El Medico Del Tiempo

Ann Benson · Capítulo 29 de 39

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El Medico Del Tiempo

Capítulo 27

Thomas Blackwell el Joven escuchó con gran interés la discusión que tenía lugar directamente a sus pies. Permaneció quieto como un gato en las ramas más altas del árbol, hasta que el grupo de jinetes reunidos en la entrada de la ciudad se alejó lo suficiente para que no advirtieran que se bajaba. Cuando juzgó que era seguro hacerlo, descendió ágilmente por el tronco, con mucho cuidado de no romper ninguna rama que delatase su presencia. A pesar de sus esfuerzos, las hojas susurraron mientras bajaba.

Más de una vez tuvo que detenerse y contener el aliento, porque el último hombre del grupo, el que montaba el hermoso caballo negro, se había vuelto un par de veces; en ambas ocasiones su mirada se había fijado en el

árbol donde el chico estaba encaramado. El joven Blackwell había oído con toda claridad cada palabra dicha entre los dos franceses, y comprendía perfectamente su disgusto por las órdenes del viejo caballero.

—¡Ella está destinada a ser mi esposa! ¡Debemos encontrarla y también al rufián que se la llevó!

—Qué más da que los encontremos o no; te buscaremos otra esposa.

¡Aquí

está la peste!

—Entonces, ¿me encontrarás otra princesa, primo?

¡Esposa, princesa! Una imagen de la mujer de cabellos dorados que se había alojado en la casa de su padre en la compañía de su supuesto progenitor apareció en su mente. La idea de una gran recompensa cobró forma en su cabeza, mientras corría a través del bosque de regreso a su casa para contarle a su padre lo que había visto y escuchado.

Se abrió paso entre los residentes de Eyam, muchos de los cuales se habían reunido para hacer sus compras en el mercado. Ninguno de los ciudadanos agradeció verse salpicado por el barro que levantaba en su carrera. Mantuvo su 330

paso rápido hasta que finalmente, sin aliento para hablar, llegó al chiquero, donde su padre trabajaba.

—¿Qué te preocupa, chico? —preguntó su padre con tono áspero—. Ni que hubieses visto un fantasma.

—¡Tengo noticias! —dijo el chico, jadeante—. No es un fantasma, padre, sino algo casi tan maravilloso. En el bosque...

—¿Has vuelto a subirte a aquel árbol? ¡Creía haberte dicho que mantuvieses los pies en el suelo, donde deben estar!

El chico no hizo caso del reproche.

—¡Pero, padre, vi soldados! A caballo, y permanecieron fuera del pueblo durante mucho rato, pero al final dieron media vuelta y se marcharon cuando vieron la señal. Oí lo que decían, padre...

Blackwell el Mayor dejó su cubo y dijo con calma:

—Bueno, suéltalo.

—No me azotarás, padre, por favor.

—Te azotaré cuando quiera, chico. Vamos, habla.

El muchacho contó todo lo que había oído, y después permaneció delante de su padre, a la espera de una reacción. Pasaron unos momentos

antes de que el hombre hablase de nuevo; cuando lo hizo, mantuvo la voz baja.

—Ve y ocúpate de tus tareas y no digas nada de esto. Si haces un buen trabajo, no te azotaré.

—¡Sí, padre!

El carro solo llevaba unas pocas piezas de tela, porque el carretero ya había entregado la mayor parte de su carga en otros pueblos. Los dos caballos que tiraban del carro mostraban el cansancio del largo recorrido. Al dejar atrás la bandera de aviso en la última etapa de su viaje, el corazón del carretero comenzó a latir más rápido. Le habían dicho que esperase al sastre junto al cementerio, aunque no comprendía por qué no podía entrar la carga en la ciudad, como había hecho en los demás lugares.

Vio a un hombre entre la bruma, y se alegró, porque podría emprender el regreso a casa antes que cayese la noche. Agitó una mano en señal de saludo y recibió una respuesta. Mientras el sastre se apresuraba entre la niebla, un escalofrío recorrió la espalda del carretero, porque la imagen era fantasmagórica y siniestra.

