Divina Providencia
Goodbye Marylou
- ¿Qué se siente cuando una sigue con vida de milagro? -preguntó el periodista con los ojos brillantes.
¿Quiere saberlo? ¿De verdad? Pues te reconforta el corazón. La gente como yo, me refiero a la gente insignificante, raramente tiene suerte. Somos nosotros quienes tenemos choques en cadena cuando hay niebla, quienes perecemos en los incendios de los hoteles de quinta categoría, quienes acabamos contagiados por las vacas locas porque comemos carne barata y también quienes la palmamos consumidos por el amianto de las fábricas.
Así que cuando por casualidad nos toca la lotería… en fin, es una forma de hablar, usted ya me entiende.
El periodista exigía detalles. Expliqué: no depende de nada, una cadena de acontecimientos insignificantes, unas fotocopias que hay que hacer en la otra punta de la ciudad, los atascos que no dejan avanzar al taxi, el metro paralizado por un accidente. A mí también me habrían barrido del mapa como a los demás, pero no; una sola persona se salva y soy yo. Ni una contusión. Único daño colateral: me he quedado sin trabajo.
- Si me da la exclusiva -propuso el periodista-, le pagarán.
Ofreció una cantidad disculpándose: Es poco, pero ni siquiera está herida, la sangre hace que la audiencia suba mucho, así que forzosamente influye en los precios, son las reglas del juego.
No repliqué; la suma, de todas formas, equivalía a tres meses de sueldo.
Me parecía perfecto.
- Según los primeros indicios -volvió a la carga el periodista-, la explosión podría haber sido provocada. ¿Usted qué cree?
- Nada. Yo sólo era una secretaria.
- No se quite importancia: secretaria del propietario de la empresa. Pudo oír conversaciones, ver notas sospechosas… ¿No le llamó la atención nada?
¿Tampoco entre sus compañeros?
- Lo siento, pero no.
- Bueno -prosiguió el periodista, mirando a la cámara y adoptando un tono cáustico-, la señora Mihajilovitch no sabe nada y tampoco vio ni oyó nada. Una lástima, porque, después de todo, era la persona más cercana a Grégoire Farkas. -Y volviéndose hacia mí-: Mihajilovitch es un apellido de origen eslavo, ¿no?
- ¿Y su comentario no será de origen retorcido? -¿Era yo quien acababa de replicar? ¿La nueva Marylou? El periodista abrió los ojos desmesuradamente y se volvió de nuevo hacia la cámara.
- Lo cierto es que desde hacía varios meses corrían insistentes rumores sobre una posible colusión entre Grégoire Farkas, el diabólico propietario de Realprom, y la mafia rusa. Por otro lado, se sabe que el banco Lexis, socio financiero de Realprom, está en el punto de mira del juez Dubois.
Datos suficientes para alimentar las sospechas de los investigadores…
Continuó con su monólogo un poco más y para terminar recordó el número de muertos y heridos graves, y describió con detalle la naturaleza de las heridas. Deploró con tono patético que todavía hubiera numerosas víctimas por identificar, pero prometió que daría la lista de nombres antes de que acabara la noche. Acto seguido, hizo una señal de partida a los dos técnicos que lo acompañaban.
- ¡Venga, chicos, acelerando, hay que montarlo! -Después me dedicó un guiño vulgar-. ¡Que siga bien, señora Mihaetcétera!
Mientras se dirigía apresuradamente a la salida, una enfermera me llevó de vuelta a la sala en la silla de ruedas.
- ¡Menudo buitre! -comentó-. ¿Sabe?, mientras la entrevistaba, el número de fallecidos ha aumentado considerablemente: hemos perdido a cinco personas más en reanimación. No lo he dicho porque seguro que le habría parecido una buena noticia. ¡Que se busque la vida él solito!, ¿no le parece?
No tuve tiempo de contestar. Paulo acababa de aparecer a mi lado. Me cubrió de besos.
- Paulo, ¿dónde está Nadège?
- Nos espera en la sala. He acompañado un rato a Tom.
- ¿Tom? ¿Ya lo llamas por su nombre?
Parezco sorprendida, pero no lo estoy. ¡Estás tan dotado para la comunicación con el ser humano, Paulo…! Al contrario que yo. Tú vas hacia el otro, tiendes la mano, ofreces tu hombro desde la altura de tu corta edad. Nunca te sientes decepcionado… al menos desde que ya no esperas nada. A veces me riñes. Bueno, eso es poco decir: más bien me abroncas.
Crees que tiro fácilmente la toalla, detestas la idea que tengo de la vida. Te opones, protestas, sostienes que la suerte no sólo se presenta una vez.
Hoy, mientras el hospital llora por tantas víctimas, me miras divertido, fanfarroneas amablemente: ¿Quién tenía razón, eh, mamá?
Nadège esperaba paciente, sentada con las piernas cruzadas en una camilla abandonada. Había cogido chucherías y bebidas en una máquina cercana.
- ¡Ah, por fin estáis aquí! He preparado la cena.
