El iris salvaje
Vísperas
UNA vez creí en ti; planté una higuera. Aquí, en Vermont,
donde nunca hay verano. Fue una prueba: si lograba vivir, demostraría tu existencia.
Y según esa lógica no existes. O existes
sólo en climas cálidos,
en la ferviente Sicilia, en México o en California, donde crece el increíble
albaricoque, el frágil durazno. Tal vez
en Sicilia vean tu cara; aquí sólo vemos
el dobladillo de tu ropa. Debo organizarme
para compartir con John y Noah la cosecha de tomates.
Si hubiera justicia en otro mundo, aquellos
como yo, cuya naturaleza los empuja
a vivir en la frugalidad, deberían
obtener la parte del león de las cosas,
los motivos del hambre, la codicia,
que es alabanza de ti. Y nadie alaba
más intensamente que yo, con más
doloroso deseo, con más derecho
a sentarme a tu diestra, si es que existe, participando del perecedero, inmortal higo
que nunca viaja.
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