Mientras bajaban las piezas de tela del carro, la áspera arpillera en las que estaban envueltas soltaba su habitual olor desagradable. Las fibras del burdo material flotaron en el aire, y el sastre estornudó violentamente varias veces. Los pájaros remontaron el vuelo, asustados por el ruido desconocido.

En medio de la ruidosa fuga de los pájaros, ninguno de los dos hombres oyó los chillidos 331

de las pequeñas ratas negras que saltaron del carro para desaparecer en el bosque, hacia Eyam.

El carretero tendió el albarán al sastre, que le echó una rápida ojeada.

—Oímos decir que la peste todavía hace estragos en Londres —

comentó el sastre con una débil sonrisa—. Espero que no estén contagiadas...

—Dios nos proteja, no —replicó el carretero—. No es que yo esté al corriente de Sus intenciones. —Le dirigió al sastre una sonrisa de complicidad—. He visto la bandera negra. Quizá no me tendrías que preguntar si mi carga está infectada, cuando al parecer tu propia ciudad sufre de la peste. Le ofreció la pluma; el sastre echó una nerviosa mirada en derredor, y después garabateó su firma en el albarán. Se despidieron rápidamente. El sastre recogió las piezas y se alejó a toda prisa hacia la ciudad. El carretero miró al hombre por un momento; tenía un extraño

andar patizambo, que se hacía más notable bajo el peso de las piezas. Luego hizo girar a los caballos, satisfecho, y emprendió el regreso a Londres.

Con la mente puesta en el relato de su hijo, Blackwell recogió el cubo y siguió alimentando a los cerdos. Mientras les arrojaba puñados de grano, pensó

en lo que debía hacer con la valiosa información conseguida por su hijo.

¿Debía decir a los forasteros que sabía quiénes eran —al menos quién era la mujer— y sacar de ellos lo que pudiese? ¿Debía callarse lo que sabía y dejar que se marchasen cuando quisieran, sin ningún tipo de alharaca?

Parecían muy buenas personas. El padre quizá excesivamente serio, pero la joven era muy agradable. Una belleza y, si era verdad lo que el chico había oído, una novia de valor. Dedicó gran parte de la mañana a pensar en el dilema que le había planteado el espionaje de su hijo, pero no llegó a ninguna conclusión. El día transcurrió como todos los otros, con trabajo duro y poca recompensa.

Blackwell se encontró a Alejandro en el patio horas más tarde. El médico afilaba una hoja muy pequeña, que Blackwell no había visto nunca antes. Después de un gesto de saludo, el hombre de Eyam comentó:

—Es un cuchillo poco habitual.

—Lo es. —Alejandro lo levantó para que Blackwell lo viese mejor—.

Se llama bisturí.

—Ah. ¿Para qué se usa?

—Para cortar cosas blandas, como la carne.

Blackwell tragó saliva y contestó:

—Bien, en ese caso vale la pena cuidarlo. Nadie desea que lo corten con una cuchilla desafilada.

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Con una sonrisa cordial, Alejandro volvió a su tarea. A la vista del poco partido que podía sacar del tema del bisturí, Blackwell manifestó:

—Esta mañana mi hijo trepó a un árbol.

—La juventud es una bendición, bien empleada en tales actividades. Se puede ver mucho desde las alturas.

Por un momento, Blackwell observó en silencio mientras Alejandro seguía afilando su herramienta.

—Vio y oyó unas cuantas cosas desde las alturas —acabó por decir.

Alejandro guardó el bisturí en su funda de cuero y miró al hombre.

—¿Sí?

—Sí, unas cuantas cosas —repitió Blackwell.

Alejandro guardó la funda en la bolsa colgada de su cinto.

—Me interesaría que me lo relatarais.

—Vio a un grupo de hombres del rey mientras descansaban. Está seguro de que ellos no lo vieron.

—Vuestro hijo debió de mantener un silencio absoluto.

—Le enseñé bien —afirmó Blackwell—. Los oyó hablar de una joven que escapó de Windsor. —Blackwell entrecerró los ojos—. Mencionaron una novia fugada. Una princesa.

—¿Ah, sí? —dijo Alejandro, sosteniendo la mirada del hombre—.

