El Medico Del Tiempo
Capítulo 1
En el tiempo de la pestis secunda, Alejandro Canches sabía muy bien el miedo que producía una llamada fuerte, así que golpeó suavemente en la puerta de William y Emily Cooper. Emily abrió, con los ojos enrojecidos por el llanto. La mujer lo saludó con un gesto y se acomodó un mechón de pelo bajo la cofia blanca.
—He estado sentada a su lado toda la noche —le dijo al médico—.
Sufre, pero aguanta. Pasa, míralo por ti mismo.
—Su resistencia es notable —afirmó Alejandro al entrar. William Cooper había atravesado hacía mucho el umbral que conducía a la etapa agónica de la peste, pero se aferraba tenazmente a la vida. Iluminando el camino con una vela, la mujer lo acompañó hasta el lecho del enfermo. El rostro del tonelero era todo lo que se alcanzaba a ver, pues estaba tapado
hasta la barbilla. El sudor, secado cuidadosamente por la esposa durante la noche, se había acumulado de nuevo durante su breve ausencia y, a la luz de la vela, brillaba en la frente de William. Este tenía los ojos cerrados, y no los abrió ni siquiera al oír las voces.
Alejandro se cubrió la nariz para protegerse del pútrido olor de la peste y apoyó la cabeza en el pecho del hombre. Los latidos del corazón, aunque débiles, eran sorprendentemente firmes. Palpó los bubones del cuello y las axilas del hombre. Aunque lo hizo con mucha suavidad, William gimió de dolor.
—Lo siento —susurró Alejandro—. No quería causarte dolor.
«En primer lugar, no hagas daño», se recordó a sí mismo. Los bubones estaban duros, pero no más que en su último examen dos días antes. La coloración azul oscura parecía casi la misma.
—Quince días —le dijo el médico a Emily al apartarse—. Me resulta incomprensible. Tus cuidados han sido excelentes.
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—No puede ser el resultado de mis esfuerzos —replicó ella—. No he hecho más que secarle el sudor de la frente.
Alejandro se lavó las manos en la palangana con agua que le alcanzó Emily y se las secó con la toalla que colgaba de su antebrazo. Se había convertido en una práctica habitual entre ellos durante el curso de la enfermedad de William, solo que esta vez ella evitó hacer cualquier comentario sobre su obsesión con lavarse las manos.
—No se puede hacer nada más. Ahora está en manos de Dios. —No añadió
lo que para él era obvio: que hacía tiempo que el destino de Cooper le pertenecía a Dios—. Que haya vivido tanto tiempo en este estado de letargo parece casi una aberración de la naturaleza.
Pero años de práctica médica le habían enseñado muchas de estas curiosidades, y, con el paso del tiempo, había llegado a la conclusión de que tales aberraciones solían ser parte del esquema divino. Se preguntó qué habría dicho Guy de Chauliac de esta idea y, por enésima vez, deseó una oportunidad para discutirlo con su amigo y mentor.
En el momento de marcharse, la mujer lo sujetó por un brazo.
—Mi marido dijo que debemos pagarte.
Él nunca le había pedido dinero; sabía que apenas si tenían para comer.
—No. No quiero que me pagues. No necesito nada. Pero, por favor, dime una cosa. En todo el tiempo desde que os conozco, nunca hemos hablado de por qué tu marido escogió traerte a vivir entre los judíos, cuando, como cristianos, podíais vivir en cualquier otra parte de la ciudad.
Quisiera saber la razón. Ella titubeó brevemente, como si estuviese valorando si podía confiar en él. Al fin decidió responder.
—Tuvimos que dejar nuestro pueblo, un lugar llamado Eyam, al pie de los Picos. Estaba junto a uno de los cotos de caza favoritos del rey. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Fue un invierno muy duro; teníamos frío y hambre.
En su mente, Alejandro vio a De Chauliac en su puerta en el terrible invierno de 1357, y se estremeció sin darse cuenta al recordar el intenso frío y el hambre brutal. Recordó las amargas palabras que le había dicho al francés aquel día.
