El Medico Del Tiempo
Capítulo 37
Agosto de 1394
Sir Geoffrey Chaucer refrenó a su cabalgadura con un tranquilo
«Arrêtez»
porque era un animal entrenado con órdenes francesas, a diferencia de su montura favorita en Inglaterra. El animal se detuvo en un sendero sombreado que corría a lo largo de la orilla norte del río Loira, a unos kilómetros al este de la ciudad de Nantes. Chaucer sostenía en la mano el gastado pergamino en el que estaba escrito el poema que lo había llevado hasta allí, producto de una mano que él no podía confundir ni siquiera después de tantos años:
Vive allí una anciana dama de cabellos grises que recuerda tiempos pasados casi cada día y se pregunta si su querido amigo de antaño
ha entregado su alma o aún la retiene.
Tanto que decir de todos los años pasados...
Ella sacude la cabeza y suspira, intranquila.
¿Debe esperar a aquel que la dejó libre, debajo de los dos viejos árboles entrelazados?
Pero no, no puede viajar por esta tierra por miedo a ser capturada por una compañía de soldados leales al difunto rey,
que la persiguió antaño con sabuesos y arqueros a través de bosques y plazas;
y dónde acabó ella, nunca lo sabrán.
Pero a este amigo le ofrece una cita,
si él tiene el deseo de aceptarla.
Tres leguas al este pasado el Château de Rais, donde a menudo se la encuentra en cualquier día.
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El río fluía pacíficamente, y los pájaros cantaban en el silencio del bosque. Chaucer no oyó los cascos del caballo que se acercaba hasta que lo tuvo casi encima. Se volvió hacia el sonido y vio una figura encapuchada sentada muy erguida en la montura de una yegua gris.
Llevó el caballo en dirección al jinete y llegó a su lado. El jinete se quitó la capucha y sonrió.
Él apenas pudo musitar su nombre al verla.
—Madame... Karle.
Ella asintió graciosamente.
—Ese es todavía mi nombre, sir Geoffrey.
Esto provocó una risa en él.
—No creía que mi nombramiento llegaría hasta tan lejos.
—Todas las noticias acaban por llegar —dijo Kate.
Él la miró por unos momentos. Aunque sus cabellos estaban salpicados de gris, todavía conservaba parte del resplandeciente dorado que recordaba de la juventud. Tenía arrugas en el rostro, pero menos de las que había esperado. Sus mejillas seguían siendo tersas y sus labios llenos, y sus ojos azules brillaban aun en la penumbra del bosque.
—Ay, señora, me quitáis la respiración, porque seguís siendo una belleza. Supongo que no debería sorprenderme que así sea.
—Pura suerte —dijo ella, aunque sonrió con un rubor juvenil—. He sido tratada bien por el tiempo. Mi padre me enseñó las maneras de preservar la salud y yo las he practicado diligentemente. Incluso ahora, en su ausencia.
—Oh, Dios —exclamó Chaucer—. No me atreví a preguntar...
—El año pasado tuvo un ataque.
—Lo siento. Era un hombre notable.
Ella sonrió de nuevo y aceptó las condolencias con un gesto.
—Fue una buena muerte, si eso se puede decir de cualquier fallecimiento. Confío en que el mío sea igual de rápido.
—¿Qué tal está vuestro hijo?
—Está muy bien, puedo decirlo con absoluta confianza. Vive conmigo, no lejos de aquí.
Chaucer apenas si sabía qué preguntar a la vista de su vida poco habitual.
—¿Tiene... algún oficio?
—Es fabricante de muebles y otras cosas de madera. Su arte es impecable.
—Entonces, sois una madre orgullosa. Pero ¿nunca...? Quiero decir, ¿no os...?
—¿Casarme de nuevo? —Kate se rió—. No. Una mujer debe dejar a su familia para casarse debidamente, y yo no estaba dispuesta a hacerlo. Dado lo que sabes de mi familia, estoy segura de que comprenderás mi renuencia.
—
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Ella bajó la mirada por un momento, como si estuviese reviviendo los recuerdos. Cuando alzó otra vez los ojos preguntó—: ¿Qué hay de la dama que es tu esposa? Hemos oído que es una magnífica mujer.
—Falleció hace siete años. —Ahora fue Chaucer quien bajó la cabeza
—. El nuestro no fue un matrimonio perfecto, pero lo que se dice de ella es verdad: fue una mujer buena y decente. Nuestra infelicidad fue enteramente culpa mía. Dios me perdone, pero los pensamientos de otra ocupaban mi corazón de tiempo en tiempo. Con demasiada frecuencia, debo confesar. —
Miró a Kate a los ojos—. Nunca los pude borrar del todo.
