El Medico Del Tiempo
Capítulo 18
Janie oyó cómo alguien lloraba.
Un llanto conocido.
Oh, Dios mío...
—¿Alex?
Salió de un salto de detrás del árbol y corrió hacia donde él se había desplomado en el sendero. Se arrodilló a su lado y lo cogió en brazos.
—Alex, oh, Dios mío, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está tu padre?
—Papá... se cayó —alcanzó a decir el chico.
—Pero ¿dónde está?
—Allá abajo —dijo Alex con voz entrecortada—, con los demás.
—Entonces, ¿por qué...?, ¿cómo...?
—James también está herido. Lany está cuidando de ellos. Janie sintió una furia instantánea hacia la mujer capaz de enviar a un niño pequeño solo en medio de la oscuridad.
Como si le hubiese leído el pensamiento, Alex se apresuró a decir:
—Ella no quería que viniese. Me escapé.
—¿Cuál es la gravedad de la herida? ¿No estará...?
—Papá está vivo —dijo Alex con una voz muy débil—, pero tiene la pierna muy malherida.
—¿Estaba despierto cuando te marchaste?
—No.
Inconsciente después de una caída; la noticia fue como una puñalada en el corazón.
—¿Qué le pasó a James?
Alex se levantó apoyado en un codo.
—Se cortó la mano. Al caer la célula. Sangró mucho cuando la parte metálica lo hirió.
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Janie sostuvo a su hijo con un brazo y lo ayudó a levantarse.
—¿Puedes caminar?
Él probó a dar unos pasos pero se cayó.
Janie se puso delante del chico, de espaldas a él, y se agachó. Pasó las manos por encima de los hombros.
—Sujétate, te llevaré a caballito.
Alex hizo lo que le decía, y su madre se lo cargó a la espalda. Mientras ella caminaba a toda prisa hacia la casa, el niño se quedó profundamente dormido.
Lany avanzó todo lo que la luz y la fatiga le permitieron. Encontró una zona de terreno más o menos llana y la cubrió con hojas a modo de colchón.
Extendió una de las mantas —las tiendas estaban plegadas debajo de Tom
— y las dispuso para que pudiesen estar secos.
—Vamos, vaquero —dijo mientras ayudaba al aturdido James a bajar del caballo—. No puedes estar demasiado cómodo ahí arriba. Fue una prueba de fuerza para la menuda mujer, pero consiguió llevar a James hasta
la manta sin ningún daño y lo acostó. Él gimió mientras se tumbaba. Una vez acomodado en la manta, señaló a Tom con un gesto.
—¿Cómo está?
—No lo sé. Quería acostarte a ti antes de ir a verlo. Supongo que no está muy bien. Creo que se ha desmayado por el dolor.
Fue hasta la camilla y se arrodilló junto a Tom. Tenía restos de hojas y tierra en el rostro; se los limpió, y después espantó a los insectos negros que revoloteaban sobre su boca.
—Tom... —dijo suavemente.
Él no respondió.
—¿Puedes oírme?
No hubo respuesta.
Ella le habló de todos modos, confiando en que la oyese.
—Vamos a tener que quedarnos aquí a pasar la noche. Encenderé una hoguera. —Le ajustó la manta alrededor del cuello y conversó con él para ofrecerle consuelo—. Creo que esta noche hará frío, así que te taparé bien.
Él se movió y susurró:
—Alex...
Lany se preguntó si se habría dado cuenta de la marcha de su hijo.
Apoyó
una mano en su brazo y se lo apretó.
—Está bien —dijo.
Se levantó mientras susurraba una silenciosa plegaria al Dios que esperaba que siguiese ahí fuera, para que Alex estuviese de verdad bien. El fuego crepitaba alegremente, pero Lany no podía dormir. Era la única capaz de luchar 210
contra lo que fuese, si surgía la necesidad. Antes de acostarse, había visto unos ojos rojos en el borde del claro, pequeños y muy juntos, probablemente un hurón o un mapache. Confiaba en que no fuese una marta; eran imprevisibles y peligrosas si se las asustaba.
Faltaban nueve horas para el amanecer; toda una eternidad.
De pie en el borde del sendero, Janie y Evan escudriñaban el bosque.
Evan buscaba en la maleza a través de los prismáticos, y hacía una pasada tras otra por la oscuridad, atento a la luz de una hoguera. A partir de lo dicho por Alex, calcularon que habían acampado como mínimo a un kilómetro y medio bosque adentro.
—No veo nada —dijo Evan—. Creo que debemos bajar y seguir alerta mientras lo hacemos. Pueden estar al otro lado de algún afloramiento, fuera de nuestra línea de visión. Sé que mamá habrá encendido una hoguera, sobre todo después de lo que dijo Alex.
—De acuerdo. Adelante.