—No eres bienvenido aquí.
—No —había replicado De Chauliac—, pero me necesitas. La comida que había llevado de París les había salvado la vida.
—Los guardabosques sorprendieron a mi marido cazando —oyó ahora decir a Emily Cooper—. Dijeron que estaba dentro de los límites del coto, pero él jura que estaba fuera. No tenía importancia; el rey lo habría mandado ahorcar de todas maneras.
Alejandro la miró con curiosidad.
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—Pero no lo hizo.
—No, no pudo. Nuestro hijo fue a rescatar a Will; sencillamente habían encerrado a mi marido en una jaula, sin grilletes. Uno de los guardias estaba borracho, así que el chico consiguió liberarlo.
—Un hijo valiente y digno.
—Sí —dijo la mujer con tristeza—. Un hijo perdido. —Con una punta del delantal se secó los ojos de nuevo y después miró al médico—. El guardabosque se despertó y lo atravesó con una flecha cuando escalaba la pared detrás de su padre.
Él bajó la mirada en señal de respeto.
—Lo siento mucho.
Emily respondió a su compasión con un gesto y volvió al lado de su marido. Le secó la frente con la punta húmeda del delantal y luego se sentó en la silla junto a la cama. En su rostro apareció una expresión dura y
distante que Alejandro nunca le había visto antes. Ella le dirigió una última mirada, y el médico sintió la tácita acusación.
Durante unos momentos, consideró darle a la esposa de William algo de su propio oro, pero no quería avergonzarla. Lo mejor era marcharse sin más.
—Mi señor —dijo el escudero, con una profunda reverencia al rey.
—Ah, Chaucer. Siempre tan dispuesto. Confío en que tu señor Lionel pueda prescindir de ti por unos momentos.
Como si pudiese haber alguna duda.
—Sí, sire. Él y lady Elizabeth han salido a tomar el aire.
—Bien. Hoy hace muy buen día. Mi propio escribiente está ocupado en este momento con otros asuntos, y necesito dictar unas cartas. Como sabía Chaucer, esto significaba que el escribiente había vuelto a beber demasiado y no se podía confiar en su exactitud. Había corregido muchos de los errores del hombre; en general se los podría haber considerado divertidos, si no hubieran implicado asuntos de Estado.
—Por supuesto, sire —respondió el joven—. Será un honor. El rey Eduardo III le señaló una esquina de la habitación.
—Allí encontrarás todo lo que necesitas, en el escritorio. Mientras Geoffrey Chaucer recogía el recado de escribir y el pergamino de la mesa con tablero de mármol, el rey añadió:
—Confío en que mantendrás esta correspondencia en el más absoluto silencio. Mi hijo habla con gran estima de tu discreción. Estas cartas son cruciales para nuestro bienestar, así que registra mis palabras exactamente.
Se aclaró la garganta y comenzó a dictar.
—Su Santidad —dijo.
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Siguió un largo y florido saludo; Chaucer lo repitió en silencio al unísono con el rey, porque lo había escrito muchas veces.
Luego el rey fue al grano:
Nos complace anunciar que nuestra amada hija Isabella ha aceptado
—por supuesto, pendiente de vuestra aprobación— la propuesta de matrimonio del barón Enguerrand de Coucy. Solicitamos vuestro permiso para publicar las amonestaciones de sus nupcias en la fecha más próxima posible.
Chaucer casi dejó caer la pluma. Manoteó torpemente para recuperarla y tuvo que mirar la página para ver si se había caído alguna gota de tinta. No
vio ninguna, así que escribió a toda prisa para no quedarse atrás.
Al mismo tiempo, quiero pediros un gran favor personal. Tengo una hija, nacida de una mujer que una vez sirvió a mi querida reina. Deseo reconocerla como de mi propia progenie y acogerla en mi casa como una princesa de Inglaterra. Confieso mis pecados y suplico humildemente vuestra intervención con Dios en el cielo para que se me perdone, no solo por mi depravado acto de adulterio sino también por mi fracaso para hacerme cargo de esta hija adecuadamente en el pasado. Sin duda, este es un pecado tan grave como el que resultó en su concepción.
