El iris salvaje

Louise Gluck · Capítulo 40 de 53

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El iris salvaje

La rosa blanca

 

¿ÉSTA es la tierra? Entonces no le pertenezco.

¿Quién eres tú en la ventana iluminada,

ensombrecida por las hojas inestables

del árbol pasajero?

¿Lograrás sobrevivir donde yo no he de durar

más allá del primer verano?

Toda la noche las tenues ramas del árbol

alternan y susurran en la ventana luminosa.

Explícame mi vida, tú, que no muestras signo alguno,

aunque te invoque de noche

no soy como tú, tengo por voz

solamente mi cuerpo; no puedo

desvanecerme en el silencio.

Y en las frías mañanas,

sobre la oscura superficie de la tierra

flotan los ecos de mi voz,

blancura que lo oscuro absorbe siempre

como si hicieras una señal, después de todo,

para convencerme de que tampoco tú podrías

sobrevivir aquí, o mostrarme

que no eres tú la luz que yo invoqué

sino la oscuridad que había detrás de ella.

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