Con las lámparas en la mano, bajaron por la primera zona rocosa hasta el empinado sendero de más abajo. El avance era traicionero; sus pasos eran cortos y cuidadosos. En la mochila, Janie cargaba el equipo médico que había considerado necesario, de acuerdo con lo que Alex le había dicho del accidente. El peso afectaba a su ya precario equilibrio. Una vez resbaló, pero consiguió
aferrarse a una rama. La lámpara se agitó violentamente en su mano, y casi la dejó caer.
—Cuidado —le advirtió Evan, sujetándola por el brazo para ayudarla a recuperar el equilibrio—. Mamá y yo no podríamos traeros a los tres de vuelta.
Los ojos que brillaban en el borde del claro eran más grandes esta vez, rasgados a la manera de los felinos y muy separados. Miraban directamente a Lany, que les devolvió la mirada, arma en mano.
—Vamos, acércate un paso más —lo retó con voz calma—. Me vendría bien estrenar un abrigo de piel.
El puma soltó un gruñido bajo.
—Debes de estar muy hambriento para arriesgarte a acercarte tanto al fuego —añadió en voz baja—. Vamos, ¿por qué no vienes?
Los ojos resplandecientes se movieron hacia delante.
Lany amartilló el arma.
El puma saltó al interior del claro.
Lany disparó una vez, y alcanzó al animal en pleno salto. El impulso continuó, pero, en lugar de aterrizar sobre las patas junto a Tom, enseñando los 211
colmillos, se desplomó a poco menos de un metro de la angarilla. Lany vio que Tom levantaba la cabeza y después la bajaba de nuevo. Se acercó a él.
—No pasa nada. Está muerto. Todo irá bien.
—Bien —gimió Tom.
Luego añadió «Alex», y volvió a hundirse en la inconsciencia.
—Eso fue un disparo —afirmó Evan.
Se movieron en dirección al distante estampido. Evan levantó los prismáticos y miró hacia abajo.
—Veo algo —anunció—. ¡Un fuego!
En medio de la oscuridad, avanzaron en línea recta hacia la hoguera.
Veinte minutos más tarde, Lany miró ladera arriba y vio las oscilantes luces de dos lámparas mientras sus rescatadores se acercaban. Se levantó y se llevó las manos a la boca a modo de bocina.
—¡Aquí! —gritó.
Evan le respondió a su madre agitando la lámpara. Lany se dejó caer de rodillas y se abrazó los costados. Por un breve momento, lloró de alivio.
Cuando las lámparas se acercaron al borde del claro, se enjugó las lágrimas con la manga sucia, se puso de pie y se acomodó las ropas.
Las lámparas colgaban de una rama encima de la improvisada camilla de Tom. Janie lo examinó tan bien como pudo sin moverlo.
—Tom... —lo llamó suavemente. No hubo respuesta—. ¡Tom! —
repitió, con un tono más fuerte y firme.
Él abrió los ojos y la miró.
—Hola —susurró. La sombra de una sonrisa apareció en su rostro—.
Me caí.
—Eso me han dicho. Te quiero.
—Yo también te quiero.
—Dime dónde te duele.
—No me duele la nariz.
Acuclillada a su lado, Janie se secó la frente con el puño de la chaqueta y, pese a la gravedad de la situación, soltó una risita en respuesta a su intento de bromear. Le subió la pernera de la pierna herida y le pellizcó la piel debajo del calcetín. No reaccionó. Lo pellizcó más fuerte. Tom no parecía saber lo que le hacía. Janie necesitó de toda su voluntad y fuerza para mantener la calma. Mientras continuaba con el examen, le quedó muy claro que su marido no sentía nada en la pierna herida. Le pellizcó la piel de la otra pierna, en el mismo lugar, y la reacción fue inmediata.
—¡Ay! —exclamó él.
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—Lo siento. No pretendía que te doliese. —Puso una mano en la suya
—.
¿Puedes intentar apretarme la mano?
Tom la miró a los ojos.
—¿Tengo que hacerlo? Ahora mismo me parece que es mucho trabajo.
—Tienes que hacerlo.
Él apretó, con la fuerza suficiente para convencerla de que no tenía la columna lesionada.
—Lo he notado —susurró ella—. Quédate aquí. Ahora vuelvo. Él le dedicó una leve sonrisa. Janie se levantó para ir rápidamente donde estaba James.
—Déjame ver la muñeca.
Él alzó el brazo. Janie quitó la venda y vio la profunda herida que cruzaba la gran vena superficial. La sangre continuaba manando de la herida, aunque no a borbotones como antes.
—A ti te puedo tratar, pero no aquí. —Vertió agua esterilizada sobre la herida para lavarla, apretó una venda limpia en el corte y después sujetó la venda fuertemente alrededor de la muñeca—. Esto aguantará hasta que estemos de vuelta en el recinto.