Mientras picoteábamos, un auxiliar vino a anunciarme que estaban preparándome una habitación para pasar la noche. La sala estaba más tranquila. Paulo sacó un libro de su mochila y Nadège fue a telefonear a su padre: quería asegurarse de que grabaría bien el telediario de las ocho.
Empezaba a adormilarme cuando la puerta se abrió y apareció una chica morena, delgada, de ademanes nerviosos. Recorrió con la mirada la sala y se dirigió hacia Paulo.
- Estaba buscándote.
Enarqué una ceja. ¿A Paulo?
- Mamá -dijo mi hijo-, ésta es Aline, una amiga de Tom. Aline, te presento a mi madre Marylou.
La joven sonrió sin ganas. Parecía ausente.
- ¿Cómo está Tom? -le pregunté.
- Muy mal.
- ¿Cómo es eso? ¿Ya han terminado de hacerle pruebas? ¿No lo han curado?
- Tiene una grave hemorragia interna. Hay que operarlo, pero… es complicado.
- ¿Qué tiene de complicado operar en un hospital? -protestó Paulo-. No hay ningún cirujano disponible, es eso, ¿no?
' -Es peor -respondió Aline, reprimiendo un sollozo-. Hay cirujanos, pero no sangre. Bueno, no la suficiente. -Se apoyó contra la pared-. Creo que va a morir.
- ¿Morir? -repitió Paulo, palideciendo.
- Es cero negativo. Incluso de los otros grupos, las reservas están al límite, así que de ése no digamos.
Sólo faltaba eso para rematar el día. Paulo me dirigió su mirada más intensa, la que reserva para los casos de necesidad absoluta.
- Mamá…
- No, Paulo.
- Por favor…
- Es absurdo. Debe de hacer falta muchísima.
- No lo sabemos, mamá; lo único que sabemos es que va a morir si no lo intentamos. Hay que darse prisa.
- Eres menor… los menores no pueden donar.
- Es cuestión de vida o muerte, mamá, puede servir. Los convenceremos. Por favor…
- ¿De qué estáis hablando? -preguntó Aline.
- De mí -dijo Paulo-. Soy cero negativo.
- Dios mío… -Aline se estremeció-. ¿Estáis seguros?
Pues sí. Cuando abortas a los dieciséis años en una sala trasera de una clínica belga y descubres entonces que tu Rh es negativo, aprendes a negociar con los grupos sanguíneos. Conjugas ABO y Rh mejor que el presente del indicativo. Vigilas el embarazo siguiente como un cazo de leche al fuego y no esperas a que tu hijo tenga un ataque de apendicitis para preocuparte por su grupo. Resultado: un Paulo negativo. Y no cualquier negativo, además: cero negativo.
Como señaló en aquella época la analista, ¡un niño tan guapo forzosamente tenía que tener algo!
Paulo, cuando naciste dediqué un breve pensamiento al otro: a mi no hijo. Me dije que él y tú quizá formabais uno solo. Que tú eras el fruto de una repetición del destino. ¿Te he querido el doble por eso?
- Mamá, hay que avisar a los médicos. No perdamos tiempo.
No me hace gracia que te toquen, Paulo. No soporto que te atraviesen, te vacíen, te desangren, no puedo evitarlo.
- No tenemos elección, mamá.
- Va a morir -repite Aline estrujándose las manos-. ¿Es de verdad cero negativo?
- Mamá, vamos. Si no lo intentamos, nos arrepentiremos toda la vida.
Ése era el argumento bueno, Paulo. Cosas de que arrepentirme, he acumulado demasiadas. No es cuestión de añadir otra, y todavía menos si eres tú quien tiene que cargar con ella. Vamos a avisar a los médicos, daré mi autorización, pero cuidado, un poco, no demasiado, ¿eh, doctor?, coja el mínimo, lo estrictamente necesario, ni una gota más, ¿me lo jura?
Todo sucedió muy deprisa. Se llevaron a Paulo y Aline se quedó conmigo. Estaba hundida.
- ¿Hace mucho que conoce a Tom? -pregunté.
- Más o menos. Para ser franca, ya no estoy segura de conocer a nadie aparte de a mí misma. Y ni siquiera respecto a mí estoy ya segura de nada.
- ¿Usted tampoco?
- Figúrese que esta mañana creía ser el único amor de una mujer. Y esta tarde descubro que lleva una doble vida con Tom.
- Ah.
- Esta mañana estaba convencida de que Tom se hallaba gravemente enfermo cuando en realidad estaba como una rosa. Esta tarde se encuentra al borde de la muerte. Póngase en mi lugar. Tengo la impresión de que en cualquier momento el mundo puede venirse abajo y reconstruirse, de un modo totalmente distinto.
- Conozco esa sensación.
- Me da miedo -murmuró Aline-. Además, no sé por qué, cuanto más se aproxima Tom a la muerte, más cercana me siento a él. Y más lejos de todo.
Temblaba.
Le acaricié el pelo.
- Espera a que pase la deflagración. Ya verás como muy pronto dejas de temer el minuto siguiente.
OceanofPDF.com