El iris salvaje
La rosa blanca
¿ÉSTA es la tierra? Entonces no le pertenezco.
¿Quién eres tú en la ventana iluminada,
ensombrecida por las hojas inestables
del árbol pasajero?
¿Lograrás sobrevivir donde yo no he de durar
más allá del primer verano?
Toda la noche las tenues ramas del árbol
alternan y susurran en la ventana luminosa.
Explícame mi vida, tú, que no muestras signo alguno,
aunque te invoque de noche
no soy como tú, tengo por voz
solamente mi cuerpo; no puedo
desvanecerme en el silencio.
Y en las frías mañanas,
sobre la oscura superficie de la tierra
flotan los ecos de mi voz,
blancura que lo oscuro absorbe siempre
como si hicieras una señal, después de todo,
para convencerme de que tampoco tú podrías
sobrevivir aquí, o mostrarme
que no eres tú la luz que yo invoqué
sino la oscuridad que había detrás de ella.
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