Siento pena por el desdichado novio abandonado.

—Sin duda —repuso Blackwell—. Quizá hayáis oído algo de este suceso en vuestros viajes.

—No —respondió Alejandro, muy alerta—. Ni una palabra. —Volvió a sacar el bisturí de la funda y le pasó el dedo por el filo, para probar su agudeza—. Pero os lo diré si me entero de algo, a la vista de vuestro evidente interés.

Las miradas de los dos hombres se trabaron en un silencioso duelo.

Chandos y su grupo montaron el campamento a una hora de viaje al este del pueblo afectado por la peste: Eyam, según rezaba el cartel. Había notado una sensación extraña en la boca del estómago mientras lo rodeaban, y se alegró

cuando el lugar quedó bien atrás. No se sintió plenamente a salvo ni aun en la profundidad del bosque, lejos del lugar del peligro. Se levantarían a la mañana siguiente y continuarían la búsqueda durante un día más, pero Chandos estaba seguro de que sería una pérdida de tiempo. Quizá, pensó el caballero, si Eduardo hubiese reconocido a la muchacha a una edad más temprana, esta no tendría ahora el corazón endurecido hacia él. Pero ya no se podía hacer nada, nada en absoluto.

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Alejandro estaba ansioso por alejarse de Blackwell después de su tenso encuentro. Cuando fue a la cocina, donde había visto a Kate por última vez, la señora Blackwell le informó que había ido a recoger hierbas medicinales.

—La encontraréis junto al cementerio, al norte de la iglesia. Él cruzó la ciudad, siempre con la precaución de mantenerse al abrigo de las sombras y con los sentidos alertas a cualquier indicación de que alguien más en la ciudad hubiese visto u oído a los soldados. Pero había muy poca actividad,

y desde luego nada que causara alarma, así que continuó. De pronto percibió un resuello detrás de él y al volverse vio a un tipo patizambo cargado con un montón de paquetes. A juzgar por su rostro congestionado, los paquetes debían de ser muy pesados. Alejandro se detuvo para dejar que lo alcanzase, y lo saludó cuando pasó a su lado.

—Buenos días.

El hombre no dijo nada, aunque sí respondió con un gesto. Parecía llevar mucha prisa.

«Qué extraño —pensó Alejandro mientras lo observaba tambalearse bajo el peso de los paquetes—. ¿Por qué no lleva un carretón o busca alguien que lo ayude, o lleva la carga en dos viajes?»

Estaba a punto de ofrecerle su ayuda, cuando vio que se metía por una callejuela; unos dos o tres pasos más allá, acomodó la carga para poder mantenerla equilibrada en una mano y se rascó la espalda con la otra, sin aminorar el paso en ningún momento. Se detuvo delante de una puerta más o menos por la mitad de la callejuela y bajó los paquetes. Pasados unos segundos, se abrió una puerta, y el hombre se llevó los bultos al interior. Era un hecho absolutamente normal, pero había algo en él que inquietó a Alejandro. Permaneció al final de la callejuela durante un instante, luchando con su propio deseo de investigar un poco más, hasta que recordó que él mismo era objeto de la curiosidad. Dejó la plaza del pueblo y pasó por delante de la iglesia para ir a buscar a su hija.

Los perros no consiguieron encontrar el rastro de los fugitivos al otro lado del pueblo. Para el mediodía, los soldados protestaban de aburrimiento.

Cuando Chandos anunció poco después que regresarían a Windsor, hubo grandes muestras de aprobación.

Excepto, por supuesto, por parte de De Coucy y Benoît, que insistieron en seguir, a pesar de que uno de los rastreadores parecía haberse puesto enfermo repentinamente. Era en la única cosa en la que parecían estar de acuerdo, pues 334

no habían dejado de discutir entre ellos en voz baja desde que el grupo se había alejado de Eyam.

Sin hacer caso de los nobles a su cargo, Chandos detuvo al grupo y se llevó

aparte al perrero.

—Tu compañero parece estar... enfermo.

El hombre echó una ojeada al pálido y sudoroso rastreador.

—Estoy de acuerdo con vos. Naturalmente, está muy inquieto por nuestros...