El rey hizo una pausa, como si considerase cómo proseguir. Miró al joven escudero.
—¿Qué dices tú, Chaucer, que eres tan hábil con las palabras? —
preguntó—. ¿Transmito el sentimiento adecuado, no demasiado atrevido, pero tampoco demasiado humilde?
Chaucer apenas si podía hablar.
—Respecto a la princesa Isabella y al barón... Habláis de vuestra intención con mucha claridad, pero le dejáis al pontífice margen para que os haga sudar un poco. Muy sabio.
—Lo mismo pienso yo. —El monarca sonrió.
—¿Puedo ser tan atrevido como para preguntaros, sire, si la hija a la que os referís es lady Kate?
El rey lo miró con cierta suspicacia.
—Puedes, y mi respuesta es sí.
—Entonces, sin duda, sire, vuestros sentimientos son correctos.
Sinceros, pero no demasiado almibarados. Hacéis vuestra petición respetuosamente, pero no os humilláis ante el Papa, lo cual, dada vuestra propia majestad, sería por supuesto inapro...
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—Gracias, Chaucer. —El rey se aclaró la garganta y continuó.
Deseo que esta hija también se case. Estuvo casada una vez pero ahora es viuda, así que no necesitamos preocuparos con la anulación. Su fecundidad ya ha sido demostrada. A la vista de esta y otras valiosas cualidades que posee, estamos discutiendo un arreglo adecuado con una prominente familia francesa aliada a De Coucy. Como siempre, recordamos que tales arreglos se hacen pendientes de vuestra aprobación y bendición.
Mi reina, a pesar de saber de mi pecado, ha aceptado graciosamente que este es el camino correcto.
Había más; Chaucer escribía, intentando no permitir que la sorpresa de las noticias lo distrajese. Tan solo con el mayor de los esfuerzos consiguió contenerse. ¡Por fin se revelaba el origen del desasosiego! Durante semanas la atmósfera en el castillo de Windsor había sido tensa y fría, y Chaucer había comenzado a preguntarse si una vida de servicio a la realeza era una sabia decisión. En ocasiones se había visto que el rey y la reina, normalmente una pareja afectuosa, se comportaban de una forma muy crispada el uno con el otro. Entre los sirvientes y los cortesanos corrían rumores de que la reina había descubierto la relación entre el rey y su última amante, lady Alice, y que estaba montándoles un escándalo a ambos, de la misma manera que había hecho desgraciada a la dama que era la madre de Kate. Pero todos creían que ella sin duda ya lo sabía, dado que el rey no había hecho ningún esfuerzo por ocultar su admiración hacia la joven. Todos estaban de acuerdo en que seguramente había algo más.
¡Había mucho más, ahora que se había revelado! Chaucer escribió todos los otros pequeños asuntos que el rey presentaba al Papa, aunque apenas si prestaba atención. Cuando acabó, le entregó el pergamino al rey Eduardo, quien lo leyó rápidamente y firmó el documento.
El rey extendió la palma abierta.
—Lacre —dijo.
El joven se apresuró a ir a la mesa, buscó hasta encontrar la cera y volvió. El rey dobló el pergamino en tercios y utilizó una vela para fundir el lacre rojo sobre ella, y después estampó su sello. Tras esperar un momento para que se enfriase, cogió la carta y depositó en ella un sonoro beso.
—¡Para tener suerte! Confiemos en que esta vez obtengamos lo mejor, maese Chaucer.
—Esperemos que sí, sire. —Salió de la habitación con una reverencia y echó
a correr.
