El iris salvaje

Louise Gluck · Capítulo 30 de 53

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El iris salvaje

Vísperas

 

UNA vez creí en ti; planté una higuera. Aquí, en Vermont,

donde nunca hay verano. Fue una prueba: si lograba vivir, demostraría tu existencia.

Y según esa lógica no existes. O existes

sólo en climas cálidos,

en la ferviente Sicilia, en México o en California, donde crece el increíble

albaricoque, el frágil durazno. Tal vez

en Sicilia vean tu cara; aquí sólo vemos

el dobladillo de tu ropa. Debo organizarme

para compartir con John y Noah la cosecha de tomates.

Si hubiera justicia en otro mundo, aquellos

como yo, cuya naturaleza los empuja

a vivir en la frugalidad, deberían

obtener la parte del león de las cosas,

los motivos del hambre, la codicia,

que es alabanza de ti. Y nadie alaba

más intensamente que yo, con más

doloroso deseo, con más derecho

a sentarme a tu diestra, si es que existe, participando del perecedero, inmortal higo

que nunca viaja.

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