El iris salvaje

Louise Gluck · Capítulo 42 de 53

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El iris salvaje

Presque isle

 

EN cada vida hay un momento o dos. En cada vida, una habitación en algún lado, junto al mar o en las

montañas.

Sobre la mesa un plato de albaricoques. Huesos en un cenicero

blanco.

Como todas las imágenes, fueron éstas las condiciones de un pacto: un rayo de sol que tiembla en tu mejilla,

mi dedo que presiona tus labios.

Las paredes blanquiazules; la agrietada pintura del modesto estudio.

Esa habitación existe aún, en el piso cuarto,

con su pequeño balcón, con sus vistas al mar.

Una habitación cuadrada y blanca, con la sábana deshecha al borde

de la cama.

No se ha disuelto en nada, no se ha vuelto real. Por la ventana abierta el aire marino huele a yodo.

Por la mañana temprano, un hombre grita a un niño que salga del agua. El niño tendría ahora veinte años.

Alrededor de tu rostro se agita el pelo húmedo, con vetas de color castaño.

Muselina, un pesado jarrón, unas cuantas peonías, un temblor

plateado.

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