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La joven que era objeto de la petición del rey había vomitado hasta los intestinos en el cruce del canal, cuando los soldados del rey la habían traído desde Francia, siete años antes. Chaucer, que también tenía diecisiete años en aquel entonces y acababa de ser rescatado de los franceses, la había mirado con compasión mientras la nave cabeceaba en las olas del mar helado. Ella llevaba los grilletes de un vulgar criminal en las piernas, y a Chaucer le dolía ver la sangre que goteaba por los tobillos y sobre los
zapatos. Nadie le había ofrecido ningún tipo de consuelo, aunque lo necesitaba con urgencia. Él lo habría hecho, de no haber comprendido que ese viaje era parte de su castigo. Se había preguntado el porqué del castigo.
La muchacha era valiente, inteligente y de una gran belleza, y había vivido su vida con mucha más dignidad de lo que parecía posible dadas las circunstancias. A los diecisiete años, Katherine Karle ya era viuda y apenas si se había recuperado de un parto difícil. ¿Cómo podían ser los dioses tan despiadados?
«Claro que pueden», pensó. La joven no había visto a su hijo desde el día de su nacimiento. Además, consideró las palabras que acababa de escribir en nombre del rey.
Específicamente, el barón de Coucy ha pedido que la alianza entre nuestras familias se cimente todavía más con la unión entre su primo el barón de Benoît y una «inglesa de alcurnia», por lo que yo entiendo que debe ser un miembro de nuestra familia más cercana. ¿Qué pariente más cercano que mi propia hija? Como sabéis, santidad, hemos tenido dificultades para arreglar un matrimonio verdaderamente adecuado para nuestra animosa Isabella; os evitaré aquí una recapitulación de sus virtudes, porque estoy seguro de que han llegado a vuestros oídos por otros labios.
No me agradaría que la boda entre Isabella y De Coucy se viera perjudicada por un fracaso respecto a su primo, por quien parece sentir un muy profundo afecto.
El primo de De Coucy era un cobarde quejica y peludo que superaba sus muchas faltas con bestiales rabietas cuando las cosas no salían como él quería. Que el rey quisiera entregarle a la maravillosa Kate parecía algo totalmente incomprensible. «Pero se ha quedado sin hijas mayores —
comprendió
Chaucer—. Tiene que inventarse otra como sea, para sellar el acuerdo para Isabella.» La reina se había secado; los hijos tenidos por Alice Perrer con el rey eran bebés. Joanna había muerto hacía tiempo, durante la primera aparición de la peste, en el año 1348, después de la batalla de Crécy.
¡Quisiera Dios que todo saliera bien! La mimada e insolente Isabella tenía treinta y tres años, era una princesa y, sin embargo, después de cinco intentos por casarla, seguía siendo una solterona; era antinatural. 21
Pero no tan antinatural como lo que estaba a punto de sobrevenir a su hermanastra, pensó Chaucer.
Emily Cooper sacó las sábanas del jergón de paja de su marido, las hizo una bola y después las arrojó al fuego, como le había indicado el médico.
Se quedó
con una manta; la necesitaría para ella. Habían ido a buscar el cadáver del tonelero hacía menos de una hora, con sus picos de halcón y las oscuras capuchas.
—No creáis que esas cosas os protegerán —les dijo a los hombres que habían ido a llevarse a su marido muerto en el carro. Los siguió hasta la calle, para continuar con sus advertencias—. ¡He visto a muchos muleros caer por la peste, y ellos se habían envuelto en mortajas para mantenerla a raya!
Los encapuchados no le respondieron, porque ninguno entendía el inglés. Finalmente, cuando acabaron de tapar el carro con la tela que ocultaba a los muertos de los horrorizados ojos de los vivos, uno de ellos se le acercó para preguntarle en el detestable francés que ella apenas comprendía:
—C'est votre mari qui est mort, non?
—¿Eh? —replicó ella, deseando que él le hablase en inglés.
—Viuda —dijo el hombre, después de encontrar la palabra.
—Sí —asintió Emily.
—Allez au palace toute de suite. Il y aura une pension pour vous. El hombre agachó la cabeza ligeramente, después se volvió y se subió al pescante.
Ella había comprendido «pensión» y «palacio».
