El iris salvaje

Louise Gluck · Capítulo 28 de 53

Páginas del PDF

El iris salvaje

La puerta

 

QUERÍA quedarme como estaba, quieta como jamás el mundo se está quieto,

no en mitad del verano, sino en el instante

previo al nacer de la flor, el instante

en que nada es pasado todavía;

no en mitad del verano, en la tardía

pero intoxicante primavera, con el césped

no muy crecido al borde del jardín, con los primeros tulipanes empezando a abrirse;

como un niño que ronda la puerta y vigila a los otros, a los que van primero, un amasijo

tenso de piernas y brazos, pendiente

del fracaso ajeno, de las debilidades públicas

con la feroz confianza del niño en su poder inminente, preparándose para vencer

esas debilidades, para no sucumbir

ante nada, el tiempo justo

antes de florecer, la época de maestría

antes que el don se manifieste,

antes de poseerlo.

OceanofPDF.com