—Yo también debo confesar que tú estuviste en mi corazón —manifestó en voz baja—. También en mis oraciones, como te prometí.
—Esas oraciones han debido de tener un gran poder, al parecer, porque he vivido una vida favorecida.
—Oímos de tu buena fortuna a menudo: tus nombramientos, los favores del rey, tus magníficos escritos. Y debo decírtelo: he leído tus trabajos cuando he podido conseguirlos. —Se inclinó hacia adelante y dijo con un destello en los ojos—: En realidad, mi señor Chaucer, tus Cuentos de Canterbury me entusiasmaron. ¡No necesito decirte por qué! La comadre de Bath, la has captado a la perfección. Por supuesto, tal como la presentas ella quería un censor, ¡estoy segura de que estarás de acuerdo! Pero es una criatura maravillosa, sabia y mundana, y digna de emulación.
Él disfrutó con la alabanza, y luego dijo:
—Y El cuento del doctor en medicina, ¿qué opináis de él?
Hubo una pausa.
—Habría preferido un final mejor —respondió ella—, aunque difiere poco de nuestro caballero de aquel viaje. Él nunca nos quiso decir cómo había muerto su hija, y nosotros nunca le insistimos. En aquel momento nos pareció una crueldad. Pero tu caballero... Matar a su propia hija, para mantenerla a salvo de aquellos que le hubieran hecho daño, parece demasiado extremo. Chaucer respondió, como si necesitase explicarse:
—Uno debe exagerar algunas veces, por el bien del drama. Escribí lo que me pareció el peor de los argumentos posibles, y no dejé de rogar durante todo el tiempo que Dios hubiese tenido una idea mejor.
—Bien —manifestó ella en voz baja—, tus plegarias ciertamente han tenido poder en mi vida, aunque no en la del pobre caballero. Dicho esto, sacó un libro de debajo de los pliegues de la capa y se lo dio a Chaucer, que le dedicó un rápido vistazo antes de mirarla de nuevo a ella con curiosidad.
—Mi padre llevó un diario durante muchos años. Lo dejó olvidado en la casa de la madre Sarah cuando nos marchamos rápidamente después de la primera Gran Mortandad. Siempre juró que debía seguir allí, que la hija Sarah 432
se lo había ocultado cuando le preguntó por él a su regreso, durante la pestis secunda. No sé si es verdad; pero, como quizá recuerdes, no era hombre de palabras vanas. —Hizo un gesto hacia el libro—. Eso que tienes en la mano es el diario que escribió su esposa; comienza con el viaje de mi padre para rescatarme y acaba solo unos pocos meses atrás con su propia muerte.
—Se casó; ¡me hace muy feliz saberlo!
—Sí, ella fue el amor que dejó en París cuando viajó a Inglaterra para rescatarme. Tuvo una muy buena vida con Philomène. Ella también era médico, así que compartieron el amor y el trabajo.
—¡Una mujer médico! —exclamó Chaucer, sorprendido.
—En efecto, una mujer; también fue alumna de De Chauliac, aunque él lo mantuvo oculto.
—Entonces era un matrimonio que estaba predestinado.
—Así es. —Señaló el diario que Chaucer tenía en las manos—.
También hay cosas tristes, pero él la amaba con todo su corazón, y la suya fue una unión muy afortunada. Todo está registrado ahí, incluidos los acontecimientos de nuestra última huida de Inglaterra. Quisiera pedirte que te lo lleves cuando regreses y se lo des a la hija Sarah, y si ella no está allí, a su hija. Si no las encuentras, entonces quédatelo para ti como un recuerdo de mi eterna amistad. Lo he leído mil veces y recuerdo cada palabra, así que no lo echaré en falta. Si encuentras a Sarah, pídele que copie las entradas en el diario de mi padre, si todavía existe. Él comenzó a abrir el diario de Philomène y luego lo pensó mejor.
—¿Puedo?
—Por favor, léelo si quieres —respondió Kate—. Solo necesito llegar antes de la caída de la noche, o Guillaume se inquietará.
Chaucer pasó las páginas cuidadosamente, y leyó pequeños fragmentos aquí y allá, mientras Kate, sentada en su caballo, observaba cómo cambiaba su expresión con cada etapa de la vida del judío Alejandro Canches, tal como la describía su amante y devota esposa cristiana, Philomène.