La viuda se apresuró a hacer lo que le había aconsejado, porque, cuando contó las monedas que quedaban en la bolsa de su marido, vio que solo había unas pocas. Se echó un chal sobre los hombros y salió del gueto para ir al majestuoso palacio del Papa, en busca de misericordia. Las angostas calles de Aviñón le recordaron a Londres; había estado allí una vez con su marido para visitar a su cuñada, que se había casado con el sirviente de uno de los primos lejanos del rey y ahora cocinaba en una gran mansión. El recuerdo le produjo una punzada de celos, porque su cuñada vivía en suelos de piedra, y no en la tierra apisonada de Eyam. Sin embargo, Eyam era su casa, y la echaba mucho de menos.
«Pensión», le dijo al guardia que vigilaba la puerta del palacio papal.
Las altas torres blancas del lujoso castillo, que se alzaban detrás del
centinela con capa roja, lo hacían parecer terriblemente pequeño. El hombre gruñó y le señaló
a la derecha. Ella se ajustó el chal y echó a andar bordeando el palacio.
Las piedras blancas crujían bajo sus pies y el sonido la distrajo, hasta que le llegó el 22
ruido de cascos en los adoquines y vio a un grupo de correos reales que entraban en el patio del palacio, con el estandarte del rey Eduardo. Se refugió entre las sombras y los observó durante unos momentos; luego comprendió que era ridículo y volvió a salir al calor del sol. ¡Como si después de tantos años fueran a desperdiciar su tiempo buscándola! Era un grupo muy vistoso, todos ataviados con sus corazas y montados en hermosos caballos, y comenzó a pensar con añoranza en Inglaterra, en la familiaridad de la gente y la facilidad con la que ella podía comprenderlos.
Allí nadie sabría que era la esposa de un cazador furtivo; solo sería otra insignificante vieja necesitada de limosnas, en la que no valía la pena fijarse. El corazón empezó a dolerle con la nostalgia. El cruce del canal de la Mancha era caro y peligroso, pero no había nada para ella en Aviñón, ni tampoco en toda Francia. No tenía parientes, y su único posible aliado era el médico judío, otro fugitivo de la justicia inglesa.
Un terrible pensamiento surgió en su mente mientras el grupo inglés desfilaba con todo su esplendor: ¿Cuánto pagarían por unas pocas palabras escogidas acerca de él?
Desde luego sería lo suficiente para pagarse un pasaje y un nuevo comienzo.
«No —se reprochó—, sería una tremenda traición a un buen hombre.»
Pero ¿era él, después de todo, bueno? Su marido había muerto, a pesar de las atenciones del médico. Este ocultaba a un niño, un niño pequeño de cabellos rubios y ojos azules, cuya madre era una noble inglesa, incluso quizá de la realeza. Era su deber denunciarlo, decidió. Ella seguía siendo inglesa, y su supervivencia estaba en juego. Caminó más rápido y siguió a los jinetes. Antes de alcanzarlos, se persignó y susurró una plegaria para pedir perdón.
Alejandro escuchó la llamada de medianoche en medio de un sueño; corría a trompicones a través de un bosque oscuro perseguido por algo que debían de ser ogros —un hecho muy frecuente—, cuando la insistente llamada a la puerta lo arrancó bruscamente de la pesadilla. Abrió los ojos, pero todo estaba a oscuras.
No había sabido nada de la esposa del tonelero en varios días, y se preguntó si finalmente habría llegado la hora del hombre. Se levantó de la estrecha cama y se pasó las manos por la barba. Se acomodó los largos cabellos oscuros detrás de las orejas y apoyó los pies en el suelo de tierra apisonada de la habitación que compartía con el niño Guillaume, que en la inocencia de la infancia dormía profundamente a pesar de los golpes en la puerta. Le dolieron las rodillas, aunque solo fue por un momento; un anuncio, temió, de lo que le ocurriría al envejecer.
