisiados. ¡Menudo éxito!
- Desde luego.
- En cuanto a quienes acaban muriendo, en general lo hacen en el hospital, después de días y noches de sufrimiento. Mire, yo creo que si la gente supiera lo peligroso que es suicidarse, renunciaría a hacerlo.
- Mélisande…
- Sí, vale, de acuerdo. Pero yo me entiendo. Resumiendo, ese chico…
- ¿Es un hombre?
- Treinta y cinco años como mucho. Bueno, pues ese chico bajó a la estación más cercana a su casa y saltó delante del primer tren que apareció.
Conclusión: se quedó atrapado entre el tren y el andén. No digo que esté bien del todo, hay trabajo por hacer, pero aun así salió bien parado: traumatismo craneal leve, algunas fracturas y sin duda la sensación de haber pasado entre dos rodillos compresores, ¡pero salió bien librado, Albert!
¡Está consciente, el muy bribón, y habla! ¡Un milagro!
Todo depende, Mélisande. Es una cuestión de punto de vista. ¿Cómo va a reaccionar un tipo que ha tenido el valor de tirarse a las vías del metro y no ha conseguido ni morirse?
- Una cosa así es un cable que te echa el destino. Yo, en su lugar, correría a comprar un décimo de lotería.
- O la demostración última del fracaso: el fracasado por excelencia, tanto en su vida como en su muerte.
A Mélisande le parezco un pesimista. Hay algunas circunstancias atenuantes que justifican mi actitud, pero ella no dispone de los parámetros necesarios para valorarlas.
- Bueno, Mélisande, puesto que el muchacho habla, ¿qué ha dicho?
- Eso habría que preguntárselo a mis colegas.
Entonces, pregúntaselo. Quiero saber qué siente ahora ese chico. Quiero saber quién es. ¿Por qué? Es demasiado difícil de explicar, demasiado largo, habría que tener setenta y ocho años por delante, lo que en tu caso es imposible. Confía en mí, llama a tus colegas, pregunta, interroga, obtén respuestas. ¿Sabes qué, Mélisande? Vamos a darle su décimo de lotería.
- Albert, perdone, pero no entiendo nada de lo que dice.
- Por favor.
Descolgó el teléfono. Llamó al servicio correspondiente. Bien, Albert, un historial previsible: ex beneficiario de los servicios sociales, ex toxicómano, limpio pero sin trabajo, una hermana con depresión en la otra punta del país. Marca particular, esta frase tatuada en la espalda: «La vida de un hombre no es sino una lucha por la existencia con la certeza de ser vencido.» Y firmado: A. S.
- Arthur Schopenhauer.
- A ése no lo conoce ni su padre. En cualquier caso, no es muy alegre, el tal Arthur.
- Es un filósofo alemán del siglo diecinueve. ¿Nada más referente a nuestro caso?
- Nada. El chico bajó al metro para pedir limosna y, en vez de montar en un vagón, saltó a las vías.
Me tiende un papel escrito. Aquí está su nombre y el número de su habitación. ¿Necesita algo más? Una cosita más, sí. Tengo que enviar un fax: es urgente, muy urgente. Nunca se sabe. A veces todo va tan deprisa…
Supongamos que me pasa algo aquí, ahora, dentro de un minuto. Visto los tiempos que corren… he de asegurarme. Quiero escribirlo bien claro: Señor Jambert, pasaré por su despacho mañana. Le adelanto que éste es el estado civil de la persona que, éste es el nombre de la persona que, éste es el montante que.
- Su fax ha pasado, señor Foehn. ¿Me mantendrá al corriente?
- Por supuesto que sí. Pero antes tengo que hablar con ese chico,
¿comprendes?
- No, pero da igual.
Me disponía a marcharme cuando apareció Martin.
- Perdona, Albert, has esperado mucho rato…
- No te preocupes. Mélisande me ha hecho compañía.
Pese a su cara de cansancio, estaba increíblemente sonriente.
- Albert…
- ¿Sí?
Me coge por los hombros, me zarandea, se echa a reír, me da un par de besos. Lo interrumpo. Martin, ¿estás bien?
- ¡Las pruebas, Albert! ¡Los resultados!
- ¿Sí?
- No puedo prometerte que sea definitivo: nadie puede afirmar si las metástasis están en suspenso o han desaparecido del todo. ¡Pero ya no hay ninguna célula cancerosa en el pulmón, Albert! ¡Ni una sola! Un caso entre cien mil. En mi cabeza se produce un lanzamiento de globos. Te colaste, Schopenhauer.
Abrazo a Martin hasta casi asfixiarlo: a los setenta y ocho años cumplidos, todavía me quedan fuerzas.
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