Antes de que el perrero pudiese acabar la frase, el enfermo soltó un gemido y se sujetó el vientre. Chandos y el perrero se volvieron hacia él justo a tiempo para ver cómo caía de costado.

Corrieron hacia él. El rastreador yacía en el suelo con las piernas encogidas y las rodillas contra el pecho. Juntos consiguieron extenderlo.

Los ojos del hombre miraban ciegos hacia las alturas, así que Chandos tuvo que darle un par de suaves bofetadas en las mejillas para reclamar su atención. El rastreador cerró los ojos y volvió a abrirlos enseguida. Giró la cabeza hacia un lado y vomitó.

Los restantes miembros del grupo se apartaron casi a una. Chandos permaneció allí quieto por un momento; luego lo pensó mejor y retrocedió.

Señaló a dos de sus soldados.

—Haced una camilla —les ordenó—. Llevaremos a este hombre de regreso a Windsor inmediatamente.

De Coucy se acercó con su caballo.

—Puede que esté contagiado —dijo—. No podemos llevarlo de regreso.

—¿Qué queréis que haga, señor? ¿Dejarlo aquí para que se lo coman los lobos? No veo ningún bubón en él. Hasta donde sabemos, bien pudo comer algo que le sentó mal. —Hizo una breve pausa, y después dijo con voz fría

—: Quizá tuvo algo que ver con el zorro desaparecido.

Benoît se acercó a su primo.

—Mátalo ahora mismo, y entonces lo podrás dejar aquí con la tranquilidad de que no se dará cuenta cuando los lobos se lo coman. En un abrir y cerrar de ojos, Chandos había sacado la espada y tenía la punta apoyada en la garganta del vil francés. No hubo ni un solo movimiento entre los demás del grupo, todos los cuales miraban desde lejos mientras Chandos clavaba la espada un poco más. Benoît se echó atrás en la montura, pero Chandos se limitó a estirar más el brazo, de modo que la punta permaneció en su posición fatal.

«Un empujón —pensó—. Un suave empujón, y el mundo se vería libre de esta sabandija.»

Entonces De Coucy habló de nuevo. Su voz calma y baja le sonó distante a Chandos, porque tenía la impresión de que no había nada más que él y Benoît. 335

—Sin duda podemos llegar a un acuerdo razonable sobre cómo proceder —

oyó decir a De Coucy.

Chandos estaba seguro de que no podía estar de acuerdo en nada de lo que el noble dijese, salvo hechos innegables como la posición del sol. Con la mirada fija en Benoît, escuchó la propuesta de De Coucy.

—Yo mismo llevaré a este hombre enfermo y al resto del grupo a Windsor. Necesito el tiempo para preparar mi boda. —Luego su voz se hizo todavía más baja—. Vos comandáis este grupo, señor, y os obedeceremos.

Pero quizá queráis continuar la búsqueda durante otro día o más, con la ayuda de mi querido primo. Después de todo, nuestra búsqueda es enteramente en su beneficio. Nadie tiene idea de lo que podría pasar con un poco más de esfuerzo. Algún hecho afortunado, si Dios quiere permitirlo.

«Así que el lazo de sangre no es tan fuerte entre ellos, al parecer, como creía el rey», pensó Chandos, que se reía para sus adentros mientras apartaba la espada de la garganta de Benoît.

—Por amor de Dios, esposo —dijo la señora Covington—. ¿Qué has hecho?

—Son telas —replicó él desafiante—. De Londres. Nada más. ¿Cómo puede ganarse un hombre la vida si no tiene los materiales de su oficio?

—¡Se acordó no traer nada por el momento! Solo hasta que...

—Santo cielo, mujer —exclamó él—. ¿Crees que la peste viene en estas piezas? Están envueltas. Lo han estado desde que salieron de Londres. No se te ocurra decirle ni una palabra de esto a nadie, o te daré de bofetadas. El mes anterior, ella apenas había podido oír durante tres días por el zumbido en los oídos. Se inclinó rígidamente.

—Sí, esposo.

—Así me gusta, buena chica.

Él la acercó con aspereza y le dio un beso carente de cariño en la frente.

La pobre mujer no ofreció ninguna resistencia.