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Pero aceptaría todo con gratitud, y ofreció una rápida plegaria pidiendo vivir lo suficiente para conocer todas las miserias que acompañaban a la edad, si así podía ver de nuevo a la niña que llamaba hija. ¡Una niña! Ahora ya sería una joven. Se permitió unos segundos de añoranza de esta mujer que, en la angustia de su duelo, había dado a luz a aquel niño siete años atrás. Ella le era tan preciosa como si hubiese nacido de su propia simiente; de la que, lamentablemente, no había ninguna.
El profundo pesar de su corazón hizo que el dolor que sentía en las rodillas pareciese trivial. Se reprochó añorarla, pues la joven estaría ahora con la familia a la que pertenecía de verdad, no entre aquellos cuya sangre compartía por un garrafal error divino.
«Perdóname —rezó—. No pretendo faltarte al respeto al señalar Tus errores.»
—Pero ¿por qué es que estas llamadas siempre llegan a las horas más intempestivas, cuando uno no puede menos que imaginar que hay algún terrible demonio al otro lado de la puerta? —se preguntó en voz muy baja.
El temor que sentía no era sino producto de su imaginación; al otro lado de la puerta no habría más que una mujer inglesa, cansada y menuda. Avanzó por el pasillo de techo bajo, y, antes de poder erguirse del todo, se repitió la llamada.
Se irguió lentamente y miró la puerta. Los firmes golpes que había oído no podían ser obra del frágil puño de una anciana, sino de una mano mucho más fuerte. Y a juzgar por la premura y la fuerza, su autor tenía mucha urgencia. Anduvo de puntillas el resto del tramo hasta la puerta y se situó a un lado.
«Nunca te pongas directamente en el centro de una puerta —le había dicho una vez Eduardo Hernández—. Una espada bien empuñada puede atravesar las tablas. Imagina lo que una buena espada en las manos de un
maestro podría hacerle a tu tripa. Incluso tú con todos tus conocimientos estarías indefenso», le había advertido el viejo soldado.
Pero ¿qué otra persona iría a buscarlo cuando faltaban horas para el amanecer? Los forasteros pocas veces cruzaban ese barrio de la ciudad durante el día, y mucho menos durante la noche. Espió por la rendija de la puerta, con la esperanza de atisbar al que llamaba, pero era imposible ver nada en la oscuridad.
—¿Quién llama? —preguntó al fin.
—Busco al médico Canches —le respondieron.
¿Lo habían encontrado? El corazón amenazó con escapársele del pecho.
—Un momento. —Las palabras salieron con voz más débil de lo que habría deseado. Se aclaró la garganta y después añadió—: Veré si lo puedo despertar. Apenas si escuchó la respuesta desde el otro lado de la puerta; corrió al dormitorio y sacudió al niño.
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—Guillaume —susurró—. ¡Guillaume! ¡Despierta!
El niño se frotó los ojos mientras se despertaba.
—¿Por qué, grand-père...?
—Ahora no hagas preguntas. —Su propia voz le sonó dura, e intentó suavizarla—. Solo prepárate como te he enseñado antes. Quizá tengamos que marcharnos deprisa.
Como si no lo hubiese entendido, el niño preguntó:
—Pero, grand-père, ¿adónde vamos...?
—¡Calla! Ahora apresúrate.
—Sí, grand-père. —Apartó la manta y se levantó, tambaleándose de sueño. Alejandro lo sujetó.
—Buen chico. Ahora escucha con atención. Vigila desde aquí. —Señaló un punto en el interior del cuarto—. Si hago la señal que hemos practicado, debes escapar por la puerta de atrás e ir a la casa de Rachel. Ella cuidará de ti hasta que yo vaya a buscarte.
En una de las muchas ocasiones en las que había practicado para aquel temido momento, Guillaume le había preguntado con voz llorosa: «¿Qué pasará
si no vienes a buscarme?». Alejandro nunca le había respondido. Nunca había considerado la posibilidad de que no pudiera hacerlo. El niño asintió con aire grave. Alejandro le acarició la mejilla y volvió a la puerta. Respiró hondo antes de abrirla.
