El iris salvaje
Vísperas
YA nunca me pregunto dónde estás. Estás en el jardín; estás donde está John,
abstraído, en el polvo, con su pala verde en la mano. Así trabaja: quince minutos de intensa labor,
otros quince de contemplación extática. A veces trabajo a su lado, en la tarea que me toca,
deshierbando, limpiando las lechugas; a veces lo miro desde el portal de la parte alta del jardín hasta el crepúsculo, que transforma en linternas los primeros lirios: en todo ese tiempo
la paz no lo ha dejado. Por eso me recorre
no como el sustento de la flor, sino
como la luz brillante que atraviesa el árbol desnudo.
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