Nuestra preciosa hija crece. Comienza a hablar, y mi marido insiste en que debe aprender todos los idiomas que sabemos, comenzando inmediatamente, aunque apenas si puede caminar. Ahora es el momento, dice él, para que ella los aprenda todos. Así que le hablamos en francés, en bretón, en latín entremezclado con palabras griegas, en inglés y, por supuesto, en hebreo. Es una maravilla que consiga hablar, con todas las curiosas palabras que él le enseña cada día...
—¡Una hija! ¡Qué maravilla! ¿Cuál es su nombre?
—Ariella Meryle. Su pequeño mirlo.
—Precioso —dijo Chaucer. Continuó leyendo.
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¡Guillaume es un joven maravilloso! Nos asombramos cada día al ver cómo crece y prospera. Sin embargo, hay algo en él, un anhelo de
intimidad, quizá, que lo hace mantenerse un tanto separado de los demás.
Alejandro cree que, en algún rincón oscuro de su alma, le preocupa volver a verse apartado de su familia, o que alguien a quien quiere le sea arrebatado.
Rezo a diario para que se sobreponga a esos pensamientos, si es verdad.
Chaucer exhaló un suspiro y pasó unas cuantas páginas más del diario.
Avram Canches ha dejado hoy esta tierra. Mi marido estaba a su lado cuando este gran anciano exhaló su último suspiro y partió en busca de su recompensa. Mañana entregaremos su cuerpo al fuego. Esto va en contra de la costumbre judía, pero no hay un cementerio judío en Nantes y no nos atrevemos a descubrirnos preguntando si hay alguno en los alrededores.
Dios sabe que lo lloraremos adecuadamente; eso es lo que importa.
De nuevo, Chaucer apartó la mirada del diario.
—Entonces, se reunió con su padre.
—Sí. De Chauliac lo trajo con él en uno de sus viajes a Aviñón. ¡Aquel fue un día feliz!
—Me lo imagino —manifestó Chaucer. Leyó unas cuantas líneas más
—.
¡Aquí hay más alegría!
—Sí —asintió Kate—. Pero también algunas amarguras.
¡La Cyrurgia está completa! Viajamos a París para unirnos al padre Guy en una celebración. Se ha dedicado muchísimo trabajo a su creación, pero estoy segura de que resistirá el paso del tiempo. En los siglos venideros, los médicos continuarán buscando la sabiduría y la belleza que encierran sus páginas.
Pero, mientras estábamos allí, Guy de Chauliac fue llamado al seno de Dios. Mi esposo no encontró consuelo ante la pérdida de su más querido amigo. No pudimos asistir al funeral, y fue una tortura para nosotros, pero oímos que fue algo notable; lo presidió el propio papa Urbano.
Antes de dejar París, trabajamos diligentemente durante casi una quincena, y por la gracia de Dios fuimos capaces de hacer una copia completa del libro. Lo llevamos con nosotros cuando regresamos a Nantes.
Inmediatamente después de nuestro retorno, mi buen esposo fue 434
a una pequeña iglesia y, aunque iba contra su fe, encendió una vela por el alma de De Chauliac. Lloró sin vergüenza por el alma de nuestro amado mentor y amigo. Dado que teníamos una copia del libro en francés, mi esposo asumió la tarea de traducir la obra al inglés. Pasó la mayor parte del
año siguiente en este trabajo, pero ahora nuestro orgullo no tiene límites al saber que nuestras manos están presentes de una manera tan significativa...
Chaucer apartó la mirada del diario.
—¿Es que el hombre nunca dejaba de trabajar?
—No que yo recuerde —dijo Kate y se rió—. Transmitió su influencia a mi hijo, me temo, aunque no son de la misma sangre.
Guillaume talla la madera incesantemente; nos ha hecho una mesa de escritorio con la madera de un nogal, y juro que nunca he visto una cosa más bonita. Allí guardamos nuestros documentos, aunque son pocos.
Cada día después de escribir en este diario, lo guardo en uno de sus cajones, tranquila en el conocimiento de que estará seguro y seco... La querida Kate se ha convertido en una comadrona sin igual; no hay mujer en Francia que pueda traer a un niño a este mundo con mayor habilidad y cuidado. A menudo la llaman a la casa de la famille de Rais para atender al nacimiento de sus hijos; son gente altiva, sin la menor idea de que una hija del rey de Inglaterra está sacando a los bebés de sus nobles vientres franceses, sin grandes contratiempos. Ayer trajo a trillizos a este mundo y, por la gracia de Dios, todos sobrevivieron. Es una señal, dice Alejandro, de que Dios nos favorece...
Hoy es el aniversario de nuestra boda. Mi querido marido me trajo un volumen del inglés Geoffrey Chaucer, que conspiró con él para sacar a nuestra querida Kate de Inglaterra. Dios bendiga y mantenga a este hombre noble, valiente y notable. Es una obra deliciosa, llena de maravillosos personajes, cada uno con su propia historia, cada uno con un relato que contar. Pero no me gustó el cuento del médico. Quiero un final mejor.