La puerta no se abrió violentamente hacia adentro en cuanto quitó la traba, cosa que sin duda habría ocurrido si los hombres del rey Eduardo hubiesen estado al otro lado. Cuando cesó el rechinar de las bisagras, el médico vio a un hombre joven con un escudo conocido bordado en la pechera de su túnica roja. Soltó despacio el aliento que había contenido.
—Eres el hombre de De Chauliac.
El joven asintió.
—Yo soy Canches.
El soldado pareció tranquilizarse al escucharlo.
—Mi amo dice que debéis venir al palacio. —Le tendió un pergamino lacrado—. No debo volver sin vos.
Al tiempo que cogía el pergamino de la mano del soldado, Alejandro comentó:
—Podría haber solicitado mi presencia a una hora más razonable.
Mientras el médico leía el escrito el soldado añadió:
—Debéis venir de inmediato. Mi amo dice que habéis de traer al niño con vos.
Alejandro dio un paso atrás mientras pensaba en el contenido del mensaje. Él y De Chauliac habían discutido largamente qué hacer en una situación 25
urgente a través de cartas secretas intercambiadas durante años, pero ahora que parecía haberse producido la crisis se sintió mal preparado.
—¿De cuánto tiempo disponemos? —preguntó en voz baja.
—Él solo dijo que os llevara de inmediato.
Después de una pausa de unos segundos, Alejandro sujetó al hombre por el brazo y lo hizo entrar.
—Antes de marcharnos debo atender dos asuntos —explicó.
—Ya tengo los caballos esperando al final de la calle —protestó el soldado.
—Tráelos aquí y hazlos pasar por la casa —susurró el médico—. Hay una callejuela detrás donde nadie nos verá.
El soldado pareció sorprendido, pero obedeció y se alejó por la oscura calle. Alejandro le dejó la puerta entreabierta. Luego se acercó a la chimenea y arrojó
el pergamino a las brasas. Las abanicó con la mano durante unos segundos hasta que el pergamino se encendió. Contempló cómo se fundía el
sello de cera mientras las llamas consumían el mensaje, escrito de puño y letra por De Chauliac.
—Gracias mi muy, muy querido amigo —susurró.
—Padre, despierta. Debemos marchar enseguida.
En sus mejores días, Avram Canches tardaba mucho en despertarse del todo. En esta noche no tendría tal lujo.
—¡Despierta! —dijo Alejandro mientras lo sacudía.
—¿Qué...? —preguntó el viejo.
Alejandro ayudó a sentarse a su padre.
—Debo llevarte con Rachel.
Al escucharlo, el miedo apareció en el rostro de su padre.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad. Enseguida.
En su estado de confusión mental, Avram Canches preguntó:
—¿Has vuelto a matar a alguien, muchacho?
—No —respondió Alejandro con suavidad—. Últimamente no. Se volvió y llamó a Guillaume. El niño apareció en el cuarto en cuestión de segundos. Se había vestido y llevaba una bolsa pequeña en la mano.
Alejandro habría sonreído de haber tenido tiempo para tal muestra de orgullo. Pero se limitó a hacerle un gesto de aprobación.
—Arregla las cosas del abuelo... —le dijo, señalando una caja de cuero que había en una esquina del cuarto.
El niño se apresuró a recoger las pertenencias del viejo. La caja era pesada y el niño tuvo que esforzarse, pero hizo lo que se le pedía. Alejandro sujetó a su padre, y casi se lo cargó a cuestas. En cuestión de segundos los tres caminaban 26
hacia la puerta trasera y salieron a la oscuridad de la callejuela, que llevaba a la casa de Rachel unas pocas puertas más allá. Detrás de ellos, el médico oyó el ruido de los cascos que entraban en la casa y los relinchos de protesta de los caballos.