«Algún día —pensó ella mientras dejaba a su marido con las piezas de tela—, Dios se ocupará de que recibas el castigo por tus malos actos.»

Los prohombres de Eyam se congregaron como de costumbre en la taberna, al otro lado de la iglesia. Cada uno tenía una jarra de cerveza delante, como preparación para ocuparse de los asuntos ciudadanos. Toda la actividad política de Eyam estaba condicionada por una buena cantidad de bebida, cosa que hacía los esfuerzos mucho más agradables y los resultados

de sus deliberaciones mucho más sensatos, al menos a los ojos de los participantes directos. Eran siete, y todos ellos se tomaban la tarea de gobernar Eyam mucho más en serio 336

de lo que cabría esperar a la vista de sus métodos de gobierno. Había sido alrededor de esa misma mesa, a la que ahora estaban sentados, donde los siete habían urdido la estratagema de la bandera negra, para evitar la entrada de productos que podían llevar la peste consigo.

«El médico a quien enviaron no permitía que nadie ni nada entrase o saliese sin pasar primero por la cuarentena —les había contado un hombre que una vez había servido como guardia en Windsor—. Sobrevivimos al invierno sin que muriese más que uno, un hombre que se había aventurado a salir.»

Iban por la tercera ronda de cervezas, cuando la esposa del sastre entró corriendo en la sala con una expresión de terror en el rostro.

Thomas Blackwell estaba acabando su cerveza en la taberna y escuchaba las deliberaciones del consejo de ancianos, cuando la señora Covington entró a la carrera.

—Dios bendito —susurró para sí después de oír el relato de la súbita enfermedad del sastre. Pidió otra jarra y se la bebió deprisa. Uno de los hombres salió con la mujer. Cuando regresó al cabo de unos pocos minutos, estaba pálido de terror.

—Trajo piezas de telas desde Londres.

Los otros se levantaron en el acto. Blackwell los vio salir a toda prisa.

Adónde pensaban ir, no lo podía imaginar. Solo sabía que debía volver a casa, porque se llevaría a su esposa e hijos hasta el final del mundo, si era necesario, para mantenerlos apartados de la peste.

Alejandro y Kate estaban sentados a la mesa en la casa principal, ocupados en seleccionar las hierbas que habían recogido. Algunas se las dejarían a la dueña de la casa; el resto se las llevarían consigo. Por lo demás, se hallaban listos para marcharse con la primera luz. Cuando Blackwell llegó empapado de sudor después de su carrera desde el pueblo, Alejandro se incorporó a medias, previendo otro encuentro difícil.

Pero no fue así. En cambio, Blackwell exclamó:

—Covington, el sastre, está enfermo. Los ancianos dicen que tiene la peste. Alejandro se levantó del todo.

—¿Dónde vive? —preguntó.

—Detrás de la iglesia, en un callejón. ¡Trajo las piezas de tela desde Londres! Su esposa le dijo al consejo que había recibido tres envíos durante el mes pasado, todos entregados en secreto. ¡Dios maldiga a ese hombre! —

Se sentó en un banco y se llevó las manos a la cara. Después de un largo y angustioso suspiro, añadió—: Puede que haya traído la muerte a nuestro seno. Alejandro recordó al hombre patizambo que había visto con la pesada carga, que se rascaba la espalda mientras corría por el callejón. Podía imaginar 337

lo que había en el corazón de Blackwell. Apoyó una mano en el brazo del hombre.

—Por favor, debéis llevarme hasta allí —dijo.

Siguió a Blackwell de regreso a la taberna. Los siete ancianos de Eyam conferenciaban, con las cabezas muy juntas. Blackwell se quitó el sombrero y carraspeó para interrumpirlos, y todos los prohombres se volvieron hacia él. Un hombre de barba blanca fue el primero en hablar.

—Ahora no, Thomas, estamos ocupados con un tema muy serio.

—Sé lo que estáis discutiendo, tío —respondió Blackwell—. Vi a la señora Covington cuando vino, toda agitada.

—Entonces sabes que no tenemos tiempo para asuntos triviales.