Y una última entrada, con fecha del 8 de septiembre de 1393: Mi alma está vacía y carente de toda felicidad. Ayer mi marido Alejandro Canches tuvo un ataque. Estaba en su consultorio, que dispuso de acuerdo con el que tenía su difunto amigo De Chauliac. Trabajaba en una platina de sangre. Había puesto todo tipo de tinturas 435
en él e intentaba evaluar los resultados de sus experimentos; era la sangre de una mujer que se había enfermado con la peste y sin embargo había sobrevivido. «He visto esto antes —me dijo—, muchos años atrás en Inglaterra, y debo desentrañar el misterio.»
Hasta su último momento, mi querido y dulce Alejandro buscó el conocimiento y empleó sus mejores esfuerzos en mejorar el destino de los demás hombres, fuesen cristianos o judíos. «Somos todos hijos del mismo
Dios», decía, y vivió su vida fiel a esa creencia. Así que, querido Dios, te pido por favor, en tu infinita sabiduría, que encuentres la manera de traer de nuevo al mundo a un hombre como él para que se pueda beneficiar de su maravillosa influencia.
Sir Geoffrey Chaucer detuvo su caballo delante de los dos robles y respiró
profundamente antes de guiarlo por debajo del arco. Se levantó una brisa, pero no tan fuerte como la que había notado en su primer viaje. El camino hasta la casa también parecía diferente, mucho más corto y con menos raíces. Se preguntó si el lugar tenía el poder de cambiar con el tiempo; desde luego, así
parecía.
Una vieja con un chal rojo atendía unas gallinas cuando él entró en el claro. Ella lo miró y le dio la bienvenida con una sonrisa.
—Tú has estado aquí antes —dijo.
—¿Cómo lo sabes, anciana madre?
—Lo veo en tu rostro. Soy Sarah, como bien sabes.
—Geoffrey Chaucer a tu servicio, señora. —Saludó respetuosamente con un movimiento de cabeza.
—¡Ah, el poeta! Bien, pasa y entretenme con tus preciosos cuentos. Te daré
algo de beber. Hace calor y sin duda tendrás sed.
Pero Chaucer permaneció montado.
—Te lo agradezco, pero tengo muchos recados que atender antes de que se ponga el sol. Te he traído algo. ¿Sabes leer, madre?
—¿Cómo si no sabría que eres un poeta?
—¿Sabes escribir?
—Sí.
—Muy bien —dijo Chaucer, que sacó el diario de Philomène de la alforja y se lo dio a Sarah.
Ella lo abrió y hojeó unas cuantas páginas.
—Esto no es poesía.
—No —repuso Chaucer—, pero también es un relato interesante. —Su mirada se dirigió al libro—. Está escrito por la esposa del médico que dejó su diario aquí...
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—Ah, lo oí mencionar... Mi madre, en sus charlas seniles, hablaba de él a menudo y con entusiasmo. Pero yo misma no he sabido averiguar dónde está.
—Vaya. En ese caso, no te servirá de nada el libro —manifestó Chaucer
—. Es una pena; su hija creyó que quizá podría ser de interés para ti. —
Tendió la mano, expectante.
Sarah miró a Chaucer con suspicacia, y se rascó la barbilla mientras lo hacía.
—Echaré otra ojeada entre las cosas de mi madre —acabó por decir—.
Se me ocurre que quizá esté en algún sitio entre ellas, aunque no lo puedo afirmar. Chaucer sonrió al oírla.
—Si da la casualidad de que lo encuentras, quizá quieras tener la amabilidad de añadir unas pocas entradas. —Se inclinó, como si fuese a confiarle algo—. Será mucho más entretenido si lo haces.
—Sí —dijo la vieja—. ¿Otro Cuento del doctor en medicina? Es de esperar que este tenga un final mejor.
Sus ojos brillaron.
Chaucer se tocó el ala del sombrero en señal de despedida.
—Entonces arreglado. Te deseo que pases un buen día, madre.
—¿Qué, sin un cuento?
—Tienes uno en tus manos —respondió él con una sonrisa. Dicho esto, hizo girar a su caballo y se alejó por el sendero. Los robles lo dejaron pasar sin siquiera un soplo de aire. En mitad del campo, se apeó del caballo y recogió un puñado de tierra. Se lo llevó a la nariz y aspiró su fuerte olor acre; luego lo volvió a dejar en el mismo lugar y lo palmeó reverentemente.
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