El iris salvaje
La puerta
QUERÍA quedarme como estaba, quieta como jamás el mundo se está quieto,
no en mitad del verano, sino en el instante
previo al nacer de la flor, el instante
en que nada es pasado todavía;
no en mitad del verano, en la tardía
pero intoxicante primavera, con el césped
no muy crecido al borde del jardín, con los primeros tulipanes empezando a abrirse;
como un niño que ronda la puerta y vigila a los otros, a los que van primero, un amasijo
tenso de piernas y brazos, pendiente
del fracaso ajeno, de las debilidades públicas
con la feroz confianza del niño en su poder inminente, preparándose para vencer
esas debilidades, para no sucumbir
ante nada, el tiempo justo
antes de florecer, la época de maestría
antes que el don se manifieste,
antes de poseerlo.
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