—No es un asunto trivial el que te traigo. —Señaló por encima del hombro—. Tengo a un huésped, por si no te has dado cuenta. El anciano caballero miró a Alejandro.

—Sí, lo hemos visto, y no es apreciado. Ya sabes que no alentamos las visitas.

—Yo vivo en las afueras —replicó Blackwell, como si quisiera justificar su desobediencia—. He venido aquí para decirte que este huésped puede ser de gran ayuda para nosotros.

Todas las miradas se volvieron hacia Alejandro, que se adelantó.

—Soy médico —dijo.

De inmediato cambiaron las expresiones de todos los ancianos, y le hicieron sitio en la mesa.

—Eso es otra cosa. Sentaos, señor —dijo el tío de Blackwell. A Blackwell lo dejaron de pie mientras Alejandro se sentaba.

—Querríamos saber si es la peste lo que ha enfermado al sastre —

manifestó

el tío—. Nosotros no podemos afirmarlo a ciencia cierta.

—Debo ver al hombre para asegurarlo.

Conferenciaron entre ellos durante unos momentos, y después el tío de Blackwell preguntó:

—¿No os da miedo?

—Tengo tanto miedo de la peste como cualquier otro, pero tomaré las precauciones que pueda.

Nadie pareció interesado en saber cuáles podrían ser esas precauciones.

—Sobrino, ¿tú lo llevarás allí? —inquirió el anciano de pelo blanco.

—Sí, tío, si ese es tu deseo.

—Eres un buen chico. —El tío se volvió hacia Alejandro—. ¿Nos traeréis vuestro informe?

—De inmediato.

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Visiblemente inquieto, Blackwell se caló el sombrero y fue hacia la puerta. Alejandro lo siguió y muy pronto se encontró andando con su casero por la misma callejuela donde había visto al sastre unas pocas horas antes.

Blackwell se detuvo cuando aún se hallaban bastante lejos de la casa.

—Es allí —dijo y señaló.

Alejandro supo que Blackwell ya no seguiría más allá.

—Puedo hacer mi trabajo sin vuestra presencia. Sería prudente que esperaseis aquí.

Dejó a su preocupado compañero donde estaba y fue hasta la casa de los Covington. Llamó a la puerta y oyó unas voces ahogadas al otro lado. Un momento después le abrió una mujer de expresión asustada; detrás de ella, sujeta a sus faldas, había una niña. Ambas parecían desesperadas.

—Marchaos, forastero —susurró la mujer—. Tenemos aquí a un hombre enfermo.

—Soy médico y me envían los ancianos —respondió Alejandro, indicando a Blackwell.

La mujer asomó la cabeza y miró a Thomas Blackwell.

—Oh, Virgen bendita —exclamó.

Abrió la puerta de par en par, y Alejandro entró. Tumbado en un jergón delante de la chimenea yacía el sastre.

Se acercó al hombre, lo observó y en al acto vio todo lo que necesitaba ver. No le dijo nada a la esposa.

—Se rascó y se rascó, como si tuviese pulgas —explicó la mujer—.

Una vez, cuando lo picó una araña, también se hinchó de la misma manera.

Pero esta vez está mucho peor. Intento que no haya telarañas, Dios lo sabe, pero con todos los otros trabajos...

—Señora, esto no es obra de una araña —la interrumpió Alejandro, mirándola a los ojos—. Vuestro marido está gravemente enfermo, cosa que estoy seguro de que ya sabéis. En mi opinión, creo que sufre de la peste. La mujer soltó una exclamación y se llevó las manos a la boca. Cerró los ojos y comenzó a balbucear.

—Vos misma, y también vuestra hija, estáis en peligro de contraer el mal. Sin embargo, para no contagiar a los demás debéis permanecer en la casa. No salgáis, o expondréis a los demás a los mismos peligros.

—¡Pero debo conseguir grasa de cerdo! No tengo en la cocina.

—No funcionará —dijo Alejandro.

—Curó a la señora Harrison; se bebió toda una jarra, convencida en su delirio de que era agua. Estuvo enferma más de una semana, y después se curó.

—Os aseguro que la grasa de cerdo no cura la peste. No debéis beberla, porque sufriréis graves daños en los intestinos.