Alejandro no se molestó en llamar a la puerta de Rachel; tales formalidades no eran necesarias con la viuda que había sido como una madre para Guillaume. El chico entraba y salía de su casa como si fuese la suya. La noche en que habían llegado a Aviñón, siete años antes, ella había cogido a Guillaume de los brazos de Alejandro y, sin hacer ni una pregunta, le había dado el pecho al bebé rubio. La leche que habría ido a su propio hijo, más moreno, aún fluía; había perdido al niño y a su marido como
consecuencia de la peste apenas unos días antes. Desde entonces, la generosidad de Alejandro había puesto la comida en su mesa, pero la necesidad de Guillaume había sido mucho más imperiosa. Rachel entró en la cocina, envolviéndose con el chal. Iba descalza y desnuda debajo del camisón blanco, y sus largos cabellos oscuros le caían sueltos alrededor de los hombros. Durante unos pocos y preciosos segundos, él la observó.
Su padre tenía razón. Era una mujer hermosa.
Pero la urgencia reclamó su atención.
—Debemos irnos —le explicó.
Rachel asintió con tristeza; no necesitaba ninguna otra explicación. Con una mirada de profundo pesar, tendió la mano hacia el padre de Alejandro.
—Ven, Avram —dijo con suavidad—. Te llevaré a la cama. Ayudó al anciano padre de Alejandro con mucha ternura mientras él caminaba con paso vacilante a su lado. Guillaume los siguió con la caja. Ella tardó solo un momento en instalar cómodamente a Avram en su propia cama. Alejandro oyó que tranquilizaba al viejo diciéndole que le haría llevar su propia cama por la mañana y que esa noche ella dormiría junto al hogar. Luego oyó el suave roce de las mantas mientras lo tapaba. Alejandro se asomó a la habitación y vio el desconcierto reflejado en el rostro de su padre. Cuando Rachel salió de la habitación, Alejandro la sujetó del brazo y la llevó a un aparte.
Por unos momentos sus miradas se cruzaron; ninguno dijo una palabra.
El destino los había unido y habían pasado más de siete años en esa extraña intimidad, tan cómoda como la que podía haber entre muchos matrimonios, quizá más. Sin embargo, Alejandro no se había permitido acercarse demasiado a ella, por temor a que algún día se viese obligado a marchar.
Ahora había llegado ese día.
—No sé cómo agradecértelo. Has sido como una hija para mi padre. Vio la triste acusación en el rostro de la mujer: «Pero no una nuera». 27
—Regresaré tan pronto como pueda. —Le cogió la mano y le puso una bolsa de monedas en ella—. Mientras mi padre viva, nunca pasarás necesidad, si está dentro de mí poder hacerlo.
Rachel desvió la mirada; Alejandro sabía que le partía el corazón.
—Por favor —susurró ella—. ¿No podemos ir contigo? —Hubo un momento de silencio, y luego añadió—: Por el bien de tu padre.
—No —respondió Alejandro con suavidad.
La expresión de ella se volvió amarga.
—Entonces será mejor que le digas adiós. Dios puede llevárselo en cualquier momento.
Alejandro no dijo nada. La dejó y fue a ver a su padre de nuevo. Se sentó en el jergón y arregló la manta alrededor del cuello del viejo.
—Volveré tan pronto como pueda, padre.
La respuesta fue apenas audible.
—Si Dios quiere.
—Sí. Rachel cuidará de ti mientras nosotros no estemos. Avram miró a su hijo a los ojos y consiguió esbozar una débil sonrisa.
—Es una buena mujer. Sería una muy buena esposa. Deberías pensarlo antes de que sea demasiado tarde. Para el momento en que vuelvas, quizá seas tan viejo que ella ya no te querrá.
El amable humor del reproche de su padre era agridulce; ambos sabían que su regreso distaba mucho de estar asegurado.
Alejandro palmeó la mano de su padre.
—Siempre me has dado muy buenos consejos.
—Tú nunca los has aceptado.
Era verdad. Había estudiado medicina contra los deseos de sus padres, muy lejos de su España natal, y —para horror de su padre— nunca se había casado.
—Bueno, todavía hay tiempo —replicó, con una sonrisa.
—Si Dios quiere.
Alejandro se inclinó para besar la frente de su padre. Mientras se levantaba para marcharse, el viejo volvió la cara.
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