Se puso de pie y se volvió para mirar hacia Tom. Lany estaba en cuclillas a su lado. Cuando vio que Janie la miraba, se levantó y se acercó a ella.
—He oído lo que le has dicho a James. —Apoyó la mano en el brazo de Janie—. ¿Qué pasa con Tom?
—No lo sé. No siente nada en la pierna herida. En la otra sí. ¿Fue capaz de moverla cuando se cayó?
—Un poco —contestó Lany—. Pudo usarla para ayudarnos a colocarlo en la camilla. No la notaba absolutamente inútil.
El tono en la voz de Janie traicionó su inquietud.
—Entonces no creo que tenga una herida en la médula espinal.
—¿Debemos moverlo?
—En un mundo mejor, probablemente no —contestó Janie—. Pero no puedo hacer nada por él aquí en el bosque. Necesita estar caliente, seco y limpio.
—¿Tenemos que irnos ahora?
Janie advirtió la ansiedad en la voz de Lany.
—Nos marcharemos en cuanto amanezca. Ya no falta mucho. Mientras tanto, sin embargo, debemos hacerle una transfusión a nuestro otro paciente. Necesito saber qué tipo es y ver si alguno de nosotros puede ser donante. Lany le extendió el brazo.
—Soy A positivo.
—¿Estás segura?
—Absolutamente.
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—Entonces esperemos que él también; nos evitaría un montón de problemas.
Janie volvió junto a James.
—Aunque te cueste créelo, voy a sacarte un poco de sangre. —
Desenvolvió
el vendaje y untó un poco de sangre en un papel—. A positivo. Una gran suerte. Lany permaneció de pie, y James sentado. Janie conectó una línea directa de uno a otro. Mientras la sangre de Lany entraba en él, Janie la miró.
—¿Tienes alguna enfermedad que deba saber?
—Buen momento para preguntarlo, pero no. Estoy limpia como una patena. Solo Dios sabe cómo, con todas las cosas a la que he estado expuesta.
La montaña era demasiado empinada para que el caballo pudiese tirar de la angarilla, así que Evan, Lany y Janie trabajaron unidos para cargarla por la subida. Cuando llegaron al sendero, la engancharon de nuevo al caballo y Janie se adelantó. Encontró a Kristina y Alex en un sofá de la sala.
Kristina tenía a Alex en los brazos, abrigado con una manta, y la mirada clavada en el fuego de la chimenea. El niño tenía el rostro lleno de pequeños cortes, y un ojo ligeramente tumefacto.
Se irguieron en el acto cuando vieron a Janie.
—¿Y papá? —preguntó Alex, con una expresión de miedo y esperanza.
—Ahora lo traen.
—¿Está...?
—No está muerto, pero tiene la pierna muy malherida.
Se abrazaron y lloraron juntos. Finalmente, Janie susurró:
—No importa lo que pase, estaremos bien. Encontraremos la manera de seguir adelante.
Cuando ella intentó apartarse, Alex no la soltó. Janie permitió que la sujetase unos momentos más, y luego se liberó de su abrazo.
—Tengo que prepararme para atender a papá. —Besó a su hijo en la frente—. Anoche hiciste algo asombroso. Tu padre estará muy orgulloso de ti.
—¿No me gritará?
«Lo haría si pudiese», pensó Janie.
—No, Alex, no lo hará. Lo que hiciste fue muy valiente. Cuando Janie fue hacia la puerta, Alex se quitó la manta y corrió detrás de ella. La cogió de la mano, y su madre se volvió.
—Quiero ayudarte a que papá se cure.
—Alex, será un duro trabajo, habrá que hacer muchas cosas muy difíciles.
—Tú puedes enseñarme, mamá. Aprenderé rápido, te lo prometo. Su expresión era tan ilusionada, que ella no tuvo valor para decirle que la recuperación de su padre sería muy larga, con su ayuda o sin ella. 214
—¡Por favor!
—De acuerdo, Alex, te enseñaré. Pero quizá tengamos que esperar a que tu padre se sienta un poco mejor.
—Quiero aprender ahora.
Janie contempló a su hermoso hijo, el niño que procedía de otro tiempo y lugar. Ella lo había hecho nacer para satisfacer su ansia egoísta de intuir al hombre que había sido una vez, y raramente se había preguntado si Alejandro o los que lo habían amado habrían querido aquello, de haber tenido la oportunidad de opinar.
—Muy bien —dijo Janie con suavidad—. Entonces comenzaremos ahora. Ve a lavarte las manos. Es lo primero que debe hacer un médico. El chico asintió con aire grave y se marchó a la carrera. Su madre lo observó, y repentinamente se preguntó por qué parecía mucho más alto. 215