Divina Providencia
Ground Control to Major Tom
Desperté lentamente, a trompicones. Primero vi la habitación girando alrededor de mi cama. Luego, las paredes se estabilizaron. La ventana se hallaba abierta, unos pájaros trinaban. Estuve un rato intentando recordar quién era, dónde estaba, hasta que lo conseguí.
Me incorporé.
Paulo, su madre, Aline: sentados en hilera.
- ¡Eh! -dijo Paulo-. ¡Ha abierto los ojos!
- ¡Tom!
- Paulo, ve a avisar a la enfermera -dijo Marylou.
Necesitaba concentrarme.
- Ya era hora -añadió Marylou-. Hace dos días que Paulo tiene que hacer los deberes con la libreta apoyada en las piernas, y no es la postura ideal.
- Perdón, pero ¿por qué están aquí? -pregunté.
- La sangre de Paulo corre por tus venas, así que, lógicamente, el chiquillo necesitaba asegurarse de que despertarías -intervino Aline, respondiendo en lugar de la mujer, que pareció molestarse un poco.
Uy, uy, despacio. Un momentito. ¿La sangre de Paulo? ¿Paulo y yo?
¿Su sangre por mis venas? ¿Su sangre en la mía? ¿Alguien puede explicarme algo más?
Aline habla, Marylou habla, Paulo llega, habla, la enfermera habla, están contentos, se felicitan, ¿y de qué me entero en esta alegre cacofonía?
- Pues vuelve usted de lejos, señor mío. Primero, la hemorragia interna.
Después, la malformación que descubrieron al operarlo. Silenciosa,
maligna: una bomba de relojería. En fin, sea como sea, ha quedado atrás.
Todo ha terminado, la intervención ha ido bien.
- Me alegro mucho de que esté vivo -concluyó Paulo.
Oh, Paulo. Me habría gustado abrazarte, pero estaban esos goteros, esos cables, este cuerpo debilitado, exhausto. Este pudor idiota que nunca he sabido controlar.
- Así que tú y yo, ahora…
- Pues sí -dijo Paulo-. Así es.
Hubo un silencio. Marylou miraba a Paulo, que me miraba a mí. Miré a Aline. Ella sonrió.
- Ha llegado el momento de dejaros… Ahora sé que todo irá bien.
- ¿Volverás?
- No, Tom. No volveré.
Se inclina y me besa en la frente. Explica: paso a otra cosa, capítulo Libby cerrado, y tú formas parte de él… Solamente quería despedirme.
- Ah, y también que me tomé la libertad de llamar a tu socio. Fue él quien avisó a tu hijo.
- ¿A mi hijo?
- Sí, a Nathan. Vino enseguida. Un chico muy guapo, por cierto, enhorabuena. Quizá un poco sensible, pero bueno… No creo que tarde. Ha ido a cambiarse: después de dos noches con la misma ropa, es normal.
- Nathan es supersimpático -precisó Paulo.
Por un momento pensé: son esos productos que me inyectan, el cerebro está jugándome malas pasadas.
- No estoy de acuerdo contigo, Aline -intervino Marylou-. Me refiero a lo de sensible. Los hombres también tienen derecho a llorar en una situación como ésta. Estaba preocupado.
¿Nathan? ¿Estabas aquí? ¿Has llorado? ¡Dios mío!, pero ¿por qué?,
¿por quién?
Al pensar en retazos de tu infancia se me hace un nudo en la garganta.
Mis mentiras me explotan en la cara. Mis excusas, mis pretextos, mis explicaciones vagas.
«Lo siento, Nathan, no puedo recogerte el viernes, pero del próximo fin de semana no pasa, prometido.»
«Hola, Nathan, a ver si adivinas desde dónde te llamo. ¡Desde el avión, Nathan! ¡Sí, estoy volando! Siento no haber podido ir a la reunión con los profes, pero no te preocupes, tu madre me lo ha contado todo.»
«Nathan, vas a ponerte loco de alegría, te traigo una auténtica guitarra de Nashville, sí, como lo oyes, tus amigos van a alucinar. ¿Lo ves? ¡Que no esté ahí para soplar las velas no quiere decir que no piense en mi hijo!»
¿Cuántas veces has oído la expresión «lo siento» de mis labios?
¿Cuántas decepciones has soportado? Te compré. Te desprecié. Te consentí hasta echarte a perder para no ver lo indigno que era como padre. Incapaz de educarte. Jamás presente cuando hacía falta. Dejé que crecieras completamente solo y tuve la cara dura de echarte la culpa cuando te costó madurar. Tú, sin embargo, intentaste prevenirme. Me lo señalaste de mil maneras. Te debatiste para salir adelante y pisoteé tus esfuerzos. Me reí de tus iniciativas. Te hice pasar por un holgazán. Me venía bien contar la historia de esa forma. Mientras tú descendías al infierno, yo me embriagaba de una u otra Libby, me admiraba en mi papel de superproductor con ínfulas de intelectual.
Estoy despertando de un largo sueño, Nathan. Tú estás despertándome.
Has venido en cuanto te has enterado de que me hallaba en peligro. Has dormido y llorado a mi lado. No me has guardado rencor por haber sido tan deplorable. Si supieras cuánto me arrepiento… Lo daría todo por reparar mis errores, sí, esto también resulta patético, ¿verdad? Cincuenta y siete años para llegar aquí.
- También ha rezado -murmuró Marylou.
¿También has rezado?
Si Dios existe de verdad, le doy gracias por haberme llevado tan cerca de la muerte. Gracias por haberme concedido esta resurrección.
- Esta vez va en serio: me voy -anunció Aline-. Adiós a todos y buena suerte.
- Adiós, Aline -se despidió Marylou, dándole un beso. -Adiós, Aline -
dijo Paulo, a modo de eco.
Ella lanzó un beso al aire.
- Nosotros también debemos irnos -dijo Marylou mirando su reloj-. No vivimos muy cerca.
Paulo guardó un libro de texto en su mochila. Después se puso la cazadora y me tendió la mano. Como un hombre.
La estreché.
- Adiós, Tom, hasta mañana.
- Hasta mañana, Paulo. -En el momento que cruzaba la puerta, lo llamé-: Paulo.
- ¿Sí?
- Si te cuesta hacer los deberes de matemáticas, tráelos. De matemáticas o de lo que sea.
Esbozó una ancha sonrisa al salir de la habitación. Noté que la temperatura me subía de golpe.
- Debe de ser un buen tipo para que estén todos tan pendientes de usted
-declaró la enfermera poco después, mientras empezaba a curarme.
- Si usted supiera…
- Hola, papá.
En el umbral ha aparecido Nathan. Lo veo cambiado. Envejecido. Ya no tiene ese aire desafiante que le es tan propio.
- Nathan…
- Me has asustado.
- Nathan…
- Tienes que descansar, estar tranquilo.
Deja la chaqueta en el sillón. Se acerca a la cama, me besa. Mi hijo.
Se sienta. Tengo el corazón en un puño. Siento ganas de llorar.
Lloro.
Me avergüenzo.
- No te preocupes, papá -dice-. Todo va muy bien. Saldrás dentro de unos días. Bueno, si estás de acuerdo puedo instalarme en tu casa: en tu estado, los médicos no quieren que estés solo.
Todo va bien, Nathan.
Gracias.
Perdón.
Me siento muy orgulloso de ti.
Te quiero.
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