—¡Para qué querremos los intestinos si hemos de morir!

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La niña había comenzado a lloriquear.

El corazón de Alejandro se conmovió al verla, pero no había manera de evitar la realidad de la situación. Muy pronto ambas caerían enfermas y, desde luego, morirían.

—Dejaremos eso en manos de Dios —dijo Alejandro—. Pero, por favor, no perdáis el tiempo en esa tontería. No os servirá de nada, y puede causaros mucho mal.

—Pero mi marido —suplicó la mujer—. ¿No hay nada que podáis hacer por él?

—Nada —dijo él con tristeza—. No sé de nada que pueda aliviar su mal. Hay unas pocas cosas que podéis hacer para que esté más cómodo hasta que el destino decida. Lavadle el sudor de la frente; el agua fría disminuirá la fiebre. Evitad los ruidos fuertes, porque le harán doler los oídos.

—¿Durante cuánto...?

—Un día, quizá dos. Pero no más de tres. Para entonces sabréis si vivirá o morirá. Puede que beba con desesperación, o que desdeñe el agua del todo; será

una cosa u otra. Lo único que puedo decir con seguridad es que este hombre no debe salir de esta casa, ni tampoco vosotras.

Mientras sir John Chandos miraba cómo se alejaba De Coucy con el hombre enfermo y el resto de su grupo, y lo dejaba solo con Benoît, se preguntó qué

pasaría con el pobre hombre. Era un hecho evidente que Eduardo Plantagenet preferiría morir en combate, antes que enfrentarse a la humillación que sufriría por cometer la grave falta de hospitalidad de invitar a la nobleza de Europa al casamiento de su hija, solo para verlos sucumbir a la peste dentro de las paredes del castillo. No eran las muertes en sí lo que preocupaba al monarca sino la ignominia, porque, la verdad sea dicha, eran muchos los invitados a los que le agradaría ver muertos.

Sir John apoyó la cabeza en el duro suelo y se cubrió con una delgada manta. Al otro lado de la hoguera, Benoît roncaba y hablaba en sueños.

Mientras se quedaba dormido, Chandos se preguntó cómo afectarían al destino de Inglaterra los episodios que muy pronto tendrían lugar en Windsor. Llegó a la conclusión de que no podía saberlo y que su preocupación no cambiaría nada. A pesar de lo desagradable del hombre que en esos momentos le hacía compañía, Chandos prefería dormir bajo las estrellas más que en los lujosos acomodos de tiendas y jergones que se veía obligado a soportar cuando viajaba con el rey. La incomodidad del duro suelo de esa noche sería una penitencia por las cosas que estaba a punto de hacer, por los pecados que cometería contra su monarca, un hombre al que todavía, aunque un tanto a regañadientes, amaba como a un hermano.

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Cuando Alejandro regresó a la taberna, los prohombres de Eyam no lo dejaron de pie sino que se apartaron y lo invitaron a sentarse con ellos.

—El sastre está enfermo de la peste.

Para entonces se habían reunido docenas de personas; se oyeron gemidos de incredulidad. Kate estaba al fondo de la muchedumbre, en compañía de la señora Blackwell, que mostraba una expresión del más absoluto horror.

—Cuando os vayáis de aquí esta noche, id directamente a vuestras casas y quedaos allí. De esta manera evitaréis que se propague.

—Muchos se fueron a sus casas antes y murieron —señaló uno de los ancianos—. Estamos indefensos.

—No, no lo estáis —replicó Alejandro, entre los murmullos de terror. El silencio se hizo en la taberna.

—Tenéis más poder sobre esto de lo que os podéis imaginar. Me han dicho que conocéis el relato del médico que mantuvo apartada la peste de Windsor gracias a no permitir la entrada ni la salida de nadie. Se oyeron palabras de asentimiento, hasta que otro de los ancianos señaló:

—Los rumores tienen la virtud de pasar de boca en boca aunque no tengan fundamento. ¿Cómo sabemos que es verdad?

—Muy sencillo —dijo Alejandro.

Por el momento no temía ser descubierto. Había trabajo que hacer en Eyam.

—Se lo podéis preguntar. Era yo.

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